21. Lobo guía: Un lazo prohibido – Somos pareja

Zoe

Me quedo observando a la mujer que le sonríe con coquetería a Zebastiel y lo mira como si fuera un manjar delicioso.

Y bueno, no puedo culparla; hasta yo me siento así con él. Sin embargo, yo lo vi primero, y esa intrusa no va a venir a meterse entre él y yo. Mucho menos después de lo que pasó entre nosotros.

Suelto un suspiro y me pongo al lado de Zebastiel con los brazos cruzados.

—¿Puedo ayudarla? —le pregunto, un poco mordaz.

Ella me mira de arriba abajo y hace una mueca desdeñosa que me hierve la sangre.

Zebastiel, por su parte, me observa con confusión, pues mi cambio ha sido brusco: de avergonzada y asustada a una serpiente venenosa y desafiante.

—Hola, querida, ¿tú eres…?

—Soy Zoe, dueña de esta casa. ¿Y usted es, señora?

—Ay, pero no me digas “señora”, que me haces sentir vieja.

La miro de arriba abajo. Se ve bien y está en forma, pero es obvio que tiene muchos más años que Zebastiel y yo.

—Bueno, es por respeto. Siempre me enseñaron a respetar a mis mayores.

Se le tuerce la boca y la mirada le arde. Al parecer, se sintió ofendida. Sin embargo, cambia la expresión rápido y forma una sonrisa maliciosa mientras observa a Zebastiel.

—¿Y tú crees que yo soy vieja, bombón? —le pregunta.

¿Cómo le dijo? ¿Acaso le acaba de llamar bombón? ¿Pero qué se cree esta mujer?

—Ah, su nombre es Zebastiel —la corrijo.

—Oh, Zebastiel el bombón —dice ella mientras se lo come con la mirada.

No la soporto.

—No, Zebastiel —insisto.

—Sí, querida, entendí. Solo que yo quiero llamarlo bombón. ¿Algún problema? ¿Tú quién eres? ¿Su hermana? ¿Su tía? ¿Su abuela?

Qué ridícula… ¿Ahora quiere hacerme sentir vieja a mí? ¿En serio?

Río de forma exagerada y me siento muy tonta, porque no debí hacerlo así, pero ya está hecho. Zebastiel me mira extrañado, como si intentara descifrar mi comportamiento.

Estúpido. No entiendo por qué no le dice nada a esta mujer, que me está diciendo vieja en mi propia cara y él está como un idiota ahí parado.

—¡Qué graciosa es la señora! —susurro entre dientes, pero ella me escuchó.

—Qué cortés eres, querida —me dice ella con falsedad, y ambas soltamos esa risa fingida, cargada de veneno, que expresa que ninguna nos soportamos.

Mientras tanto, Zebastiel luce pensativo, observando a la mujer con cautela.

Es como si ambos estuviéramos recibiendo diferentes impresiones de ella, pero la de él me intriga porque ni siquiera parece que ella le atraiga.

Su mirada busca algo más que no logro entender.

Aun así, me molesta, pues no quiero que esté mirando tanto a otra mujer después de que me metió la lengua hasta la garganta.

—¿Y cuál es su nombre? —le pregunto.

Ella ensancha su sonrisa.

—Me llamo Estela. Acabo de comprar no muy lejos de aquí y decidí conocer a mis vecinos. Esto está un poco alejado. Esta es la primera casa que encuentro en varios metros.

Me encojo de hombros y asiento con la cabeza.

—Sí, este sitio está algo alejado de la ciudad. Muy pocas personas viven por este lugar. Normalmente lo toman para venir de vacaciones. Esta era la casa de vacaciones de mi padre, pero me la heredó y decidí venir aquí.

—¿Por qué una muchacha como usted, vino a un lugar tan remoto a vivir? Es extraño —pregunta, lo cual me hace sospechar. ¿Por qué sería extraño? Y si ella se mudó por acá, ¿no debería decir yo lo mismo?

—Pues nos gusta estar en contacto con la naturaleza, ¿verdad, cariño? —le respondo y me dirijo a Zebastiel, quien está en el limbo.

Le acaricio el brazo y al instante noto que sus mejillas se sonrojan. También sus ojos se abren de más.

Ay, este hombre es muy obvio. No sabe disimular nada.

—¿Ustedes son pareja? —pregunta la intrusa, sorprendida y un poco desilusionada. Eso me gusta.

—Sí, somos pareja. Y por eso decidimos empezar nuestra vida aquí. ¿Verdad, Zebastiel?

Él se queda sin habla por un momento. Luego me mira, como buscando una explicación, pero yo solo me encojo de hombros y le sonrío con complicidad.

No sé si me leyó la mente o qué, pero parece entender que quiero que me siga el juego.

Zebastiel traga pesado y luego responde:

—Sí, somos pareja.

Su voz sale ronca.

Escucharlo en su boca me emociona, aunque es una mentira. Pero bueno, ¿cómo explicaría que vivo aquí con un hombre si no somos familia?

Ni modo, me toca decirles a las personas que somos pareja.

Ah, Zoe, eres una aprovechada, pero ya lo dijiste, no hay vuelta atrás.

—Vaya… son novios… —susurra ella, incrédula.

¿Por qué a todos se les hace difícil creer que podría tener una relación con Zebastiel? Tampoco soy tan fea.

—Me hubiese imaginado todo menos que fueran pareja —añade, para colmo, y eso me hierve más la sangre. Me dan ganas de jalarle las greñas pintadas que tiene.

Es que no lo entiendo. Zebastiel está bueno, sí, pero tampoco es para tanto.

—Ah, pues, para que vea. Zebastiel y yo nos amamos. Somos el uno para el otro.

Le sobo el abdomen y de inmediato noto que él se tensa, sus ojos toman un brillo peculiar y su boca se entreabre. Asimismo, su expresión se ve un poco alterada, pero también con algo de asombro.

Esto me divierte, pues puedo toquetearlo a mi antojo, dado que somos una “pareja”, ¿no?

—Bueno, yo solo venía a saludar y a conocer a los vecinos. Ya me voy —dice ella.

Vaya, solamente bastó decirle que Zebastiel y yo somos pareja para ahuyentarla.

Maravilloso.

—Bien, que le vaya bien, señora —le contesto.

—Por cierto… —salta ella de repente y se devuelve hacia nosotros. Aprieto los puños por el fastidio—. He escuchado rumores de que en este lugar suceden cosas raras.

Zebastiel y yo nos miramos al instante; luego regresamos la vista a ella.

—¿Cosas raras? —pregunta él, interesado.

—Sí… —responde la tal Estela en un susurro—. Cuando me estaba mudando, alguien me comentó que hubo una explosión hace unas dos semanas, más o menos. Fue una persona que pasaba.

Ella se queda pensativa por unos segundos; luego añade:

—Según esa persona, se escuchó una gran explosión por estos alrededores, y al otro día no apareció rastro de ello. Sin embargo, según él, varios vecinos reportaron lo mismo: que se escuchó un estallido y se sintió un leve temblor. Incluso algunos intentaron llamar a las autoridades, asustados de que fuera algún acto de terrorismo, pero las líneas no sirvieron hasta el otro día.

Me quedo estática, en shock, porque sé a lo que se refiere. Fue el día en que encontré a Zebastiel allí tirado.

Lo miro por inercia y noto que su ceño está fruncido y sigue así, pensativo, como si calculase algo en su mente.

La mujer se despide con un movimiento de mano y una sonrisa tensa. Luego se marcha, dejándome pensativa a mí también.

No sé por qué ella no me da buena espina. Me pasa por la mente que hizo ese comentario para encontrar algún tipo de información, pero ¿qué? Suena tonto, porque es algo común que alguien pregunte si se le comenta un evento como ese.

Pero, muy en el fondo, tengo el presentimiento de que hay algo más en ella y de que, mientras más lejos me mantenga de esa mujer, mejor. No solo es porque le haya puesto la vista a Zebastiel; es otra cosa.

—Dijiste que somos pareja… —salta él de repente, sacándome de mi trance.

Lo encaro y descubro que tiene las cejas levantadas y una cara divertida.

Ah, bueno, ya se le quitó la seriedad…

—Sí, pero solo fue para evitar preguntas incómodas. ¿Qué más iba a decir? ¿Que te encontré en mi patio y vives conmigo? No podría explicar por qué vivo con un hombre que no es de mi familia.

Se cruza de brazos y me mira divertido.

—No sé, quizás puedes decir que soy tu familia, un primo, un hermano, alguien cercano, un amigo de la infancia. —Ensancha su sonrisa con victoria—. Pero precisamente dijiste que somos pareja —añade.

Maldito… siempre confrontándome y poniéndome en una situación difícil. Me cruzo de brazos, aprieto los labios y entrecierro los ojos.

—Bueno, eso fue lo primero que pensé en ese momento, pero, de todas formas, no nos parecemos en nada. ¿Por qué pensarían que somos familia?

—Hay familias que no se parecen. ¿No será más bien que querías dejar en claro que yo no estoy disponible?

Me quedo en silencio por unos segundos, incapaz de rebatirle eso.

Trago pesado porque, bueno, es cierto: si decía que éramos pareja, esa mujer se alejaría y no intentaría nada con él. Pero fue algo que hice inconsciente; no lo hice a propósito.

—Deja de inventar cosas —le increpo—. Ante todos seremos pareja, pero ya sabes, esto es mentira.

Él se acerca y yo retrocedo, pero vuelve a acercarse, y no sé por qué me quedo quieta, observándolo. Su respiración choca con mi rostro.

—¿Y el beso que nos dimos también fue de mentira?

Se relame los labios de una forma sensual y no puedo evitar mirarlos.

Ay, Dios mío, este hombre es demasiado tentador.

—Eso… eso no tiene nada que ver con esto.

—¿Ah, no? ¿Y nos besaremos para llevar una mejor actuación? Ya sabes, para que nadie sospeche, para que todos se convenzan de que somos pareja —ataca, entre seductor y sarcástico.

Su boca casi roza la mía. Me tiemblan los labios del deseo por volver a probar ese sabor exquisito, pero tomo fuerza de voluntad y me alejo.

—¡Basta! —exclamo, al punto de colapsar por la falta de aire—. ¿Ya te divertiste? Pues deja de molestar.

Entro a la casa y lo dejo allí. Mi corazón late demasiado, así que me llevo la mano al pecho y trato de contener la respiración.

Esto será muy difícil.

Ahora se me ha ocurrido la brillante idea de inventarme que somos pareja después de todo lo que ocurrió entre nosotros.

Siempre tengo que empeorar todo.

Sin embargo, no me arrepiento, porque en el fondo lo siento mío. No sé de dónde sale esta posesividad extraña, pero aquí estoy, celando y deseando a un hombre que apenas conozco, que no sé de dónde viene ni por cuánto tiempo se quedará aquí. Ay, Dios… yo siempre me meto en problemas.

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