22. Loba solitaria: Tan cerca y tan lejos

Clara

Estoy pasmada, con el corazón acelerado, las manos temblorosas y los ojos bien abiertos. Lo observo; aún sostiene el frasco de café en la mano, listo para echarlo en la cafetera. Él me mira, curioso, y noto que también está un poco incómodo.

Quisiera que la tierra me tragara en este momento. Desearía desaparecer.

De forma instintiva, enfoco la mirada hacia la despensa y siento cómo las mejillas se me encienden. El calor me sube al rostro, acompañado de una opresión en el pecho. También me dan ganas de salir corriendo, de esconderme, de llorar.

No quiero que vea mi situación actual. Es tan vergonzosa.

—Siento haber invadido tu cocina. Solo quería poner un poco de café para que, cuando despertaras, lo encontraras caliente y no tuvieras que hacerlo. Has trabajado mucho estos días. Estás muy cansada. Es mi forma de agradecerte lo que has hecho por mí. Si te incomoda, pido disculpas —me dice, arrepentido.

Me siento muy mal y culpable. De verdad, su intención es buena. No tiene la culpa de que a mí me avergüence mi situación económica. Tampoco de que esté viviendo un tiempo de austeridad.

Suelto un largo suspiro y trato de relajarme. Me acerco a él y le sonrío.

—Muchas gracias. No tiene que hacerlo. Todavía está débil y necesita descansar.

Él niega.

—No —me responde—. Estoy es mucho mejor. No tienes que preocuparte. De verdad necesito estar de pie, levantarme a hacer algo. Si me quedo postrado en la cama, siento que nunca me recuperaré. ¿Puedo continuar? —me pide.

Yo asiento con movimientos tímidos de cabeza.

Mientras él hace el café, yo aprovecho para darme un baño rápido y lavarme los dientes. Frente al espejo, me cepillo el cabello y observo cada detalle de mi rostro. Tengo ojeras, la piel luce un poco pálida y mis labios están resecos.

Busco en mi cajón algo de maquillaje, pero solo tengo brillo labial.

Hace tiempo que se me acabó el resto y, como no suelo salir a ningún lado que no sea el trabajo, no me ha interesado comprar más. Ahora me arrepiento. No quiero verme tan cansada delante de él, tan apagada.

Me aplico el brillo en los labios y los junto varias veces, observándome en el espejo. Pruebo distintos peinados, pero ninguno me convence, así que termino dejándome el cabello suelto.

Tras un largo suspiro, me seco las manos sudorosas, debido a los nervios, y salgo del baño, dirigiéndome a la cocina.

Allí está él, sentado a la mesa, tomando una taza de café. Hay otra servida frente a la silla vacía, que supongo es para mí. Me siento un poco cohibida y empiezo a beber.

—Mmm… está delicioso —digo.

Él sonríe.

—Solo es café. No es que haya que tener un gran conocimiento para hacerlo.

Suelto una risita divertida.

—Lo sé, pero aun así el café tiene su toque. No todos salen bien, y este está delicioso —lo halago.

Él se queda mirándome, con una sonrisa en el rostro. Eso hace que mi corazón palpite con fuerza y que me ponga nerviosa, así que enfoco la mirada en el líquido oscuro de mi taza y juego un poco con la cucharilla.

—Buscaré algo de fruta para hacer una ensalada. Necesita vitaminas —le digo.

—¿A dónde irás? ¿Saldrás a comprarla? —me pregunta.

—No —respondo de inmediato—. Tengo un pequeño huerto. Debe haber algunos mangos. Ah, sí, de los que le di ayer. También naranjas y fresas.

Él asiente, satisfecho.

—Me parece bien. ¿Quieres que te ayude?

—No es necesario. Es mejor que descanse —le digo.

—No, no, no, yo ya me encuentro en buenas condiciones. Sé que no estoy vestido correctamente —señala la frazada que le envuelve el cuerpo, dejando solo los brazos al descubierto.

Él luce un poco gracioso, y no puedo evitar sonreír.

—No te preocupes —añade—. Si se ensucia, yo mismo la lavaré.

Me enternece su consideración y la forma en que asume la responsabilidad de sus actos.

—No tiene que hacerlo —le digo—. De todas formas, me tocará lavar dentro de poco. Y tengo más frazadas si necesita alguna otra.

Él niega de inmediato.

—No. Cualquier cosa que yo ensucie, la limpiaré. Es injusto que tengas que trabajar más por mí. Además, soy un adulto funcional —añade, con firmeza—. Puedo limpiar mis propios desórdenes.

No le llevo más la contraria.

Después de terminar el café, salgo de la cabaña y tomo una canasta. Él hace lo mismo con otra. No puedo evitar sonreír. Caminamos en un silencio cómodo hacia el pequeño huerto.

Allí recogemos los frutos. Él observa a su alrededor, maravillado, con los ojos bien abiertos, como si todo lo que hay aquí fuera una gran maravilla.

Suelto una risita, entretenida con la expresión de su rostro.

—¿Qué? —me pregunta, divertido.

—Usted observa este lugar como si fuera un pequeño cachorro descubriendo algo interesante. Solo es un huerto.

—Un huerto hecho por ti —dice de repente—. Todo lo que venga de ti es admirable.

El ambiente cambia al instante. Se vuelve extraño, denso. Hay un silencio tenso entre nosotros y nuestras miradas se encuentran. Él se aclara la garganta, mira hacia los lados y se pasa la mano por el cabello.

—Lo siento. Creo que eso estuvo… un poco raro. Y fuera de lugar.

Niego varias veces, algo nerviosa.

—No. Es halagador. Pero creo que exagera. ¿Acaso me está idealizando solo porque lo salvé? —bromeo.

Él suelta una pequeña risa que me contagia, una risa que le devuelve vida a mi interior.

Me gusta cómo ríe.

—Solo digo la verdad. Eres admirable. Vives aquí sola, alejada de todos. Te mantienes por ti misma. Haces perfumes y creas tu propio huerto. ¿Qué otras sorpresas tendrá la señorita Clara?

No puedo evitar reír por su ocurrencia y me encojo de hombros.

—No mucho. No hay nada más interesante sobre mí. Sin embargo, sobre usted, Gamma, sí que hay mucho que mirar.

Su expresión cambia un poco; se vuelve más sombría, con menos diversión.

—Créeme, tu vida es mucho más interesante que la mía —admite.

Yo niego, incrédula.

—No le creo, Gamma…

—No me gusta —me interrumpe; yo lo observo, un poco perdida.

—¿Qué es lo que no le gusta? —indago, asustada de haber dicho algo incorrecto.

—Que me llames Gamma —responde—. Agradecería que dejes de decirme “usted”. Suena raro. ¿Puedes tutearme?

Vuelvo a negar, nerviosa.

—No, no lo haría. Usted es el Gamma de gammas. Es un guerrero de élite. Yo… yo solo soy su salvadora.

Nuestras miradas vuelven a cruzarse.

Otra vez se instala ese silencio incómodo que me pone muy nerviosa. Algo vibra entre nosotros; es como si intercambiáramos corrientes eléctricas, una conexión tan fuerte donde las palabras sobran. Es tan maravilloso como doloroso. Es difícil estar tan cerca y tan lejos a la vez, rozar el cielo y no poder tocarlo a plenitud.

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