31. ZHL: Antes de la tormenta

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Legna sale de la tienda junto a Dylan con varias bolsas pequeñas en la mano y un entusiasmo que hace sonreír a su mate.
—¡Están todas hermosas! —exclama ella, alegre—. Los chicos son muy buenos con el ámbar. Y tú eres un dulce, mi lobo; pero te gastaste una fortuna, Dyl.
—Te mereces eso y más, mi loba traviesa. Ya quiero verte esas joyas puestas mientras me las modelas desnuda... —responde con un tono seductor, acto seguido, le muerde el lóbulo de la oreja.
—¿Por qué desnuda? ¡Qué pervertido eres! Por cierto, ¿dónde se metió el tonto de Ryan? —Ella mira a su alrededor como si lo pudiera encontrar por allí.
—Ni idea. Puede que haya regresado a la casa —contesta Dylan mientras se encoge de hombros. Para él es magnífico que su cuñado se haya ido, puesto que podrá estar más tiempo a solas con Legna.
—Bueno... Supongo que ya no es necesario que ande detrás mío como si fuera mi cola. Ventaja de independizarme y tener pareja.
Dylan sonríe malicioso.
—Eso significa que nos podemos dar una escapadita antes del almuerzo... —dice alusivo, al tiempo en que le dedica una mirada traviesa que expresa las ganas que tiene de hacer travesuras.
—Eres un lobo muy cachondo que busca cualquier excusa para aparearse. —Ella le lame la mejilla. Dylan aprieta los ojos a causa de la sensación cosquilleante, provocada por la lengua de la chica en el área.
—Quiero que me hagas eso, pero en otro lado... —Él mueve las cejas y le dedica una sonrisa juguetona.
—¿Qué otro lado, picarón? —Ella ríe—. ¿Sabes qué? Ya me antojé de un helado; ven. —Legna lo agarra por la mano y se lo lleva a rastras.
Pronto llegan a una heladería donde son el centro de atención. Por un lado, los chicos le dan miraditas atrevidas a Legna, pero disimuladas; por el otro, las mujeres allí presentes observan a Dylan y se ríen entre ellas.
—¿Qué sabor deseas, chico guapo? —pregunta la vendedora con flirteo.
—Yo deseo fresa —responde Legna maliciosa, a lo que la chica pone cara de hastío.
—Le estaba preguntando a él, ¿podrías esperar tu turno? —contesta de mala gana.
—Andamos juntos, ¿podrías ser más amable con mi pareja? —contraataca Dylan, molesto, debido a su descortesía.
La chica agranda los ojos avergonzada.
—Disculpa, pero es que ella fue grosera...
—No quiero tus explicaciones; limítate a vendernos o llamo a tu supervisor —responde Dylan cortante.
Legna lo mira sorprendida, luego recuerda esa parte brusca de él ser. Puesto que en esos días ha visto su forma más tierna y melosa, había olvidado lo estoico y rudo que se muestra cuando algo o alguien lo incomoda.
La chica mira a Legna nerviosa y con ojos cristalizados, conteniendo las lágrimas que gritan por salir gracias el bochorno y lo humillada que se siente. Es la primera vez que un chico le habla de esa manera y que no le devuelve el coqueteo.
—Quiero fresa... —dice la pelirroja con voz apagada porque siente pena por la vendedora.
—A mí me das una cajita mediana. Sabor a chocolate y vainilla, por favor —pide Dylan con la misma expresión brusca, luego mira a Legna y el semblante se le suaviza cuando sus ojos plateados aprecian su rostro—. Creí que pedirías chocolate, ¿por qué el cambio?
—Hay que variar, cariño, además... —se le acerca al oído y le susurra—, el cono rosado me recuerda algo que tienes ahí abajo, entonces quiero lamerlo y saborearlo mientras imagino que es tu...
—¡Carajo! —Dylan la interrumpe con una exclamación. Como reacción a su comentario, la piel se le torna roja y el pulso se le acelera.
Las demás personas miran en su dirección curiosas, pero vuelven a lo suyo cuando notan que nada sucede.
«Esta loba provocadora va a acabar con mi sano juicio», piensa nervioso. Dylan aprieta los ojos al tratar de deshacerse de esa imagen, pero es casi imposible no recordar lo que hicieron en la cocina, la noche anterior.
—¿Para llevar o comer aquí? —pregunta la vendedora, pero Dylan se encuentra absorto en sus más sucios pensamientos.
—Para llevar —responde Legna con tono amable cuando el silencio se instala entre ellos.
La pareja sale de la heladería con sus helados en manos mientras conversan acerca de sus sabores con doble sentido. Se detienen en un parque y toman asiento en una banqueta que se encuentra cerca de un árbol enorme, donde sus largas ramas le sirven de sombra contra el sol brillante.
—Me vas a matar un día de estos, lobita provocadora —comenta él, puesto que no logra sacarse de la mente las palabras que ella le susurró en el oído cuando aún estaban en la tienda.
—¿Yo? ¿De qué me culpas ahora? —Ella lame su helado de forma provocativa, acción que capta la atención de Dylan y le dificulta responderle.
—T-Tú... —balbucea, inmerso en los movimientos atrevidos que Legna realiza con la lengua—. ¡Deja de hacer eso o te cojo aquí mismo!
Ella estalla en carcajadas.
—¡Qué pervertido eres! ¡Si sólo me estoy comiendo mi helado! Deberías hacer lo mismo con el tuyo antes de que se derrita. —Legna apunta en dirección de la cajita que él sostiene y que, en efecto, su contenido empieza a derretirse.
Al notarlo, Dylan empieza a comerlo deprisa, pero sin dejar de juzgarla con su escrutinio penetrante.
—Está haciendo mucho calor, nunca antes habíamos tenido una temperatura similar —comenta él de la nada.
Legna suspira con desánimo y mira al cielo.
—Creo que algo malo sucede, Dyl, por lo tanto, siento que debo ir con el abuelo.
Dylan la mira curioso.
—¿Al territorio humano?
—Puede que necesite ayuda. Es que no entiendo por qué no hemos tenido noticias acerca de él y su misión, aparte de que creo que el problema de los humanos nos está afectando a nosotros también. Mamá me dijo que se pudo comunicar con el abuelo hace un tiempo, mas él estaba raro y cortante. Ella se quedó preocupada.
Dylan se tensa.
—Entonces, ¿te irás? ¿Puedo ir contigo?
Legna lo mira con una sonrisa tierna.
—Eres un licántropo, Dyl, no debes irrumpir en el territorio humano o tendremos problemas.
—Tú también eres licántropo. —Él entorna los ojos y se mete la cucharita en la boca.
—Mitad. Mi parte zolleb me da el derecho de ir —dice juguetona.
—No quiero que te vayas y me dejes aquí preocupado por tu bienestar.
Ella suspira.
—Tampoco quiero irme y menos con esta marca en el cuello. El rey me matará cuando se entere de que hice todo lo que él me dijo que no hiciera. Pero es que estoy muy angustiada por él; temo que la misión se le haya salido de control y que necesite ayuda.
—Te entiendo, Legna, pero se trata del rey de los zollebs. No hay nadie por encima de él, así que no creo que necesite tu ayuda. Además, si algo se torna fuera de su alcance, él cuenta con todo un ejército para que lo asista, ¿no?
Legna asiente a su argumento; sin embargo, no queda satisfecha del todo.
—Tengo un mal presentimiento, Dyl. Temo por la seguridad de mi abuelo y deseo ir junto a él para confirmar que todo está bien; pero al mismo tiempo, no quiero alejarme de ti, no ahora.
—¿No ahora?
Legna aprieta el cono del helado.
—Es decir, menos ahora. No sabría explicarlo...
—¿De qué hablas? —Dylan le acaricia el mentón y lo gira un poco hacia él para poder apreciar su mirada—. Yo no quiero apartarme nunca de ti. Leg, ni pienses en que podría suceder algo como eso. No aceptaré que me dejes.
—No te dejaré, Dyl, ¿por qué piensas que lo haré?
—Por lo que me acabas de decir. No quiero que veas nuestra separación como una opción, nunca.
—Eso no sucederá, mi amor. Yo te amo. —Legna lo besa. No intentará explicar lo que ni ella misma entiende, ya que no quiere que el malinterprete sus palabras.
 
***
 
En un territorio de suelo arenoso y pocos árboles, la brisa levanta el polvo hasta convertirlo en un pequeño tornado, que se mueve alrededor y toma la figura de una mujer.
La niña, de unos doce años, observa el espectáculo con expresión perpleja y oculta detrás de unos arbustos secos y demacrados.
—Pronto... —dice la figura de arena.
Otra mujer hace presencia, pero es una de carne y hueso. Está vestida con una falda larga, un poco ajustada y de tela blanca, y un top gris oscuro ceñido al torso, que resalta sus atributos. El cabello oscuro y lacio lo tiene recogido en un moño alto y estilizado. La mujer es bonita y de apariencia sencilla; sin embargo, hay maldad en su aura.
—Pude colarme en el territorio humano y encontré un aliado que me ha ayudado bastante a entender lo que sucede allí. Hace poco descubrí que hay algo más poderoso que la dichosa piedra de los zollebs y es lo que está ocasionando el caos —informa la chica.
—¿Eso nos servirá? —inquiere el ente de arena, con esa voz escalofriante que suena como un susurro.
—Estoy segura de que sí. Mientras tanto, puede usar un cuerpo que la ayude a cumplir con su objetivo, luego probamos lo que tengo en mente. ¿Ya encontró a la candidata perfecta?
—Sí, pero necesitaré tu ayuda para ocuparla, sabes que estoy muy limitada.
La mujer sonríe maliciosa.
—Lo haremos cuanto antes, ya que tengo que regresar al territorio humano. Debo aprovechar que ellos no tienen protección y que los de nuestra especie aún no han descubierto la brecha que abrí para colarme.
—Me parece bien. Vamos...
El ente se convierte en viento y se desvanece en el cielo, mientras que la mujer cambia su forma a la de un lobo y corre lejos del lugar.
La niña, quien sabe bien cómo ocultar su presencia, sale de su escondite y regresa a casa asustada.
—¿Dónde estabas? —grita un hombre, quien la cachetea antes de que ella responda. Un zumbido se instala en sus oídos, gracias al impacto del golpe, pero la pequeña se pone de pies sin emitir quejido y levanta el rostro desafiante.
—Buscaba comida —contesta, sin un atisbo de temor.
—¿Y dónde está lo que trajiste?
Ella saca un pedazo de pan seco de su mochila vieja y se lo extiende.
—Lo robé de la basura de un panadero. Fue difícil colarme en esa manada.
Él la vuelve a cachetear.
—¡Estuviste en una panadería y sólo trajiste un pedazo de pan viejo! —estalla indignado—. ¿Acaso te crees mejor que nosotros? ¡Dime! —le aprieta el cuello.
—No le iba a robar a un inocente. Prefiero comer basura antes de hacerle daño a otra persona. —La niña llora de la rabia, ya que odia sentirse débil ante esa alimaña que tanto daño le hace.
La mano del hombre aprieta más fuerte contra el cuello frágil de la chica; sin embargo, ella mantiene su postura de desafío. Prefiere morirse ante de rogarle a él.
—¡Ya basta! —grita un joven de unos veinte años, cuyos ojos oscuros observan la escena con ira, mas debe tragarla por ahora—. Deja a la pequeña ratita en paz; sólo es una tonta que no sabe cuál es su lugar en este mundo, pero pronto aprenderá. Vamos, castígame en su lugar —insiste.
El hombre suelta a la niña quien cae el piso tosiendo, acto seguido, muerde el pan que ella trajo y sale de la pocilga donde viven, murmurando maldiciones.
—Ese maldito, lo odio... —Ella deja salir las primeras lágrimas.
—Ven, te guardé algo de comer que te gustará. —Él busca una naranja de aspecto agradable y se la pasa.
—Vaya, es hermosa. Nunca antes había visto una fruta en tan buen estado —halaga la chica, fascinada.
—Lo sé, por eso te la traje. Fue difícil ocultarla de papá.
—Gracias, tú eres el único bueno de la familia. —Lo abraza.
—Desde que te vi por primera vez supe que te amaría. Sé que todo luce oscuro ahora, pero pronto escaparemos lejos y viviremos como lobos normales. Nadie sabrá que somos los tan mal llamados "lobos ratas" —escupe lo último con ironía.
—No sé si pueda dejar a mamá...
—Shhh... —Él le tapa la boca con el dedo—. Ella no se preocupa por ti, prefiere al marido y deja que él te haga esas cosas horribles. Yo tuve una mamá y ella murió para protegerme. La tuya deja que papá te haga daño porque es más mujer que madre.
—A veces deseo que nuestros padres nunca se hubieran marcado, pero entonces no nos hubiéramos conocido. —La cachorra le acaricia la mejilla. Como respuesta al roce suave y delicioso, el chico cierra los ojos y suelta un gemido que a ella la pone alerta.
—En eso tienes razón. ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Pensé: «No existe una chica tan hermosa como esta niña». Te amé, te lo juro. Pronto el infierno acabará, te lo prometo.
—¿Somos mates?
—No lo sé, tampoco me importa. Tú y yo seremos pareja cuando te conviertas en loba, mientras tanto, te enseñaré el arte del amor. ¿Quieres seguir aprendiendo? —Él le da un beso en la comisura de la boca.
Ella asiente no muy segura, pero se convence a sí misma de que no es lo mismo. Su hermanastro la ama de verdad y nunca le haría daño. Él no es su padrastro.
El chico empieza a disfrutar de lo prohibido y ella se deja hacer; después de todo, él no la obliga como lo hace el esposo de su madre.


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