21. ZHL: Cuando el instinto reclama

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La brisa fresca levanta las hebras rojizas, pro pronto son llevadas hacia atrás por manos delicadas y femeninas, mas el intento de controlarlas es en vano porque éstas no se quedan en su lugar.

—Dime, pequeño, ¿por qué huyes? —pregunta la chica con voz dulce mientras le acaricia la peluda cabeza al joven ciervo.

El animal brama en obediencia y hace movimientos desesperados, que le explican a la pelirroja lo que acontece.

—Gracias por hacerme saber, pequeño. Puedo sentir el olor de tu madre cerca de acá, así que corre hacia el norte, puesto que ella está a pocos kilómetros de nosotros —le indica.

Después de ella darle un beso en la frente, el animalito corre hacia el norte, mientras que Legna se dirige en dirección al sur.

Ella llega a un campo que queda cerca de una aldea, perteneciente a una manada vecina, y busca con la mirada su objetivo.

El olor a peste le provoca náuseas, pero esa es la señal de que ha encontrado lo que buscaba, así que ella camina con pasos firmes y sigue el rastro del desagradable aroma. Mientras más se acerca, más repugnante le parece el hedor.

—Aquí están... —musita con una sonrisa vitoriosa.

El grupo de jóvenes se asusta, al percibir que ella posee un aroma más sofisticado que la de un simple licántropo.

—Z-Zolleb... —balbucea uno de ellos con expresión aterrada.

—¿Por qué están husmeando en estos territorios? ¿Qué se les perdió en este lugar? —interpela la chica con un tono autoritario.

—No te importa —responde uno de ellos, desafiante.

Legna entorna los ojos y luego los observa con repulsión. No soporta a los lobos ratas, cuyo único objetivo es dañar y hacer maldad.

—Claro que me importa, escoria intrusa.

Ellos la miran de arriba a abajo y se saborean sin disimulo, al imaginarse mancillando la carne fresca de la chica.

Como fieras hambrientas por robar la pureza en el cuerpo hermoso y sensual, ellos se le lanzan encima; sin embargo, son quemados por una ráfaga de fuego antes de caer sobre la zolleb.

—Inservibles... —murmulla ella, tras soplar contra los cuerpos carbonizados, que se quedaron flotando por encima de la superficie. El viento que sale de su boca es tan fuerte, que convierte en cenizas los restos quemados de aquellos seres dañinos.

Legna se regresa a su manada con gran rapidez debido a que empieza a sentirse mal, pero más que en reparar en el malestar que la acongoja, ella se encuentra preocupada por el evento anterior.

«¿Por qué hay lobos ratas merodeando estos territorios?», se pregunta intrigada, ya que esos seres no se habían atrevido a acercarse a aquellos territorios en décadas.

La noche cae y la brisa se torna mucho más fría; no obstante, sentir las caricias gélidas mientras se baña en el río no es suficiente para apagar el calor que la consume.

No entiende qué le sucede para sentir que arde, como tampoco por qué bañarse bajo la luna y con una temperatura tan baja no le calma su sufrimiento.

—¿Qué es este terrible calor? —se queja angustiada mientras se hunde en el agua fría.

Rendida, Legna se regresa a la cabaña y sólo se coloca una bata fina para dormir, tanto, que su cuerpo desnudo se refleja en ella con facilidad. La noche brinda una temperatura para arroparse y prender una fogata, mas para ella se siente peor que el verano.

Después de beberse varios vasos de agua fría, ella se acuesta, pero la mirada plateada de un chico triste visita sus pensamientos para hacerla sentir culpable.

—No quiero que sufras; sin embargo, nosotros no tenemos un futuro juntos, Dyl.

No puede evitar las lágrimas que se escurren por su rostro y que humedecen la sábana, como tampoco la tristeza al recordar la desesperanza y el dolor reflejados en los ojos del hombre a quien tanto ama.

De momento, su necesidad toma otro tono y la tristeza se transforma en añoranza carnal. El anhelo de verlo es tal, que ella no puede conciliar el sueño y se remueve en la cama cuando su malestar se torna insoportable.

—Dylan... —balbucea. Se encuentra absorta en un trance, donde no puede dejar de imaginarlo desnudo—. Ay, Cara de culo, cuánto te necesito. ¿Acaso...? —Ella se abraza a sí misma porque los temblores de su cuerpo se tornan irrefrenables.

Lo necesita tanto...

«¡Mate, reclamo!», comanda su loba con inquietud.

Legna siente que pierde el control de sí y que su parte salvaje la domina.

—Dylan del demonio, te deseo demasiado... —balbucea, fuera de sí.

Por otro lado, un lobo negro corre en medio del bosque a una velocidad impresionante. Poco le importa la gran distancia o el frío horrendo que hace y que, si no fuera por su pelaje, no podría soportarlo bajo el sereno de la noche.

Tiene un objetivo claro y que lo ha motivado a escapar de la casa de sus padres: reclamar a su mate.

Sí, tiene ese presentimiento de que ella lo necesita que lo inquieta.

Las palpitaciones vehementes de su corazón son la evidencia de que algo le sucede a su mate y podría asegurar que ella lo está llamando.

Las horas bajo el rocío nocturno le humedecen el cuerpo y el hocico, mas la incomodidad punzante del frío no le es impedimento para movilizarse rápido.

Todo su interior tiembla cuando se ve a poca distancia de la cabaña y un aroma exquisita le deleita las fosas nasales. Los latidos le aumentan y la boca se le hace aguas, gracias al olor que lo excita y lo atrae de una manera abrumante.

«Mi mate está en celo», deduce.

Las ansias por llegar aumentan, así que él da un salto largo que lo deja frente a la puerta y de inmediato cambia de forma.

El cuerpo de hombre es cubierto al instante con un pantalón de tela de algodón en tono gris, un hoodie del mismo color y una camiseta negra debajo de este. Su cabello se encuentra recogido en una coleta baja que no agarra toda la cabellera y, como resultado, los mechones sueltos le cubren parte del rostro y le calienta el cuello.

Sus toques en la superficie de madera son desesperados, hasta que ésta se abre y le da la imagen más exquisita que haya fantaseado antes: Su hermosa mate lo recibe con una bata de dormir transparente en tono rojo, donde se dibuja una hermosa y sexi figura.

Su cabellera rojiza le cubre los brazos y le adorna el rostro angelical, mientras que el rubor que le colorea las mejillas resalta algunas pecas en estas y en la nariz.

Ella es la mujer más hermosa que él ha conocido en toda su existencia.

Su mirada plateada se fija en los labios rojos que se encuentran entreabiertos y que lo invitan a probarlos; pero lo que más lo enciende, es notar que la miel de sus ojos se mezcla con el color de la sangre y destilan una pasión desbordante que lo atraen al juego carnal.

Toda ella luce exquisita, como si fuera un manjar que él desea comerse sin premura, para poder disfrutar toda la delicia que se encuentra en cada centímetro de su piel. Está ansioso por quemarse en el fuego que denota su chica.

—Mi mate... —masculla él con voz trémula.

—Vete, por favor... —ruega ella, como un intento tonto de evitar las consecuencias de esa inesperada visita.

—Yo, Dylan, hijo del alfa de la manada Rayo dorado, te reclamo como mía; Legna, hija del alfa de la manada Fuerza de bronce...

—¡No! —Ella niega asustada y recula, como si quisiera escapar de una situación de la que ya no tiene ningún dominio. Teme dejarse llevar por la explosión de su cuerpo y el deseo de aceptar el reclamo de su mate.

Necesita desaparecer de allí, pero sus músculos no colaboran porque todo su ser ha reconocido el aroma de su compañero y anhela unirse a él.

Los temblores le indican lo mucho que lo necesita y se combinan con los latidos frenéticos de su corazón, que la torturan y acaban con su autonomía y fuerza de voluntad.

«¡Mate, reclamo!», celebra su loba muy feliz.

—Eres mía, Legna —replica él mientras da un paso adelante y cierra la puerta tras sí.

—Por favor, Dylan, debes irte ya —suplica, dado que sabe que no podrá controlarse ante aquel macho que la enloquece.

Él es tan apuesto que le hace temblar las piernas y la tienta a lanzársele encima, y comerse esos labios tan sensuales.

No lo soporta más, lo necesita...

—¿Irme? Mientras huelas así seré tu prisionero, mi hermosa loba. Ven, cariño, yo te aliviaré.

Él no espera una respuesta de su parte, más bien la arrastra hacia sí y la besa con pasión.

«Ay, no...», piensa ella al no poder resistirse más.

Le parece ridícula la electricidad que le recorre el cuerpo y cómo los labios de su chico le son más delicioso de lo que recordaba. Es un goce que no tiene una descripción que le haga justicia, pero que se lleva su cordura y cualquier negación de su parte.

Él es su mate, por lo tanto, está en su derecho de reclamarlo por encima de las oposiciones.

—Ay, Dylan... —se queja en un lloriqueo, que le confirma a él que ha cedido al reclamo.

Los labios se mueven impetuosos contra los de la pelirroja, quien le corresponde con la misma necesidad. Ella le quita el hoodie y le acaricia los músculos por encima de la camiseta. No puede evitar lamerse los labios en el acto y que su mirada fiera lo desnude.

Lleva su pensamiento a la acción y se deshace de la barrera que le impide tocar la piel de su chico, que pese al frío que hace se encuentra tan caliente como la suya.

Las testillas rosadas captan su atención junto a todo el torso atlético, cuya piel blanca con tonos rosas le deleita la vista por unos segundos.

«¿Todo esto es mío?», se pregunta emocionada y con la boca hecha aguas, al tiempo en que varios escalofríos la recorren por completo.

—Cara de culo, ¿te había dicho lo bueno que estás? —bromea con ese tono juguetón tan característico de ella.

Las mejillas de Dylan toman un tono rojizo y su sonrisa pícara se torna más provocadora, tras él morderse los labios de forma instintiva.

—Nunca me lo habías dicho.

—Pero sí lo he pensado bastante. —Ella roza las manos sobre el pecho musculoso, cuya piel se siente firme al tacto. Legna se relame los labios por instinto bajo la atenta mirada de su mate, quien la contempla a la expectativa.

Ella le baja el pantalón y tiene que arrodillarse para sacarlo de sus pies, pero cuando empieza a levantarse, a medio camino se encuentra con la expresión de excitación viril, que se muestra en un bulto que la hace agrandar los ojos.

Recuerda que, cuando lo vio desnudo por primera vez, la preocupación del momento no le dio chance siquiera a fijarse en el tamaño de su chico. Ahora que lo tiene a merced de ella y en sus cinco sentidos, puede apreciar sin remordimientos aquella obra de arte encarnizada.

Porque sí, su mate es deleite a la vista y provocador de los pensamientos más lujuriosos.

«Me retracto con lo de "gusanito"; sin embargo, nunca se lo diré», reconoce en su interior.

«Vaya, hasta que reconoces que la tengo grande», ironiza su compañero.

Legna agranda los ojos cuando cae en cuenta que no pensó, más bien habló con él por medio del vínculo.

—Ah... ¡Cállate, fanfarrón! ¿Por qué mejor no me muestras lo que puedes hacer con esa cosa?

Dylan traga pesado ante lo desinhibida y directa que ella luce. De alguna forma eso lo intimida, ya que él no tiene experiencia en el acto sexual.

Por supuesto, tuvo que soportar toda una cátedra de su padre de cómo satisfacer a una loba, aparte de que él mismo ha investigado por su cuenta desde que supo quién era su mate. Al parecer el rechazo nunca fue su objetivo, a pesar de que se jactara de que lo haría. En realidad, su corazón nunca optó por este y siempre mantuvo la esperanza de unirse a su compañera; esa chica loca e intrépida que siempre lo sacó de sus casillas.

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El hijo del alfa y la híbrida

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