Lobo guía – Capítulos 12-13

🔒 Desbloqueando capítulo…

Haz clic en el botón para desbloquear

Capítulo 12

Zoe

No, esto no me puede estar pasando.

 No, no puede ser real.

Me quedo congelada en mi lugar, temblorosa y con el corazón latiéndome con fuerza.

Joel sigue insistiendo y tocando la puerta, pero yo me quedo en silencio, con la esperanza de que se rinda y se vaya.

—Por favor, mi amor, ábreme la puerta. Sé que estás ahí. ¿Todavía estás enojada conmigo? Eres demasiado injusta a veces, solo por cosas que están en tu cabeza. Ya llevas dos meses fuera de casa. ¿No se te ha pasado el berrinche aún? —me reclama.

Y la rabia arde dentro de mí. Tengo unas ganas inmensas de salir y caerle a escobazos. Joel es tan cínico que todavía intenta manipularme con que la insegura soy yo, con que me estoy imaginando cosas, cuando yo lo vi ayer.

—Ay, Zoe, cálmate. Él tampoco sabe que lo viste —me digo a mí misma.

Trato de relajarme porque no quiero que Joel entre a la casa y se encuentre con Zebastiel. Eso me traería más problemas. Intento tranquilizarme y seguir fingiendo que no estoy, pero este hombre no se rinde. ¿Y si sale Zebastiel? Ay, no, no, no… Debo detenerlo.

Me levanto tan rápido que siento un dolor punzante en el tobillo. No puedo evitar gritar. Es cuando recuerdo que me lastimé esta mañana.

Ah, yo no puedo ser tan tonta.

—¿Estás bien? —pregunta Joel desde afuera—. Abre, por favor…

Esta vez intenta forcejear la puerta.

Ay, no, esto no me está sucediendo.

Me arrastro como puedo por la cocina, pero el dolor me tiene cojeando y sin fuerzas. Entonces veo el palo de la escoba y lo agarro.

—Bien, tú me servirás para dos cosas: como arma y como soporte —digo.

Porque eso es lo que voy a hacer con ese desgraciado: caerle a escobazos.

Apoyada en el palo de escoba, me arrastro como puedo hasta la puerta y abro. Y ahí está el muy cínico, con una rosa en la mano y su cara de idiota.

—¿Qué quieres? —le pregunto, mordaz.

Él me observa de arriba abajo.

—¿Estás bien? —inquiere, como si de verdad yo le importara.

—Saltémonos la parte en la que tú finges preocuparte por mí y dime qué es lo que buscas en mi casa. Creo que fui muy clara la última vez, Joel. No quiero nada que ver contigo. Nuestra relación ya terminó. Eres libre de ir a vivir tu romance anhelado con tu mejor amiga. Déjame en paz.

Él se aprieta el cabello con las dos manos y ese gesto brusco hace que a la rosa se le vaya un pétalo. Es tan animal que no tiene delicadeza con una pobre flor. Así tampoco tuvo delicadeza conmigo… y ahora quiere venir a hacerse la víctima.

Imbécil.

—Es que no lo entiendes —replica él, ofuscado—. Tú sabes muy bien que Mónica es como una hermana. Yo nunca te haría algo así.

No puedo evitar reír porque de verdad este hombre es un gran actor. Si yo no lo hubiese visto ayer, estaría ahora mismo dudando de mí misma y sintiéndome culpable. Pero yo lo vi con estos dos ojos: él y ella se estaban besando.

—Joel, nada de lo que digas me va a convencer. Por favor, vete. No entiendo por qué insistes tanto. De todas formas, ni siquiera parezco tu novia. Además, estuvimos siete años de relación y nunca dejé de ser eso: la novia que actuaba como esposa, o más bien como una sirvienta, porque nunca te dignaste siquiera a pedirme matrimonio.

Su ceño se frunce y se queda serio por un momento, como si no tuviera cómo replicar a eso. Pero luego menea la cabeza de forma dramática y me mira.

—Tú sabes muy bien lo que pienso del matrimonio. ¿Es necesario un papel para que nuestra relación funcione y para demostrarte lo mucho que me importas? Yo te amo. Si lo que quieres es eso, tener una boda y firmar un papel… puedo hacerlo.

Lo aparto de mí porque intenta agarrarme y me cruzo de brazos.

—Por favor, Joel, no seas ridículo. Siempre me decías lo mismo: que lo harías por mí, te sacrificarías y firmarías un papel, pero nunca hubo un anillo, nunca hubo una propuesta. Y cuando lo mencioné las últimas veces, lo que hacías era enojarte. Además, ese no es el caso, pues a mí ya no me interesa casarme contigo. Así que, sea que hayas cambiado de opinión o que quieras sacrificarte por mí, no es necesario, porque no te quiero.

—No mientas. Sé que me amas, Zoe. Tú y yo somos el uno para el otro. ¿Ya olvidaste cómo empezó nuestra relación? Todo lo que hemos pasado juntos.

—Porque no lo olvido es que te digo que no quiero nada con un hombre como tú —escupo, rencorosa.

Hay un momento de silencio entre los dos. Nos quedamos mirándonos. A simple vista parece un hombre herido, desesperado, dispuesto a hacer cualquier cosa para recuperarme, con ojeras alrededor de los ojos, el cabello desarreglado y un cansancio que luce más emocional que físico.

Sin embargo, yo no estoy loca. No me he imaginado nada de lo que ha sucedido en estos siete años. Tampoco me imaginé lo que vi ayer, por accidente.

Pero él está aquí, asegurando “amarme” y buscando que regrese a la vida miserable que llevaba.

Es que, por más que lo analizo, no lo entiendo. ¿Por qué quiere atarme a él?

¿Es egoísmo? ¿Es deseo de poder? ¿Le encanta pisotearme, mantenerme hundida?

Es que no logro entenderlo.

¿O acaso quiere llevar una doble vida? El beneficio que yo le ofrezco, como la estúpida sumisa que cumple todos sus caprichos, y el beneficio que le ofrece la otra al meterse en su cama a escondidas.

Lo que sea que pase por la cabeza de este hombre ya no me interesa. No lo quiero en mi vida y no me voy a volver a atar a una relación que me hacía más daño que bien.

—Joel, déjame en paz. Ya yo te superé. Estoy haciendo mi vida. Haz lo mismo. Ahora tienes la libertad de estar con Mónica. Sé que la quieres. Entonces, ¿por qué insistes conmigo?

—¡Con un demonio!

Él golpea la puerta.

Se soba la mano porque le duele.

Ay, estúpido.

—Es que no lo entiendes. No hay nada entre Mónica y yo. Mónica no puede ser mi novia. Ella no es el tipo de mujer que necesito. Yo te necesito a ti. Te amo a ti. Tú eres la mujer de mi vida. Nosotros somos una pareja. Nosotros vamos a morir juntos, ¿de acuerdo?

No, esto ya es inconcebible.

—No seas ridículo, Joel. Vete de mi casa, por favor. No puedo atenderte ahora, estoy ocupada.

Intento cerrar, pero el dolor en el tobillo me recuerda que estoy convaleciente.

—¿Estás bien? ¿Qué te pasó en el tobillo? —me interroga e intenta acercarse—. Siempre haces cosas raras. Seguro te hiciste eso por estar de tonta —me dice.

Entonces me detengo. Lo miro… y él se arrepiente al instante.

—No quise decir eso. Ya sabes, lo digo en forma de broma… tontita, de cariño.

—Sí, todas esas palabras ofensivas eran de cariño —digo, haciendo comillas con los dedos—. ¿Sabes qué? Vete. Si quieres, di que soy la mala y piénsalo también. Diles a todos que estoy destruyendo nuestra relación por una estupidez. No me importa. Yo solo no te quiero en mi vida.

—Ya dejaste de amarme. Tienes a otro, es por eso. Dime, ¿con quién te estás acostando? ¡Con quién me estás siendo infiel!

No puedo creer que Joel se atreva.

—¿Sabes qué? No todo el mundo es como tú. Yo no tengo a nadie.

Lo empujo y voy a entrar, pero él me agarra por los brazos y me choca contra la pared, cerca de la puerta.

—Suéltame —le digo, mientras trato de liberarme de su agarre.

—No. Ya basta de estupideces. Tú te vas a regresar conmigo a la casa. No entiendo por qué actúas así. Solo estás buscando una excusa para herirme. ¿Qué es lo que quieres? ¿Que me case contigo? Lo haré, pero ya basta de tus berrinches infantiles y egoístas.

—Déjame en paz. Yo no quiero nada contigo —ordeno, y forcejeo con temblores.

Me falta el aire y el terror se apodera de mí.

Me siento pequeña ahora…

Un sentimiento de familiaridad me inunda y me paraliza. Y me odio porque todavía soy una cobarde, porque de alguna forma Joel tiene un control sobre mí, sobre mi deseo de libertad e independencia.

Él me abraza fuerte, como si con ello pudiera retenerme y hacerme cambiar de opinión.

Yo solo lloro, impotente y frustrada, porque ya no sé cómo deshacerme de él. No entiendo cómo voy a escapar de siete años de una relación que me consumió por completo, al punto de no saber ni siquiera quién soy.

—Suéltala.

Una voz potente y autoritaria se escucha sobre nosotros.

—Ella te dijo que la dejaras en paz. ¿Por qué la sigues molestando? —interpela Zebastiel, y su tono intimidante me eriza todos los vellos.

Entonces Joel me suelta y lo mira de arriba abajo, impactado, como si no pudiera creer lo que sus ojos ven.

La situación no pinta muy bien. Zebastiel está en bermuda, con el torso descubierto, el cabello despeinado y, lo peor de todo, en mi casa. Justo cuando acabo de decir que no estoy con nadie.

¿Por qué no me traga la tierra ahora?


Capítulo 13

Zebastiel

Estoy aquí parado, dentro de la habitación de esta humana, observando la pequeña bermuda que ella me ha confeccionado. Me quedará un poco ajustada, pero no me incomodará.

Aun así, me sentiré desnudo, porque es lo único que tengo para ponerme. Suelto un largo suspiro.

—¿Desde cuándo mi vida se ha vuelto tan miserable y caótica? —digo a la nada.

Me siento como un imbécil.

—¿Por qué no tuve más cuidado mientras estuve en el mar de cristal? —me quejo, pues es lo único que se me ocurre ahora mismo: lamentarme de mi desgracia y mala suerte.

Estoy aquí atrapado, sin dinero, sin un lugar donde pueda estar tranquilo, lejos de esta molestosa humana tan rara. Y, para colmo, sin ropa.

Ahora tengo que estarle modelando mi torso desnudo.

Me incomoda que me mire como si yo fuera un trozo de carne…

Siento un punzón en el estómago al recordar la manera en que sus ojos me contemplan, cómo su boca se entreabre cada vez que me ve.

—Es obvio que le causo algún tipo de emoción —razono, irónico—. ¿Será el lazo o simplemente es golosita?

No debería emocionarme, pues eso es otro problema que no sé cómo diablos voy a resolver.

Pero mi cuerpo se sacude al instante. La posibilidad de que yo no le sea indiferente, de que ella también sienta esta atracción, me llena de una emoción que nunca había tenido y que me asusta.

—No, esto es un error, no puedo sentirme así —me reclamo.

Percibo la presencia de alguien más, un olor diferente que se mezcla con el de ella. También percibo una conversación lejana que, aunque no logro captar exactamente las palabras, puedo percibir por el timbre de voz.

—La humana no está sola —me digo a mí mismo.

Entonces decido ponerme la bermuda y quedarme un rato aquí, pues no estoy seguro de si ella desea que los demás sepan de mi presencia.

No quiero molestar más de lo debido.

Sin embargo, hay algo que dentro de mí me incita a espiar, a ver con quién habla mi hembra.

¿Qué he pensado?

—No, no, no, no… ella no es mi hembra —niego, exaltado por el rumbo de mis pensamientos—. ¿Qué diablos me está pasando? No puedo seguir así.

Pero me da mucha curiosidad saber con quién habla la humana. Es un hombre, estoy seguro, puedo percibir su esencia.

—¿Será su pareja? ¿Ella está con alguien? Pero me dijo que vivía sola. ¿Quién será? ¿Algún familiar o algún amigo? —me pregunto a mí mismo, inquieto.

—¿Qué me importa? —digo en voz alta.

Me tenso, pues temo que me hayan escuchado.

Suelto un largo suspiro.

No puedo seguir así. Esto me está afectando más de lo que debería.

¿Así es el lazo… tan profundo e irresistible?

Siempre me había preguntado qué se sentía encontrar una pareja destinada y qué era eso tan fuerte que ataba a los de mi especie.

Anhelaba poder tener algo así yo también, aunque por mucho tiempo me encerré y creí que no lo merecía.

Bueno, todavía no sé si lo merezco.

Y, al parecer, es así, porque el destino se burla de mí al darme una compañera humana que ni siquiera sabe lo que soy.

—¿Qué diablos voy a hacer ahora?

Necesito regresar a casa y olvidarme de este asunto. Somos tan distintos… ella y yo…

Mi lobo me regaña dentro de mí. Estamos en desacuerdo. Como casi siempre, mi parte racional choca con la irracional, aunque a veces no sé cuál de las dos es la primitiva: la parte humana o la parte lobuna.

Me levanto, doy vueltas alrededor de la habitación, cada vez más ansioso, pues empiezo a sentir una incomodidad que no puedo soportar. Hay algo que me llama hacia la humana, como si ella me necesitara…

Como si debiera salvarla. Pero ¿de qué?

Voy a abrir la puerta, mas me detengo antes de tocar la manija.

—No puedo hacer esto. No está bien —me auto reclamo.

Me siento en la cama y suelto un largo suspiro. Necesito calmarme. No puedo dejarme controlar por mi lobo.

Me tomo unos minutos para meditar en lo acontecido, a ver si se me ocurre una idea para regresar a casa; sin embargo, los gritos de la humana me ponen en modo alerta.

Comienzo a alterarme, mi cuerpo tiembla y se me eriza la piel.

Siento un cosquilleo en los ojos, lo que me indica que deben estar brillando.

—Algo le pasa a ella —digo, inquieto.

Me levanto de inmediato, abro la puerta de forma brusca y camino hacia donde se escucha el forcejeo. No tengo que avanzar demasiado para darme cuenta de que hay un hombre agarrándola.

Entonces camino hacia ellos.

La imagen que veo me hierve la sangre y me insta a salir y a lanzarme contra ese imbécil que le está haciendo daño a mi mate.

—Suéltala —profiero con la respiración alterada—. Ella te dijo que la dejaras en paz. ¿Por qué la sigues molestando? —le reclamo, pues llegué a escuchar lo que ella le rogaba.

Y que él ignore sus súplicas me da unas ganas enormes de clavarle mis garras en el cuello.

¿Quién se cree esa basura para tratarla así?

Percibo que sus ojos me recorren de arriba abajo, con un desdén que me da ganas de reír. Él me mira como si yo fuera inferior, cuando en realidad yo soy muy superior.

Me acerco, lo agarro por el cuello de su camisa de imbécil y lo levanto de forma brusca. Sus pies quedan en el aire.

Es tan patético…

—¿Por qué tienes que molestarla en su casa? —interpelo—. ¿Por qué no la obedeces cuando ella te dice que no quiere verte? Lárgate de aquí y no vuelvas a aparecerte, gusano.

—Por favor, para, esto no es necesario —me pide ella entre llantos, lo cual me incomoda más.

¿Por qué lo defiende? ¿Acaso le interesa ese insecto?

Aprieto más la tela de la camisa del hombre, que intenta mostrarse valiente, pero en su mirada puedo ver el terror.

—¿Quién eres tú? ¿Qué haces en la casa de mi novia? —me pregunta él, y esa palabra se me clava en el pecho de forma brusca.

¿Novia?

Todo a mi alrededor se torna borroso y pierdo el equilibrio. Una sensación fría me recorre por completo.

Lo suelto y él cae desparramado en el suelo terroso. Escucho su queja de dolor cuando su asqueroso trasero golpea la superficie.

—Vete de aquí —le ordeno, reteniendo la ira de mi lobo, pero a punto de perder el control.

Él se levanta, se sacude la ropa y me mira con una furia que podría quemar bosques, sin saber con quién se está metiendo.

—¿Irme yo? ¡Esta es la casa de mi mujer! ¿Qué haces aquí? ¡Y sin ropa! —me dice, y sus ojos brillan con odio.

Luego mira a la humana con reproche.

—¿No me dijiste que no tenías a nadie? ¿Me estás poniendo los cuernos con este…? —Hace una pausa, al no encontrar una palabra que me describa—. ¿Es por él que quieres abandonarme? ¿Es tu amante? ¿Desde cuándo? ¡Dímelo!

Él empieza a sacudirla con violencia, y ese es el detonante.

Mi puño lo atraviesa de manera nítida, sin que ella resulte alcanzada. Luego lo agarro por el cuello y lo levanto. Parece un estropajo colgando de mi mano. Aprieto con furia, dispuesto a acabar con su existencia, pero los gritos de la humana causan un revuelo en mí.

—No, por favor, Zebastiel, suéltalo, déjalo ir —ruega ella, alterada.

Los ojos de la humana están rojizos e hinchados, y el terror brilla en ellos. Sus manos tiemblan. No quiero ser el causante de su miedo, pero me da mucha furia que lo defienda, que se ponga así por él, como si le importara.

Tengo ganas de arrancarle la cabeza de un solo apretón, de destrozarlo, de derramar su sangre, porque no soporto que ella se preocupe por él, que lo proteja.

Sin embargo, hago lo contrario: lo lanzo contra el suelo. Lo hago de forma brusca para que le duela, pues por lo menos quiero darme ese pequeño gusto.

El gusano ese se queja del dolor y se le hace difícil levantarse.

Ella corre hacia él y lo ayuda, y eso hace que yo apriete los puños y que mi lobo quiera salir y terminar de matar a ese imbécil.

—¿Estás bien? —le pregunta ella.

Él niega.

—No, no estoy bien. Tu amante acaba de lastimarme. Esto no se va a quedar así, lo voy a denunciar —me amenaza ese imbécil.

—No, no es mi amante. Ya deja de inventar cosas y no vas a denunciar a nadie. Te vas a ir y no vas a regresar.

—No, vamos a hablar —le insiste él.

—Por favor, Joel, no tengo nada que hablar contigo.

—O hablamos o llamo a la policía, mira… —Se pone la mano en la espalda—. Él va a tener que responder por todo esto. Mi espalda me duele muchísimo —se queja como si fuera un cachorrito.

¿Este es un hombre?, con esa actitud de mierda.

—No le hagas caso, yo puedo defenderme —le digo a ella, para que no se deje manipular por este idiota.

—Zoe, vamos a hablar. O esto va a terminar muy mal —la amenaza.

—Basta —dice ella, un poco perdida—. Hablaré contigo. Vamos.

Ella me mira con pesar y agrega:

—Estaré en la sala con Joel, así que danos un poco de privacidad. Puedes ir a la habitación o quedarte aquí —me indica, como si yo fuera un cachorro y no quien la libró de los ataques de ese gusano.

Y los dos entran, él apoyándose en ella, porque se le dificulta caminar debido al golpe que recibió cuando lo lancé.

La puerta se cierra tras ellos y siento un vacío doloroso en el pecho y en el estómago, y un fuego que empieza a quemarme por dentro. Mis músculos se tensan y mi lobo quiere salir y hacer de las suyas.

Hay una ira que nunca había sentido, una que podría hacerme perder la cordura, pero, más que eso, una tristeza, una decepción, una sensación de desamparo.

Ella lo escoge a él, al hombre que la está maltratando, por encima de mí… quien la defendió.

Compartir