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Garthor
Los pocos guerreros que me fueron asignados caminan detrás de mí, atentos, pues estamos en tierras peligrosas.
Este lugar, un estrecho entre la región Kal y el territorio sin reino, donde los lobos solitarios y rebeldes suelen habitar y utilizarlo para hacer sus fechorías, conecta con una manada a la que debemos llevar asistencia militar; por eso voy en persona.
Lo extraño aquí es la cantidad de guerreros que me han concedido, pero supongo que se debe a que el rey Kal desea mantener esta cooperación en secreto. Mientras menos hombres, más bajo el perfil.
Esa es mi suposición.
—Algo no me cuadra —expreso a uno de ellos, un líder que es experto en el entrenamiento de novatos.
Él asiente, en acuerdo, y mira a su alrededor, receloso.
—No sé quién aprobó esta misión, pero me parece un poco turbia. Siento que nos mandaron a la boca del lobo. Lo que más me sorprende es que te enviaran a ti, el gamma de gammas, con tan pocos recursos —me responde.
Niego, para restar importancia, aunque me parece un poco insultante la manera en que se me ha enviado a este sitio.
Sin embargo, estoy acostumbrado a cumplir por encima de la incomodidad y lo injusto. Ya muchas veces he arriesgado mi vida para satisfacer los caprichos del rey; no veo que en esta ocasión tenga que ser diferente.
—Raro me parece que Azrael no haya venido. Últimamente está metido en todas mis misiones —le comento, pero Den me responde con un encogimiento de hombros.
—Escuché que se ofreció a escoltar a la princesa Isabella, quien está de viaje a las montañas de sanación.
Me quedo en silencio, pensativo.
Es raro que Azrael se ofreciera a algo tan… trivial.
¿Ahora es escolta? ¿Qué se trae entre manos?
—Te parece raro, ¿cierto? —me descubre Den.
Asiento.
—Sí, es bizarro. Y supongo que el rey se sintió halagado de que un gamma de alto rango se convirtiera en el guardián personal de su amada sobrina —me burlo.
—¿Crees que él busque ganarse puntos con el rey? —me pregunta Den.
Yo me encojo de hombros, pues poco me importa.
—Es lo obvio. Aunque, conociéndolo, puede que busque más que simpatía. Siempre está planeando algo raro —concluyo.
Den ríe, en acuerdo, y seguimos conversando mientras cabalgamos.
De repente, tengo un presentimiento extraño. El aire se torna pesado y trae aromas diferentes a los nuestros. Mis ojos se entrecierran y olfateo. Aminoro la velocidad del caballo; Den capta la tensión y hace que los guerreros que nos siguen se detengan.
Observo a mi alrededor, en busca de algo o alguien, pues me siento rodeado, como si tuviéramos compañía.
—¿Todo bien? —me pregunta él, quien también presiente que algo anda mal.
Asiento en silencio mientras trato de escuchar algo, pues percibo una presencia, quizá pasos que se acercan. La brisa me levanta el cabello y el polvo, y me trae esos olores que me repugnan, no porque sean desagradables, sino porque huelen a enemigo.
—Estamos rodeados —informo—. Creo que caminamos directo a una trampa.
Den se tensa y mira de reojo a los hombres que esperan detrás de nosotros. No son muchos y, si esto es una trampa, el enemigo debe ser el doble, o quizá más.
—¿De verdad crees que es una emboscada? —indaga, y puedo ver indicios de preocupación en su semblante.
—Puede que sí… O quizá sea mera casualidad. No estoy seguro —le respondo, manteniendo la calma—. Todo está muy extraño: esta misión a este lugar con tan pocos hombres, y ahora esto. No, eso no es casualidad.
—Pero el rey no te haría daño a ti, que eres su gamma más preciado —razona Den, y tiene razón.
—Lo sé. Quizá el rey no esté informado de esta misión, o puede que sí, pero no bajo estas condiciones. Alguien me puso una trampa.
—¿Un traidor?
—Sí.
—¿Qué hacemos? —me pregunta.
Suelto un suspiro.
—No queda otra que luchar. Si vemos que todo se complica, hacer la retirada.
—¿No deberíamos simplemente retirarnos?
—Podríamos intentarlo, pero tendremos que pelear de todas formas. ¿Crees que nos dejarán ir?
Den hace señas a los demás guerreros que están a nuestra espalda, indicándoles que estamos en una emboscada. Cada uno saca su arma y se prepara para la lucha.
En cuestión de segundos, nuestros enemigos, al verse descubiertos, salen. Primero un grupo, luego otro, y otro, y otro. Toda una multitud.
¿Una estrategia bien planeada? Claro. Para destruir al gamma de gammas se necesita un buen enfrentamiento. Y supongo que estos guerreros no son simple rebeldes. Son expertos.
Todo transcurre en un abrir y cerrar de ojos.
Las espadas rechinan; los caballos relinchan; el polvo y la piedrecilla son levantados con violencia. Sangre cae, gritos, alaridos, ataques. Pelea encarnizada. Algunos se convierten en lobos, otros simplemente se lanzan con sus armas.
—Estamos completamente rodeados —anuncio.
Lucho. Con una mano agarro las riendas y con la otra manejo mi espada.
Quito la vida a decenas de guerreros y salvo a algunos de mis hombres, pero no puedo luchar contra tantos contrincantes y defenderlos al mismo tiempo. Tendrán que arreglárselas solos. Al fin y al cabo, esta es nuestra vida como guerreros y protectores del reino de Kal: arriesgarla en cada batalla.
Y eso hago: peleo hasta que no tengo fuerzas.
De repente, siento que algo se clava en mi cuello. Es una agujita pequeña; la saco y me debilito.
No puede ser. Rayos.
A pesar de la debilidad, sigo luchando, pero puedo percibir cómo mi lobo se va desvaneciendo. Mi cuerpo tiembla, sudores fríos me recorren. Las palpitaciones de mi corazón se aceleran de una manera sofocante.
¿Qué rayos es? ¿Algún veneno?
El olor a acónito llena mis fosas nasales y entonces lo entiendo. Se han armado de matalobos para debilitarnos y poder acabar con nosotros rápido.
Advierto a mis hombres y anuncio la retirada.
—¡Tenemos que tratar de escapar como podamos! ¡Vamos a dividirnos!
—¡Den! —le grito a mi amigo—. Toma un camino, trata de huir. Yo haré lo mismo. Nos encontraremos en Zafiro.
Él asiente.
Jalamos las riendas y nos damos la vuelta. Cada uno por su lado, pero el enemigo nos persigue.
Avanzo a gran velocidad, rumbo a un bosque. Allí me será más fácil perderlos.
Cabalgo con todas mis fuerzas, aunque creo que me queda poca, pues el acónito está haciendo su efecto. Mi lobo va desapareciendo cada vez más y mi cuerpo entra en un trance.
Estoy rodeado por guerreros y lucho, aunque estoy débil. Mato a tres, hiero a uno, pero diez más me acorralan. El caballo relincha, se levanta en dos patas y me deja caer. Él escapa y yo quedo tirado, rodeado.
Mantengo la lucha, aunque estoy muy débil, y sigo acabando con mis enemigos. Sin embargo, al ser tantos, logran herirme en el pecho. Caigo, pero vuelvo a levantarme.
Con rapidez, no lo pienso mucho: aprieto la cadenilla que recogerá mi vestimenta, pues, al ser tan urgente la transformación, necesito estimularla para que actúe rápido; no vaya a ser que se destruya antes de ser recogida.
Cambio a mi forma de lobo.
Mis garras se clavan en la carne de algunos rebeldes y mis colmillos hieren el cuello de guerreros fuertes que llevan ventaja sobre mí.
Sin embargo, mi lobo se desvanece en un instante y caigo casi inconsciente, en mi forma humana.
Todo por culpa del matalobos, que suprime mi habilidad licántropa y me hace tan débil como un humano común.
De repente, siento un dolor punzante en el brazo, luego en el estómago. Me están clavando sus espadas. Sacudo la cabeza y uso mis técnicas de lucha. Sus armas son tan afiladas que han atravesado mi armadura.
Lucho y corro. Noto que hay un pequeño risco y, abajo, un río. Entonces, sin pensar dos veces, me tiro, dejándolos allá arriba, buscándome.
Mientras caigo, en mi mente se visualizan unos ojos grandes y azules, tan puros como el cielo. También una larga cabellera dorada como el sol y unos labios rosas con los cuales he fantaseado desde que la conocí.
Por lo menos no tendré que rechazarla ni viviré con la agonía y la indecisión de escoger entre ella y el deber. Quizás, si muero, pueda liberarla.



