26. ZHL: Marcados por siempre

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Dylan regresa a su forma humana y camina despacio en dirección al río, donde la pelirroja llora desconsolada.

Verla tan frágil y triste es una punzada que le atraviesa el corazón y lo hace odiarse a sí mismo. Ella no debería sufrir más ni dudar que es la única mujer a quien anhela a su lado. Ella debe sentir que es el amor de su vida y su razón de ser.

—No llores, mi amor —dice él con la voz temblorosa.

Legna lo mira por instinto. Sus ojos mieles brillan debido a las lágrimas, asimismo, su nariz y mejillas se han tornado más rojas de lo habitual.

—¿Qué haces aquí? Deberías estar con tu amada Clara —profiere con tono sarcástico y hace un mohín.

—Mi amada eres tú, así que debo estar donde quiera que tú vayas. Legna, ¿cómo te hago sentir que te amo? Ya que no logras entenderlo, por lo menos quiero que lo sientas en cada célula de tu ser. Te amo a ti; sólo a ti, mi vida.

Él se acerca a ella y la besa en la frente.

—¿Qué hacía esa en tu casa? —escupe rencorosa. Ni siquiera desea mencionar su nombre.

—Corrección: Nuestra casa. —Dylan la refugia entre sus brazos y olfatea su olor.

—¿Qué hacía ella ahí? —insiste berrinchuda.

—No lo sé... Te juro que yo no la invité, tampoco ella tenía mucho tiempo allá cuando llegaste. Si la hubieses visto, actuaba tan extraño. Me sentí como la mierda porque sé que le he causado mucho sufrimiento. Legna, yo la ilusioné...

—Ambos se ilusionaron, Dylan —lo interrumpe—. Los dos fueron partícipes de esa tontería de rechazar a sus mates. No estás obligado a corresponderle, ¿sabes? Ella debe entender que no eres su compañero y que algún día encontrará al suyo o, en su defecto, puede enamorarse de otro hombre en caso de que no tenga un mate.

A su mente llega todas las veces que decidió renunciar a Dylan y fingir que no sentía nada por él, puesto que de esa manera el dolor era más llevadero. Si en ese entonces ella pudo hacerse a la idea de que él prefería a otra, también Clara puede aceptar que él ya no le corresponde.

Quizás era inmadura al no enfrentar la realidad, pero por un tiempo le funcionó.

—Tienes razón... —Él la aprieta más contra sí—. Espero que ella lo entienda y que encuentre un lobo que la ame y la proteja como se merece. Clara es una buena chica.

—Lo encontrará... —Legna lo besa en la comisura de los labios.

—Ah, no, a mí me besas como es... —reclama Dylan.

—No hasta que me prometas que la escena de hoy no se repetirá. Tienes que hablar con tu ex y explicarle que ella ya es parte del pasado.

—Por supuesto que sí, mi amor. —Él le da un beso—. Pero tú también aclárale a tu padre por qué no nos hemos marcado. ¡Por poco me mata!

Legna se sonroja de la vergüenza.

—Vine a advertirte porque él no me quiso escuchar. No te preocupes, hablaré con el alfa y aclararé este enredo. Eso no garantiza que él no quiera cortarte la cabeza, pero por lo menos aplacará su ira.

—Tus palabras no me consuelan, mi hermosa mate —responde temeroso, luego relaja el semblante y le sonríe con dulzura—. Te amo tanto, chiquilla traviesa.

—Yo también te amo, Cara de culo. Te quiero sólo para mí, ¿me entiendes?

—Soy sólo tuyo, cariño.

—¡Qué cursis nos hemos vuelto! —Ella hace una mueca de asco—. Si seguimos así nos vamos a empalagar.

—No me importa.

—Ummm... ¿Por qué no le ponemos un poco de picante al dulce? —propone ella con una sonrisa traviesa.

—Interesante...

Legna se adueña de los labios de Dylan, quien al instante le corresponde.  Pronto él se desespera y le mete la lengua en la boca, entonces empieza un jugueteo travieso que excita a su compañera. Los dedos de la pelirroja le provocan cosquillas cuando ella se deshace de la ropa de él, como respuesta, Dylan le arranca el vestido.

—¡Oye! —se queja ella.

—Te compraré otro... —responde, antes de volver a unir sus labios, pero pronto le ataca el cuello y la clavícula. Dylan besa la piel suave y blanca con hambre, al tiempo en que sus manos tocan con desesperación.

La desea tanto...

A él le sabe a gloria el sabor de su piel, lo embriaga el exquisito aroma dulce que ella desprende y lo desquicia la suavidad de su figura.

Su hembra es hermosa y deliciosa al paladar, una exquisitez que él no se cansa de saborear, una y otra vez.

Sí, ella es el mejor manjar que pudiera disfrutar, la única que logra encenderlo al punto de perder la cordura.

—Oh, nena, ansío comerte enterita —le susurra al oído con tal sensualidad, que ella tiembla por la expectativa.

—Cómeme, lobito, yo estoy lista para saciar tu hambre.

—Uy, lobita, me enciendes... —Él la besa en el cuello y le aprieta los glúteos por debajo del agua.

Dylan la levanta por los muslos y la carga, acto seguido, sale del río y la acuesta en la arena blancuzca, cuya textura se siente suave al tacto.

Él le lame la planta de los pies y le da pequeñas mordidas en los dedos. Legna responde con varias sacudidas involuntarias, cuyas corrientes le cosquillean los músculos.

—Cómeme ya... —ruega con ansias.

Dylan sonríe divertido y se relame los labios al sentir que su excitación palpita, lo que incrementa su urgencia; no obstante, desea jugar un poco más.

—¿Por qué tan ansiosa? Déjame disfrutarte lento... —Él le lame y le besa el interior de los muslos.

Legna tiembla y lo mira con ganas de que acabe con la tortura; sin embargo, él acerca el rostro a su zona íntima y lo único que hace es soplarla.

—Ya deja de jugar, Cara de culo —le reclama.

Él sonríe satisfecho porque le encanta molestarla, pero también lo excita que ella esté tan ansiosa.

Dylan la ignora y vuelve a besarle los muslos.

Desesperada, Legna lo agarra por el cabello y le hunde la cabeza en su entrepierna, entonces la carcajada de Dylan le cosquillea toda la zona.

Un gemido escapa de sus labios cuando él la empieza a consentirla como a ella le gusta, por lo que pronto el lugar se llena de sus jadeos y de los sonidos que se escapan de la estimulación que él le regala.

—Dylan... —gime alto.

Mientras que él besa, lame y succiona con fascinación; ella tiembla, golpea la arena y arquea la espalda del placer, hasta que su cuerpo no soporta tanto goce. Las sacudidas violentas y la agitación de su pecho son la señal de que ha alcanzado el clímax.

—Quiero hacértelo dentro del río —le dice él con un tono juguetón que la hace temblar, una vez más.

A este punto, el apodo gelatina la definiría muy bien, ya que se la pasa temblando por cada cosa que a él se le ocurre.

Dylan la ayuda a levantarse y los dos corren en dirección al cúmulo de aguas cristalinas, cuyo interior destella luces de colores.

El lugar es oscuro debido a los árboles que cubren el resplandor del sol, por lo que ese brillo en tono azul, violeta, dorado y rojo alumbra un poco esa parte del bosque.

Estar allí se siente maravilloso, dada la belleza natural. A ella se le suma el cantar armonioso de las aves, el chirrido de los grillos y el relajante sonido de la corriente del agua. Aquel pequeño lugar de Rayo dorado transmite mucha paz.

Antes de retomar su sesión de pasión, ellos se toman un momento para juguetear dentro del agua. Entre risas y chapoteos, la pareja lleva una lucha de quién moja más al otro hasta que sus cuerpos se funden en un abrazo cargado de deseo, cuyo calor y roce piel con piel los hace sucumbir en el anhelo de compartir aquella deliciosa intimidad.

—Mi turno... —dice ella alusiva y se hunde en el agua. Dylan da un respingo cuando ella le toca su parte genital con un pellizco suave, segundos más tarde, Legna sale del agua con un ataque de risa.

—Estás loca... —musita él con una sonrisa cargada de diversión. Le encanta verla tan feliz, por lo que su risa es la música que siempre quiere escuchar.

Le encanta...

Es inevitable no perderse en el rubor natural de su rostro, las pecas que la hacen lucir tan tierna y esos labios que combinan a la perfección con el cabello rojizo.

—¿Qué tanto me miras? —interpela ella más sonrojada aún.

—Lo buena que estás. Me encantan tus mamas, nuestros cachorros estarán bien alimentados. —Él se relame los labios por instinto.

—Deja de hablar tan raro. —Ella se tapa la cara debido a la vergüenza. Ese acto lo hace sonreír a él porque le parece muy tierno.

—Sólo digo la verdad, eres hermosa...

Legna lo besa. Pronto Dylan juguetea con la lengua mientras la levanta por los muslos, pero ella niega con esa sonrisa traviesa que lo pone sospechoso.

La pelirroja lo arrastra hasta la orilla, donde el agua apenas les llega a los talones, acto seguido, se arrodilla frente a él y empieza a estimularlo con la boca.

Los ojos grises de Dylan adquieren un tono brillante como la plata, sus pupilas se dilatan y sus labios se separan un poco. Él la observa maravillado y pronto su rostro empieza a hacer gestos, que denotan el placer que su mate le brinda.

—Sí... —Él agarra el cabello rojo y forma un moño con sus manos al que aprieta, y que usa para marcar el ritmo que le gusta. Pronto sus caderas se mueven frenéticas contra el rostro de Legna, quien es apartada de un momento a otro por un Dylan que se encuentra exaltado, sofocado y con la piel muy roja.

—¿Qué? —cuestiona ella, confundida.

—Por poco me corro —confiesa en un suspiro—. Quiero terminar dentro de ti, mi lobita traviesa.

Él la vuelve a agarrar por el cabello y la levanta cuando jala de este, luego se encorva para poder besarla y probar parte de su sabor en los labios de su chica.

Dylan camina un poco más a la parte honda con ella encima y luego la carga. Como respuesta, Legna envuelve las piernas alrededor de la cintura de su mate, entonces él la penetra de repente. Sus estocadas son rústicas, pero placenteras. De alguna manera loca, a ella le encanta ese salvajismo y le corresponde con mordidas y arañazos.

Se siente tan bien estar entre sus brazos, ser empujada por su fuerza viril y absorber su aliento.

—Qué rico, Dyl...  —gime, fuera de sus cabales.

—¿Te gusta así? —pregunta él en un gruñido coqueto, cuyo tono provocativo y seductor le eriza los vellos a ella. Sus embestidas son duras y rápidas, acompañadas con besos rústicos y mordidas en los brazos y hombros.

Extasiada por esa nueva manera de aparearse, los ojos de Legna cambian de color y brillan en un rojo carmesí. No sólo su mirada se transforma, también los músculos se le tensan, la piel se le torna más rojiza de lo habitual, sus gemidos suenan como una melodía erótica y salvaje, asimismo, las uñas le crecen y se le clavan en la espalda a Dylan, de donde la sangre brota al instante.

Y eso lo lleva casi al límite.

El olor a excitación, mezclado con el metálico del carmesí, que decora la piel blanca de su compañero, transportan a Legna a un extraño éxtasis donde se despierta su lado menos racional y donde el instinto domina su cuerpo.

Es así como ella estalla en un orgasmo tan intenso, que sus jadeos se convierten en aullidos potentes y su cuerpo tiembla con sacudidas bruscas.

Los ojos de Dylan brillan como dos faroles plateados y sus embestidas se tornan más rápidas y violentas, hasta que él se derrama dentro de ella. Sus movimientos bruscos se van apaciguando, pero las sacudidas de su cuerpo no cesan, entonces su lobo domina su comportamiento y él termina mordiendo a Legna en el cuello.

—¡Mía! —celebra, después de que prueba su sangre y deja su marca tatuada en la piel sensible.

Presa del mismo éxtasis, Legna también lo muerde y lame la herida. Luego lo mira a los ojos y las lágrimas brotan hasta mezclarse con el agua.

—¡Eres mío, idiota! —exclama.

Las lamidas de Dylan la hacen sentir cuidada y segura, como respuesta, ella se refugia en un abrazo que poco a poco la regresa a la realidad.

—Te amo tanto... —balbucea él, rebosante de felicidad y apego.

—¿Qué hemos hecho, Dylan? —Nos hemos marcado. Ahora todos sabrán que eres mía y que yo soy tuyo. Ya somos una pareja de verdad —responde él sin poder disimular su alegría.

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El hijo del alfa y la híbrida

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