Zoe
El corazón me late con tanto ímpetu que siento que se me va a salir del pecho. Mis manos tiemblan y me he quedado congelada en mi lugar.
—¡Dios mío, ¿qué he hecho?! ¿Qué he hecho? —repito, alterada.
Suelto el bate y su impacto contra el suelo me hace dar un respingo. Es un sonido seco, pero no tanto como el que escuché cuando lo impacté contra la cabeza de este extraño.
—¡Lo maté! ¡Lo maté! ¡Lo maté! —digo una y otra vez, asustada.
Empiezo a llorar, a sudar y los labios se me resecan. Camino de un lado a otro mientras observo el cuerpo tirado sobre el suelo de mi habitación. Me agacho para ver si sigue respirando y noto que hay sangre en su cabeza.
—¡Oh, Dios mío! Acabo de matar a un hombre.
Le pongo el dedo en la nariz para ver si sigue vivo y siento alivio cuando el aire caliente me acaricia la piel. Trago pesado, suelto el aire retenido y me relamo los labios. Entonces me levanto rápido y tomo el botiquín para curarlo.
Aunque, si le di un golpe con ese bate, de seguro le rompí el cráneo con todo. Que esté respirando no significa que esté bien. Lo más sensato sería llamar a una ambulancia.
Con ese pensamiento, voy en busca de mi teléfono, pero un quejido me detiene. Siento un escalofrío en todo el cuerpo. Entonces lo observo. Sus ojos se abren de repente y yo suelto un grito de puro terror.
Él se levanta, me aprisiona contra la pared y me aprieta el mentón con su mano.
—¿Qué diablos me hiciste? ¿Por qué me golpeaste? —me reclama. Sus ojos están inyectados de pura ira.
—Tú me ibas a atacar —le respondo—. Solo me defendía.
—No te iba a atacar, loca del demonio. Lo único que quería era que me ayudaras. Me siento muy mal.
—¿Cómo es posible que te hayas despertado y levantado? Te acabo de golpear con un bate de hierro.
—Mira, ya se curó. Mis heridas se sanan solas —me responde como si nada.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? —inquiero, entre desconcertada y aterrada.
Esto no me puede estar pasando.
Este lunático no es alguien común. ¿Cómo se levantó así de fácil? ¿Por qué dice que se le curó la herida? Este hombre está loco de remate.
Él me suelta y se aleja un poco, pero queda tan cerca como para hacerme sentir intimidada, como si fuera una pared grandota que me quiere aprisionar.
Creo que mi cabeza le da por el hombro, o mucho menos. Es demasiado alto y grande. Podría matarme en unos minutos si quisiera. Yo estoy aquí sola, a merced de un psicópata que se ha levantado tras recibir un gran golpe. ¿Es la locura lo que lo hace tan fuerte y resistente?
¿Estoy soñando? Esto tiene que ser una pesadilla.
—Oye, escúchame —me dice más calmado—. Necesito que me ayudes.
Lo observo, todavía incrédula.
—Entiendo tu desconcierto, pues no sabes nada de lo que está sucediendo ni quién soy —añade con expresión comprensiva. Habla tan en serio que por un segundo siento que la loca soy yo—. Pero necesito que me ayudes, por favor.
Asiento, porque debo seguirle la corriente. No vaya a ser que acabe con mi existencia aquí mismo.
Me relamo los labios por instinto y noto que su mirada se va a mi boca y se queda observándola por un rato.
¿Por qué me mira tanto y de esa forma tan peculiar? No puedo evitar temblar y sentir mucho más miedo. ¿Y si a este lunático se le ocurre asaltarme? No, no, no… eso no.
—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres que vayamos… que te lleve al… al triángulo de las Bermudas? Te llevaré… —tartamudeo, en completo pánico.
Mi idea es engañarlo y fingir que entiendo su locura para ganar tiempo. Debo hacer algo para librarme de este psicópata.
—Vamos a limpiarte la herida para curarte —le digo.
Mis manos tiemblan; mi voz también. Él me observa y suelta un resoplido.
—No me crees nada, ¿cierto? —me pregunta, apesadumbrado.
Me quedo congelada y siento que una mano invisible me aprieta la garganta al punto de impedirme hablar.
Lo peor de todo es que él habla con tanta seguridad que me hace sentir que la equivocada soy yo.
¿Qué voy a hacer? ¿Y si pido ayuda a gritos? Estoy en medio de la nada, sola, con un asesino frente a mí, demasiado fuerte y grande, resistente a los golpes. ¿Por qué me pasan tantas cosas a mí? ¿Por qué?
—Oye, no te voy a hacer daño. Por favor, no me tengas miedo —me dice.
Se acerca a mí y baja el rostro. Su respiración cálida choca con mi cara y me sacudo. ¿Qué me está sucediendo? ¿Por qué mi cuerpo reacciona así a él? No puedo evitar perderme en su mirada azul, tan clara como el cielo. Hermosa. Hipnotizante.
Basta, Zoe, basta. No te vas a dejar encantar por este loco que, te aseguro, busca asesinarte.
Trago saliva, me relamo los labios y aprieto los puños.
—Oye, no sé cómo ayudarte —le digo, al borde del colapso.
Él cierra los ojos y suelta un largo suspiro.
—Debo investigar cómo salir de aquí, pero necesito que me des hospedaje por hoy. Solo por hoy. Mañana me marcharé —me pide, y yo tiemblo.
¿Amanecer con este desquiciado aquí, yo sola? Ah, no, no, no, no.
Sin embargo, muevo la cabeza en un asentimiento y él suelta el aire retenido, aliviado, y me sonríe.
—Muchas gracias. Te prometo que no molestaré.
Él observa el suelo lleno de sangre y me mira con expresión divertida.
—Golpeas duro, ¿eh? —me dice.
¿Esto de verdad me está sucediendo?
—¿Cómo puedo limpiar esto? —pregunta él de repente.
Despabilo y lo encaro.
—Voy por el suape —le respondo, alejándome.
Cuando salgo de la habitación, siento que mi alma vuelve al cuerpo. ¿Y ahora qué voy a hacer? Debería salir corriendo ahora, escapar de este loco. Y eso es lo que mi instinto me impulsa a hacer.
Corro hacia la salida. Corro tan rápido que siento que el aire me falta.
—¡Oye, espera! —grita él y viene detrás de mí.
No, no, no puede ser. ¡No!
—¡Por favor, déjame en paz! —le ruego—. ¡Auxilio!
Empiezo a gritar, pero pronto soy atrapada por él. ¿Cómo llegó tan rápido hacia mí? Esto es imposible.
Él me carga y me dice:
—Quieta. Solo… por favor, no hagas un escándalo de esto. No queremos llamar la atención de nadie.
—¡No me asesines, por favor! ¡No me mates! —le imploro entre gritos desesperados.
Estoy tan nerviosa que siento que me dará un infarto en cualquier momento.
—No te haré daño, te lo prometo. Vamos adentro.
—¡No! ¡Suéltame!
Empiezo a golpearlo, pero él me aprieta más fuerte. Siento que me falta el aire. De repente, la presión en mi pecho me asfixia. Mi cuerpo se pone frío, mis manos tiemblan, los vellos se me erizan y empiezo a escuchar un pitido lejano.
Él me pregunta si estoy bien, pero su voz casi no se escucha.
Entonces pierdo el conocimiento.

