24. Lobo guía: Un lazo prohibido – No me temas

Zoe

El tuntún de mi corazón se puede escuchar a kilómetros. Bueno, estoy exagerando, como siempre. Toda dramática yo. Pero sí me está latiendo muy rápido. Tengo los ojos tan abiertos que los abro un milímetro más y se me salen de las cuencas.

Suelto un respiro largo. Me relamo los labios, aprieto los puños y doy vueltas por toda la cocina. Me detengo. Busco rastros de sangre que pudieron haber quedado, pero no hay nada.

¿Me estoy volviendo loca? ¿Me imaginé todo esto o lo soñé?

Ah, pero bien pudo limpiarlo. Fue esta mañana y ya es de noche.

¿Y dónde está? ¿Acaso se mató y se enterró él mismo?

Ay, Zoe, ¿qué cosas dices?

Suelto un largo suspiro y me froto los ojos. La presión en el pecho me congela; un escalofrío me recorre por completo. El simple hecho de imaginar que se fuera de mi vida para siempre, de no verlo más, me provoca una angustia inquietante y mis ojos se llenan de lágrimas.

—¿Qué es lo que me pasa? —digo en voz alta.

Trago saliva y vuelvo a suspirar.

Esto es una locura. ¿Por qué me siento así? ¿Adónde fue?

Salgo corriendo de la casa y empiezo a buscarlo por todos lados. Es de noche y, aunque hay bombillas prendidas para alumbrar el patio, más allá la oscuridad es abrumante. Está tan negro que no se pueden ver ni los árboles.

Miro mis manos, que están temblando. Debería ir a buscar una linterna y alumbrar para encontrarlo, pero es ridículo. Si él se fue, no va a estar en el bosque, ¿o sí? Además, si lo hizo, era porque no quería estar aquí.

O quizás porque lo descubrí. Ya debe ser obvio que sospecho que es un asesino en serie.

Ay, Zoe, ¿qué cosas se te ocurren? —me reprendo a mí misma y camino de un lado a otro.

De repente tengo esa necesidad insana de adentrarme en el bosque a buscarlo, pero el miedo me detiene. Es una locura entrar ahí. No veo nada.

¿Y si aparece un animal y me come?

¿Pero qué animal me podría comer? ¿Los mosquitos?

Bueno, sí, no solo los mosquitos, también todos esos bichitos que aparecen por acá.

Ay, pero debo hacer algo. Debo encontrar a Zebastiel, y él no tiene un celular ni nada que yo pueda usar para llamarlo.

¿Por qué no le compré uno?

Ay, estoy con esta malaria financiera que tengo. No me puedo comprar ni comida y voy a comprarle un celular a alguien.

Suelto otro suspiro y me muerdo el labio inferior.

Quizás deba ir a buscarlo.

Ay, yo estoy loca, pero bueno.

Me armo de valor y empiezo a dar pasos. Son lentos, pesados, y mis ojos miran alrededor. Estoy asustadísima, pero es más importante encontrar a Zebastiel. El miedo no me vence; más bien me impulsa a adentrarme entre los árboles.

Entonces siento que estoy ciega.

—No veo, no veo, no veo —repito una y otra vez. Empiezo a sudar y a temblar.  

¿Por qué está tan oscuro acá?

Ay, no, ¿qué hice?

Me devuelvo para regresar a casa y acostarme. Esto es una reverenda estupidez. Ahora me pregunto por qué estoy viviendo en un lugar tan remoto y solitario. ¿Por qué nunca había pensado en lo peligroso que puede ser esto?

En fin.

Empiezo a caminar de regreso cuando escucho el crujido de las hojas. O eso creo que es. No sé, pero presiento que no estoy sola aquí.

El corazón empieza a latirme con fuerza. Me quedo paralizada y varios escalofríos me recorren.

No sé si correr, tirarme a llorar o desmayarme, pues el miedo que me azota es abrumador.

—¿Zebastiel, eres tú? —pregunto y trago pesado.

Escucho un movimiento y, bueno, yo no soy tan valiente, así que empiezo a correr.

El problema es que no sé si estoy corriendo de regreso a la casa o si me estoy adentrando más en el bosque. No entiendo por qué hay tantos árboles si yo apenas había empezado a entrar.

¡Dios mío! ¿Dónde está la salida? ¿Dónde está el camino? No puedo ver nada.

—¡Ah!

Lanzo un grito cuando tropiezo con algo y me caigo.

Entonces escucho sonidos raros, como de un animal o algo por el estilo. Me levanto y un olor especial me llena las fosas nasales. Es agradable, suave, pero fuerte a la vez. Es un olor elegante y varonil, amaderado.

Y, a lo lejos, puedo ver que algo brilla.

Parpadeo varias veces.

Me parece ver dos ojos dorados, rojizos o color miel, no sé, pero brillan.

¿Qué?

¿Hay un tigre aquí o algo por el estilo?

—¡Ah!

Grito y empiezo a correr, pero no sé hacia dónde, y tropiezo con algo fuerte. Parece ser un árbol.

Entonces, ¿qué fue lo que me tumbó?

Bueno, estoy respirando tan rápido que siento que me voy a desmayar, lo cual es irónico, porque respiro rápido precisamente porque quiero respirar. No sé si me entienden.

En fin.

Voy a levantarme cuando ese brillo de ojos se acerca más y más, y creo que está frente a mí.

Algo cambia.

Los ojos se ven más bajitos, como si lo que fuera que me estuviera observando no fuera un animal tan grande, sino alguien que se hubiera agachado de repente. No lo sé.

En ese momento escucho una voz familiar.

—¿Zoe?

—¿Zebastiel? ¿Eres tú?

¿Acaso estoy alucinando? ¿A él le brillan los ojos?

No, esto es una locura.

Parpadeo varias veces e incluso me froto los ojos. Porque puede ser que esté viendo mal. ¿Cómo es que tiene ese brillo tan peculiar, como si fuera un animal salvaje?

Él se acerca a mí, pero yo empiezo a negar efusivamente, aterrada.

—¡No te acerques! —le grito.

Y él se detiene.

—¿Me tienes miedo? —dice melancólico y decepcionado.

¿Cómo no le voy a temer? Sus ojos literalmente están brillando como si fuera un tigre en la noche, una pantera, un león, qué sé yo. Quizás un lobo.

Me abrazo a mí misma.

Todo esto es una locura. Desde que lo encontré aquella noche no me han pasado más que cosas raras. Y Zebastiel es la rareza personificada. Todo es su culpa. Terminaré en un manicomio por causa de él.

—Zoe, ¿cómo te sientes? Pasaste todo el día desmayada. Parece que estabas muy agotada —dice como si nada, así, todo casual, ignorando que sus ojos literalmente están brillando y que eso es lo que me tiene impresionada.

Zebastiel camina hacia mí.

Entonces, como que me despabilo. Me levanto y me echo a correr.

—¡No me hagas daño, loco! ¡Aléjate de mí! —le grito.

—Zoe, espera. Deja de ser tan infantil y escúchame.

Corre detrás de mí.

No sé hacia dónde coger porque todo está muy oscuro y tengo mucho miedo de chocar con algo. Así que llevo las manos al frente para ver si hay algún obstáculo y sigo corriendo con toda mi fuerza.

Empiezo a sudar. Mi corazón late mucho más fuerte que antes y la respiración se me ha vuelto un caos.

—¡Zoe, espera!

De improviso, unas manos me agarran por la cintura y me levantan.

Mi reacción es gritar y patalear.

—¡Suéltame! ¡Por favor, no me hagas daño! ¡Por favor, no me hagas daño! —repito, colérica.

Pero él me tapa la boca.

Ay, no.

Este es mi fin.

Intento hablar, pero su mano sobre mi boca me lo impide, así que él libera mis labios y yo empiezo a atacarlo:

—¿Cómo quieres que no me asuste si estás aquí, en medio de este bosque oscuro, con unos ojos brillantes como si fueras un animal salvaje, actuando tan raro? Ah, pero esta mañana te intentaste matar o algo por el estilo. ¡Tú estás loco! ¡Déjame en paz!

Sus brazos me aprietan más, hasta el punto en que quedo pegada a su torso.

—No me temas, por favor —me dice—. Te lo explicaré todo, te lo prometo.

—¿Explicarme qué, Zebastiel? ¿Que saliste de un loquero? ¿Que eres un asesino en serie?

—Deja de decir tonterías.

—¡Y tú deja de hacer cosas raras! Me hablas como si yo fuera una loca, pero el loco eres tú.

—Zoe…

No veo nada, pero percibo su nariz rozando la mía.

—Por favor, suéltame.

—Debes creerme.

Sus labios encuentran los míos y me besan. Yo le correspondo.

Sí, así de loca estoy.

¿Y qué si esto me parece excitante?

Mosquitos, sí. Bichitos, sí. Oscuridad extrema, sí. Peligro, también.

Pero ¿por qué no salgo corriendo? Debería golpearlo y huir. Pedir ayuda… escapar de él…

Sin embargo, hay algo que me atrae, que me mantiene cautiva de su encanto, y termino rindiéndome a ese beso.

Zebastiel me olfatea el cuello y luego me pasa la lengua. Un escalofrío me recorre y me sacudo.

—¿Qué haces? —le reclamo.

Zebastiel solo vuelve a besarme y, bueno, besa rico, así que no voy a negarme a eso.

Mis manos se enredan en su cabello y aprieto las hebras mientras él me besa con fiereza. Su lengua encuentra la mía y empiezan a juguetear maliciosas. Siento que el corazón se me va a salir del pecho.

Me recorren varios escalofríos y me sacudo.

Lo sujeto por el pelo y me aferro a él. Siento frío, calor o una mezcla de todo.

Sus manos se posan sobre mis glúteos y los aprietan. Me atrae más hacia él, como si fuera posible… y… ¿Qué es eso?

—¡¿Tuviste una erección?! —le reclamo.

Se ríe por lo bajo.

—No soy el único excitado aquí, ¿eh? —me dice con tono divertido.

—Eres un depravado, un atrevido, un aprovechado…

Vuelve a besarme.

—Quizás lo soy, pero solo contigo —susurra sobre mis labios—. Me pregunto cómo sabrá allí donde te has mojado, pues puedo oler tu excitación y eso me está enloqueciendo.

Abro la boca, sorprendida.

¿En serio me está diciendo eso?

—¡Oye! ¡Eres un pervertido, un sinvergüenza! ¡Un irrespetuoso!

Empiezo a golpearlo.

Ahora sus manos no están sobre mis nalgas, sino que sus brazos me envuelven en un abrazo fuerte.

Me besa la frente, las mejillas y la nariz.

—Vamos a casa, por favor. Te prometo que te explicaré todo. Confía en mí —me ruega. Su voz sale algo ronca y grave, un poco seductora y con ese tono que me hace sospechar que no quiere hablar precisamente.

¿Confiar en él?

No debería, lo sé.

Aun así, lo hago.

Me acurruco contra su pecho, que está desnudo, firme y caliente, y me dejo llevar.

Él camina conmigo en brazos en medio de aquella oscuridad.

Y yo, como si hubiera perdido el juicio, me rindo a lo que sea que vaya a pasarme.

Si me va a matar, que me mate.

Pero no quiero apartarme de él.

Aunque sea un loquito que escapó de un manicomio, un asesino en serie o algo peor, creo que me he enamorado de Zebastiel.

Y ya no hay vuelta atrás.

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