Lobo guía – Capítulos 16-17

🔒 Desbloqueando capítulo…

Haz clic en el botón para desbloquear

Capítulo 16

Zoe

Estoy congelada en mi lugar, con un enigma en mi cabeza. Me siento acorralada, entre la espada y la pared.

Ay, Zoe, ¿desde cuándo no tienes dignidad?

Entonces recuerdo los siete años que viví junto a Joel. Vaya… creo que nunca la he tenido. Pero ya esto es demasiado.

Me dan ganas de llorar, de golpear a alguien, de coger esa mesa y tumbarla, de patearle los testículos a ese desgraciado. Pero me contengo; aprieto los puños y los dientes… y me levanto de golpe.

Él se echa para atrás, espantado.

Entonces lo miro.

—¿Acaso me cree puta o qué? —le hablo fuerte. Sus ojos se abren en demasía y se pone pálido.

—¿Qué se cree usted para venir a hacerme propuestas indecentes, señor? —continúo. No puedo controlar mi boca; esta se mueve sola y sin pausa—. ¿O me cree idiota? ¿Cree que no sé a lo que se está refiriendo? Tal vez yo no sea rica ni experimentada en el área, pero eso no significa que voy a dejar que un cerdo asqueroso como usted me falte al respeto y quiera pisotearme y aprovecharse de mi situación. Dígame, ¿tengo un letrero en la cara que dice “puta” o qué? ¿Acaso quiere que hable con recursos humanos o llame a la prensa? ¡Yo estoy loca!

—Oiga, señorita, cálmese —dice él, tembloroso.

—Ah, ¿que me calme? Ahora quiere que me calme. Desgraciado, asqueroso, inmundo, cerdo, atrevido, pervertido. ¿Qué se está creyendo usted, viejo verde?

Lo empiezo a golpear con mi bolso, que es grande y está lleno de disparates, porque de dinero no, así que esos golpes deben doler bastante.

—Oiga, no, no se pase —pide él mientras se cubre la cabeza de globo con los brazos cruzados.

La piel se le pone roja y se altera.

—¿Quiere que llame a seguridad? —me amenaza.

Lo empujo.

—No hace falta. Yo me iré —le contesto con la cabeza en alto—. Nunca trabajaría en un lugar donde esté un señor como usted. ¿Qué se cree, viejo verde? ¡Feo, calvo, barrigón!

Salgo y cierro de un portazo, exaltando a las demás personas que esperan ahí.

Estoy tan alterada que mi pecho sube y baja muy rápido, y se me dificulta respirar. Todavía no puedo creer que haya hecho esto.

Camino deprisa fuera de ahí, avergonzada, con la mano temblorosa y la garganta seca.

—Oh, Dios mío… ¿qué acabo de hacer? ¿Acaso estoy loca? —me reprendo entre dientes mientras huyo de esa empresa.

Solo espero que ellos no me pongan una mancha en mi currículum, que me afecte en otras entrevistas.

Cuando salgo, logro recuperar el aliento… o eso intento, porque tengo que abrir la boca para que el aire entre en mis pulmones. Me llevo la mano al pecho y noto lo rápido que late mi corazón.

—Zoe, ¿qué has hecho? ¿Has perdido el juicio? —me vuelvo a reprender.

Cuando me calmo, decido ir al parque y me siento en una banqueta. Observo a todos a mi alrededor. La vida sigue; todo toma su rumbo y cada quien logra sus metas.

Gente pasando por ahí, trabajando; niños jugando en el parque; parejas tomadas de la mano… y yo.

Yo aquí, estancada, arrepentida de mis errores del pasado, de mis estúpidas decisiones.

¿Por qué no hice nada con mi vida? ¿Por qué me dejé llevar por Joel y fui ama de casa por siete años? Siete años perdidos. Siete años en los que no me dediqué a esa carrera que tanto amaba, que estudié con ilusión.

¿Qué rayos me pasó? ¿Por qué perdí mi norte? ¿Por qué me dejé manipular de esa manera? Él solo quería tenerme controlada… ahora lo entiendo.

En ese entonces pensé que era amor. Creí que me cuidaba, que estaba bien que fuéramos un equipo y que, si él crecía, yo también lo haría.

Qué equivocada estaba…

Ahora estoy aquí. Nadie me contrata y solo me ofrecen trabajos de puta.

—¿Qué es esta mierda? ¿En qué mundo estoy? ¿Por qué no me dan una oportunidad? Si tan solo me dejaran demostrar lo buena que puedo ser… Yo amo mi carrera.

Qué tonta soy. No debí descuidarme así. Podía incluso trabajar medio tiempo… no sé.

—Ah, Zoe… —mascullo—. ¿Sabes qué necesitas? —digo en voz alta. Porque ya estoy loca, ¿no? ¿Qué importa que hable sola?—. Necesitas un helado, algo bien dulce que te ayude con este estrés.

Esa es mi excusa para seguir consumiendo calorías. Una que solo me hace sentir culpable después de comérmelo.

Y bueno… me como mi helado y luego miro las rueditas en mi estómago y me siento culpable.

Suelto un suspiro.

—Oh, ¿por qué me comí ese helado? —me lamento.

Me relamo los labios y observo a las mujeres que están con sus parejas. Se ven tan bonitas, tan arregladitas: las uñas perfectas, el cabello encantador, un cuerpo envidiable, ropa moderna… y sus novios las miran con devoción. Quizás sus esposos, quién sabe.

Pero yo estoy aquí: sola, amargada, desempleada… y fea.

¿Por qué, por lo menos, no fui bonita? ¿Tenía que ser fea también?

Ay…

Suelto otro suspiro y me levanto. Es hora de regresar a casa, porque el sol empieza a ponerse. Pero antes, voy a la tienda a gastar lo último que me queda.

Lo primero que hago es ir a la sección de hombres, a ver qué encuentro para el modelo que tengo en casa. Es más alto que un palo de luz.

Y bueno… me toma un buen rato encontrarle ropa, pero al final doy con unos pantalones perfectos para él y camisetas que me hacen imaginar cómo se verían pegadas a su cuerpo musculoso.

Me dan cosquillitas en lugares que no deberían… pero bueno, soy una mujer sola y sin acción.

Es normal que me emocione por ese tipo de cosas, ¿no?

Hago un gran esfuerzo por no gastarme todo el dinero en comprarle ropa a Zebastiel, pero es que, al ver tantas camisas bonitas, pantalones largos y cortos, zapatos, camisetas… me emociono. Es que me imagino cómo se vería él con todo eso.

Él es tan apuesto que todo le quedaría bien.

Pero bueno, opto por varios pantalones cortos, algunos pares largos, camisetas y también prendas de dormir frescas. Y, por supuesto, ropa interior.

Eso me hace sonrojar, ya que trato de buscar una que le quede cómoda… porque, aparte de que él en sí es grande, también lo otro lo tiene muy grandote.

—Eh, Zoe… deja de pensar esas cosas —susurro, y suelto una risita.

Menos mal que las personas no pueden escuchar mis pensamientos o se escandalizarían.

—Ah, ¿por qué es que tengo la mente tan sucia?

Compro algunas cositas para la casa y luego me dirijo al supermercado. Entro, busco comida y, una vez termino, llamo a un taxi. Subo todas mis fundas en el baúl.

En el trayecto voy emocionada, a pesar del mal día que tuve, debido a que quiero ver la cara de Zebastiel cuando le enseñe la ropa que le compré.

Pero, al mismo tiempo, me siento devastada y derrotada porque no logré nada… y ese era el último dinero que tenía.

Esa es la última comida que puedo comprar.

Después de ahí… pasaremos hambre o nos moriremos. No sé qué haré, pues no tengo otra manera de ganar dinero.

Varias lagrimitas se me escapan y me las limpio disimuladamente. Espero que el taxista no me esté viendo, pero, por suerte, ese hombre no está pendiente de mí, sino de la carretera, como debe ser.

Reviso mi celular y no hay nada nuevo, más que mensajes de Joel. No sé por qué todavía no lo he bloqueado… sí, debería bloquearlo.

Eso hago.

Lo bloqueo a él… y bloqueo a mi madre.

También me salgo de los grupos de amigos; se me había olvidado hacerlo. Y bloqueo a algunas personas que todavía lo defienden.

Eso, de alguna forma, me hace sentir que tomo el control de mi vida… o al menos de una parte, porque la otra es caótica y sin rumbo.

Bueno, toca disfrutar lo poco que tengo hasta el momento en que me quede sin comida y solo sea esperar la muerte.

¡Qué dramática soy a veces!

Lo peor es que tengo un invitado en casa y voy a pasar vergüenza con él cuando todo esto se termine.

Por fin llego.

Y el taxista ni siquiera se molesta en ayudarme a bajar las fundas. Ni es tan caballeroso como para acompañarme hasta la entrada de mi casa. Como estoy en una zona rural, la entrada conecta con la carretera, pero tengo que caminar bastante para llegar a casa.

Así que tengo que poner las bolsas sobre el pavimento y luego llevarlas por grupos hasta la entrada de la casa.

Termino exhausta.

Abro la puerta, entro las cosas y las llevo a la cocina. Dejo las bolsas de ropa sobre el sofá.

Entonces lo noto.

Hay un olor exquisito a comida… y eso hace que mi estómago gruña, puesto que solo me comí un croissant y un café hoy… bueno, y el helado ese. Pero no he comido comida de verdad.

—Huele delicioso… como a carne, una que es distinta… —mascullo, deseosa de lanzarme sobre lo que sea que Zebastiel cocinó—. No sé de dónde salió porque no recuerdo haber dejado nada de eso.

Busco a Zebastiel, mas no está dentro de la casa. Así que salgo al patio por la puerta trasera… y empiezo a escuchar un sonido, como si alguien estuviera martillando.

Miro a mi alrededor.

Entonces lo veo.

Está allí, arreglando algo.

Me acerco y lo observo. Su cuerpo musculoso se tensa cada vez que el martillo golpea la madera, y hay un ligero brillo de sudor sobre su piel.

Me relamo los labios… y no puedo evitar verlo con estrellitas. Sus movimientos me parecen más lentos de lo normal, como si me estuviera modelando o algo por el estilo.

—¿Estás bien? —me pregunta.

Entonces salgo de ese trance extraño.

—Ah… sí, sí.

—Arreglé esta mesa que estaba tirada en aquel taller. Hay muchas cosas ahí que necesitan arreglo y, bueno… arreglé unas cuantas sillas. Ahora estoy con esta mesa; estaba aburrido —me dice.

Hace una pausa y añade:

—También preparé comida. Allá dentro, en el bosque, hay muchas aves que se pueden comer, así que cacé unas cuantas. Algunas están en la nevera y otras ya están hechas, con el arroz que quedaba.

Me quedo en shock, incrédula de lo que escucho.

¿Él cazó? O sea… ¿cómo hizo eso? ¿Y está arreglando mis muebles?

Estoy perpleja. No me esperaba esto, de verdad.

Había llegado llena de preocupaciones, de un día difícil, derrotada…

Y ahora entro a casa y me encuentro con comida lista para comer. No voy a tener que cocinar ni hacer nada. Podré descansar.

No solo eso… esos muebles que di por perdidos, esas sillas y mesas… ahora las podré utilizar.

Las lágrimas empiezan a descender por mis mejillas.

Todo lo que me pesaba… se vacía.

Él se alarma, se levanta y suelta el martillo de golpe. Se acerca rápidamente.

—¿Estás bien? ¿Hice algo que te incomodó? ¿Te sucedió algo? Dime —me pregunta, preocupado.

Él cree que lloro porque me siento mal.

Sin embargo, estas lágrimas… son de felicidad.

Es la primera vez en mucho tiempo que siento que estoy en un hogar. Que experimento la calidez de la verdadera compañía… una que, en vez de restar, te suma.

Capítulo 17

Zoe

El corazón me late muy fuerte y siento un punzón en el estómago y muchas maripositas por toda mi piel. Las mejillas me arden y mis labios se estiran de forma involuntaria en una sonrisa amplia.

Pienso en dejar de sonreír como idiota, pero simplemente no puedo. No logro conectar bien mis deseos con los movimientos de mi cuerpo; solo me quedo ahí, alelada, observando a ese hombre tan particular y encantador.

Él sigue angustiado y me remueve un poco como para que yo reaccione.

Parpadeo varias veces y meneo el rostro. Entonces lo detengo, poniendo mis dos manos sobre su pecho, que está húmedo por el sudor. Al instante las quito, al darme cuenta de lo que he hecho, y él me mira, un poco seductor y con una leve sonrisa que se desvanece rápido.

—Veo que estás bien, pero no me has dicho qué ha sucedido. Porque hoy, hace unas horas, tuve un sentimiento extraño en mi pecho, como si algo malo estuviera pasando —me dice de la nada.

Entrecierro los ojos porque eso es una locura.

—¿Y porque tengas un presentimiento significa que me pasa algo malo? ¿Acaso puedes sentir lo mismo que yo?

—Por supuesto que sí —me responde rápido.

Luego agranda los ojos, como si hubiese hablado de más, y niega.

—Digo… no sé, quizás… —cambia su discurso, o eso presiento, como si se estuviera retractando de algo que no entiendo.

Simplemente me encojo de hombros.

—Bueno, ¿eres un brujo o adivinador? Porque sí me pasaron muchas cosas, pero eso no importa ahora. Lo importante es que te tengo una sorpresa —le digo, animada.

Él sonríe, esta vez de forma abierta.

—¿Me sigues a la casa?

Voy con pasos apresurados, pues estoy entusiasmada por enseñarle lo que le compré. Entonces empiezo a abrir las fundas y a pasarle la ropa.

—Mira, este pantalón te va a quedar perfecto —le paso uno de mezclilla—. Y este —uno deportivo—. Y este —uno más corto—. Y mira estas camisetas —le paso de varios colores—. Hay color crema, blanca, una negra. Y también camisas.

—Oye, pero no debiste comprarme tantas cosas —me dice, todo modesto.

Yo resto importancia con la mano.

—¿Cómo crees? Tú mira todo lo que me has ayudado. Velo como una recompensa a tu gran trabajo. Gracias a ti, no tendré que cocinar hoy; también me estás arreglando la mesa y las sillas… Ah, aparte de que me cuidaste todo el tiempo que mi tobillo estuvo mal.

—Pero eso lo hice sin ningún interés, no para que me compraras ropa.

—Ajá… ¿y vas a andar así todo el tiempo, con tu cuerpo escultural a la intemperie? —le digo.

Luego me tapo la boca, porque siento que pasé un poco la línea. Él ríe abiertamente, burlándose de mí, o eso creo.

—Tienes razón, muchas gracias. Esta ropa es un poco diferente a lo que suelo usar, pero está bien.

Le paso los calzoncillos.

—Espero que te queden. No sé tu medida exacta, ya que no he medido tu co…

Me tapo la boca porque otra vez voy a meter la pata.

Él vuelve a reír.

—Eres muy divertida, Zoe. Muchísimas gracias.

—Ah, también hay unos zapatos aquí y unas chanclas para que estés en la casa.

—¿Chanclas?

Asiento.

—Bien, gracias. Todo me gusta —me responde.

—Bien, pondré la comida que compré en su lugar —le hago saber.

—No te preocupes por eso. Si quieres, lo hago. Tú siéntate a comer. Debes estar hambrienta —me dice él, pero niego al instante.

Estoy sonrojada, pues nunca nadie me había tratado con tanto cuidado.

—No te preocupes. Ve, guarda la ropa y ponte algo. Mientras, yo pongo todo esto en su lugar y ceno.

—Perfecto, entonces me voy a dar un baño y continúo arreglando la mesa mañana. De todas formas, ya es de noche —decide.

Asiento, de acuerdo.

Me dirijo a la cocina y empiezo a desempacar todo lo que compré y pongo cada cosa en su lugar. Una vez termino, me lavo las manos y me sirvo de la comida que Zebastiel preparó.

—Guau, se ve delicioso —celebro, y empiezo a comer—. Y vaya qué delicia.

La masa está suavecita y los huesos muy tiernos, con un sabor exquisito, natural, como si hubiese utilizado solo ingredientes de la tierra, pero con un sazón delicioso: no muy salado, no desabrido.

—Mmm, qué delicia —digo mientras mastico desesperada.

Estoy tan hambrienta que podría comerme un elefante.

Después de comer, lavo los platos que ensucio y me voy a mi habitación para quitarme la ropa y darme un baño.

Abro la puerta de repente, pero había olvidado por completo que Zebastiel estaba ahí. Entonces me llevo tremendo susto cuando lo encuentro cambiándose, semidesnudo, simplemente con el bóxer que le compré, que, por cierto, le queda muy pegado y sensual.

No puedo evitar la impresión, así que abro demasiado la boca y temo que se me salga toda la saliva que estoy emanando ahora mismo. Mis ojos se quedan fijos en él, en ese cuerpo espectacular, tan grande, tan musculoso, tan firme, tan…

—Delicioso —digo en voz alta.

Noto cómo Zebastiel se tensa.

Ahí es cuando me despabilo y salgo de la habitación deprisa, y cierro de un portazo. Me recuesto de la puerta y me pongo la mano en el pecho, que está agitado, subiendo y bajando sin control.

—Oh, Dios mío, qué oso. Zoe, ¿por qué no puedes mantener esa boca cerrada? —me increpo.

Luego me muerdo los labios.

—¡Qué vergüenza! ¿Ahora cómo lo miraré a la cara? ¿Por qué tuve que decir ese comentario? Ay, qué vergüenza…

Salgo corriendo a la sala. No sé si ir al patio o a la cocina a esconderme, pero tengo miedo de que salga Zebastiel y me encare.

—Ah, ¿por qué tengo que ser tan tonta? Ahora Zebastiel me va a ver como una pervertida acosadora. Ay, no. ¿Cómo le explico que fue un accidente? Se me había olvidado que él estaba ahí. ¿Qué hago ahora?

Me pongo las manos en la cabeza y me aprieto el cuero cabelludo.

—La próxima vez, toca antes de entrar, Zoe —me reprendo a mí misma.

Camino de un lado a otro, preocupada, hasta que percibo su presencia y sus pasos firmes. Me quedo congelada y no me atrevo a girarme. Aprieto más los dientes contra mi labio y trago pesado.

—Supongo que necesitas la habitación —dice él, calmado, como si no estuviera molesto por lo que hice.

Entonces me giro rápido y, con voz temblorosa, le explico:

—Sí, exacto. Iba a usar la habitación, pero había olvidado que estabas ahí. Fue un accidente, perdón. De verdad, no es como que quisiera verte ni nada por el estilo. Era solo que se me… ¿sabes? La costumbre de vivir sola y todavía, aunque tienes una semana aquí, no… no me hago a la idea del todo y a veces se me olvida que estás aquí y, pues, hago esta tontería de abrir la puerta sin tocar.

»De todas formas, debería prepararte tu propia habitación para que puedas cambiarte sin problema y no te encuentres con mis ojos clavados en ti. No era que yo te estaba viendo, era que me quedé impresionada porque no esperaba verte así. Ya sabes, fue sorpresa…

No puedo parar de hablar, aunque me digo a mí misma que me calle, que lo estoy arruinando. Mi boca sigue y sigue.

Entonces Zebastiel sonríe, se acerca a mí y me tapa la boca con su mano grandota. De inmediato siento cómo un escalofrío me recorre el cuerpo y mis ojos se fijan en su rostro.

—Ya entendí, fue un accidente. Zoe, el cuarto es todo tuyo —dice, divertido.

Entonces me voy corriendo, escapando de este momento tan bochornoso… y de él.

***

Camino por el medio del bosque. Mis pies están descalzos y las ramas y hojas crujen debajo de ellos cada vez que piso.

Hace mucho frío, así que me abrazo a mí misma y busco a mi alrededor, pero no sé qué. Todo está oscuro y hay neblina. Algunos rayos de la luna alumbran un poco, pero no lo suficiente. Aun así, puedo seguir el camino sin problema. No hay obstáculo que me lo impida ni tampoco mi visión se ve entorpecida.

Mi corazón late con ímpetu y tengo una ansiedad extraña por llegar no sé a dónde. Mis manos tiemblan y mi respiración está acelerada.

Sigo caminando hasta que los árboles desaparecen detrás de mí y ya no estoy en medio del bosque, sino en un claro rodeado de montañas y colinas. Hay un río frente a mí que brilla con los destellos lunares.

Entonces lo veo.

Un hombre imponente, fuerte, muy atractivo, con la piel firme. El azulado de la noche lo cubre y el leve resplandor de la luna resalta sus facciones. Su sombra se alarga y yo me quedo como hipnotizada. Hay algo que me atrae a él.

Entonces camino hacia el agua. Escucho el sonido del río cuando mis pies entran y extiendo mi mano hacia él. Sin embargo, el hombre retrocede. Su voz, como un trueno, rompe la quietud del lugar.

—Aléjate de mí. No podemos estar juntos. Somos de mundos diferentes.

—¿De qué hablas? —le pregunto, confundida—. No, eso es imposible.

—Somos de otra dimensión.

—¿Estás loco? ¿Por qué dices eso? Yo quiero estar contigo —le confieso, aunque no lo conozco.

No sé si me he vuelto loca o qué. ¿Por qué le digo eso a un extraño? Pero es lo que siento. Es como si mi alma estuviera ligada a la suya, como si lo conociera desde hace mucho tiempo y lo necesitara tanto que duele.

Él me observa con tristeza. Se acerca, me jala por la cintura y tengo contacto con su piel desnuda. Es cuando noto que no tiene ropa. Trago pesado y un fuego arde en mí. Sus labios buscan los míos.

El tintineo de la alarma me despierta y doy un salto.

—¡Ah! —grito como loca.

Entonces abro los ojos y me doy cuenta de que acabo de despertar. Pero esa musiquita del demonio sigue sonando, así que la apago y salto de la cama.

Estoy agitada y con la sensación de ese sueño extraño en mi piel. ¡Se sintió muy real!

Me pongo la mano en el pecho y suelto un suspiro. Hacía muchos años que no soñaba con él, porque había tratado de reprimir esos sueños en los que buscaba a un desconocido y él me decía que éramos almas gemelas, pero que no podíamos estar juntos. Y me quedaba con esa sensación de vacío al otro día.

Llegué a sentirme muy culpable en las mañanas, en el tiempo que estuve con Joel, porque de alguna forma sentía que le era infiel en mis sueños. Era una locura, una tontería, pero sí me sentía mal y culpable. Mas esa sensación de vacío no se iba.

Con el tiempo dejé de soñarlo, pero esta vez fue más vívido que las otras. Y esa voz se me hizo muy familiar, también ese cuerpo, como si de verdad lo hubiese visto…

En ese momento tocan la puerta y le digo a Zebastiel que entre.

Él lo hace y menciona algo que no logro captar, pues me pierdo en sus ojos y me quedo observándolo por un largo rato, porque hay algo en él que me llama la atención: su estatura, su presencia, su voz, su mirada.

No puede ser.

Entonces, todos los recuerdos de los sueños anteriores llegan a mí de forma brusca e invasiva.

Esos sueños que al despertar me eran borrosos, y ese rostro que nunca pude recordar, ahora se ve claro en mi mente, como si hubiese desbloqueado algo que había perdido o que se había ocultado en lo más profundo de mi subconsciente.

—Esto es imposible —digo en voz alta, sin poder contenerme—. Tú eres el hombre de mis sueños.

Grupo Canal

Compartir