Leskar
Observo el horizonte con cautela y decido moverme. No lo hago con mis pasos; simplemente mi mente se activa y puedo movilizarme de un lado a otro sin la necesidad de caminar, como una ráfaga de luz: silencioso, veloz, imperceptible.
El sonido del bosque ahoga cualquiera que pueda hacer yo, y la oscuridad ayuda aún más a pasar desapercibido. De todas formas, no es que haya nadie aquí, o eso espero.
Después de recorrer un largo territorio, me detengo frente a un risco y observo a lo lejos el mar de cristal. También observo, a la distancia, aquel desierto que me llevaría hasta él, y sonrío victorioso. Falta poco para alcanzar a ese lobo guía que me ha hecho la vida imposible.
—Pronto te tendré en mis manos, Zebastiel —pronuncio, pues tengo varios meses buscándolo.
Lo había espiado por un tiempo e incluso provoqué un poco de caos en algunas manadas para que él tuviera que ir a misión.
Pero tuve algunos inconvenientes que me atrasaron. No obstante, ese estúpido va directo a mi trampa, y yo lo atraparé y lo mataré con mis propias manos. Entonces será el inicio de mi plan.
Río por el placer que la anticipación me provoca. Sueño con aquel día en que todos ellos mueran, en que pueda vengarme al fin.
***
Zoe
Observo al loco frente a mí. Me tapo la boca porque la risa me gana. Sin embargo, mi cuerpo se sacude con tanta fuerza que no lo soporto. Entonces estallo en varias carcajadas.
Él se cruza de brazos y me mira con indignación.
—Vaya, gracias. Me siento tan apoyado ahora mismo —dice, un poco divertido.
Quiero hablar, pero la risa me gana, así que vuelvo a estallar otra vez.
—Disculpa —balbuceo, pero la risa me gana, de nuevo.
Lo observo una vez más y no puedo. Me tiro en el sofá y río hasta que se me van las fuerzas. Incluso tengo que limpiarme las lágrimas que se derraman de mis ojos.
—Ay, te ves muy gracioso. No, es que eres demasiado grande —le digo.
Me paro y lo observo.
Le busqué la ropa más ancha que tenía papá, esa que usaba para dormir. Pero el pantalón le queda pequeño. Y la camiseta ni siquiera le entró.
Veo que se mueve y esta termina de romperse, dejándole el torso completamente libre.
Me relamo los labios al ver esos músculos firmes, cada cual en su lugar, con esa piel juvenil y cremosa que invita a tocarla y a lamer…
Ay, no, ¿qué estoy pensando?
Trago pesado porque estoy salivando mucho.
—Bueno, no sé si en la tienda pueda encontrarte ropa, pero hay algo que puedo hacer —le digo entonces, caminando de un lado al otro, pensativa.
—¿Qué es? —me pregunta curioso.
—Coserla yo misma. Por lo menos aprendí a hacer ropa. Es una de mis habilidades ocultas —le digo sonriente—. Y bueno, tocará ir a la tienda a comprar tela. Ah… mientras tanto tendrás que usar este pantalón.
—Es incómodo —replica.
Me encojo de hombros.
—No hay nada que pueda hacer. Ah, bueno, ¿sabes qué? Te lo puedo convertir en una bermuda.
Analizo el pantalón.
—Solo tengo que tomar otro y ajustar la tela —le digo—. Ve a la habitación, desnúdate y pásamelo para empezar.
Noto que se sonroja un poco. Yo, en cambio, suelto un suspiro, pues ni modo que cosa el pantalón sobre él.
El loquito me obedece y, tras unos minutos, me grita que ya. Saca la mano con el pantalón por la puerta entreabierta. Lo tomo y algo me incita a olerlo. Entonces me reprendo a mí misma por mi mente pervertida.
Dios mío, ¿en qué me estoy convirtiendo? No, ¿en qué me está convirtiendo este psicópata?
Cojeando, entro a la habitación donde está mi vieja máquina de coser, que no había usado en años. Lo primero que hago es desempolvarla, luego verificar que tenga hilos y agujas suficientes. Entonces, una vez que preparo todo, empiezo manos a la obra.
—Oye, ¿quieres comer algo? Ya es hora de almorzar —me pregunta él desde afuera.
Me espanto, porque a veces se me olvida que estoy en compañía, y lo observo. Lleva la sábana envuelta alrededor, tapando su hombría. De todas formas, ya se la vi… y grande que es.
Ay, no. No, Zoe, deja de pensar así.
—¿Sabes cocinar? —le pregunto.
Él asiente.
—No soy un experto, pero me sé defender —responde.
—Hay huevos en la cocina, arroz, frijoles hechos, carne, vegetales… lo que sea que comas en el mundo de Nunca Jamás.
—¿Perdón? —me pregunta, al no entender mi sarcasmo.
—Ah, ve a la cocina y encontrarás qué hacer.
Él asiente y se va. Suelto un largo suspiro cuando me encuentro sola.
¿De verdad me está pasando esto?
Estoy viviendo con un hombre tan atractivo que ha perdido el juicio y que, para colmo, sabe cocinar.
Oh, Zoe, ¿en qué cosas te metes? Pareciera que tuvieras al hombre perfecto junto a ti. Sin embargo, está loquito.
Es que no puedo entender por qué no puede ser el paquete completo. Él es apuesto, inteligente, amable, protector… ¿y no puede ser normal? ¿Tiene que estar loco?
Ay, ¿qué estoy pensando? Ese hombre ni siquiera me ve con esos ojos. Déjate de fantasías, ilusa.
—Vaya, Zoe, te pregunta si quieres comer algo y ya te figuras casada con él, con hijos y mascotas —me río de mí misma.
Una hora después, tengo una pequeña bermuda frente a mí. Es rara porque tiene dos colores, pero no estamos para exigir moda.
Como puedo, me levanto, pues me duele el tobillo, y me voy cojeando hacia la cocina. Claro, me tardo más tiempo del que debería. Supongo que necesito un bastón o algo para poder transportarme por la casa hasta que mi tobillo se recupere.
Desde que entro a la cocina, el olor a carne me inunda las fosas nasales. Me relamo los labios y observo a ese hombre con mi delantal puesto y la sábana abajo, lo cual lo hace ver entre atractivo y gracioso, moviendo una olla.
—¿Qué haces? —le pregunto, aunque es obvio.
Él me mira con una seriedad que me intimida un poco.
—Pues… caldo de pollo. Encontré unos vegetales en tu refrigerador y usé unos cuantos para el caldo. También estoy haciendo arroz y una ensalada. Espero que te guste.
—Vaya, todo un chef.
Él me observa.
—¿Qué?
—Ya sabes… buen cocinero.
—Ah, sí. Bueno… espero que el sabor también te guste. No soy experto, pero, como te dije, en algo me defiendo —me explica.
Me encojo de hombros.
Con el hambre que tengo, me comería lo que sea. Y eso que no hace mucho me desayuné, justo después de que el loquito me pusiera la venda en el tobillo. Pero no sé por qué tengo tanta hambre de repente. Ha de ser todo el estrés por el que he pasado en tan solo una noche y un día. Ah, y si a eso le sumamos al estúpido de Joel y su traición…
Le enseño la bermuda y él deja el cucharón, baja el fuego y tapa la olla. Entonces la toma y se quita el delantal antes de irse directo a la habitación. Me imagino lo incómodo que ha de estar con esa sábana envuelta.
Tras un suspiro, decido sentarme porque ya mi tobillo no soporta más. Sin embargo, los toques en la puerta me espantan y me dejan congelada por un rato.
¿Quién me estaría visitando? ¿Será mamá? Ay, no, no puede ser.
Me quedo quieta para que crea que no estoy aquí y se vaya. ¿Qué pasa si ella encuentra al loquito aquí?
Sin embargo, los toques se hacen más ansiosos y no se detienen. Y una voz termina por llevarse mi aliento.
—Vamos, sé que estás ahí. Te escuché hablar e incluso caminar —me ruega Joel.
Y todavía no puedo creer que él esté aquí.
Dos meses.
Dos meses desde que terminamos y él nunca me buscó. Solo me llamaba y mandaba mensajes o envió a mamá. Nunca se atrevió a venir él mismo a verme, el muy cobarde.
¿Y precisamente hoy, que tengo a ese extraño aquí, decide hacerlo? No… yo no puedo estar tan salada.
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Tiene hambre
Pero de que? De comida? O de zebastiel?
JAJAJAJAJAJAJAJA ¿Tú qué crees?