Lobo Guía – Capítulos 10-11

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Capítulo 10

Zoe

Tuntún, tuntún, tuntún…

Así suena mi corazón en este momento.

No puedo apartar la vista de sus ojos azules, que tienen un brillo peculiar, llamativo, que me hipnotiza.

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo y mis vellos se erizan. Entonces, la corriente que corre por mis músculos se siente demasiado bien, demasiado placentera.

De momento me falta el aire y todo a mi alrededor se ha detenido. Nunca me había sentido así con nadie. Es la primera vez que estoy tan conectada con un desconocido, tan atraída, en un trance que parece una fantasía.

Esto es peligroso, es erróneo, es imprudente. Sin embargo, el cuerpo desea quedarse así; el alma también.

Tengo las emociones distorsionadas.

Mi pecho experimenta una sensación que nunca había sentido, como si acariciara la esencia de este extraño. Suena loco, lo sé, pero es lo que siento.

De repente, la boca se me llena de saliva y trago pesado. Entonces parpadeo varias veces y lo empujo.

—¡¿Qué haces?! ¡Auch!

Grito porque, al soltarme de su agarre y ejercer presión en mi tobillo, el dolor me desgarra como el demonio.

—¿Estás bien? —me pregunta él y me vuelve a sostener.

—Me duele mucho el pie, el tobillo, la pierna, no sé, me duele —le digo, un poco exasperada.

Su mirada irradia preocupación. Entonces él se arrodilla delante de mí y empieza a revisarme el tobillo.

—¡Ah, me duele! —le digo cuando hunde su dedo sobre él.

—Está dislocado —me dice—. Vamos, te llevaré de regreso a casa y te curaré.

Con un movimiento rápido me carga como si yo fuera un bebé.

¡Lo que me faltaba!

—Oye, ¿qué haces? —interpelo, un poco sorprendida y emocionada a la vez.

No sabría explicar lo contradictorias que son mis emociones ahora mismo. Él me ignora y sigue caminando.

Su aroma es algo que no podría describir con palabras. Normalmente, los hombres huelen a eso, a hombre.

Algunas veces a sudor o a cuerpo sucio, o no sé, ese aroma raro que a Joel le salía a veces. Pero este extraño tiene un aroma peculiar, agradable. Es como una mezcla de madera, como si tuviera perfume puesto y, al mismo tiempo… ¿no?

¿Cómo alguien puede oler así?

—¿Estás bien, Zoe? —me pregunta cuando me coloca con delicadeza sobre el sofá.

Yo solo asiento con la cabeza porque soy incapaz de responder.

Escuchar mi nombre en su boca me hace sentir unas cosquillas extrañas en todo el cuerpo. No puedo evitar relamerme los labios y, cuando él se aleja de mí, suelto todo el aire que había retenido.

—Oh, Dios. ¿Qué me está pasando con este extraño? —susurro para mí.

—¿Dijiste algo? —me pregunta él.

Niego repetidamente con la cabeza, nerviosa.

—No.

¿Qué tan afilados pueden estar sus oídos que puede percibir un susurro que dije tan bajo, si él está ya casi en la habitación? En fin, este hombre es tan raro que a veces dudo de mi cordura.

¿Y si dice la verdad? ¿Y si no es humano? Ay, Zoe, por favor, ¿qué cosas estás pensando? Eso es imposible. ¿Te vas a dejar influenciar por un loco? ¿Te volverás loca tú también? No.

Vuelvo a negar con movimientos bruscos.

—Eres muy rara —dice él de repente y me espanto.

¿En qué momento regresó? Y tan rápido.

Tiene mi botiquín en las manos. Se agacha frente a mí y empieza a sacar todo con tanta confianza.

Vaya.

Este hombre es muy confianzudo. Ya anda por mi casa como si fuera suya y hasta sabe dónde encontrar mis cosas. De seguro tuvo mucho tiempo en la noche de husmear. Eso me hace sentir un poco incómoda y expuesta.

En fin, yo misma me metí en este lío. Ahora me toca aguantármelo.

Con mucho tacto, él atiende el disloque de mi tobillo, como si fuera un experto, y lo venda. Luego recoge todo y vuelve a mirarme a los ojos. Eso hace que mi corazón salte con ímpetu.

¿Por qué reacciono así ante su mirada?

«¿Te vas a hacer la tonta? Porque es atractivo, ¿por qué más?», me digo a mí misma.

Quiero reír ante eso, pero entonces él creería que estoy loca. Vaya, me preocupa que un loco crea que yo lo estoy.

—Tendrás que reposar unos días. No podrás hacer trabajo pesado —me advierte.

Él mira a su alrededor y suelta un largo suspiro.

—¿No tienes algún familiar que te cuide?

¿Qué le digo? ¿Que no? ¿Y si de verdad es un hombre peligroso y se aprovecha de eso? Tal vez, si le digo que sí, se vaya.

—Bueno, aunque es obvio… solo está tu ropa aquí —añade, como si justo lo recordara.

—¿Qué? ¿Acaso seguiste revisando mis cosas? ¿Cómo sabes eso? —interpelo, al borde del colapso.

—Disculpa, pero cuando estaba limpiando el desorden, el armario estaba abierto y tu bate estaba sucio con mi sangre. También lo limpié y lo guardé allí. Fue cuando noté que solo había ropa tuya —me explica—. Además, estaba buscando otras habitaciones donde pudiera tirarme a dormir, pero la única, aparte de la tuya, que vi está llena de cosas viejas y no tiene cama, así que tuve que ir al sofá. Ahí pasé la noche.

Asiento. No sé si estoy aliviada o asustada. En fin, lo que sea.

—Bueno… sí, estoy sola aquí, pero eso no significa que sea frágil. Como ves, puedo matarte en cuestión de minutos. —Chasqueo los dedos.

Él suelta una risa divertida. Se ve tan lindo así que, de momento, no me parece peligroso.

«No te dejes engañar por eso, Zoe. No te dejes confundir», me digo a mí misma, en la mente, por supuesto.

—Oye, te voy a proponer algo —salta de repente, captando mi atención.

Lo miro con desconfianza.

—Tú necesitas a alguien que te ayude aquí. Veo que hay muchas cosas que requieren arreglo y mantenimiento, que al parecer no has sabido hacer o no has podido. Aparte de alguien que te cuide porque tienes el pie delicado. Yo necesito alojamiento por un tiempo hasta que encuentre cómo llegar a casa. Entonces, podríamos ayudarnos mutuamente.

—¿Qué propones? ¿Que te dé alojamiento? ¿Acaso crees que esto es un hotel? —profiero, impulsiva, pues estoy muy nerviosa.

Él vuelve a reír y, vaya, esa risa hace que me den cosquillitas en lugares que no debería.

—Vamos, sé que no es un hotel, pero míralo de esa manera: tú ganarás, yo ganaré y luego no sabrás más de mí.

—¿Me juras que no me harás daño? ¿Que te irás en cuanto me recupere?

—Te lo prometo. Me iré en cuanto te recuperes. Es más, ni siquiera notarás mucho que estoy aquí. Haré lo que tenga que hacer para ayudarte, te dejaré siempre todo listo y saldré a buscar información de cómo regresar a casa. Sé que no me crees nada sobre de dónde vengo, pero lo que debería importar es que no te haré daño; por el contrario, conmigo aquí estarás protegida.

Me muerdo el labio y me quedo pensativa por un rato. Luego extiendo mi mano en su dirección.

—Trato —digo.

Él sonríe, me toma la mano y sella el trato al apretármela.

Siento un escalofrío recorrerme todo el cuerpo, una corriente que empieza desde el área que toca y que se me clava en el corazón. No sé si es por el magnetismo que él emana, por su belleza, por lo atractivo que me parece su forma peculiar de ser… o por el miedo terrible de lo que estoy haciendo.

¿De verdad dejaré que un desconocido, que además parece psicópata, se quede aquí conmigo? ¿Acaso he perdido el juicio?


Capítulo 11

Leskar
Observo el horizonte con cautela y decido moverme. No lo hago con mis pasos; simplemente mi mente se activa y puedo movilizarme de un lado a otro sin la necesidad de caminar, como una ráfaga de luz: silencioso, veloz, imperceptible.

El sonido del bosque ahoga cualquiera que pueda hacer yo, y la oscuridad ayuda aún más a pasar desapercibido. De todas formas, no es que haya nadie aquí, o eso espero.

Después de recorrer un largo territorio, me detengo frente a un risco y observo a lo lejos el mar de cristal. También observo, a la distancia, aquel desierto que me llevaría hasta él, y sonrío victorioso. Falta poco para alcanzar a ese lobo guía que me ha hecho la vida imposible.

—Pronto te tendré en mis manos, Zebastiel —pronuncio, pues tengo varios meses buscándolo.

Lo había espiado por un tiempo e incluso provoqué un poco de caos en algunas manadas para que él tuviera que ir a misión.

Pero tuve algunos inconvenientes que me atrasaron. No obstante, ese estúpido va directo a mi trampa, y yo lo atraparé y lo mataré con mis propias manos. Entonces será el inicio de mi plan.

Río por el placer que la anticipación me provoca. Sueño con aquel día en que todos ellos mueran, en que pueda vengarme al fin.

***

Zoe

Observo al loco frente a mí. Me tapo la boca porque la risa me gana. Sin embargo, mi cuerpo se sacude con tanta fuerza que no lo soporto. Entonces estallo en varias carcajadas.

Él se cruza de brazos y me mira con indignación.

—Vaya, gracias. Me siento tan apoyado ahora mismo —dice, un poco divertido.

Quiero hablar, pero la risa me gana, así que vuelvo a estallar otra vez.

—Disculpa —balbuceo, pero la risa me gana, de nuevo.

Lo observo una vez más y no puedo. Me tiro en el sofá y río hasta que se me van las fuerzas. Incluso tengo que limpiarme las lágrimas que se derraman de mis ojos.

—Ay, te ves muy gracioso. No, es que eres demasiado grande —le digo.

Me paro y lo observo.

Le busqué la ropa más ancha que tenía papá, esa que usaba para dormir. Pero el pantalón le queda pequeño. Y la camiseta ni siquiera le entró.

Veo que se mueve y esta termina de romperse, dejándole el torso completamente libre.

Me relamo los labios al ver esos músculos firmes, cada cual en su lugar, con esa piel juvenil y cremosa que invita a tocarla y a lamer…

Ay, no, ¿qué estoy pensando?

Trago pesado porque estoy salivando mucho.

—Bueno, no sé si en la tienda pueda encontrarte ropa, pero hay algo que puedo hacer —le digo entonces, caminando de un lado al otro, pensativa.

—¿Qué es? —me pregunta curioso.

—Coserla yo misma. Por lo menos aprendí a hacer ropa. Es una de mis habilidades ocultas —le digo sonriente—. Y bueno, tocará ir a la tienda a comprar tela. Ah… mientras tanto tendrás que usar este pantalón.

—Es incómodo —replica.

Me encojo de hombros.

—No hay nada que pueda hacer. Ah, bueno, ¿sabes qué? Te lo puedo convertir en una bermuda.

Analizo el pantalón.

—Solo tengo que tomar otro y ajustar la tela —le digo—. Ve a la habitación, desnúdate y pásamelo para empezar.

Noto que se sonroja un poco. Yo, en cambio, suelto un suspiro, pues ni modo que cosa el pantalón sobre él.

El loquito me obedece y, tras unos minutos, me grita que ya. Saca la mano con el pantalón por la puerta entreabierta. Lo tomo y algo me incita a olerlo. Entonces me reprendo a mí misma por mi mente pervertida.

Dios mío, ¿en qué me estoy convirtiendo? No, ¿en qué me está convirtiendo este psicópata?

Cojeando, entro a la habitación donde está mi vieja máquina de coser, que no había usado en años. Lo primero que hago es desempolvarla, luego verificar que tenga hilos y agujas suficientes. Entonces, una vez que preparo todo, empiezo manos a la obra.

—Oye, ¿quieres comer algo? Ya es hora de almorzar —me pregunta él desde afuera.

Me espanto, porque a veces se me olvida que estoy en compañía, y lo observo. Lleva la sábana envuelta alrededor, tapando su hombría. De todas formas, ya se la vi… y grande que es.

Ay, no. No, Zoe, deja de pensar así.

—¿Sabes cocinar? —le pregunto.

Él asiente.

—No soy un experto, pero me sé defender —responde.

—Hay huevos en la cocina, arroz, frijoles hechos, carne, vegetales… lo que sea que comas en el mundo de Nunca Jamás.

—¿Perdón? —me pregunta, al no entender mi sarcasmo.

—Ah, ve a la cocina y encontrarás qué hacer.

Él asiente y se va. Suelto un largo suspiro cuando me encuentro sola.

¿De verdad me está pasando esto?

Estoy viviendo con un hombre tan atractivo que ha perdido el juicio y que, para colmo, sabe cocinar.

Oh, Zoe, ¿en qué cosas te metes? Pareciera que tuvieras al hombre perfecto junto a ti. Sin embargo, está loquito.

Es que no puedo entender por qué no puede ser el paquete completo. Él es apuesto, inteligente, amable, protector… ¿y no puede ser normal? ¿Tiene que estar loco?

Ay, ¿qué estoy pensando? Ese hombre ni siquiera me ve con esos ojos. Déjate de fantasías, ilusa.

—Vaya, Zoe, te pregunta si quieres comer algo y ya te figuras casada con él, con hijos y mascotas —me río de mí misma.

Una hora después, tengo una pequeña bermuda frente a mí. Es rara porque tiene dos colores, pero no estamos para exigir moda.

Como puedo, me levanto, pues me duele el tobillo, y me voy cojeando hacia la cocina. Claro, me tardo más tiempo del que debería. Supongo que necesito un bastón o algo para poder transportarme por la casa hasta que mi tobillo se recupere.

Desde que entro a la cocina, el olor a carne me inunda las fosas nasales. Me relamo los labios y observo a ese hombre con mi delantal puesto y la sábana abajo, lo cual lo hace ver entre atractivo y gracioso, moviendo una olla.

—¿Qué haces? —le pregunto, aunque es obvio.

Él me mira con una seriedad que me intimida un poco.

—Pues… caldo de pollo. Encontré unos vegetales en tu refrigerador y usé unos cuantos para el caldo. También estoy haciendo arroz y una ensalada. Espero que te guste.

—Vaya, todo un chef.

Él me observa.

—¿Qué?

—Ya sabes… buen cocinero.

—Ah, sí. Bueno… espero que el sabor también te guste. No soy experto, pero, como te dije, en algo me defiendo —me explica.

Me encojo de hombros.

Con el hambre que tengo, me comería lo que sea. Y eso que no hace mucho me desayuné, justo después de que el loquito me pusiera la venda en el tobillo. Pero no sé por qué tengo tanta hambre de repente. Ha de ser todo el estrés por el que he pasado en tan solo una noche y un día. Ah, y si a eso le sumamos al estúpido de Joel y su traición…

Le enseño la bermuda y él deja el cucharón, baja el fuego y tapa la olla. Entonces la toma y se quita el delantal antes de irse directo a la habitación. Me imagino lo incómodo que ha de estar con esa sábana envuelta.

Tras un suspiro, decido sentarme porque ya mi tobillo no soporta más. Sin embargo, los toques en la puerta me espantan y me dejan congelada por un rato.

¿Quién me estaría visitando? ¿Será mamá? Ay, no, no puede ser.

Me quedo quieta para que crea que no estoy aquí y se vaya. ¿Qué pasa si ella encuentra al loquito aquí?

Sin embargo, los toques se hacen más ansiosos y no se detienen. Y una voz termina por llevarse mi aliento.

—Vamos, sé que estás ahí. Te escuché hablar e incluso caminar —me ruega Joel.

Y todavía no puedo creer que él esté aquí.

Dos meses.

Dos meses desde que terminamos y él nunca me buscó. Solo me llamaba y mandaba mensajes o enviaba a mamá. Nunca se atrevió a venir él mismo a verme, el muy cobarde.

¿Y precisamente hoy, que tengo a ese extraño aquí, decide hacerlo? No… yo no puedo estar tan salada.


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