Zoe
El contacto de labios entre los dos es suave al principio, dulce, cosquilleante, pero, de repente, se torna demasiado pasional, invasivo, salvaje.
Y debo estar loca, pero me encanta. Eso me enciende y me hace entrar en un trance desconocido.
Son emociones extrañas, sensaciones demasiado fuertes que no puedo controlar y que me dominan.
Nunca había sentido esto. No podría ponerlo en palabras. Es una mezcla de anhelo, necesidad, hambre, salvajismo y fiereza, pero, al mismo tiempo, de una libido fuera de control y una profunda añoranza, como si mi alma, mi cuerpo y todo lo que soy necesitaran fundirse con Zebastiel y con todo lo que él es.
Hay una corriente que me cosquillea la piel y podría describirla como un manto eléctrico, una energía que me atrae hacia él, que me hace perder la vergüenza, la cordura y el raciocinio.
Esto es nuevo para mí, pero fascinante.
Me dejo envolver por sus labios, por su lengua juguetona, por el sabor de su saliva y por la respiración que se mezcla con la mía. Su aliento es maravilloso; su olor, hipnotizante y embriagador.
¿Cómo puede un hombre oler tan bien y tan varonil al mismo tiempo?
Es un aroma novedoso, uno que me enloquece, que me hace desearlo. Estoy tan sensible, tan ardiente, como si Zebastiel fuera una droga de la que no me canso y de la que dependo.
Necesito más…
—Zoe, ya no puedo reprimirme. Quiero hacerte mía. Mi lobo me insiste en que te reclame —susurra Zebastiel sobre mis labios, exaltado, con la respiración alterada y el pecho subiéndole y bajándole.
Tiene la piel caliente y rojiza, y los ojos le brillan con un dorado intenso. El azul de sus iris se ha desvanecido por completo y solo queda fuego, pasión… deseo.
Y eso me enciende aún más.
Debería asustarme y salir corriendo. Pero aquí estoy, anhelando que me haga suya, que me reclame, como dice.
¿Será que reclamarme significa que estaremos juntos? ¿Será a eso a lo que se refiere? ¿A tener relaciones sexuales?
Eso me provoca una contracción en el estómago y la pelvis.
Hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre, y la última vez fue muy decepcionante. Joel ya no cumplía mis expectativas porque solo pensaba en sí mismo. Siempre estaba ido, como si en su mente hubiera otra persona. Simplemente se satisfacía y no pensaba en mí.
Hacía muchos años que no sabía lo que era un orgasmo.
¿Acaso con Zebastiel sería distinto? ¿O pasaría igual que con Joel?
Sacudo ese pensamiento de mi mente. No, no voy a comparar a Zebastiel con Joel. Ellos son distintos.
Y el corazón me late diferente ahora, no como antes. Lo que hay entre Zebastiel y yo es mucho más fuerte, algo inexplicable, pero poderoso.
Zebastiel me besa el cuello y da pequeñas mordiditas. Puedo sentir su aliento caliente sobre esta piel sensible, que arde con cada lamida o cada vez que sus dientes la rozan. Me da la impresión de que se está reprimiendo por algo.
Entonces le acaricio el cabello y busco su mirada.
—Te necesito… —le digo, jadeante.
Él sonríe, satisfecho, y sus ojos brillan aún más.
Zebastiel me aprieta los glúteos y yo empiezo a moverme sobre él. Se siente tan bien, tan delicioso, pero no es suficiente. Lo quiero sin ropa, piel con piel, dentro de mí.
Él parece notarlo y se levanta conmigo en brazos, sin dejar de besarme.
Mientras él avanza en dirección al pasillo, sus labios me recorren el cuello, la clavícula e incluso se posan sobre mis pechos, que están cubiertos por la blusa y el sostén. Aun así, lo que hace me inquieta y me provoca varios corrientazos que me sacuden.
En el pasillo, se detiene y mira la puerta de su habitación y luego la mía, sin saber a cuál entrar.
Le beso la nariz y conecto nuestras miradas; luego sonrío, divertida.
—La que te quede más fácil de acceder —le digo.
Él suelta una risita coqueta y camina conmigo en dirección a mi habitación.
Después de que cierra la puerta, me pone sobre el suelo y frota sus dedos sobre mi rostro, llevando parte de mi cabello detrás de mi oreja.
—¿Estás segura? —me pregunta.
La voz le tiembla.
Trago pesado. Si damos este paso, nuestra relación cambiará.
—Sí —le respondo—. De verdad lo deseo.
Entonces él vuelve a besarme.
Su sabor me parece embriagante, delicioso, el mejor manjar que he probado.
Vaya, ¡qué poética estoy!
Río para mis adentros y me muerdo el interior del labio inferior mientras mis ojos, tímidos, buscan los de Zebastiel.
Ahora soy tímida, después de que le dije que quería que me hiciera el chiqui-chiqui. Ay, Zoe, no tienes remedio.
Zebastiel me besa lentamente, disfrutando nuestra unión de labios. Esto se siente distinto a lo de antes. Hay un sentimiento que me hace palpitar y corresponderle con la misma intensidad, con paz, sin rapidez, sin desesperación; uniendo más que nuestras bocas, uniendo nuestras almas.
¿Qué es esto?
A veces pienso que estoy loca y que me estoy imaginando toda esta situación, porque no puede ser real ni normal. Pero, si tengo que sucumbir a la locura para disfrutar de esto, lo haría mil veces. Total, estar bien de la cabeza solo me ha traído sufrimientos y malos tratos. Por lo menos, en esta fantasía puedo ser feliz y sentirme amada y valorada o, mejor aún, deseada.
Zebastiel empieza a acariciarme los glúteos lentamente. Me toca los muslos y sus manos suben hacia mi cintura.
Trago pesado, porque mi cuerpo es un poco llenito. Zebastiel, al contrario, está en muy buena forma.
¿Qué pasará cuando me quite la ropa y vea que soy aún más imperfecta?
El terror se adueña de mí.
Entonces, cuando él toca el borde de mi blusa para levantarla, lo detengo.
Él me observa confundido y un poco contrariado. Luego traga pesado y me confronta con firmeza.
—No tienes que hacer nada que no desees, de verdad —me dice de forma tranquilizadora.
Pero eso solo me da ganas de llorar. Aún contengo las lágrimas porque no quiero hacer el ridículo. ¿Por qué lloraría? Ni siquiera hay un motivo, más que mis complejos.
—No…
La voz me sale tan ronca que tengo que aclararme la garganta.
—Yo sí lo quiero. Solo que no sé si tú quieras hacerlo.
La mirada de Zebastiel cambia a una mucho más confundida que la anterior. Hasta me parece un poco graciosa la manera en que abre los ojos.
—¿Qué? ¿Por qué dices eso? ¿Acaso no te estoy demostrando lo mucho que te deseo? ¿No te lo dije? Busca otra excusa, Zoe. Esa es ridícula. De verdad, no tienes que hacerlo si no quieres.
Lo interrumpo con un beso.
Zebastiel no sabe si corresponderme. Se queda quieto un momento y luego se deja vencer. Entonces sus manos van a la parte baja de mi espalda y me pega a su cuerpo, que tiembla de deseo.
Yo rompo el contacto, pero me quedo tan cerca que nuestros labios se siguen rozando.
—Zebastiel, es que no soy como tú.
Él parpadea varias veces, intentando entenderme.
¿Por qué no sé explicarme? Es que me da mucha vergüenza decirle eso.
—¿A qué te refieres? —me pregunta. Su voz suena paciente.
Me relamo los labios y mis ojos buscan los suyos. Pero me da vergüenza y los cierro.
—Vamos, Zoe, dime. ¿Qué sucede?
Su pulgar me roza la mejilla derecha y sus labios me dan un pequeño beso en la frente.
Me recuesto contra su cuerpo y me abrazo a él. Me siento tan bien así, refugiada en su calor.
—Es que… —me atrevo a hablar—. No estoy en muy buena forma, ya sabes. Necesito hacer un poco más de ejercicio y comer más vegetales. No sé… Tú te ves tan bien que…
Él rompe el abrazo para buscar mi mirada.
No puedo seguir hablando. Más bien, evito que mis ojos se encuentren con los suyos. Me da tanta vergüenza.
Zebastiel pone un poco de distancia entre nosotros y se cruza de brazos mientras me observa divertido, o eso es lo que percibo, porque no me atrevo a devolverle la mirada.
—Oh, vamos. No te imaginas lo duro que estoy ahora mismo con solo imaginarme dentro de ti. ¿Crees que me importa si haces o no ejercicio, o si comes vegetales o no? Eres hermosa tal cual. Me encantas. Si supieras lo mucho que anhelo recorrer cada centímetro de tu cuerpo con mi boca. Vamos, Zoe. Busca otra excusa, porque esa no puede ser. ¿Acaso nunca te has visto en un espejo? Eres la mujer más hermosa que mis ojos han visto.
El corazón me late tan fuerte que siento que se me va a salir del pecho.
Vaya, qué mentirosos se vuelven los hombres cuando quieren hacer el chiqui-chiqui.
¿La mujer más hermosa que ha visto?
Eso no se lo cree ni él.
No puedo evitar reírme. Y no sé si mis carcajadas son de diversión o de nerviosismo. Quizás de ambas cosas, o de ninguna. En fin.
Tiemblo mucho y me siento aterrada.
—¿De qué te ríes ahora? ¿Acaso dije algo gracioso? —cuestiona él con el ceño fruncido.
Trato de calmarme y le agarro la mano. El contacto es tan electrizante que me espanta un poquito.
—No. Es solo que… ¿La mujer más hermosa? Vamos. ¿Puedes conseguir una frase que no sea tan trillada? No tienes que decir mentiras para animarme. Yo sé que no soy muy bonita. Pero bueno, si aun así quieres hacerlo conmigo, pues yo tampoco me quejo.
Me sonrojo.
Él entrecierra más el ceño y lleva su mano a mi mentón. Entonces lo levanta para que lo encare.
—No te estoy diciendo mentiras. Para mí no existe una mujer más bella que tú. Es imposible. Mis ojos no pueden ver a otra como te ven a ti. Eres mi mate, la hembra de mis sueños, la que amo y por quien daría mi vida.
Suelta un suspiro y agrega:
—No encuentro las palabras para expresar lo mucho que te anhelo —confiesa, un poco avergonzado—. No solamente deseo tu cuerpo; también tu corazón, tus sentimientos. Quiero que pienses en mí, que me ames como yo te amo, que podamos ser uno y estar juntos, aunque nuestro amor sea imposible.
Esta vez soy yo quien suspira. Había olvidado ese pequeño detalle… Lo nuestro es imposible. Un amargor me recorre el paladar y, de pronto, me pregunto si vale la pena ir tan lejos con Zebastiel. De todas formas, él regresará a su dimensión.
—Zoe, no solamente eres bella por fuera, también por dentro —dice él, sacándome de mis pensamientos melancólicos—. Y eso vale más que cualquier físico. Por favor, déjate querer. Déjame demostrarte toda el hambre que tengo de ti. No pienses en tonterías. Piensa en mí, en nosotros, y disfruta de lo que vamos a hacer.
Sus palabras me enternecen de una manera ridícula, al punto de ignorar el terror de perderlo y de quedarme sola cuando se vaya.
Pero bueno, parece que su labia funciona conmigo porque deseo que me haga todo eso que dice que me va a hacer.
Espero que no sea solo fanfarronería y que de verdad dé la talla en el chiqui-chiqui.
Porque cuánto necesito descargarme.
Me acerco a él, nerviosa, y dejo que sus labios me guíen hacia la cama con esa ferocidad que me pone los vellos de punta y que me da picazón ya saben dónde.
Tampoco tengo que ser tan explícita, ¿no?
Zebastiel me levanta la blusa para quitármela y un escalofrío me sacude, pero lo dejo desnudarme. Aunque deseo esto con todas mis fuerzas, me parece un poco raro estar así con Zebastiel, tras tantos años desnudándome para un solo hombre.
No sé, me parece algo… novedoso.
Dejo de pensar tonterías cuando sus manos me aprietan los pechos y su boca se adueña de mi cuello con pasión.
Ay, Zoe, este hombre va a matarte de puro gusto.
Me dejo llevar. Yo también me quito las ganas de manosearlo. ¡Se siente tan bien tocar esos músculos firmes y hermosos!
Es que aún no me creo que me estoy comiendo a un hombre tan atractivo. Esto no se ve dos veces en la vida, así que debo aprovechar.
De repente, los toques frenéticos en la puerta me espantan.
¡¿Quién diablos es tan inoportuno?!
—Ignóralo, se cansará de tocar y se irá —me dice Zebastiel con la voz agitada mientras me besa el cuello.
Vaya, este hombre de verdad está entregado a la pasión.
Intento ignorar a quien sea que insiste en tumbar mi puerta con sus toques exagerados, pero es difícil concentrarme así.
—¡Zoe, abre la puerta! ¡Sé que estás ahí!
Esa voz…
Una sensación fría me recorre y todo el fuego anterior es apagado y reemplazado por puro terror.
—¿Mamá? —susurro, aterrada, y le doy un empujón a Zebastiel.
¡Rayos! ¿Qué hace ella aquí?


Que mala suerte
Seguro la “mamá” viene con mala leche