5. Lobo guía: Un lazo prohibido – Hombre del cielo, ¿ángel o demonio?

Zoe

Estoy anonadada y dudosa de que todo lo que estoy viendo sea real. ¿Cómo es posible que haya un hombre aquí tras una explosión como esa? ¿Acaso cayó del cielo?

—Oye, ¿eres un ángel? —le pregunto, pero no responde. Me parece que está inconsciente.

—¿Qué hago ahora? ¿Qué hago ahora? —repito, temblorosa, mientras me rasco la cabeza con la mano libre. No sé qué hacer.

—¿Qué hago con él? —pienso en voz alta.

¿Debo llamar a la policía? ¿A la ambulancia? Sí, eso es una buena idea, pero… ¿cómo explico que hay un hombre moribundo en mi patio? Me van a culpar a mí. No quiero ir a la cárcel.

No, no, no.

—¿Lo entierro aquí?

No. Eso sería un crimen.

—¿Qué hago? ¿Qué hago?

¿Está muerto?

Le reviso el pulso y noto que está respirando. Su piel está muy caliente, contrario a lo que podría esperar en una noche fría y de alguien que se debate entre la vida y la muerte.

¿Y si de verdad es un ángel que cayó del cielo? ¿Por qué caería? ¿Dónde están sus alas, entonces?

Ay, ¿qué estoy pensando? ¿Por qué soy tan fantasiosa?

Lo recorro con la linterna y noto que es grande, bastante. Mucho más que cualquier hombre robusto que haya conocido. Pero su cuerpo es musculoso, firme, atlético. No tiene nada de más ni nada de menos. Está completamente perfecto.

¿Cómo un ser humano puede ser así? Sus pectorales se marcan bajo la tela rasgada. Sus piernas… incluso sus pies descalzos parecen esculpidos. Su ceño, su nariz, su cabello.

—Ay, ¿qué estoy haciendo? No debo contemplar a un hombre moribundo con deseo. Esto está mal, muy mal.

Inhalo y exhalo para calmarme, pues siento un remolino de emociones que luchan entre sí, al ser contradictorias y tan intensas.

No hay forma de explicar lo que arde en mi interior, esa alegría extraña, a pesar de las circunstancias en las que me encuentro, que se mezcla con el horror, el miedo y la desesperación.

Es una emoción nueva, posesiva, que arde como fuego en mi pecho y me atrae hacia él. Me hace ver su belleza inmensa, su porte autoritario, a pesar de estar moribundo, su fuerza interior, pero también física.

No había visto un hombre así, ni siquiera en películas o revistas. Es demasiado hermoso, demasiado llamativo, con una hombría que me hace temblar. Intimidante. Autoritario. Y eso que está casi muerto ahí, tirado en mi patio.

¿Acaso estoy soñando? ¿Debe ser un sueño, una recompensa por la traición de ese infeliz? No sé… Tal vez mi mente está creando todo esto para sentir que encontré al hombre perfecto. Pero el hombre perfecto no estaría muriéndose.

¿Qué rayos sucedió? ¿Tiene que ver con la explosión? No sé por qué está vivo. ¿Por qué no está en pedacitos o reducido a ceniza?

Me relamo los labios y me paso la mano por la cabeza repetidamente, mientras sigo alumbrándolo.

—¿Por qué está descalzo? ¿Por qué su ropa está rota? ¿Por qué hay heridas en él?

¿Qué puedo hacer? ¿Cómo lo ayudo? Ni siquiera tengo la fuerza para cargar a un hombre tan grande.

Me siento un rato a meditar, a analizar qué es lo que voy a hacer, porque no tengo ni idea. Entonces recuerdo la carreta que está en el cuarto viejo, ese que papá usaba para sus cosas de ferretería.

Me levanto, decidida, pero le doy una última mirada. Por alguna razón me da miedo dejarlo aquí. O me preocupa. No sé, ya ni sé lo que siento.

—¿Y si me voy y alguien se lo lleva?

Ay, ¿quién se va a llevar a un hombre moribundo que está tirado cerca de mi patio?

Suelto un suspiro y regreso a la casa para ver si la carreta es suficiente para traerlo, porque con mis brazos será imposible.

Voy al taller y veo la carreta. Está amarrada a una motocicleta pequeña, más parecida a una bicicleta, pero con motor. Entonces reviso que tenga gasolina. Nunca la había usado, para ser sincera, pero, para mi fortuna, tiene algo. Ahora solo espero que encienda.

Me subo, sin tener mucha idea de cómo manejar estas cosas, y empiezo a pisar el arranque. Tras varios intentos, enciende y suelto un grito de emoción.

—Vamos, vamos, vamos, pequeña.

La conduzco, pero hago algo mal porque choca con la pared y yo caigo al suelo. Me siento un poco mareada. Me toco la frente y no estoy sangrando ni nada por el estilo.

Tras un suspiro, me levanto, vuelvo a subir y, después de un par de intentos, logro controlarla. No mucho, solo un poco. Así que me voy tambaleando de un lado a otro por medio de mi patio hasta que llego a la entrada del campito.

Asustada de que ya no esté, de que todo sea una alucinación mía, me acerco a él y respiro aliviada cuando lo encuentro allí.

¿Por qué estoy aliviada? Debería estar contenta si todo esto no fuera real.

—¿Y si la policía lo está buscando? ¿Y si alguien viene a investigar? ¿Por qué me gusta meterme en problemas?

—Cálmate, Zoe, cálmate —me digo a mí misma y miro a aquel hombre.

Apenas puede respirar, pobrecito. Parece un animal grande, pero frágil a la vez, como un depredador que es lindo y tierno.

¿Tierno? No, ese hombre no tiene nada de tierno.

—Ya, Zoe, concéntrate —me reprendo.

Me froto los ojos varias veces, con la linterna en mano, alumbrando el cielo, si acaso eso es posible. Vuelvo a pasar la luz por su cara y me quedo contemplándolo una vez más. Es que no puedo dejar de mirarlo. Hay algo en él que me atrae, que me llama.

—Oh, Zoe, te comportas como si nunca hubieses visto a un hombre bonito antes.

Hago memoria y, en verdad, no había visto un hombre más bello que este.

—Ya, concéntrate —me vuelvo a increpar—. ¿Por qué no eres feo? —le reclamo cerca de su rostro cuando me agacho de cuclillas para ver cómo rayos lo voy a subir a la carreta—. Si fueras feo, sería más fácil para mí todo este asunto.

Suelto un largo suspiro.

—Solo sería amarrarte a la carreta y listo. ¿Qué estoy diciendo? ¿Dónde encontraría una cadena que me sirva para ello?

Me río.

—No hay de otra, tengo que arrastrarlo. ¡Ah, con qué fuerza! ¡Ya! —me digo a mí misma.

Pongo la linterna en el suelo y lo agarro por los brazos, dispuesta a remolcarlo hasta la carreta. Espero que mi espalda no pague las consecuencias de toda la fuerza que tengo que hacer, pero por lo menos logro moverlo un poco. Es trabajoso, sí. Incluso doloroso para mi espalda baja, pero lo estoy logrando.

Cuando llego hasta la carreta, la miro, luego a él, y repito la acción.

—¿Y ahora cómo te pongo encima? —me pregunto en voz alta.

Me muerdo los labios, nerviosa, y miro al cielo como en busca de una señal que no llega. Entonces regreso la vista a él.

—Bien… lo voy a intentar.

Y me pongo manos a la obra. Lo jalo por los brazos. Luego me agacho y lo abrazo por el torso.

Su aroma me inunda de inmediato. Es una mezcla entre sangre, humo y un perfume amaderado y dulce que no sabría describir. Es como si se hubiesen reunido las frambuesas con la madera, con el olor a bosque, a tierra, y formaran un perfume perfecto, exquisito, que me invade las fosas nasales. Pero es como si se convirtiera en pequeñas corrientes que me recorren toda la piel.

Vaya, no recordaba haber bebido nada raro hoy, solo un café.

—¿Por qué estoy pensando tantas tonterías juntas?

Casi me caigo cuando intento levantarlo, y eso hace que me desanime un poco. Me siento sobre el suelo y contemplo al moribundo.

—¿Por qué no me colaboras? Deberías despertarte un poquito y ayudarme a subirte aquí. ¿Cómo te llevaré a casa ahora?

No sé ni siquiera por qué estoy haciendo esto. Es tan fácil simplemente llamar a la policía, al 911, a los bomberos, no sé, a quien sea. Pero no. Yo he decidido buscar una carreta y subirlo en ella para llevarlo a casa, que está apenas a unos kilómetros.

—¿Por qué no te arrastro hasta allá y punto?

Lo observo. Observo el suelo. Quizás no sea mala idea. Después de todo, no puedo subirlo aquí.

Si llamo a la policía, me podrían culpar de haberlo envenenado o algo por el estilo. O de golpearlo. Si llamo a los bomberos, se regará todo por el lugar y, como quiera, vendrá la policía a investigarme. Cualquier cosa que haga termina conmigo siendo investigada por la policía y quizás en la cárcel. Y eso es lo que menos necesito ahora.

Me muerdo el labio inferior. Quizás solo estoy siendo ridícula, exagerada, dramática, tonta. Pero no sé por qué no quiero llamar a nadie.

—¿Lo quieres solo para ti, Zoe? —susurro bajito.

Inmediatamente niego con la cabeza. Suelto una larga carcajada porque todo esto me parece muy cómico, irónico y extraño. Una locura.

Pero bueno, como es casi imposible subirlo a la carreta, decido jalarlo por las muñecas y ya. Lo arrastro. Siento que se me va a salir un pulmón o que quizá me haga del número dos aquí mismo, gracias a la fuerza que tengo que aplicar; sin embargo, empiezo y no me detengo.

Bueno, sí, me detengo varias veces, ¿para qué mentir? Porque necesito tomar aire. Pero poco a poco, con gran esfuerzo, logro avanzar.

Cuando estoy frente a la puerta, suelto un largo suspiro. Inhalo profundo para recuperar el aire, porque me he quedado sin él. Miro la carreta a lo lejos y luego el cielo. Ya todo está tan calmado, tan normal, como si minutos antes no hubiese habido una explosión aquí. Como si yo me hubiese imaginado todo.

Observo al hombre y termino de arrastrarlo hasta la casa.

Una vez está a salvo allí adentro, voy por la carreta.

Cuando la he guardado, regreso a mi sala, solo para encontrarme con que no me imaginé nada, que no estoy loca ni borracha —obvio, no he bebido, así que sería imposible—, tampoco drogada, sino que todo es tan real como el aire que respiro.

Entonces otra travesía empieza: llevarlo a la cama.

Y bueno, lo sigo arrastrando…

—¡Uf, perdón! —le digo cuando se golpea con la pata de la mesa.

Lo alejo, vuelvo a agarrarlo por las muñecas y lo arrastro hasta la habitación. Una vez frente a la cama, me dejo caer en ella y suelto una gran exhalación.

—Bien, ¿ahora qué voy a hacer?

Tengo un desconocido en mi casa, todo maltratado y golpeado, casi muriéndose. Yo no soy doctora ni paramédica y tampoco tengo la fuerza para subirlo a la cama.

—¡Ah, ni modo, mi amigo! Tendrás que dormir en el suelo. Pero tengo que curar tus heridas.

Voy por el botiquín y regreso. Empiezo a quitarle la ropa del torso, que está toda destruida y salpicada de sangre.

—¡Dios!

¿Qué es lo que mis ojos ven? Músculos, pero no exagerados. Músculos bien puestos en su lugar, cada cuadrito marcado. Este desconocido emana hombría, belleza, y su piel luce tan suave, tan hermosa.

—¡Dios mío! Esto está mal, muy mal. ¿Acaso soy una pervertida?

Le quito el pantalón y tengo que mirar a un lado para no perderme en su virilidad atrapada en su ropa interior. Ese bulto ahí me provoca un escalofrío raro en todo el cuerpo, porque vaya que es grande. Y eso que este hombre se está muriendo. No me quiero imaginar despierto y con ganas.

—Ay, no, no, no, no, no.

Sacudo la cabeza porque ya esto es demasiado.

—¿A dónde se ha ido mi humanidad? ¿Mi empatía?

Este hombre está casi muerto y yo le estoy mirando sus encantos como toda una necesitada. Bueno, necesitada sí estoy…

Entonces lo observo de cerca. Y algo cambia. No hay heridas. Las pequeñas cortaduras que tenía han desaparecido. Y la sangre, aunque está en su cuerpo, es como si no fuera suya.

—¿Qué diablos está sucediendo?

¿Y si él mató a alguien y no lo mataron a él? ¿O cómo es la cosa?

Tiemblo porque no sé qué he hecho.

—¿Y si he traído a un asesino a mi casa?

¿Y si simplemente estaba peleando o asesinando a alguien, y por alguna extraña casualidad quedó desmayado en mi patio justo después de la explosión?

Todo esto es un enredo. Estoy tan confundida. Me pongo las manos en la cabeza, asustada, porque puede que yo esté en peligro.

—¿Este hombre es un asesino en serie? ¿Un ángel caído? ¿Un criminal? ¿Alguien que huye de la justicia? ¿Por qué había sangre si no está herido?

Mi corazón salta eufórico y el terror se adueña de mí. Entonces, de la nada, siento que una mano fuerte me aprisiona la muñeca y grito. Grito como no lo había hecho antes en mi vida.

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5 comentarios en “5. Lobo guía: Un lazo prohibido – Hombre del cielo, ¿ángel o demonio?”

    1. Hola. ¡Gracias por querer seguir leyendo!
      Me alegra muchísimo que la historia te haya atrapado.
      El capítulo 5 ya forma parte del contenido exclusivo en la web para apoyar la continuación de la novela.
      Si decides desbloquearlo, te prometo que lo que viene vale totalmente la pena ✨

  1. Esperanza Guadalupe

    Hola Angie a mi me gustaría poder leer tus libros pero no tengo tarjeta de crédito ni débito, no tienes otra forma de pago?

    1. Hola hermosa
      Por ahora los pagos se realizan por PayPal o tarjeta porque el sistema desbloquea los capítulos automáticamente al momento del pago.
      Lamentablemente no tengo otro método disponible internacionalmente sin tarjeta.
      Si en el futuro integro más opciones, lo anunciaré en la web.
      Gracias de verdad por querer leer la historia. ¿De qué país eres?

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Lobo guía: Un lazo prohibido

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