Clara
Estoy anonadada.
Con manos temblorosas y sin todavía dar crédito a lo que sucede, busco entre mis canastas personales, pues no estaba preparada para vender tanto a una misma persona, y escojo la más bonita, la que tiene los lazos morados, pues quedará perfecta con la decoración de esos perfumes, y los coloco todos de forma estética.
Tomo algunas de mis flores para adornarlos y se los entrego.
—Eres dedicada, creativa y apasionada —me alaba ella mientras admira la canasta—. Llegarás muy lejos. Las personas como tú merecen ser exitosas.
—Muchas gracias —le respondo, sonrojada—. Espero que a sus amigas les guste.
—Oh, estoy segura de que así será —me responde, confiada—. Por cierto, ¿podemos intercambiar códigos y así comunicarnos para futuros pedidos? —me pregunta.
Me muerdo el labio inferior debido a la vergüenza.
—No tengo un comunicador —le respondo—. No lo he necesitado…
—No te preocupes. ¿Siempre vendes aquí?
—No, solo aprovecho la venta de temporada, pero sí suelo ir al mercado de la manada Cielo Templado a vender mis perfumes y otros productos.
—Interesante… ¿Cuál es tu nombre?
—Soy Clara.
—Mi nombre es Alondra, un gusto conocerte. Espero que nos volvamos a ver —añade, y se va.
Me quedo observándola hasta que desaparece de mi campo de visión, pues me deja una sensación rara, como si de verdad fuera a volver a verla.
Sacudo la cabeza y suelto un largo suspiro.
—Con este dinero tendré otro año cubierto de mi permiso —susurro, mientras hago cálculos mentales de mi pequeño ahorro y la nueva ganancia.
Observo los pocos frascos que me quedan, pues son mis otros perfumes, y sonrío, satisfecha.
—A ustedes los venderé cuando ya no tenga competencia —susurro a la nada y miro a mis colegas, quienes están entretenidos vendiendo sus perfumes y no han notado la gran venta que he hecho yo.
Me pregunto cómo reaccionará el engreído ese cuando sepa que vendí más que él de un solo golpe.
Suelto una risita y espero atenta a que termine para alardear un poco de mi buena fortuna.
Tras varios minutos de espera, en los que estoy ansiosa por mostrarles, Demetrio es el primero en terminar. Él me sonríe al ver que lo estoy observando y me pregunta cómo me fue.
—Pues vendí todos mis perfumes nuevos —le respondo.
Sus ojos se abren por la sorpresa, pero también percibo un brillo de felicidad, de alivio. Él ha sido muy bueno conmigo durante todo el tiempo que llevo vendiendo, tanto en la manada Cielo Templado como cuando hay encuentros en esta manada, y sé que se preocupa mucho por mí, porque me ve como alguien frágil, sola, que necesita salir adelante.
—¿Qué es lo que tanto hablan? —pregunta Ramiro, el arrogante ese que siempre ha sido descortés, todo lo contrario a Demetrio.
—Ah, pues que Clara vendió todos sus perfumes nuevos, el nuevo ingrediente que se inventó.
—¿Ah, de verdad? ¿En qué momento? No lo vi —dice, escéptico—. ¿Quién compraría una esencia nueva hecha por ti, que de seguro usaste ingredientes de mala calidad? —añade, malicioso.
—No seas envidioso, Ramiro. ¿Por qué te cuesta tanto reconocer que la cachorra es buena en lo que hace? Siéntete orgulloso de ella. Es una jovencita que está emprendiendo en un negocio que pocas personas hacemos.
»Deberías estar orgulloso de que cachorritas como ella se interesen por la perfumería y se den tan buenas. Ya ves, ella vendió, tú vendiste, yo vendí. Todos estamos vendiendo bien, así que no hay necesidad de tener competencia ni tratarse con rivalidad —lo increpa Demetrio.
Yo me trago la risa que quiere salir.
Ver la cara de envidia y molestia en Ramiro me llena de satisfacción, porque he tenido que soportar sus reproches, sus insultos, sus ofensas y sus humillaciones desde hace tanto tiempo.
Siempre callada. Siempre creyendo que quizás no soy tan buena. Porque cada producto que me llevo a casa sin vender es una nueva burla y una comparación con todo lo que él vende.
Después de un día productivo, llego a casa al anochecer.
Me quito la ropa, pero en vez de bañarme en el baño, libero a mi loba, que necesita un poco de aire fresco, y salgo de la casa hacia el río más cercano, que está a pocos metros de mi cabaña.
Corro, feliz y libre, mientras la brisa fresca de la noche acaricia mi pelaje amarillo.
El olor a sereno nocturno, la humedad que este causa en la tierra y el frescor de los árboles son una exquisitez para mi olfato, así que aspiro profundo para disfrutar mejor del aroma a naturaleza.
Doy varios saltos de alegría al escuchar el ruido del agua del río.
Este arroyo tiene algunos chorros que se sienten como un masaje cuando recuesto mi espalda, ya de humana, porque he cambiado de forma, y recibo el delicioso impacto del agua al caer.
De repente, mi cuerpo entra en tensión al percibir la presencia de alguien aquí. ¿Quién se atrevió a entrar a mi territorio?
Dado que tengo el permiso del rey Kal por escrito, poseo el derecho de toda esta tierra, que cuando llega al límite de mi permiso tiene un letrero de pertenencia, así que nadie debería irrumpir aquí sin mi consentimiento.
—¿Ni siquiera en casa estoy segura ahora? —me lamento, con voz temblorosa.
Sin embargo, el aroma que percibo me deja paralizada.
Me pregunto si lo estoy imaginando o si es una de mis fantasías.
Mi loba se agita y me pide tomar el control otra vez, pues el olor a coco con vetiver y cardamomo la tiene ansiosa, y esa inquietud me provoca temblores en todo el cuerpo.
«¡Mate!», grita en mi interior.
Salgo del agua a toda prisa, con la esperanza de escapar y esconderme de él, pero antes de poder poner un pie en la orilla, los pasos firmes y cercanos me congelan.
Lo miro y mi corazón late con ímpetu cuando nuestros ojos se conectan.
Entonces lo recuerdo…
Estoy desnuda, ante él…
