15. ZHL: Entre celos, mentiras y una tregua

Verla de nuevo y tan pronto le causa un sentimiento de culpa indescriptible, ya que todavía recuerda las lágrimas en los ojos celestes, sus mejillas sonrojadas y la desilusión en su semblante. Pero tenía que ser sincero, puesto que sus emociones estaban fuera de control.

Es que esa noche, después de despedirse de la cumpleañera y de su hermano, tuvo que lidiar con el amargor y el vacío que la ausencia de esa chiquilla fastidiosa le dejó. Horas antes, llegó lejos con ella e incluso su lobo estuvo a punto de reclamarla.

No, ya no puede seguir luchando contra sí mismo; sin embargo, carga con el peso de la culpa y el remordimiento.

La noche anterior, tras contarle la verdad a la mujer a quien le había prometido que marcaría como su pareja, no pudo evitar ser sincero acerca de sus dudas.

—¿Te está escuchando, Dylan? —le reclamó Clara con la voz afectada por el llanto.

—Lo siento, pero es la verdad. Me moría de los celos cuando tu hermano bailaba con Legna. No lo puedo controlar, Clara.

—Es tan simple como rechazarla, Dylan. Me lo prometiste…

Dylan se sacudió el cabello por la impotencia.

—No es tan fácil como decirlo. Perdóname, Clara…

—Tienes que rechazarla, ella no te conviene…

Dylan meditaba en esas palabras, pero ya no estaba seguro de poder prometerle aquello.

Ahora, que la tiene en frente otra vez y a la espera de una explicación, se ha quedado congelado y sin palabras. Porque, ¿qué le dirá? Ya incluso probó el sabor de los labios de su mate y no cree que pueda privarse de volver a disfrutarlos.

—Clara, yo… —habla al fin, y ella lo encara, expectante.

***

Los ojos de Legna se tornan azules claros, justo como el río frente a ella. De a poco un cúmulo de agua empieza a levantarse por los aires y, a medida en que ella gira por encima de la superficie, la acumulación del líquido azulado se levanta y forma una masa larga que gira al compás de los movimientos de la pelirroja.

Ella levanta los brazos en dirección al cielo, con un movimiento brusco, pero grácil; de inmediato, la masa de agua que flota por encima del río se extiende en dirección al cielo y regresa en forma de lluvia y dura unos segundos.

Mojada y con risas divertidas, Legna baja despacio al suelo y se dirige a la cabaña.

—El tonto de Dylan se está tardando… —Ella se muerde el labio inferior—. De seguro sólo se estaba burlando de mí. Qué ingenua fui al creer que él de verdad quería pasarse la tarde conmigo y que su beso fue sincero.

«Eres toda una contradicción. Si desde el principio pensaste que él te estaba tomando el pelo», se mofa su loba, como manera de confrontar a su parte racional.

—Este… —Ella se relame los labios—. Tienes razón, no puedo esperar nada bueno del cara de culo.

«Ummm…», gruñe su parte lobuna. Está cansada de lo mismo, así que se limita a ocultarse decepcionada.

Después de una larga ducha, Legna escoge un vestido rojo y corto, ajustado en el torso, pero con falda ancha. Ella observa el escote que resalta sus atributos y sonríe pícara.

—¿Será que vendrás? Ya va a anochecer —musita para sí con voz triste—. ¿Para qué quiero que ese idiota venga? Mejor me pongo a hacer la cena y me acuesto temprano.

Ella observa su reflejo en el espejo y suspira con desdén.

Cuando Legna sale de la habitación, se queda parada en la sala por un largo rato, ya que mantiene la esperanza de que Dylan toque la puerta, mas eso no sucede.

—Bien, maldito infeliz, me vas a pagar el haberme dejado plantada; ya verás lo que te haré… —Los toques en la puerta interrumpen su despotrico. 

—¿Legna? 

Ella siente que el corazón le salta en el pecho al reconocer esa voz. No sólo eso, el aroma a bambú que le inundan las fosas nasales le eriza todos los vellos del cuerpo y la hace salivar con exageración.

«¿Qué me sucede?», piensa desconcertada. 

Los llamados de Dylan la sacan de su ensoñación, por lo que ella hace que la puerta se abra con un movimiento de dedos.

—¿Qué es todo esto? —Legna corre en su dirección y lo ayuda con algunas bolsas, luego se dirige con estas hasta la cocina, seguida por él.

—Traje los ingredientes de la cena.

—¿En serio? No sabía que cocinaríamos para toda la manada —se burla, y hurga en lo que él trajo.

Mientras ella saca los productos de las bolsas, Dylan concentra su atención en el pronunciado y provocador escote que lo hace relamerse los labios de forma instintiva.

Legna, ignorante de la mirada atrevida del chico, acomoda todos los ingredientes en el armario de provisiones. De repente, la caja que Dylan aún sostiene capta su atención. Él la pone sobre la mesa frente a ella con una sonrisa airosa y se queda a la expectativa de su reacción.

—Traje el postre —explica con un atisbo de entusiasmo en su voz—. ¿Por qué no miras? —la invita a abrir la caja.

Legna olfatea y se relame los labios.

—¿Pastel de chocolate? —adivina. Ella saca el postre y lo coloca en medio de la mesa, acto seguido, se pasa un largo rato contemplándolo con ojitos brillosos.

—Chocolate y maní; tu favorito, ¿cierto?

Legna pone su atención en Dylan, quien la observa airoso porque ha acertado.

—¿Cómo lo sabes? —inquiere con la mirada cristalizada, dado que se siente conmovida de que él conozca su gusto.

—Pues, no es difícil de deducir, ya que siempre que salíamos en grupo te comprabas barras de chocolate con maní. Recuerdo que cada vez que dabas un bocado cerrabas los ojos y tu semblante denotaba placer y deleite. Te veías feliz cuando comías cualquier cosa que tuviera chocolate con maní. 

La pelirroja se queda pasmada en su lugar sin saber cómo responder a eso. Por supuesto, su lado problemático es terco, por lo que ella decanta en sabotear sus emociones.

—Eres un acosador. ¿Tan pendiente estabas de mí? Me das miedo, Cara de culo.

Dylan gruñe molesto.

—¿Se supone que eso sea malo? Eres una loba muy rara y fastidiosa. Contigo no se puede ni hacer un gesto lindo porque todo te lo tomas a mal. ¡Qué aburrimiento! —Resopla con decepción.

Legna se siente herida por sus palabras, en especial porque la confrontan.

«¿Cómo se supone que deba tratar a este idiota? No estoy acostumbrada a que sea lindo conmigo», se justifica en su interior.

—Si tanto te aburro, ¿para qué vienes? De seguro deseas estar con tu amada Clara, sino es que ya vienes de verla.

Dylan se tensa porque sí estuvo conversando con Clara, y esa fue la razón por la que llegó más tarde de lo que había previsto.

—¿Acaso tienes un maldito fetiche con Clara? —Él entorna los ojos—. En vez de estar buscando pelea, deberías empezar a enseñarme cómo preparar pasta, ya que es mi platillo favorito. 

Legna se cruza de brazos y hace un mohín berrinchudo.

—Tampoco me mandes.

—No te estoy mandando, lobita enojona. ¿Podríamos llevar la fiesta en paz, aunque sea sólo por hoy? Me mudaré pronto y de verdad me urge aprender a cocinar. —Él junta las dos manos en ruego.

—Eres rico, así que puedes pagarte empleados. 

—No te creas, yo estoy haciendo mi propio dinero para independizarme de mi familia. No es por nada malo, pero quiero demostrarles a los padres de mi futura pareja que soy un hombre capaz de proteger a su hija, aún si no cuento con la riqueza de mis progenitores.

Legna siente que el pecho le quema. Se imagina quién es su futura pareja y eso la enoja bastante. Le parece irónico que ayudará a su mate a mejorar para que reclame a otra mujer; pero lo que más le duele es que él haga tantos sacrificios por Clara y, aunque no lo reconozca, los celos la martirizan.

—Ya veo… —masculla con tristeza—. Ella será muy afortunada…

—Por supuesto que lo será, puesto que yo me convertiré en el mejor esposo que una mujer pueda tener —alardea alusivo.

—Tampoco seas tan creído, Cara de culo. Es más, ya me fastidió esta tonta charla, así que mejor empecemos a preparar la cena. Toma esa olla y pon a hervir agua en ella. —Legna apunta en dirección al utensilio mientras intenta evadir las emociones negativas que la torturan.

La pelirroja le va explicando paso por paso qué hacer, al tiempo en que hace juegos y bromas con la comida para que él no se aburra y mantenga el interés en las lecciones.

—¿Así? —pregunta Dylan mientras le enseña una tira de ají que ha picado.

—Un poco más delgado, Cara de culo.

—Nunca estás conforme… —se queja con un puchero.

—Y tú eres bruto. ¿Cuántas veces tendré que explicarte lo mismo? 

—¿Acaso estás en tus días? Tu mal humor ya no me parece normal.

—Si tanto te molesto ahí está la puerta.

—”Si tanto te molesto ahí está la puerta” —se burla él, imitando una voz chillona.

—¡Yo no hablo así! —estalla colérica—. ¿Podrías dejar de comportarte como un tonto? ¡Madura!

Dylan olfatea en el aire para confirmar que ella de verdad esté menstruando, pero descubre que no, entonces la mira confundido.

—¿Qué es lo que te molesta, lobita fastidiosa? Siempre nos llevamos mal, pero hoy estás peor.

—Hueles a ella… —gruñe con una mirada sombría.

Dylan traga pesado. Por alguna razón se siente conmovido de que por su culpa Legna esté enojada; no obstante, que ella demuestre celos le da un poco de alegría. 

Su impulso por tranquilizarla lo hace acortar la distancia con la chica, acto seguido, le acaricia la mejilla con los nudillos de su mano derecha.

—Me la encontré en la tienda de alimentos y conversamos un rato… —Él omite la parte en que Clara lo besó, en un impulso desesperado por retenerlo.

—¿Por eso te tardaste? —inquiere con voz mimada.

—Sí, y lo siento. —Él la besa en la frente—. Clara y yo nos dimos un tiempo, hasta que ella encuentre a su mate… —miente.

—Entiendo… —Legna se pone más triste que antes—. Cuando ella lo encuentre lo rechazará, entonces tú harás lo mismo conmigo, ¿cierto?

—Ese es el plan… —Él trata de no descomponerse para que ella no descubra su mentira—. A menos que tú no estés de acuerdo…

—No es mi asunto… —masculla entre dientes.

—¿De verdad quieres el rechazo? ¿No te molesta ni un poco que yo me vaya a unir a Clara?

—¿Por qué tiene que molestarme?

—No sé, quizás porque soy tu maldito mate. —Él agudiza su tono de voz.

—Sólo eso somos; pero tu mente y tu corazón están con ella. 

—No sabes nada de mí para asegurar algo como eso, en todo caso, ¿qué hay de ti? ¿Dónde está tu mente y tu corazón?

Legna suspira.

—En el continente de los Zollebs. Una vez aceptes el rechazo, me iré a vivir allí con mi abuelo. 

—Entonces ese es tu plan… —Dylan frunce el ceño—. Este es tu verdadero hogar, así que no tiene ningún sentido que te marches. 

—Te equivocas. ¿Por cuánto tiempo crees que mi familia y yo podremos vivir en paz en este territorio? 

—No entiendo por qué deban tener problemas acá.

—Hay rumores de que el consejo nunca estuvo de acuerdo con que mamá habitara entre los licántropos. Fue difícil para mis padres poder estar juntos. 

—¿Qué tiene eso que ver contigo y tus hermanos? ¿Acaso no ha demostrado tu madre que ustedes no representan ninguna amenaza? 

Legna vuelve a suspirar.

—Es más complicado que eso. Ya no sólo se trata de una pareja que logró que hicieran una excepción con ellos, ahora somos tres retoños que se pueden multiplicar. De alguna manera, estamos rompiendo con la ley de la naturaleza e invadiendo un territorio ajeno. Somos una nueva especie, Dylan —explica angustiada.

Por su parte, él se queda en silencio por unos segundos, tratando de asimilar sus palabras. ¿Será esa la razón por la que ella quiere rechazarlo?

—¿Territorio ajeno? Según tu lógica, sería lo mismo con los zollebs. Si se reproducen allá, también hay riesgo de que los híbridos invadan hasta que se mezclen con los puros y estos se extingan, así que sería la misma situación. Creo que, lo único que le queda a este continente, es aceptar que no todos seremos licántropos puros.

—Con los zollebs sería diferente porque allá no encontraríamos una pareja destinada, por lo tanto, no tendríamos por qué reproducirnos. Sólo se trataría de sexo sin compromiso con algún zolleb y ya, puesto que sólo la minoría decide mantener la especie. 

—Los zollebs también pueden enamorarse y tener una pareja destinada, Legna. 

—Es un caso muy extraño. De todas formas, mis hermanos y yo tenemos pocas probabilidades de encajar con un zolleb puro, debido a nuestra naturaleza licántropa. 

—No lo sé, Legna, tus padres son la prueba de que se puede tener el lazo con cualquier especie racional. Entiendo lo complicado que es todo este asunto, pero escapar no es la solución. Además, creí que ofreciste tus habilidades de zolleb a la universidad porque el decano es miembro del consejo. Me paree una buena estrategia para ganarte la confianza de los demás miembros.

Legna se siente confrontada, debido a que su verdadero motivo era fastidiarlo a él y no sumar puntos con el consejo. Es hasta ese momento que se da cuenta de lo inmadura que ha sido.

—No creo que un solo miembro pueda ayudarnos.

—Mi padre es uno de ellos, por lo que serían dos. Él ayudó a los tuyos en el pasado, también podría hacerlo contigo y tus hermanos si se requiere.

Legna suspira contrariada, puesto que Dylan no entiende del todo los posibles riesgos ante aquel desequilibrio natural.

—Ralla el queso, que la pasta ya esta está lista —cambia el tema de forma drástica mientras se aleja de él para apagar la estufa.

Ellos ponen la mesa en un silencio doloroso, donde ambos tienen mucho por decir, pero carecen de valentía para mostrarse tal cual y ser completamente sinceros.

—Vaya… —Dylan rompe la sombría tranquilidad—. ¡Esto está delicioso! Creo que es la pasta más sabrosa que he comido en toda mi vida. ¡Sí que soy el mejor cocinero!

Legna estalla en carcajadas. Le divierte mucho su emoción y decide no arruinarle el momento con una burla cargada de sarcasmo. 

—Brindemos por eso. —Ella echa vino en dos copas y le da una a él. 

Ambos brindan con una sonrisa cómplice, luego toman un sorbo de la dulce y alcoholizada bebida bajo la atenta mirada del otro. 

Después de cenar, ellos se sientan en un mueble largo y acolchado que se encuentra en el patio, para degustar el postre bajo la luz de la luna y el sonido de los animales nocturnos. Cada uno se encuentra al extremo del asiento que se mece, y frente a ellos se ubica una mesa pequeña, cuya superficie sostiene el pastel y la botella de vino.

La brisa fría les refresca la piel a ambos, que, por alguna razón, se encuentran calientes. Quizás sea el efecto del lazo y todo el tiempo que han reprimido la necesidad de reclamarse.

—¡Qué delicia! —celebra Legna, cada vez que le da una mordida al postre chocolatoso.

—Me alegra mucho que te guste. Espera… —Él se le acerca y le gira el rostro para que Legna lo encare—. ¿Eres un cerdo acaso? Te ensuciaste el rostro. —Dylan toma una servilleta y se la pasa por la cara.

—No soy un bebé para que me estés limpiando. Déjame ser, Cara de culo.

—Y tú no sigas llamándome así, eso suena demasiado vulgar —gruñe.

—Es que te describe muy bien porque siempre estás serio. Todo un cara de culo.

—¡Qué inculta!

—¡Qué fastidioso!

—No voy a discutir si es lo que intentas. —Él come de su pastel.

Por su parte, Legna le mete el dedo a su porción y chupa el jarabe de chocolate que se le embarra allí. Esa acción capta la atención de Dylan, quien, al notar que ella se ha ensuciado otra vez, le limpia la comisura de la boca con su dedo índice y luego lo lame de manera alusiva y seductora.

La pelirroja lo observa con el corazón acelerado, ya que no se esperaba tanta picardía de parte de él.

—A veces siento que no te conozco, Dyl —comenta con dificultad, debido a lo irregular de su respiración.

—Casi nadie lo hace porque todos asumen que soy una roca sin emociones, gracias a mi personalidad reservada. De todas formas, no había encontrado a la persona que influyera en todas mis facetas… —Él deja de hablar porque en realidad ese alguien siempre ha existido, sólo que, es en ese momento que cae en cuenta de que ella es quien provoca todo eso en él.

—Deja de mentir, estoy segura de que Clara ha experimentado todas tus formas…

Un beso la interrumpe.

—Cada vez que la menciones te voy a besar —la amenaza.

—Si vuelves a hacerlo te romperé los testículos. ¿Quién te crees que eres para tratarme como a la otra? 

—Mientras seas mi mate el título de la “otra” no te queda.

—Eres un patán, Cara de culo. ¿Nos usarás a las dos a tu conveniencia? No me prestaré para eso.

—¿Significa que aceptarás el reclamo?

—Ni en tus sueños.

—¿Entonces…? —Él resopla con frustración—. Si buscas hacerme la vida miserable lo estás logrando. ¿Qué diablos es lo que quieres al mantener nuestro lazo sin la esperanza a una unión?

—Si quieres podemos rechazarnos ahora mismo y así serás libre para unirte a quien en verdad amas.

Dylan la mira en desacuerdo.

—Ya me voy —evade con tono tosco—. Gracias por la lección. —Se levanta del asiento, dispuesto a marcharse.

—Te tomará varias horas llegar a tu manada y mañana tienes que ir a la universidad temprano. ¿Por qué no te quedas a dormir en la cabaña y así nos vamos juntos? 

—¿Me estás invitando a que pase la noche contigo? —Él se devuelve y la mira con flirteo.

—No, tonto. Tú dormirás en una habitación y yo en otra; tampoco te creas tanto. —Ella hace una mueca—. Puedes usar un pantalón de papá para dormir.

—Me parece perfecto. Dado que siempre dejo ropa y parte de mis pertenencias en el casillero de la universidad, podré cambiarme cuando llegue. Por suerte mis utensilios de enseñanza también se encuentran guardados allí.

—Haré lo mismo que tú, en cuanto a la ropa, ya que los utensilios sí los guardé en el casillero porque el decano me dijo que era obligatorio dejarlos.

—Eres una copiona.

—Y tú un patán.

—Y tú una terca egoísta.

—¿Yo soy la egoísta? ¡No me hagas reír! 

—Te molesta que planee un futuro con Clara, pero tampoco quieres que te reclame. Dime, ¿no es eso ser muy egoísta? 

—No quiero que me reclames cuando quieres a otra.

—No quiero a Clara.

—Mentiroso.

Dylan resopla. Desea contarle la verdad, pero le da pavor quedar expuesto cuando entre ellos dos hay tanta incertidumbre.

—Tengo miedo, Legna —reconoce cabizbajo.

Ella se queda en silencio y lo mira a los ojos. Esta vez puede percibir sinceridad en él y eso la conmueve; sin embargo, entiende que su compañero no es del todo honesto y eso la aterroriza.

—Yo también tengo miedo —admite.

—No me uniré a Clara —confiesa con voz temblorosa—; mentí para que siguieras con tu tonto juego de venganza y con ello evitar que decidas rechazarme, al no tener con qué joderme la existencia. Por cierto, nunca me has aclarado qué fue lo que te hice para que me odies a esa magnitud. 

—No te odio, sólo me caes mal.

—¡Oh, qué alivio! —exclama con sarcasmo—. ¿Por qué te caigo mal? ¿De verdad crees que soy poca cosa para ti?

Legna niega con la cabeza.

—Es lo que siento yo, que no soy suficiente para tus estándares.

Dylan agranda los ojos en sorpresa.

—¿Hablas en serio? Si eres el ser más interesante y exótico que he conocido en mi puta vida. —Él sonríe malicioso—. Oye, te propongo algo.

—¿Qué? —inquiere con desconfianza.

—Seamos amigos, Legna. Vamos a conocernos de verdad sin asunciones ni prejuicios. ¿Qué dices?

Ella se queda pensativa por un rato. 

—¿Crees que logremos sobrevivir? Digo, podríamos terminar matándonos en el intento.

Dylan sonríe juguetón.

—¿Qué podríamos perder? 

—Bueno, pero eso no quiere decir que no te haga saber tus verdades. 

—Como digas, peleona.

—Bien, seamos amigos de verdad. ¿Seguiremos con el lazo?

Dylan se tensa.

—Por supuesto. Dejaremos que nuestra convivencia fluya y… —Él se relame los labios.

—¿Cuál es tu definición de amigos, Cara de culo?

—Tratar de llevarnos bien y no asumir. Que nos tratemos sin prejuicios y seamos tolerantes. A eso me refiero. 

—Ummm… —Ella entrecierra los ojos—. Tengo una condición.

—¿Cuál?

—Que seas sincero con Clara y le digas que soy tu mate. No significa que acepto el reclamo, pero mientras mantengamos el lazo quiero que todo sea transparente entre nosotros. Además, Clara no se merece que la sigas engañando. Si no eres capaz de ser sincero, entonces no quiero tu amistad.

Dylan asiente con la cabeza. No puede creer que todo haya resultado más sencillo de lo que esperaba. Y, aunque Legna no está aceptando el reclamo, por lo menos tendrá la oportunidad de conquistarla sin enredos ni omisiones.

—No será necesario porque yo ya se lo dije. Ella sabe que eres mi mate desde anoche. Le conté todo en tu fiesta de cumpleaños. Tuve que ser sincero porque mi comportamiento contigo fue muy obvio, y yo me sentí como la mierda cuando la vi llorar después de que tú y yo regresamos del bosque.

Legna no da crédito a lo que escucha, por lo que parpadea varias veces para asimilarlo.

—¿Le dijiste? ¡Le quitas la diversión a mi juego! Se suponía que eso debía torturarte y no aliviarte.

—Oh, gracias por quererme tanto, amiga —gruñe.

Legna se relame los labios y sonríe maliciosa. Pese a que esa versión amistosa de Dylan la asusta y la hace sentir recelosa, también le provoca emociones agradables. 

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El hijo del alfa y la híbrida

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