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Capítulo 13
Zebastiel
Estoy aquí parado, dentro de la habitación de esta humana, observando la pequeña bermuda que ella me ha confeccionado. Me quedará un poco ajustada, pero no me incomodará.
Aun así, me sentiré desnudo, porque es lo único que tengo para ponerme. Suelto un largo suspiro.
—¿Desde cuándo mi vida se ha vuelto tan miserable y caótica? —digo a la nada.
Me siento como un imbécil.
—¿Por qué no tuve más cuidado mientras estuve en el mar de cristal? —me quejo, pues es lo único que se me ocurre ahora mismo: lamentarme de mi desgracia y mala suerte.
Estoy aquí atrapado, sin dinero, sin un lugar donde pueda estar tranquilo, lejos de esta molestosa humana tan rara. Y, para colmo, sin ropa.
Ahora tengo que estarle modelando mi torso desnudo.
Me incomoda que me mire como si yo fuera un trozo de carne…
Siento un punzón en el estómago al recordar la manera en que sus ojos me contemplan, cómo su boca se entreabre cada vez que me ve.
—Es obvio que le causo algún tipo de emoción —razono, irónico—. ¿Será el lazo o simplemente es golosita?
No debería emocionarme, pues eso es otro problema que no sé cómo diablos voy a resolver.
Pero mi cuerpo se sacude al instante. La posibilidad de que yo no le sea indiferente, de que ella también sienta esta atracción, me llena de una emoción que nunca había tenido y que me asusta.
—No, esto es un error, no puedo sentirme así —me reclamo.
Percibo la presencia de alguien más, un olor diferente que se mezcla con el de ella. También percibo una conversación lejana que, aunque no logro captar exactamente las palabras, puedo percibir por el timbre de voz.
—La humana no está sola —me digo a mí mismo.
Entonces decido ponerme la bermuda y quedarme un rato aquí, pues no estoy seguro de si ella desea que los demás sepan de mi presencia.
No quiero molestar más de lo debido.
Sin embargo, hay algo que dentro de mí me incita a espiar, a ver con quién habla mi hembra.
¿Qué he pensado?
—No, no, no, no… ella no es mi hembra —niego, exaltado por el rumbo de mis pensamientos—. ¿Qué diablos me está pasando? No puedo seguir así.
Pero me da mucha curiosidad saber con quién habla la humana. Es un hombre, estoy seguro, puedo percibir su esencia.
—¿Será su pareja? ¿Ella está con alguien? Pero me dijo que vivía sola. ¿Quién será? ¿Algún familiar o algún amigo? —me pregunto a mí mismo, inquieto.
—¿Qué me importa? —digo en voz alta.
Me tenso, pues temo que me hayan escuchado.
Suelto un largo suspiro.
No puedo seguir así. Esto me está afectando más de lo que debería.
¿Así es el lazo… tan profundo e irresistible?
Siempre me había preguntado qué se sentía encontrar una pareja destinada y qué era eso tan fuerte que ataba a los de mi especie.
Anhelaba poder tener algo así yo también, aunque por mucho tiempo me encerré y creí que no lo merecía.
Bueno, todavía no sé si lo merezco.
Y, al parecer, es así, porque el destino se burla de mí al darme una compañera humana que ni siquiera sabe lo que soy.
—¿Qué diablos voy a hacer ahora?
Necesito regresar a casa y olvidarme de este asunto. Somos tan distintos… ella y yo…
Mi lobo me regaña dentro de mí. Estamos en desacuerdo. Como casi siempre, mi parte racional choca con la irracional, aunque a veces no sé cuál de las dos es la primitiva: la parte humana o la parte lobuna.
Me levanto, doy vueltas alrededor de la habitación, cada vez más ansioso, pues empiezo a sentir una incomodidad que no puedo soportar. Hay algo que me llama hacia la humana, como si ella me necesitara…
Como si debiera salvarla. Pero ¿de qué?
Voy a abrir la puerta, mas me detengo antes de tocar la manija.
—No puedo hacer esto. No está bien —me auto reclamo.
Me siento en la cama y suelto un largo suspiro. Necesito calmarme. No puedo dejarme controlar por mi lobo.
Me tomo unos minutos para meditar en lo acontecido, a ver si se me ocurre una idea para regresar a casa; sin embargo, los gritos de la humana me ponen en modo alerta.
Comienzo a alterarme, mi cuerpo tiembla y se me eriza la piel.
Siento un cosquilleo en los ojos, lo que me indica que deben estar brillando.
—Algo le pasa a ella —digo, inquieto.
Me levanto de inmediato, abro la puerta de forma brusca y camino hacia donde se escucha el forcejeo. No tengo que avanzar demasiado para darme cuenta de que hay un hombre agarrándola.
Entonces camino hacia ellos.
La imagen que veo me hierve la sangre y me insta a salir y a lanzarme contra ese imbécil que le está haciendo daño a mi mate.
—Suéltala —profiero con la respiración alterada—. Ella te dijo que la dejaras en paz. ¿Por qué la sigues molestando? —le reclamo, pues llegué a escuchar lo que ella le rogaba.
Y que él ignore sus súplicas me da unas ganas enormes de clavarle mis garras en el cuello.
¿Quién se cree esa basura para tratarla así?
Percibo que sus ojos me recorren de arriba abajo, con un desdén que me da ganas de reír. Él me mira como si yo fuera inferior, cuando en realidad yo soy muy superior.
Me acerco, lo agarro por el cuello de su camisa de imbécil y lo levanto de forma brusca. Sus pies quedan en el aire.
Es tan patético…
—¿Por qué tienes que molestarla en su casa? —interpelo—. ¿Por qué no la obedeces cuando ella te dice que no quiere verte? Lárgate de aquí y no vuelvas a aparecerte, gusano.
—Por favor, para, esto no es necesario —me pide ella entre llantos, lo cual me incomoda más.
¿Por qué lo defiende? ¿Acaso le interesa ese insecto?
Aprieto más la tela de la camisa del hombre, que intenta mostrarse valiente, pero en su mirada puedo ver el terror.
—¿Quién eres tú? ¿Qué haces en la casa de mi novia? —me pregunta él, y esa palabra se me clava en el pecho de forma brusca.
¿Novia?
Todo a mi alrededor se torna borroso y pierdo el equilibrio. Una sensación fría me recorre por completo.
Lo suelto y él cae desparramado en el suelo terroso. Escucho su queja de dolor cuando su asqueroso trasero golpea la superficie.
—Vete de aquí —le ordeno, reteniendo la ira de mi lobo, pero a punto de perder el control.
Él se levanta, se sacude la ropa y me mira con una furia que podría quemar bosques, sin saber con quién se está metiendo.
—¿Irme yo? ¡Esta es la casa de mi mujer! ¿Qué haces aquí? ¡Y sin ropa! —me dice, y sus ojos brillan con odio.
Luego mira a la humana con reproche.
—¿No me dijiste que no tenías a nadie? ¿Me estás poniendo los cuernos con este…? —Hace una pausa, al no encontrar una palabra que me describa—. ¿Es por él que quieres abandonarme? ¿Es tu amante? ¿Desde cuándo? ¡Dímelo!
Él empieza a sacudirla con violencia, y ese es el detonante.
Mi puño lo atraviesa de manera nítida, sin que ella resulte alcanzada. Luego lo agarro por el cuello y lo levanto. Parece un estropajo colgando de mi mano. Aprieto con furia, dispuesto a acabar con su existencia, pero los gritos de la humana causan un revuelo en mí.
—No, por favor, Zebastiel, suéltalo, déjalo ir —ruega ella, alterada.
Los ojos de la humana están rojizos e hinchados, y el terror brilla en ellos. Sus manos tiemblan. No quiero ser el causante de su miedo, pero me da mucha furia que lo defienda, que se ponga así por él, como si le importara.
Tengo ganas de arrancarle la cabeza de un solo apretón, de destrozarlo, de derramar su sangre, porque no soporto que ella se preocupe por él, que lo proteja.
Sin embargo, hago lo contrario: lo lanzo contra el suelo. Lo hago de forma brusca para que le duela, pues por lo menos quiero darme ese pequeño gusto.
El gusano ese se queja del dolor y se le hace difícil levantarse.
Ella corre hacia él y lo ayuda, y eso hace que yo apriete los puños y que mi lobo quiera salir y terminar de matar a ese imbécil.
—¿Estás bien? —le pregunta ella.
Él niega.
—No, no estoy bien. Tu amante acaba de lastimarme. Esto no se va a quedar así, lo voy a denunciar —me amenaza ese imbécil.
—No, no es mi amante. Ya deja de inventar cosas y no vas a denunciar a nadie. Te vas a ir y no vas a regresar.
—No, vamos a hablar —le insiste él.
—Por favor, Joel, no tengo nada que hablar contigo.
—O hablamos o llamo a la policía, mira… —Se pone la mano en la espalda—. Él va a tener que responder por todo esto. Mi espalda me duele muchísimo —se queja como si fuera un cachorrito.
¿Este es un hombre?, con esa actitud de mierda.
—No le hagas caso, yo puedo defenderme —le digo a ella, para que no se deje manipular por este idiota.
—Zoe, vamos a hablar. O esto va a terminar muy mal —la amenaza.
—Basta —dice ella, un poco perdida—. Hablaré contigo. Vamos.
Ella me mira con pesar y agrega:
—Estaré en la sala con Joel, así que danos un poco de privacidad. Puedes ir a la habitación o quedarte aquí —me indica, como si yo fuera un cachorro y no quien la libró de los ataques de ese gusano.
Y los dos entran, él apoyándose en ella, porque se le dificulta caminar debido al golpe que recibió cuando lo lancé.
La puerta se cierra tras ellos y siento un vacío doloroso en el pecho y en el estómago, y un fuego que empieza a quemarme por dentro. Mis músculos se tensan y mi lobo quiere salir y hacer de las suyas.
Hay una ira que nunca había sentido, una que podría hacerme perder la cordura, pero, más que eso, una tristeza, una decepción, una sensación de desamparo.
Ella lo escoge a él, al hombre que la está maltratando, por encima de mí… quien la defendió.
Capítulo 14
Zoe
Estoy temblando…
Una sensación fría me recorre todo el cuerpo y me nubla un poco la razón. No sé qué hacer. Solo no quiero tener problemas, mucho menos con nuestro invitado.
Aunque él está loquito y quizás sea un poco peligroso, no puedo permitir que Joel le haga daño, y sé que él es capaz de hacerlo.
El crac de la puerta se siente demasiado pesado y me hace despabilarme un poco.
—Siéntate en el sofá —le digo a Joel.
Él lo hace. Yo me mantengo de pie, puesto que no quiero acercarme a él.
—Bien, Joel, ¿qué es lo que quieres decirme? —le pregunto, irritada, deseosa de que hable y se vaya.
Me cruzo de brazos y lo espero. El tobillo me duele muchísimo, pero no quiero estar más vulnerable de lo que ya estoy frente a ese hombre, así que disimulo el sufrimiento.
—¿Quién es él? Dime, ¿por qué ese sujeto está semidesnudo en tu casa? ¿Es tu amante? ¿Por eso me abandonaste?
—No empieces otra vez —respondo, hastiada—. No tienes nada que reclamarme. Ya no somos nada, Joel. ¿Por qué no puedes entender eso? Si vienes a hablar de Zebastiel, no pierdas tu tiempo. Vete ahora, porque no estoy dispuesta a contarte nada. Él es simplemente mi invitado, y cómo esté vestido no es de tu incumbencia.
—¿Te estás escuchando? ¿De verdad estás hablando así? Vives con un hombre. ¿Qué es eso? ¿Por qué no me dijiste la verdad? ¿Que me terminaste porque tenías a un amante? ¿Que te enamoraste de otro? Por lo menos deberías ser sincera. ¿Qué va a decir tu madre de todo esto?
Siento como si mil agujas se me clavaran en el pecho.
Mi madre.
Estoy segura de que Joel irá con el chisme, no solo a ella, sino a todos nuestros amigos, para que se pongan de su lado… para quedar como la víctima y yo como la villana, como siempre.
Pero está bien. No importa. Si piensa que va a manipularme con eso, está equivocado.
—Joel, ni mi madre, ni tú, ni nadie tienen derecho a decirme cómo vivir mi vida, con quién estar o no. Ya yo te dije que no es mi amante. Si quieres pensar otra cosa, ese es tu problema. De todas formas, ¿en qué te afecta? No estamos juntos, no somos pareja. ¡Déjame en paz!
—¿Por qué no me dices la verdad? Me estás cambiando por ese orangután que parece un playboy mantenido. ¿De dónde sacaste al modelito? ¡O quizás es un gigoló o stripper! ¿Le estás pagando por compañía? Pues dudo mucho que un hombre como él se fije en ti.
El corazón me late fuerte con dolor y rabia. Ante los ojos de Joel soy tan insignificante que no asimila la posibilidad de que yo tenga a un hombre como Zebastiel.
Lo peor es que no está lejos de la verdad…
—No. Estás equivocado —replico con la voz quebrada.
De repente me invade una sensación de ahogo.
Joel se pone de pie y camina hacia mí. Reculo por instinto.
—No te acerques —le advierto—. No empieces.
—Tú no me cambiarás por ese hombre.
—Por favor, déjame en paz. Tú no me quieres… tú quieres a Mónica. ¿Por qué no te quedas con ella y eres feliz? Y a mí me dejas seguir con mi vida.
Empiezo a llorar, de pura frustración e impotencia.
—Ya te dije que Mónica es como una hermana para mí. ¿Por qué insistes en eso? —Se pasa la mano por el rostro, luego suelta un largo suspiro—. Estoy dispuesto a perdonarte tu infidelidad con ese hombre —me dice, en un tono “comprensivo” y rendido.
—¿Qué? —suelto, y lo miro, incrédula.
¿Qué acabo de escuchar? ¿Perdonarme a mí? Cuando quien fue infiel —y lo sigue siendo— es él.
—Joel, por favor, déjame en paz. Ya veo que no vamos a llegar a ningún acuerdo. Por favor, vete.
—No. ¿Sabes lo mucho que me duele la espalda? ¿Entiendes lo mal que me siento? Voy al médico, hago un reporte y la policía se lo lleva. Y tú serás su cómplice.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando?
—Voy a ponerle una denuncia, pues él me golpeó.
—Ya es suficiente, Joel. No tienes por qué denunciarlo, pues cumplí mi parte y te dejé pasar. Además, él solo me estaba defendiendo… porque tú me maltrataste primero.
A este punto, el terror se ha adueñado de mí.
Él abre los ojos con indignación.
—¿Qué? ¿Por qué inventas cosas? Solo te daba abrazos. Eres mi pareja, así que es normal que nos abracemos —se justifica.
Me quedo en shock, incrédula de todo esto.
Bueno… no del todo.
Porque él siempre es así. Tergiversa todo. Cambia el discurso para quedar bien y hacerme ver como la estúpida.
Pero ya basta.
—Sí, me estabas abrazando en contra de mi voluntad y me estabas haciendo daño. Entonces no vengas a cambiar el tema ni a restarle importancia a tus acciones abusivas. Ya estoy cansada de que me hagas quedar como una loca, como una mentirosa, como la mala de la historia. Vete de mi casa.
—No me iré. Tú me perteneces. Y saca a ese hombre de aquí. No me gusta que viva contigo —me reclama, como si tuviera derecho a hacerlo.
Esto es increíble.
—No lo sacaré de mi casa.
Él trata de acercarse, pero lo empujo fuerte.
—Vete, Joel, y no vuelvas.
—No me iré. Ese hombre se va de aquí hoy mismo. Tú eres mi novia.
—No soy nada tuyo, terminamos. ¿Es que no lo entiendes?
Mi voz se quiebra y las lágrimas salen sin control.
Esto es frustrante, me siento demasiado impotente.
¿Cómo le hago entender que ya no quiero nada con él? Que lo aborrezco, que no soporto siquiera verlo. Que no tiene derecho a mandar en mi vida, que yo soy quien decide qué hacer con ella, con mi casa, con lo que es mío.
—Vete… —susurro, ya sin fuerzas. Me siento agotada. No puedo evitar recordar todas las veces que me sentí así tras una discusión con Joel.
Yo siempre terminaba cediendo debido al cansancio emocional.
No quería volver a lo mismo…
—Hablemos, Zoe, aclaremos todo, por favor —me ruega, más calmado, y pone esa cara de afligido que me irrita.
—No es momento, Joel, no estamos en condiciones para conversar. Además, me siento mal, quiero acostarme. Mírame el tobillo.
Sus ojos se fijan allí. Se cruza de brazos, como si evaluara la situación.
—¿Fue él? ¿Te hizo daño? Dime.
—Por favor, Joel, el único que me hace daño eres tú. Deja de inventar cosas y lárgate.
—No te hago daño.
—¡LÁRGATE!
Él se aprieta el cabello con frustración. Suelta el aire por la boca de forma brusca y golpea el sofá con el pie.
—Esto no se va a quedar así, Zoe, me la vas a pagar, ¿me entiendes? No te vas a salir con la tuya. Ese hombre tampoco —me amenaza, y sale despavorido y lleno de furia.
Escucho el sonido brusco de la puerta al cerrarse, porque él la estrelló, como si esta casa fuera suya.
—¡Estúpido! —digo, y suelto el aire que tenía retenido.
Entonces el alivio me invade. Por fin se fue y puedo estar en paz.
Con dificultad me siento en el sofá, pues el tobillo me está doliendo demasiado debido a todo el forcejeo que tuve con Joel. Lo reviso, pero no hay nada más que la venda. Voy a tener que ir al médico a vérmelo si me sigue doliendo.
Suspiro…
Pero el corazón me salta cuando la puerta se abre. Miro de repente, mas es Zebastiel quien ha entrado. Otra vez me relajo. Por un momento creí que Joel había regresado.
—Tengo que apagar la estufa. Espero que la comida no se haya dañado —dice con tono seco, de una forma que se percibe a una explicación con resentimiento—. Pero, de todas formas, ya él se fue, así que no los estoy interrumpiendo.
No sé por qué su tono me suena a reproche; sin embargo, lo ignoro y me encojo de hombros, porque ¿qué me va a reprochar este loco desconocido?
Zebastiel sirve la comida y me ayuda a llegar a la mesa. Eso me hace sentir una calidez que no había sentido antes. Bueno, sí, algo parecido a cuando mi padre me cuidaba, pero con una connotación diferente. No sabría explicarlo.
Pruebo el caldo y tengo que cerrar los ojos por lo deliciosa que está esta comida.
—¡Guau! ¡Qué sabroso! —exclamo, fascinada.
Él sonríe un poco, aunque noto algo de tensión en su mirada; es como si estuviera molesto. ¿Pero por qué?
—Me alegra que te guste —dice y empieza a comer también.
Le echo caldo al arroz porque me gusta mojado. Y vaya, qué delicia. Este hombre cocina mejor que yo, y tan modesto diciendo que solo se defendía. ¡Quién lo viera!
Bueno, Zoe… Tienes a un hombre atractivo, grandote, que golpea duro porque dejó a Joel hecho un estropajo. O sea, un perro guardián, un cocinero y un modelo que te deleita con la vista. ¿Qué más puedes pedirle a la vida? Quizás todo te ha salido mal, pero por lo menos tienes a Zebastiel, aunque está un poco loco, ¿no?
—Nada es perfecto —pienso.
Zebastiel me mira confundido.
—¿A qué te refieres? ¿Le falta algo al caldo?
Casi boto el contenido de mi boca, pues creí que lo había pensado. Pero al parecer fue en voz alta.
Tonta…
—No, no, no, no me refería a eso.
—Entonces, ¿a qué?
—A la vida, ¿sabes? La vida no es perfecta.
—Ah, sí, tienes razón. A veces es demasiado imperfecta, ¿no crees?
—Sí, bastante —concuerdo mientras hago movimientos bruscos de cabeza de arriba hacia abajo.
Él me mira como si yo estuviera loca. ¡Qué ironía!
—A veces, las imperfecciones hacen que algo sea único también. ¿No lo has pensado? —suelta de repente, y la manera en la que me observa me provoca un punzón en el estómago.
Esta vez sonríe y yo le correspondo.
No sé a qué se refiere, pero suena bonito. Quizás un poco profundo… o tal vez solo sean disparates lo que dijo y yo estoy loca.
En fin.
Ventajas de ser bonito: todo se ve y suena mejor que en una persona poco agraciada o regular, así como yo.
Terminamos de comer y yo me dispongo a lavar los platos, pero él no quiere, porque dice que debo cuidarme, que debo descansar el tobillo. Entonces empezamos a discutir.
—No, estoy bien —le digo, pero él insiste.
—Lo haré yo, descansa.
—Oye, eres mi invitado. ¿Cómo puedes cocinar y también lavar los platos? ¿Qué haré yo? —le reclamo, pero se niega.
—Tú me estás dando hospedaje. Debo pagarte de alguna forma. Te dije que te cuidaría. Solo quiero que tu tobillo mejore —insiste.
Yo me encojo de hombros. No solamente está bueno y me deleita con la vista. Cocina bien y me protege. Ahora también hace los quehaceres que me tocan. La vida es buena a veces.
—Bien, como digas.
Intento irme, pero piso muy fuerte y me sostengo de él porque no soporto el dolor.
—¡Auch! —me quejo.
—¿Estás bien? —inquiere, preocupado.
—Sí, solo se me… —intento decir, pero no logro apoyarme bien.
—Yo te llevaré.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
No logro terminar la frase cuando él me carga. No puedo evitar gritar.
—¿Por qué me agarras de sorpresa? ¿Qué estás haciendo? ¿De verdad me estás cargando? Otra vez.
Siento que el corazón se me va a salir de la boca. Es como si me hubiese bebido una droga mala. ¿Estaré imaginando todo esto o tal vez estoy soñando? ¿O me morí y estoy en el cielo? No sé… pero esto no parece real.
Siento que estoy metida en una novela romántica o algo por el estilo.
Me acomoda en la cama con cuidado, mas no se aparta. Se queda mirándome con una curiosidad que me pone nerviosa.
—¿Qué? ¿Tengo algo en la cara? —pregunto mientras me reviso con las manos.
Él empieza a reírse.
—Eres graciosa, ¿sabes? —me dice.
No sé, pero me da la sensación de que me está coqueteando.
—¿De verdad? ¿Será? —intento poner mi pose más seductora.
—¿Y ahora por qué pones esa cara tan rara? —inquiere, divertido.
Vaya, soy pésima en esto. Creí que estaba poniendo una expresión sexy. Al parecer fue todo lo contrario. Ni modo, me rindo. No sirvo para estas cosas.
—Ya deja de mirarme así. Me pones nerviosa —me quejo.
Se acerca un poco más.
—¿Te pones nerviosa porque…? —pregunta, como si ya supiera, pero solo quisiera molestarme.
Ay, no. Este hombre, además de loco, es un poco arrogante.
—Porque no estoy acostumbrada a tener a un hombre en la casa, solo eso. Además, mírate. Estás semidesnudo, casi encima de mí y en mi cama. ¿Cómo crees que me voy a sentir?
—¿Y eso te tienta? —pregunta de repente.
Vaya, me salió atrevido el loquito.
Me muerdo el labio inferior al sentirme acorralada. Su mirada se va justo allí.
—¿A ti qué te parece? ¿Te tienta? —le respondo con malicia, refiriéndome a mis labios, pues no aparta lo ojos de ellos.
Él vuelve a reír.
—Quizás… ¿quién sabe? —dice.
Se levanta y se va, dejándome con el corazón agitado.
Trato de regular el ritmo de mi respiración, pues es un caos, al igual que mi corazón.
¿Por qué me atrae tanto si apenas lo conozco? Tiene un no sé qué que me encanta.
Bueno, aparte de lo obvio.
Pero es algo más que su físico o su anaconda…
¡Ay, qué estoy pensando!
Sacudo la cabeza y me termino de recostar en la cama.
Zebastiel tiene una vibra que me hace sentir como si lo conociera de toda la vida. Como si significara mucho para mí.
Es una locura, lo sé.
Si embargo, no puedo quitarme esa sensación.
He escuchado que pasa… cuando alguien es tu alma gemela o algo así.
Ay, no sé en qué estoy pensando. Qué vergüenza.
—Bueno, mejor no pienso tonterías —decido y miro al techo—. Necesito que este tobillo se arregle pronto, puesto que debo continuar con las entrevistas de trabajo. Si no, me moriré de hambre. Ya no me queda dinero para casi nada… y, para colmo, tengo otra boca que alimentar hasta que él encuentre su casa, el manicomio o donde sea que tenga que ir.
Ay, soy un caso.
Siempre metiéndome en problemas.
Nunca aprendo. Tengo el presentimiento de que el caos apenas empieza.
Capítulo 15
Zoe
Ha pasado una semana y ya mi tobillo se siente bien. He tenido que pedir medicinas y comida a casa, lo cual ha sido difícil debido al lugar remoto donde vivo, pero hemos sobrevivido.
Ahora, sin dinero —más que unos cuantos centavos en mi cuenta de ahorro—, sin comida y sin ropa para Zebastiel, solamente con un par de bermudas que le he podido hacer fusionando la tela de la ropa que tenía guardada de mi padre, es hora de salir al mundo real y enfrentar la situación.
Por ende, estoy frente al espejo, vestida con el traje ejecutivo más elegante que tengo, una coleta bien estilizada y un poco de maquillaje. Suelto un largo suspiro y me animo a mí misma, convenciéndome de que todo saldrá bien.
Tomo mi bolso y abro la puerta. Lo primero que veo es a Zebastiel en la cocina.
Voy hacia allí a tomar mi café, y él está mojando un pedazo de pan en la bebida cafeinada. Es lo único que nos queda de comida.
—Ya estás caminando mejor —nota él y busca mi mirada.
Uno de mis momentos favoritos es cuando puedo observarlo a los ojos. A veces me quedo lela, como idiota, siendo demasiado obvia. Por eso, esos momentos en los que puedo girarme y mirarlo son importantes para mí, porque es la excusa perfecta para perderme en su mirada celeste. Este hombre tiene unos ojos tan bellos.
—¿Todo bien? —me pregunta al no recibir mi respuesta.
De seguro me he quedado con mi cara de idiota y acosadora.
Ay, no, Zoe, no aprendes.
—Sí, estoy bien, solo pensando en las entrevistas de trabajo que tengo hoy. Si tengo suerte y me contratan en una, dejaremos de desayunar pan con café.
Él baja la cabeza, un poco avergonzado, y asiente.
—Me gustaría ayudarte en algo. No sé, si quieres puedo salir contigo y buscar algún trabajo que hacer para ganar dinero.
—Ay, por favor, ¿vas a salir en bermudas? Lo único que puedes pescar así es un trabajo de stripper o gigoló. Pero no creo que seas el tipo que venda su cuerpo por dinero… ¿o sí?
Él se atraganta con el café y empieza a toser, y yo no puedo evitar reírme.
—Ay, solo bromeaba, tampoco lo tomes tan en serio —digo, y agarro una taza para servirme.
Desde que sorbo, siento cómo mi cuerpo reacciona al delicioso sabor. Siempre me ha gustado el café y he creído que hago uno de los mejores; sin embargo, el de Zebastiel está muy por encima del mío… o no sé si es porque me gusta todo lo que hace ese hombre que me lo encuentro más bueno.
En fin, aquí estoy yo, babeando por el loquito.
Nunca me imaginé que podría tener una atracción tan fuerte por alguien que apenas conocía. Yo siempre tuve ojo para Joel, pero ahora… no sé. Todo lo que pienso es en el hombre que he hospedado en mi casa, que está medio tutú y que parece caído del cielo.
Aunque, si me pongo a pensar, literalmente cayó del cielo.
¿Y si él tiene razón? ¿Y si de verdad no es un loco? Porque qué extraño que haya aparecido en mi patio justo cuando hubo una explosión y él estuviera todo herido y con las ropas rotas.
—¿Qué piensas? —me pregunta, sacándome de mi imaginación loca.
—Nada, aquí. Haciendo una lista mental de lo que debo comprar. Usaré mis últimos ahorros para ir al supermercado. También te traeré ropa. Ya te he tomado las medidas, así que tengo una idea de qué te puede servir.
—Lamento mucho ser una carga para ti. Me gustaría pagarte de alguna manera.
Se me ocurren varias, pero al instante me deshago de esos pensamientos intrusivos y pervertidos.
Ay, no…
—Ya estás haciendo mucho —le respondo—. Mientras mi tobillo estuvo mal, te encargaste de todo y me cuidaste. No te preocupes. Ahora somos amigos que conviven, ¿no?
Le sonrío. Él me devuelve el gesto.
Ay, Dios, qué bella sonrisa.
Este hombre es tan comestible. Está para besarlo hasta que se me vaya el aliento. Yo creo que nunca me cansaría de él.
—Otra vez te has quedado mirándome de esa forma tan rara —recalca.
Y no puedo aguantar la vergüenza.
—Me voy. Estoy tarde.
Salgo corriendo como la gran cobarde que soy.
La mañana se va rápido entre hacer turno para que me entrevisten y luego vivir el infierno de que me estén preguntando lo mismo, pero con diferentes estilos y personalidades.
En fin, solo recibo un “te llamaremos” frío, como las otras veces, lo cual me preocupa. Debería existir un trabajo que te diga ese mismo día si estás contratado o no. Esperar a que me llamen es una tortura… ¿cuándo lo harán? Necesito dinero ya.
Observo un restaurante y me dan ganas de maldecir. Tengo mucho tiempo sin ir a uno. Por lo menos debo darle el crédito a Joel de que me llevó a unos muy elegantes y de comida exquisita. Pero bueno, tampoco es que eso sucedía mucho.
—Ya deja de pensar en ese idiota —me reclamo.
Y otra vez me encuentro hablando sola en la calle y las personas me miran raro.
No puede ser.
Me paro en una cafetería, me compro un café y un croissant, pues eso es lo único que me puedo permitir para no descompletar el pasaje de regreso. Por eso también mi camioneta sigue en el mismo taller, ya que no he podido ni siquiera ir a verla.
Aunque tampoco tiene sentido que lo haga si no tengo dinero para pagar el arreglo.
—¡Ay, Zoe, has caído tan bajo! ¿Por qué tuviste que abandonar todo para convertirte en ama de casa? Mira ahora. Nadie te contrata porque no tienes experiencia. Estudiaste algo que tiene mucha competitividad, estuviste siete años fuera del mercado y nunca has trabajado en eso. Estoy al final de la lista de todos los candidatos que aplican a la misma posición que yo. A este punto tendré que coger cualquier trabajo que aparezca, hasta de limpieza.
Hablo en voz baja mientras reviso mi celular a ver si alguien me ha dejado un correo electrónico diciéndome que me contrataron. Es tan frustrante que me dan ganas de gritar a todo pulmón.
Tras la penúltima entrevista, voy directo al banco, pues cuando salga de la última sé que no tendré tiempo de hacerlo, pues habrá cerrado. Necesito comprarle ropa a Zebastiel y alimentos.
Saco lo último que me queda de mis ahorros. No me dará para mucho, pero bueno… es lo que hay.
Me voy a mi próxima entrevista. Allí espero unos veinte minutos y mde la oficina sale un hombre de estatura media, calvo, con unos lentes y una barba bien definida… y bueno, un poquito llenito. Pero ¿quién soy yo para juzgar si no estoy en forma tampoco?
Un escalofrío me recorre de la cabeza a los pies cuando me llama. Es mi turno.
Vamos, Zoe, es esta o ninguna. Debo dar una buena impresión.
Entro y me siento como toda una dama, cuidando mi posición, con la frente en alto y manteniendo la mirada segura. Él se sienta en el escritorio y me sonríe. Empieza a hacerme preguntas sobre mi currículum, sobre mi experiencia y pone una cara rara cuando le digo que nunca me dediqué a eso.
Entonces la desesperación habla por mí.
—Pero no tiene que darme un puesto sobre mi carrera —le explico—. Puedo hacer cualquier otra cosa. Estoy dispuesta a empezar desde abajo.
—Al parecer necesita mucho este trabajo —me dice.
Asiento.
—No se imagina cuánto. He hecho tantas entrevistas y todos dicen que me van a llamar, pero nunca lo hacen. Supongo que es por mi falta de experiencia. No sé… si me dieran una oportunidad, no importa si es llevando café, recogiendo papeles e incluso limpiando, no se van a arrepentir de contratarme.
—¿Tan desesperada está? —me pregunta, un poco interesado.
Eso me da esperanzas.
Vuelvo a asentir.
Me siento muy avergonzada por ser tan sincera acerca de mi situación; no obstante, la vergüenza no me va a llenar el estómago.
Él sonríe, casi victorioso. Se levanta de su silla y se acerca a mí, lo cual me parece muy extraño y me pone en modo alerta.
—Veo que usted tiene una buena preparación. Lástima que hayamos recibido bastantes candidatos, tanto o más preparados que usted y con experiencia en el área. Entonces estaba pensando en algún otro puesto que darle, pero ahora mismo no tenemos muchas vacantes. Sin embargo, hay un trabajito que le puedo dar aquí en la empresa, pero tendría que poner de su parte.
—Claro que sí, señor. Pondré de mi parte y le juro que no los defraudaré —le digo emocionada. Por fin se me va a dar.
—Bien, entonces ya sabe que debe ser amable…
No sé, pero empiezo a sentir una tensión extraña y mi cuerpo comienza a alterarse. El hombre se acerca aún más y pone su mano sobre mi hombro, empezando a masajearme. Eso me parece bastante imprudente e ilícito, y me hace sentir muy incómoda.
—Sí, señor, voy a colaborar en todo y seré muy buena trabajadora.
Trato de apartarme de forma disimulada, pero él mantiene su agarre sobre mí y continúa masajeándome. Tengo ganas de salir corriendo, pues percibo que su comportamiento es una invasión a mi espacio.
—Espero que sea muy colaborativa, señorita Zoe. ¿Me entiende? Complacer al jefe, mantenerlo contento… y quién sabe, de acuerdo con su desempeño, podría obtener un puesto mejor.
A este punto tengo ganas de llorar y el corazón me late muy fuerte, puesto que estoy entendiendo exactamente a lo que se refiere.
Y yo ya me había ilusionado.
Y sé que estoy mal, juro que soy consciente de ello; sin embargo, la desesperación me hace debatírmelo. Por un leve momento me pasa por la mente aceptar el trabajo y soportar el acoso, porque en verdad estoy necesitada y mi situación es desesperante.
Todo es tan injusto que la rabia y la impotencia me ganan. Entonces no puedo evitarlo: las lágrimas empiezan a descender por mis mejillas.
