🔒 Desbloqueando capítulo…
Haz clic en el botón para desbloquear
Debajo del cielo violeta y rosáceo, donde el sol aún no ha hecho presencia, pero anuncia su pronta salida; una cabaña refugia a la pareja de jóvenes en un escenario que podría ser romántico; sin embargo, muestra una cama desarreglada y a dos cachorros en posiciones para nada tiernas.
La pelirroja, que no se sabe en qué momento ha quedado con la cabeza opuesta al chico, se ha tomado toda la cama para sí, por lo que él se encuentra acorralado contra la orilla. Las dos piernas de ella están abiertas, una encima de una almohada y la otra sobre el abdomen de Dylan.
—Ummm... —balbucea ella mientras explaya los brazos, luego se gira hacia el lado donde se encuentra Dylan y le pega con el otro pie en el rostro.
—¡Auch! —exclama él exaltado. Dylan se incorpora y tira la pierna de vuelta al colchón con brusquedad, acto seguido, se frota los ojos y mira a su alrededor desorbitado.
—Déjame dormir... —se queja Legna, y es cuando Dylan cae en cuenta que ella ya no tiene puesta la bata que la cubría.
—¿Por qué estás desnuda? —Él frunce el ceño.
—Déjame dormir, Cara de culo...
—Ya es hora de levantarse, recuerda que debemos viajar a la manada Luz plateada.
Legna se sienta de un respingo, acción que capta la atención de Dylan, ya que sus pechos se muestran a él en todo su esplendor. Como manera de evitar tan exquisita vista, él pone su atención en el rostro, pero al instante se espanta.
—¡Diablos! —exclama—. ¿Qué le sucedió a tu cabello?
Legna parpadea varias veces porque no entiende lo que él le dice.
—¿Qué? —cuestiona desorbitada.
—Pareces una leona —se burla entre risas.
Ella le saca la lengua.
—No me jodas, Cara de culo.
—Te he dicho que no me llames así. —Él se le lanza encima y empieza a jugar con ella.
—¡No me hagas cosquillas, tonto! —exclama con grandes carcajadas mientras intenta hacerle lo mismo.
Ella lo tumba y se le coloca encima, luego lo ataca, pero él le agarra las manos. Ese forcejeo los hace rozarse de manera peligrosa, como resultado, él le aprieta las caderas y tensa la pelvis.
—¿Qué haces, lobo travieso? —Ella se tira en la cama.
—N-Nada —tartamudea avergonzado. Tenía la esperanza de que ella le siguiera el juego, pero a esa niña le encanta hacerse la difícil.
—Ummm... —Legna entrecierra los ojos y se le sienta en el regazo, acto seguido, le peina el cabello con los dedos.
Debido a lo placentero que sus caricias sutiles le parecen, Dylan cierra los ojos para disfrutar del dulce tacto de su mate.
—Dame un beso, lobita... —susurra extasiado.
Legna le roza los labios con los suyos, pero lo besa en la mejilla, luego se ríe maliciosa.
» No le veo lo gracioso —masculla él molesto.
—Yo sí. —Ella le pica los labios con la yema de su dedo índice.
Dylan le da una pequeña mordida y lo chupa, acción que le provoca una sacudida en todo el cuerpo a Legna.
—¿Nos bañaremos juntos? —inquiere él seductor.
—No te creas tanto, pervertido. ¿Piensas que me voy a aparear contigo sólo porque sí? Anoche me dejé llevar por las hormonas, pero eso no volverá a suceder.
—Yo no estaría tan seguro, lobita hipócrita; sé que yo te gusto tanto como tú a mí. Puedo oler tu deseo, así que veremos por cuánto tiempo te harás la difícil —la reta.
—Estás delirando, Cara de culo, tú no me gustas.
—¿Vas a negarlo? —Él corta la poca distancia entre ellos—. Voy a fingir que creo tu vil mentira, Legna.
—Mejor levanta tu trasero que ya casi nos tenemos que ir. —Ella trata de quitársele de las piernas, pero él se lo impide y se deja caer sobre la cama, quedando Legna atrapada en su cuerpo—. ¿Qué haces, tonto? —Ella se remueve incómoda o eso intenta hacerle creer.
—Quiero que me des un beso.
—¿Si te lo doy me vas a soltar?
—Sí, aunque si quisieras que yo lo hiciera ya te habrías liberado, ¿no?
—Eres tan molesto...
—Bésame.
Ella une sus labios en un beso tímido y lento, mas Dylan le corresponde con ganas y un poco sofocado debido al deseo que tiene de reclamarla. La necesidad de hacerla suya es incontenible, por lo que pronto él comienza a acariciarle la suave y hermosa piel.
Dylan gruñe cuando repara en los pechos redondos y erguidos que se muestran libres ante él, mientras que Legna empieza a respirar con dificultad al sentirse expuesta. En todo ese tiempo no se había percatado de que estaba semidesnuda.
De manera imprevista, la lengua de Dylan saborea los botones rosados con círculos deliciosos que hacen que ella tiemble del placer. No sólo eso, Legna aprieta las piernas porque no soporta los espasmos en su pelvis.
Lo desea demasiado como para negarse a la cópula.
—Se siente tan bien... —gime—. Qué rico, Dylan...
—Sí, eres deliciosa... —Él succiona con desesperación, como si no le fuera suficiente lamerla y morderla.
Los dedos traviesos se deslizan dentro de la ropa interior de la pelirroja, quien suelta un jadeo cuando estos resbalan en la húmeda área íntima.
—Ay, no... —La razón le grita que lo detenga, pero su cuerpo tembloroso le pide más.
Nunca antes había experimentado aquellas deliciosas sensaciones y no está dispuesta a detenerlo porque le gusta mucho lo que él le hace.
La combinación de sus besos húmedos en los pechos, al conjunto con los dedos que le provocan cosquillas entre sus piernas, la sumerge en un océano de emociones nuevas y adictivas.
No sabía que hacer travesuras con un macho sería tan delicioso y abrumador al mismo tiempo.
—¿Te gusta, Lobita? —Él aumenta la velocidad de su estimulación hasta que ella gime alto, se sacude y termina por exhalar un suspiro que la relaja.
La mano de Dylan se llena de su desahogo, cuya apariencia él observa con curiosidad mientras se frota los dedos, para sentir la resbalosa textura de aquella secreción.
—¿Qué diablos fue eso? —cuestiona ella fascinada y un poco atolondrada, gracias al intenso placer que acaba de descubrir.
—No me digas que nunca te has masturbado —deduce él incrédulo y con picardía en sus facciones.
—Me he tocado, pero nunca pasaba de rozarme de forma superficial porque me daba miedo.
—¿Miedo a qué?
—A hacerme daño —responde avergonzada.
Dylan sonríe ante lo bella que luce con sus mejillas rojas y su cabello todo desordenado.
—No te harás daño sólo por tocarte, loba cobarde.
—No me molestes...
—Estoy que exploto, ¿qué harás para aliviarme? Espero que esta vez no huyas.
—¿Tengo que hacer algo? ¡Déjame tranquila, tonto! —Ella salta de la cama y sale de habitación.
—¡Vuelve aquí, loca egoísta! —Dylan da un salto y la persigue, pero ella se encierra en el baño y empieza a ducharse—. ¿De verdad me dejarás así? —Él se recuesta de la puerta rendido.
—Te lo mereces por tonto. Esa es mi venganza por todas las veces que me hiciste sentir celos.
—¿Ah? ¿De qué demonios hablas?
—Yo me entiendo.
—Es justo que yo también lo entienda, ¿no crees?
—No me da la gana. ¿Por qué no practicas tus dotes de cocina y preparas el desayuno?
—No puedo creer que seas tan desgraciada. Me la vas a pagar, loca —gruñe muy molesto.
Legna siente lástima por él; sin embargo, el temor a no saber qué hacer es más fuerte que su deseo de aliviarlo, así que no le contesta más y continúa con su aseo.
***
Con la mirada puesta sobre un enojado Dylan, Legna se lleva la taza de café a la boca, pero al dar su primer sorbo, la cara se le pone roja y los ojos se le llenan de lágrimas.
—¡Qué asco! —vocifera, tras escupir su sorbo—. Tu tarea era hacer un simple café, Dylan. ¡¿Qué rayos es esto?! ¡Sabe asqueroso!
Él la mira con el ceño fruncido y mantiene su postura y expresión indiferente.
—Eres una exagerada. No puede estar tan malo. —Dylan da un sorbo que mantiene en el paladar, puesto que no se atreve a tragarlo porque su sabor le repele.
Legna, por su parte, lo mira a la expectativa y con una sonrisa maliciosa.
El chico de ojos plateados empieza a temblar y sus párpados se mueven de forma consecutiva; sin embargo, él lucha contra la reacción natural de su cuerpo y se traga el contenido que está en su boca.
—¿Está delicioso? —inquiere ella con sarcasmo, y la burla denota en toda su expresión.
—Es el mejor café que he probado en toda mi existencia... —Trata de sonar seguro, pero la repulsión en sus facciones lo delata.
—Me imagino... —Ella sonríe divertida—. Sigue disfrutando de tu café, entonces.
Dylan se tensa.
—No quiero más...
—Vuelve a beber del puto café.
—Deja de mandarme, ¿quién te crees que eres?
—Tu maestra de cocina.
—«Tu maestra de cocina» —se burla—. Lo único que sabes hacer es provocarme y dejarme con las ganas. Te quedó bien tu juego infantil, pero ¿sabes qué?, ¡tú te lo pierdes!
Legna hace una mueca y se cruza de brazos.
—Cariño, el que se lo perdió fuiste tú no yo.
Su carcajada malvada molesta más a Dylan, quien se levanta de la mesa y se dirige al baño para asearse.
En el tren que los llevará a la manada Luz plateada, Legna conversa animada, mientras que Dylan fija la atención en la ventana y finge que la ignora.
—¿Almorzaremos juntos hoy? —pregunta ella de repente.
—No sé... —gruñe.
—¿Todavía estás enojado? ¡Qué dramático eres!
Dylan arruga el rostro y la encara de una manera tan escalofriante, que ella se abraza a sí misma.
—Sí, soy dramático —contesta cortante y regresa la vista al paisaje, que se refleja por la ventana.
—No sé por qué te enojas si quedamos en que sólo seríamos amigos.
Dylan se relame los labios y la mira con una sonrisa irónica.
—Sí, pero no tuviste ningún inconveniente en venirte en mi mano. En ese momento, no te importó si éramos amigos o no. ¡Hipócrita!
—Oye, tampoco tienes que hablarme así. Yo no te dije que me tocaras.
—Cállate la boca porque mi paciencia tiene un límite y no quiero decir una imprudencia.
—Sé libre de decir lo que quieras, Dylan, yo ya estoy acostumbrada a tus desplantes.
—¿A mis desplantes? ¿Sabes lo doloroso que es tener una maldita erección y no poder saciarte?
—Pero tienes dos buenas manos, ¿por qué no les diste uso?
Él la mira con odio y resopla rendido; acto seguido, regresa su atención a la ventana y no le habla en todo el trayecto.
Por otro lado, las personas que están sentadas detrás de ellos se han quedado pasmadas y escandalizadas, debido a la extraña conversación entre los dos chicos.



