Zebastiel
Siento que floto, que la oscuridad me arropa y el frío me besa los labios, la piel y luego se inserta en ella y se va a mi corazón. Entonces mi consciencia se deteriora y poco a poco me desvanezco en la nada. Sin embargo, escucho una voz extraña, diferente, que me trae de vuelta, y empiezo a percibir movimientos bruscos.
Podría jurar que algo me impacta en la cabeza; es un golpe seco que me devuelve un poco la sensación de que estoy en mi cuerpo.
Vuelvo a escuchar esa voz que me calienta el alma y, de repente, todo está tranquilo, y poco a poco voy recuperando las sensaciones y el sentido de conciencia. Mi olfato es el primero en funcionar y otra vez percibo ese olor distinto, como perfume fino, con un tono delicado, frágil y tenue.
Entiendo que no proviene de un licántropo. ¿Así huelen los humanos?
Porque me parece que caí en esa dimensión.
Parpadeo varias veces y siento que alguien está cerca de mí. Ese alguien me toca y reacciono. Entonces mi puño se cierra en su muñeca y la escucho gritar, y eso me trae de vuelta, y abro los ojos completamente.
Su escándalo me provoca dolor de cabeza, como si miles de agujas se me clavaran en las sienes, y quiero que se calle ya, pero no puedo siquiera hablar.
Entonces la observo.
Ella está asustada, agitada; el pecho le sube y le baja mientras mantiene los ojos bien abiertos.
Y vaya, quedo impresionado. ¿Los humanos son tan hermosos?
Es extraño de descifrar porque hay imperfecciones; incluso la piel es distinta a la nuestra. Sin embargo, esas imperfecciones son atractivas. Es una belleza inusual que hace que mi corazón lata fuerte, que me atrae, que me provoca curiosidad.
No soy capaz de hablar ni de moverme. Me quedo embelesado, observando cada detalle.
Sus ojos son tan grandes y preciosos. Tienen un color café claro, hermoso, brillante. Sus labios, llenos, largos y rosados lucen dulces. Su nariz es perfecta, no muy grande, no muy pequeña, fina.
Y su piel, oh, su piel, luce suave, cremosa, de un color claro llamativo. Puedo ver cada detalle: los poros, uno que otro salpullido y lunares, algunas zonas rojizas, otras rosáceas, las hendiduras de su clavícula. Mi mirada se pierde donde empieza su pecho y recorre ese llamativo camino que se pierde en aquella blusa fea que la cubre.
Su cabello está suelto; es castaño, como el tono del chocolate que me invita a tocarlo y olerlo.
Y su cuello… tan adorable, tan frágil. Me dan ganas de morderlo.
No. Eso ni pensarlo. Ella es una humana, es diferente a mí.
Sin embargo, mi corazón late con fuerza. Y mi lobo empieza a removerse. Se está despertando.
Mis ojos recorren el lugar y poco a poco recupero la autonomía completa de mi cuerpo. Entonces escucho mi respiración fuerte y noto que ella se aleja de mí, espantada.
De repente salgo de este extraño trance y la confusión me agobia.
—¿Dónde estoy? —balbuceo; la lengua se siente pesada y adormecida—. ¿Quién eres? —vuelvo a preguntar—. ¿Por qué estoy aquí? ¿No debería estar en el mar? ¿En el triángulo de las Bermudas? ¿Por qué estoy en este lugar contigo?
Ella agranda aún más los ojos, como si eso fuese posible, y el terror cubre su semblante.
—¡No puede ser, traje un loco a mi casa! —vocifera, con un lloriqueo que la hace ver un poco infantil, o quizás desubicada mentalmente, no lo sé.
Quizá así de raros son los humanos.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué no respondes a mis preguntas? —le reclamo.
Pero ella solo niega con la cabeza y se tapa la boca. Luego camina en círculos de una forma dramática y rara, muy peculiar. Se pone la mano en la frente y suelta un largo resoplido.
—Eso me pasa por estar recogiendo personas y trayéndolas a mi casa. ¿Qué voy a hacer ahora? Estoy segura de que se escapó de un psiquiátrico y mató a los doctores que lo retenían, y por eso tenía sangre. ¿Cómo me deshago de él? Me va a matar a mí… Me va a matar a mí… Me va a matar a mí… —repite, con voz temblorosa.
—¿Qué? —suelto, porque no entiendo nada de lo que ella dice—. ¿De qué demonios hablas? ¿Quién eres tú? —le pregunto, al borde de la desesperación.
Ella me mira con el ceño fruncido y me señala con el dedo.
—¡Oye! —profiere—. Cuida cómo me hablas. Esta es mi casa. Puedes estar muy loco o lo que sea, pero no vas a venir aquí a alzarme la voz cuando fui yo quien te salvó la vida. Te hubiese dejado allí tirado. ¿Sabes lo difícil que fue traerte? ¡Pesas demasiado! ¿Acaso no comes verduras o qué?
Habla muy rápido. Dice cosas que no entiendo.
—¿Cómo que verduras? ¿De qué demonios estás hablando? ¡Oye! ¿Quién diablos eres? —le vuelvo a preguntar. Esa loca habla vacuencias y no responde una pregunta tan simple.
Ella agranda más los ojos. Luego sus mejillas se tornan sonrosadas. Su mirada afilada me confronta.
—¿Por qué me faltas el respeto? Soy tu salvadora, ¿y así me agradeces? —me reclama.
Todavía estoy confundido. No entiendo nada de lo que sucede. Miro a mi alrededor buscando una respuesta, pero solo veo una habitación humilde. Nada más.
Y bueno, esta mujer rara que parece que perdió el juicio.
—Deja de hablar tanto, me duele la cabeza —le profiero mientras me masajeo las sienes.
Me sostengo de la cama para levantarme, pero eso provoca que ella recule, asustada, como si yo fuera una amenaza. Cuando quien debería estar aterrorizado soy yo, con una mujer que parece tan inestable mentalmente.
Me levanto como puedo, pero todavía me tambaleo. Estoy demasiado débil. Perdí mucha energía y mi lobo usó la suya para sanar mis heridas. Así que no puedo sostenerme bien.
Noto mi ropa rota en el suelo y miro mi desnudez. Entonces me cubro por inercia. Sin embargo, descubro que tengo ropa interior. Eso me da algo de alivio.
—¿Me desnudaste? —le pregunto.
Ella solo se encoge de hombros.
—Solo intentaba curar tus heridas, pero no estás herido. No obstante, hay sangre en ti. Eres un asesino. Estás escapando de la justicia. Dime, ¿debo llamar a la policía?
—¿Qué? ¿Quién es la policía? —le pregunto, desorientado.
Ella suelta una carcajada.
—¡Ay, no! ¿Qué es esto? ¿Qué he hecho al traer a este psicópata a mi casa? ¿Te estás burlando de mí?
—¿Ah? —le respondo, pues no sé de qué me está hablando—. Oye, necesito llegar al triángulo de las Bermudas ya, antes de que se cierre el portal —le explico, desesperado.
Pero ella solo recula otra vez y su boca vuelve a abrirse. ¿Por qué abre tanto la boca y los ojos? ¿Se sorprenderá de cada cosa que diga?
—¡Ah, sí, claro! Te puedo llevar al triángulo de las Bermudas. Si quieres, también te llevo al País de las Maravillas, al de Nunca Jamás y con los siete enanitos y Blanca Nieves —suelta.
No sé por qué me suena a sarcasmo.
—¿Quién es la tal Blanca Nieves? ¿Y quiénes son los siete enanos? No necesito ir a ver a esa gente. Necesito ir al triángulo de las Bermudas.
—Sí, claro que sí. Ahora mismo busco un unicornio para que nos vayamos hacia allá —me responde.
La observo por un largo rato, intentando descifrar su respuesta, pero quedo más confundido que antes.
—En fin, ¿puedes llevarme? —le pregunto, porque eso es lo que me interesa.
Ella hace una mueca rara y susurra bajito:
—Claro que sí, a un loquero te llevaré.
—¿Qué? —le pregunto, porque no entendí bien lo que dijo.
—Nada, nada, nada. Al triángulo de las Bermudas. Sí, te llevaré ahí, sí, pero dime, ¿quieres sentarte, recostarte, tomar algo primero?
Sus manos tiemblan. No sé por qué luce sospechosa, tal vez nerviosa. Como si fuera a hacerme algo.
Mis alarmas se activan.
Camino hacia ella, pero recula hasta que choca con la pared.
—Necesito que me lleves al triángulo de las Bermudas, por favor —le pido, más calmado.
Ella asiente, nerviosa, como si lo que yo dije fuera una locura, pero intenta disimular, siguiéndome la corriente.
¿Qué diablos está pasando? Necesito que alguien me ayude.
Entonces recuerdo que los humanos son unos ignorantes que no entienden nada de portales y dimensiones, ni de nosotros…
¡Demonios!
Me hierve la sangre de la impotencia y golpeo la pared. Mi puño cae cerca de su cabeza. Y entonces pienso que la he aterrorizado aún más.
Oh, no. ¿Qué he hecho?
De alguna forma, ella sale de la prisión de mi cuerpo y salta lejos de mí hacia un clóset o algo así. Lo abre y saca un bate metálico.
—¿Qué vas a hacer? —le pregunto.
—No te acerques. Llamaré a la policía. Sí, lo haré. Puedes irte ahora mismo. Olvida que existo y pretenderé que no vi nada. Te juro que soy una tumba.
—¿Que eres qué? —le pregunto, confundido—. ¿Cómo que eres una tumba? ¿De qué diablos hablas?
—Ya sabes, no diré nada. No diré que te vi. Puedes irte. No hablaré con la policía.
No entiendo qué es la policía.
Trato de acercarme, pero ella me amenaza con el bate.
—¿De verdad? —le digo, irónico.
¿En serio piensa que me va a hacer daño con eso?
Sin embargo, de la nada siento un dolor inmenso en el pecho y me falta el aire. La presión es tanta que me doblo porque no la soporto.
¿Qué me sucede?
Me siento tan mal que caigo de rodillas.
No… no puede ser. ¿Qué es esto?
Trato de levantarme y moverme hacia ella para que me ayude, pero parece que lo malinterpreta. Cree que la voy a atacar. Lo veo en sus ojos.
El impacto llega seco, fuerte, potente.
¡Diablos!
¿Acaso ese garrote era de hierro?
Ese es mi último pensamiento cuando la oscuridad me cubre.


Cada capitulo es demasiado bueno,brillante.
Muchas gracias.
Muy bueno, como puedo leerlo entero Angie?
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