53. ZHL: El lazo de los mates

🔒 Desbloqueando capítulo…

Haz clic en el botón para desbloquear

La caricia se siente tan sutil como una pluma, cálida, reconfortante y muy agradable. De a poco, ella parpadea antes de abrir los ojos.

La luz de la habitación le parece molesta, por lo que se tarda unos segundos más para usar su visión por completo. Cuando se acostumbra, termina de despertarse y es consciente de su alrededor.

Su mirada desorbitada se cruza con la de Dylan, quien la observa como si temiera que pudiera desvanecerse ante sus ojos. De inmediato, la expresión de angustia en su rostro se transforma en una de alivio, y una sonrisa revela lo feliz que se siente al verla despertar al fin.

Legna, ayudada por Dylan, se incorpora hasta quedar sentada en la cama.

—¿Estamos en la casa de mis padres? —inquiere atolondrada, desde que reconoce su antigua habitación, la misma que ocupó varias semanas atrás junto a su mate.

Dylan asiente con movimientos suaves de cabeza y le besa la mano que ya le sostenía. Ni siquiera había notado que él la tenía agarrada.

—¿Cómo te sientes? —inquiere él mientras le roza su dedo índice por la mejilla. Legna cierra los ojos por instinto.

—Descansada... —responde ida, pero su mente recibe un impacto que la sume en los recuerdos. De repente, el aire empieza a faltarle, por lo que la respiración se le dificulta. Los latidos de su corazón se tornan violentos al compás de las sacudidas involuntarias y varios escalofríos que la hacen tiritar.

—Legna... —musita Dylan, asustado por su reacción.

—Mi bebé, Dylan... —Las lágrimas le mojan las mejillas y su labio inferior tiembla, mientras un destello de tristeza brilla en sus ojos—. Dime que no le pasó nada a nuestro cachorro, por favor.

—Debes calmarte... —dice él con la voz rota. Dylan vuelve a sostenerle las manos y se las aprieta, como manera de infundirle calma y apoyo.

—¡Por favor, dime que él está aquí! —exclama entre llantos, y se lleva la mano derecha al vientre—. Dime que su corazoncito late, dime que hay vida en mí... Por favor... —llora desesperada.

—Legna, mi amor, cálmate. — Él sostiene su rostro con ambas manos y acerca su frente a la de ella, en un gesto tierno—. Nuestro cachorro es tan fuerte como su padre, digno de ser llamado el nieto de Tron. Él está bien, solo fue un susto.

Legna deja escapar un largo suspiro que disipa toda la tensión y el terror acumulados, como si el aire liberara el peso que había estado cargando y que le impedía incluso respirar a su ritmo regular. Ella llora con más fuerza, pero esta vez lo hace del alivio y la felicidad que la embarga por la maravillosa noticia. Su bebé vive dentro de ella, él está bien.

—Qué susto... —Empieza a reír. Su cuerpo tiembla en el acto y sus carcajadas resuenan junto con el llanto, una mezcla maravillosa, según el pensamiento de Dylan.

Él le da un beso en la nariz y la abraza con fuerza. Ambos se relajan en el calor del otro y dejan que las lágrimas, ahora silenciosas, se lleven todo el miedo, el dolor y el estrés que los torturaba.

***

Leandro y Miha corren por medio del campo entre risas. Él la persigue juguetón y le da ventaja para que ella se adelante, pero antes de que la chica llegue al extenso río que cruza el valle, el cual divide aquel campo de la llanura, él da un salto y la atrapa, dejándose caer con ella encima sobre la grama.

Las risas aumentan junto a las sacudidas de sus cuerpos exaltados por el ejercicio. Ella deja de reír cuando se encuentra con los ojos de él, que le son parecidos a dos piedras de jades. Todavía encima del chico, ella le acaricia el rostro y lo sigue contemplando con mucho amor y añoranza, acción que lo lleva a su límite de contención.

Ya no quiere privarse de disfrutar los placeres de su mate, pues tiene derecho a deleitarse en su dulzura y probar sus tesoros.

Leandro se relame los labios por la anticipación y une sus labios en un beso tierno y lento, que le expresa a ella lo mucho que la ama.

Con el corazón latiéndole con frenesí, el pecho subiendo y bajando por la agitación, y varios escalofríos que los hace temblar del deseo, ellos vuelven a conectar sus miradas, esas que expresan tanto.

No necesitan decir lo que ambos anhelan en ese momento, porque es tan obvio que se limitan a expresarlo con otro beso, uno tan apasionado como el fuego que los consume. En ese instante, entran en un trance donde solo existen ellos dos, y las ganas de finalmente reclamarse superan la cordura y el decoro.

Miha se quita el vestido, quedando en ropa interior ante la mirada fiera de su mate. Él no se pierde ningún detalle de la piel blanca y lozana, adornada por varios lunares en algunas partes de su cuello y cintura.

A sus ojos, ella es la perfección encarnada, una mujer que todavía le parece demasiado sublime para alguien tan simple como él. ¿Por qué la naturaleza decidió que él mereciera tanto? A veces se le hace irreal que esa belleza es su compañera destinada.

Ella, tan hermosa y grácil, con una sonrisa capaz de calentar el ambiente más gélido. Su voz es delicada, así como sus gestos. Su corazón es tan noble que a veces teme hacerla llorar porque ella solo merece alegría.

La ama tanto que ha dolido bastante la distancia. ¿Podría entonces permitirse ese bocado de felicidad? Ella es su mundo y su motivación, pero a veces le da pavor no ser lo que la chica espera o desea.

—Te amo —le dice Miha con una sonrisa que lo derrite. Su voz es como una melodía onírica, que lo llena de un bienestar inexplicable.

—Yo también te amo, mi hermosa mate. —Él la besa con una pasión que la pone nerviosa y a la expectativa.

Rodeados por la naturaleza y con una complicidad traviesa, ellos quedan desnudos entre besos y caricias, experimentando por primera vez el placer del apareamiento.

La boca de Leandro recorre el mapa de su cuerpo, con un hambre que parece insaciable y que la lleva al borde de la locura.

Varias corrientes eléctricas la sacuden y la ponen ansiosas de más. Sí, necesita más de él y perderse en sus ojos mientras se hacen uno; sin embargo, Leandro tiene otros planes.

Él recuerda las aventuras de su hermano y lo que él le contaba que descubría con cada encuentro casual. En teoría aprendió de él para darle un encuentro maravilloso a su mate, pero aún persiste el temor de no ser suficiente y que ella termine decepcionada.

Con lamidas y pequeñas mordidas, Leandro le recorre la cintura y la pelvis hasta llegar a esa zona tan íntima y delicada. Él observa lo que considera un tesoro por el que aguardó varios años, con el propósito de hacerse merecedor de probarlo y disfrutar de lo que prometía sería una fusión fascinante.

Él el desliza su dedo índice entre sus labios ansiosos, y al sentir su humedad, sabe cuánto ella desea esa unión, lo que lo llena de dicha.

Con una sonrisa atrevida, Leandro hunde su cabeza en medio de las piernas de Miha, y se dispone a besarla. Su roce empieza suave y tímido, pero el sabor le parece muy exquisito y despierta su hambre feroz.

Ella tiembla como repuesta al ataque placentero, que consiste en lengüetazos certeros y habilidosos, acompañados por pequeñas succiones, mordidas suaves y frotes de labios consecutivos e intensos, que hacen estallar un volcán gustoso en todo su cuerpo.

Nunca antes había experimentado dicha fruición, tan exquisito deleite con el que pronto alcanza un clímax glorioso, que estalla en corrientes cosquilleantes y abrumadoras, deliciosas y fascinantes.

Oh, sí, ese placer es sabroso, maravilloso y encantador.

Cuando Miha logra recuperar un poco de cordura, nota lo fuerte que le está apretando al cabello a su amante, quien la observa todo rojo y con ojos fascinados. Su escrutinio despierta su lado más morboso y lujurioso, pues sentirse admirada y observada con ese deseo abrazador le aumenta las ganas de fundirse en él, asimismo, despierta la curiosidad y el deseo de disfrutar de su textura y conocer su sabor.

Leandro, motivado por sus anhelos más profundos y posesivos, invade el cuerpo delicado y tembloroso con el suyo, dispuesto a unirse en cuerpo y alma y a disfrutar al fin el goce que solo su amada le puede dar; sin embargo, ella lo detiene y se le coloca encima.

Él no puede evitar contemplarla maravillado, con un brillo de amor y pasión. Esa mirada fiera y fogosa la hace sentir más atrevida y deseosa de experimentarlo todo con él.

Imitando la acción inicial de su macho, ella deja besos torpes en los músculos viriles, hasta llegar a la pelvis y encontrarse con su orgullosa erección.

Traga pesado porque de momento teme no saber complacerlo, pero la caricia de él en su cabeza le devuelve la valentía y la desvergüenza, que la motiva a entregarse sin reservas y con todo el desenfreno que su poca experiencia le permite.

Es así como ella hunde la erección en su boca, chupando gustosa porque le agrada mucho el olor que desprende, muy parecido al sabor que la motiva a lamer y besar con una sed que jamás imaginó podría tener.

Leandro lucha contra sí mismo para no derramarse en su boca, pero es una labor casi imposible si ella sigue con esa maravillosa estimulación, es por esto, que él la aparta y se sienta frente a ella, uniendo sus labios en un beso feroz que mezcla sus sabores.

Tras una suave caricia en el rostro, él se le coloca encima. Con delicadeza, besos torpes por todo el rostro y palabras de amor, él entra en su amada y fusiona sus cuerpos en un deleite onírico, sublime y fascinante.

Siempre soñó, fantaseó e imaginó lo delicioso que sería reclamarla, pero siente que se quedó corto al comparar las expectativas con la realidad. Aquella unión que va más allá de la carne, no posee un adjetivo que le haga justicia, pues es lo más maravilloso y placentero que ha experimentado en toda su existencia.

—Te amo —susurra entre gemidos, suspiros y gruñidos. Bajo el cielo azul de una tarde cualquiera y con la naturaleza de testigos, una pareja de licántropos une sus vidas para siempre, y reclaman el lazo que los hace inseparables.

◄ Anterior
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

El hijo del alfa y la híbrida

💬 ¿Necesitas ayuda? Contáctanos