33. Loba solitaria: Al borde del primer beso

Clara

Los días transcurren veloces y, aunque la distancia con Garthor es dolorosa, no tengo tiempo para pensar en ello porque ando muy ocupada creando mis perfumes.

He estado yendo y viniendo, comprando ingredientes, mezclándolos con los que ya tengo, creando nuevas fragancias, separando las que irían destinadas a mujeres y a hombres, las más elegantes de las más humildes.

Sorprendentemente, los días no se han sentido tan lentos como esperaba; y aunque la añoranza por él crece, el trabajo ha sido mi refugio para sobrellevar esta agonía. Entonces, no he tenido tiempo para pensar en mi extraña relación con el gamma.

Y, en un abrir y cerrar de ojos, ya han pasado varias semanas desde esa última visita.

—El día está fresco hoy —susurro para mí y miro al cielo, que está cargado de nubes.

Todavía luce su azul brillante, con un poco de luz solar; sin embargo, las nubes lo opacan un poco. El viento levanta las hojas, también mi cabello, y su silbido sutil me da a entender que probablemente tendremos lluvia o quizás una oleada de frío.

Me abrazo a mí misma, porque la gelidez del ambiente hace que mi piel pida calor, pero, en vez de ir a buscar un abrigo, agarro las canastas y me adentro en el bosque a buscar unos ingredientes que me faltan.

Mientras lo hago, empiezo a tararear; sin embargo, me detengo de repente al percibir la presencia de alguien, seguida por ese aroma delicioso que me hipnotiza, me hace salivar de más e inquieta a mi loba.

«Mate», dice ella dentro de mí, y mi corazón empieza a palpitar con ímpetu.

Es él…

Me quedo congelada en la misma posición, con la mano extendida hacia una de las plantitas a las cuales les estaba arrancando algunas hojas, con la respiración agitada, sin saber qué hacer o decir, porque estoy demasiado impresionada. Él regresó… ¿qué significa eso?

—Hola —me saluda, como si nada.

Su voz estalla alrededor de mí y rompe la serenidad del ambiente. Trago pesado, me aclaro la garganta y me dispongo a recoger las hojitas. Acto seguido, las echo en la canasta y me levanto. Entonces lo miro en silencio.

—¿Qué? ¿Acaso no te gusta mi visita? —inquiere él, sereno y con una sonrisa que me derrite el corazón.

Me aprieto los labios para disimular la mía y lo vuelvo a mirar.

—No esperaba tu visita.

—¿Pero por qué? —pregunta él—, si te había dicho que lo haría.

No respondo, pues no tengo una respuesta clara. Quizás estoy hablando por medio de los nervios y, al no encontrar palabras, simplemente digo lo primero que me viene a la boca.

Aunque, en realidad, al pasar la primera semana y no ver que me hubiera visitado, pensé que quizás lo dijo por la emoción del momento o por cortesía.

—Tienes razón —digo, para cerrar el tema, pues no tengo ganas de ahondar en algo que ni siquiera tiene sentido mencionar.

Le sonrío y me permito admirarlo, pues noto que no lleva puesta su armadura. Es la primera vez que lo veo con ropa normal. Bueno, a excepción de la vez que estuvo postrado en mi cama y de que le compré algunas prendas.

—Entonces el gamma no está de servicio hoy —comento, haciendo alusión a la falta de su armadura.

Él sonríe y asiente.

—Exactamente, estoy de visita de verdad. Tengo unas minivacaciones y quise venir a verte.

Mi corazón empieza a latir con más fuerza y lo miro sorprendida.

—¿Te quedarás aquí por unos días?

Sonríe, un poco tímido.

—Si quieres…

—Yo no tengo ninguna oposición —le digo. Me impresiona lo rápido que he respondido a eso—. ¿Deseas beber algo? —lo invito.

Él asiente.

Caminamos en dirección a la cabaña.

—Espérame aquí —le digo cuando estamos en la entrada, y me voy al taller a dejar las canastas.

Cuando regreso, él todavía está allí, parado, y no puedo evitar observarlo.

Trae un pantalón de mezclilla oscuro y una camiseta que se le pega al cuerpo, pero encima de esta lleva una gabardina del mismo color del pantalón, y su cabello está un poco desarreglado.

Se ve tan apuesto, tan juvenil y diferente al gamma imponente que siempre se muestra con su armadura. Aun así, mantiene su porte intimidante y fuerte.

Trago saliva y me relamo los labios. Entonces me acerco a él.

Ambos entramos directo a la cocina y empiezo a prepararle un té de los que solía hacer mi madre, uno que sé que le va a gustar. Cuando pongo todo en el agua caliente, me siento a esperar que los ingredientes suelten su esencia.

—¿Te quedarás de verdad? —le pregunto, curiosa.

—Solo si aceptas —me responde—. Ya te lo pregunté y dijiste que no hay problema, así que puedo hacerlo, ¿cierto?

—Sí, solo que no veo que hayas traído ropa ni nada. ¿Cómo te cambiarás?

Él sonríe con despreocupación.

—Mi caballo está amarrado a un árbol cerca de aquí. Allí tengo todo lo que necesito.

—Ah… —balbuceo y me muerdo el labio inferior—. ¿Dormirás en la cama conmigo o…?

Me detengo porque no puedo seguir.

¿Qué he preguntado? ¿Acaso me he vuelto loca?

Estoy segura de que mi mejilla arde, y tengo que apretar los puños debido a los temblores de mis manos.

Garthor evita mi mirada y se muerde el labio inferior. Eso me parece sexy.

—Yo puedo dormir en el sofá. No te preocupes.

—¿Pero no será incómodo ahí? Eres muy grande —le digo.

—¿Quieres que duerma contigo?

Oh, Dios mío. Siento que el corazón se me va a salir y que puedo marearme en cualquier momento.

—Ah… ah… —tartamudeo, pues no encuentro las palabras.

¿Quiero que duerma conmigo? No lo sé. El simple hecho de imaginarlo me aterroriza, pero de una forma agradable y emocionante.

Él suelta una carcajada que, de alguna manera, se lleva un poco de la tensión que me aprisiona. Pero todavía estoy afectada y no puedo ni siquiera hablar.

—Ya, deja, ya… —dice—. Solo bromeo. Dormiré en el sofá. No te preocupes, estaré bien. Recuerda que soy un guerrero. Estoy acostumbrado a las incomodidades y, créeme, un sofá es un lujo frente a lo que me ha tocado vivir. Con tal de estar aquí contigo, estoy dispuesto a pasar lo que sea, pero te aseguro que estaré bien.

—De verdad, no quiero que estés incómodo —insisto, preocupada.

—No lo estaré —asegura—. Además, el sofá es cómodo. Ya lo has probado, ¿cierto?

—Sí, es muy cómodo. Muchas gracias por el regalo. Pero es que no sé, te veo tan grande…

—Ah, ¿me está llamando gigantón?, ¿eh? —bromea.

No puedo evitar reír.

Sirvo el té para ambos y lo acompaño con galletas. Él lo come con tanta devoción que siento un calor agradable en el pecho.

—¿Por qué todo lo que haces es tan delicioso? —me pregunta.

No puedo evitar sonrojarme.

—Ay, qué exagerado eres —le digo, tratando de ser modesta, pero la verdad es que me da un poco de vergüenza su halago.

—No, no estoy exagerando. De verdad, todo lo que haces te queda bien. Eres muy especial, Clara.

Hay un momento extraño entre nosotros, donde nuestras miradas se cruzan y las palabras no son necesarias.

Cómo quisiera expresarle todo lo que siento, lo mucho que me gusta y cuánto me encantaría que me aceptara, que reconociera nuestro lazo y que se convirtiera en mi pareja.

Puedo imaginarlo: los dos aquí, teniendo conversaciones largas, riendo por tonterías, comiendo juntos, corriendo en nuestra forma lobuna por el campo. Sería hermoso.

La tristeza opaca mi buen ánimo al recordarme que quizás sea imposible. Sin embargo, él está aquí. Vino a quedarse. Eso es un buen indicio, ¿no?

Después de que nos tomamos el té y hablamos un poco más, lo acompaño a buscar su caballo y a traer sus cosas, las cuales ponemos en mi habitación.

No nos tardamos mucho ahí, pues evito estar lo más posible a solas con él en un lugar tan íntimo como ese.

Salimos al campo y soltamos al caballo para que corra libremente. También le damos de beber y algunas verduras.

—Vamos al campo a recoger frutos silvestres —le propongo.

Garthor toma dos canastas de las grandes, pues recogeremos algunos frutos de unos árboles que se encuentran a una distancia cercana al río.

Nos paramos en el cúmulo de agua y nos refrescamos la cara, aunque hace un poco de frío, y jugueteamos un poco.

Bueno, él empieza, salpicándome para que me caiga agua encima, así que me aparto de la orilla corriendo, pero él va detrás de mí.

—¡Oye, espera! ¿A dónde vas? —grita.

Yo solo me río, juguetona. Cuando noto que viene detrás de mí, aumento la velocidad.

—¡No podrás alcanzarme, este es mi territorio! —lo reto, traviesa.

—Eso no importa, preciosa. Recuerda que soy el gamma de gammas, soy poderoso.

—No importa cuán gamma seas, no eres más rápido que yo —le contesto con desafío.

Mis pies descalzos retumban sobre la grama verde y aplastan algunas hojas secas que hay regadas debido a la brisa. Garthor también está descalzo, pues la idea era sumergir los pies en el agua; sin embargo, está tan fría y hace tanta brisa que nos arrepentimos.

Mi corazón palpita fuerte cuando veo que se está acercando.

Trato de aumentar aún más la velocidad, pero tropiezo y voy a caer cuando él me atrapa. Entonces ambos terminamos sobre el suelo verde, con risas descontroladas y la respiración agitada.

Cuando nos calmamos, me doy cuenta de que él está sobre mí. Nuestras miradas se unen, nuestras narices se rozan y nuestro aliento se vuelve uno.

¿Qué está pasando? De un momento a otro ya estamos en una posición tan íntima.

El terror me aborda.

No puedo evitar mirar sus labios, tan lindos y apetecibles, así que lamo los míos, y eso capta su atención.

De repente, Garthor acerca su rostro y nuestras bocas se rozan.

¿Qué…? ¿Acaso va a besarme?

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Loba soitaria

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