🔒 Desbloqueando capítulo…
Haz clic en el botón para desbloquear
Capítulo 7
El corazón me late con tanto ímpetu que siento que se me va a salir del pecho. Mis manos tiemblan y me he quedado congelada en mi lugar.
Zoe
—¡Dios mío, ¿qué he hecho?! ¿Qué he hecho? —repito, alterada.
Suelto el bate y su impacto contra el suelo me hace dar un respingo. Es un sonido seco, pero no tanto como el que escuché cuando lo impacté contra la cabeza de este extraño.
—¡Lo maté! ¡Lo maté! ¡Lo maté! —digo una y otra vez, asustada.
Empiezo a llorar, a sudar y los labios se me resecan. Camino de un lado a otro mientras observo el cuerpo tirado sobre el suelo de mi habitación. Me agacho para ver si sigue respirando y noto que hay sangre en su cabeza.
—¡Oh, Dios mío! Acabo de matar a un hombre.
Le pongo el dedo en la nariz para ver si sigue vivo y siento alivio cuando el aire caliente me acaricia la piel. Trago pesado, suelto el aire retenido y me relamo los labios. Entonces me levanto rápido y tomo el botiquín para curarlo.
Aunque, si le di un golpe con ese bate, de seguro le rompí el cráneo con todo. Que esté respirando no significa que esté bien. Lo más sensato sería llamar a una ambulancia.
Con ese pensamiento, voy en busca de mi teléfono, pero un quejido me detiene. Siento un escalofrío en todo el cuerpo. Entonces lo observo. Sus ojos se abren de repente y yo suelto un grito de puro terror.
Él se levanta, me aprisiona contra la pared y me aprieta el mentón con su mano.
—¿Qué diablos me hiciste? ¿Por qué me golpeaste? —me reclama. Sus ojos están inyectados de pura ira.
—Tú me ibas a atacar —le respondo—. Solo me defendía.
—No te iba a atacar, loca del demonio. Lo único que quería era que me ayudaras. Me siento muy mal.
—¿Cómo es posible que te hayas despertado y levantado? Te acabo de golpear con un bate de hierro.
—Mira, ya se curó. Mis heridas se sanan solas —me responde como si nada.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? —inquiero, entre desconcertada y aterrada.
Esto no me puede estar pasando.
Este lunático no es alguien común. ¿Cómo se levantó así de fácil? ¿Por qué dice que se le curó la herida? Este hombre está loco de remate.
Él me suelta y se aleja un poco, pero queda tan cerca como para hacerme sentir intimidada, como si fuera una pared grandota que me quiere aprisionar.
Creo que mi cabeza le da por el hombro, o mucho menos. Es demasiado alto y grande. Podría matarme en unos minutos si quisiera. Yo estoy aquí sola, a merced de un psicópata que se ha levantado tras recibir un gran golpe. ¿Es la locura lo que lo hace tan fuerte y resistente?
¿Estoy soñando? Esto tiene que ser una pesadilla.
—Oye, escúchame —me dice más calmado—. Necesito que me ayudes.
Lo observo, todavía incrédula.
—Entiendo tu desconcierto, pues no sabes nada de lo que está sucediendo ni quién soy —añade con expresión comprensiva. Habla tan en serio que por un segundo siento que la loca soy yo—. Pero necesito que me ayudes, por favor.
Asiento, porque debo seguirle la corriente. No vaya a ser que acabe con mi existencia aquí mismo.
Me relamo los labios por instinto y noto que su mirada se va a mi boca y se queda observándola por un rato.
¿Por qué me mira tanto y de esa forma tan peculiar? No puedo evitar temblar y sentir mucho más miedo. ¿Y si a este lunático se le ocurre asaltarme? No, no, no… eso no.
—¿Qué quieres hacer? ¿Quieres que vayamos… que te lleve al… al triángulo de las Bermudas? Te llevaré… —tartamudeo, en completo pánico.
Mi idea es engañarlo y fingir que entiendo su locura para ganar tiempo. Debo hacer algo para librarme de este psicópata.
—Vamos a limpiarte la herida para curarte —le digo.
Mis manos tiemblan; mi voz también. Él me observa y suelta un resoplido.
—No me crees nada, ¿cierto? —me pregunta, apesadumbrado.
Me quedo congelada y siento que una mano invisible me aprieta la garganta al punto de impedirme hablar.
Lo peor de todo es que él habla con tanta seguridad que me hace sentir que la equivocada soy yo.
¿Qué voy a hacer? ¿Y si pido ayuda a gritos? Estoy en medio de la nada, sola, con un asesino frente a mí, demasiado fuerte y grande, resistente a los golpes. ¿Por qué me pasan tantas cosas a mí? ¿Por qué?
—Oye, no te voy a hacer daño. Por favor, no me tengas miedo —me dice.
Se acerca a mí y baja el rostro. Su respiración cálida choca con mi cara y me sacudo. ¿Qué me está sucediendo? ¿Por qué mi cuerpo reacciona así a él? No puedo evitar perderme en su mirada azul, tan clara como el cielo. Hermosa. Hipnotizante.
Basta, Zoe, basta. No te vas a dejar encantar por este loco que, te aseguro, busca asesinarte.
Trago saliva, me relamo los labios y aprieto los puños.
—Oye, no sé cómo ayudarte —le digo, al borde del colapso.
Él cierra los ojos y suelta un largo suspiro.
—Debo investigar cómo salir de aquí, pero necesito que me des hospedaje por hoy. Solo por hoy. Mañana me marcharé —me pide, y yo tiemblo.
¿Amanecer con este desquiciado aquí, yo sola? Ah, no, no, no, no.
Sin embargo, muevo la cabeza en un asentimiento y él suelta el aire retenido, aliviado, y me sonríe.
—Muchas gracias. Te prometo que no molestaré.
Él observa el suelo lleno de sangre y me mira con expresión divertida.
—Golpeas duro, ¿eh? —me dice.
¿Esto de verdad me está sucediendo?
—¿Cómo puedo limpiar esto? —pregunta él de repente.
Despabilo y lo encaro.
—Voy por el suape —le respondo, alejándome.
Cuando salgo de la habitación, siento que mi alma vuelve al cuerpo. ¿Y ahora qué voy a hacer? Debería salir corriendo ahora, escapar de este loco. Y eso es lo que mi instinto me impulsa a hacer.
Corro hacia la salida. Corro tan rápido que siento que el aire me falta.
—¡Oye, espera! —grita él y viene detrás de mí.
No, no, no puede ser. ¡No!
—¡Por favor, déjame en paz! —le ruego—. ¡Auxilio!
Empiezo a gritar, pero pronto soy atrapada por él. ¿Cómo llegó tan rápido hacia mí? Esto es imposible.
Él me carga y me dice:
—Quieta. Solo… por favor, no hagas un escándalo de esto. No queremos llamar la atención de nadie.
—¡No me asesines, por favor! ¡No me mates! —le imploro entre gritos desesperados.
Estoy tan nerviosa que siento que me dará un infarto en cualquier momento.
—No te haré daño, te lo prometo. Vamos adentro.
—¡No! ¡Suéltame!
Empiezo a golpearlo, pero él me aprieta más fuerte. Siento que me falta el aire. De repente, la presión en mi pecho me asfixia. Mi cuerpo se pone frío, mis manos tiemblan, los vellos se me erizan y empiezo a escuchar un pitido lejano.
Él me pregunta si estoy bien, pero su voz casi no se escucha.
Entonces pierdo el conocimiento.
Capítulo 8
Zoe
Me veo allí, en la sala: lujosa, pulcra, con el piso pulido y brillante, como si fuera de cristal. Cada cosa en su lugar, detalles bonitos, una decoración fabulosa. Todo en perfecto estado.
Y me miro a mí en el espejo de marco dorado que decora una de las paredes de la casa. Tan diferente. Mi reflejo no armoniza con este lugar. Se ve desgastado: ropa ancha y vieja, cabello desarreglado, ojeras, el rostro muy cansado.
Más que la señora de esta casa, parezco la sirvienta. O peor que eso: una esclava que se esmera en mantener todo a la perfección, en cuidar a su novio como si fuera su esposo, en mantenerlo feliz, satisfecho en todo el sentido de la palabra, olvidándose de sí misma.
—¿En qué momento me convertí en esto? —le digo al espejo.
Las lágrimas empiezan a salir.
Por Dios, debería ser agradecida. No tengo que pagar nada. No tengo que trabajar. Solo cuidar la casa, abastecer lo que haga falta, estar atenta a sus reuniones, ser su secretaria aquí, además de ama de casa.
Sin embargo, hay un vacío en mi pecho que no logro llenar, por más que intente autoconvencerme de que tengo la vida perfecta. Por más que quiera disfrazarlo todo, ponerlo bonito.
Suelto un suspiro. Las lágrimas se deslizan por mis mejillas sin que pueda evitarlo, pero estoy sola aquí; puedo llorar con libertad.
No obstante, los sonidos en la puerta me hacen despabilar. Doy un respingo y me limpio la cara de inmediato. Joel no debe notar que estoy triste o llorando porque de seguro eso lo molestaría, aunque dudo mucho que se dé cuenta, ya que no me presta mucha atención.
Cuando entra, se quita los zapatos, pues no le gusta que se camine con ellos dentro de la casa. Los recojo y los guardo. También hago lo mismo con su maletín y su saco cuando se los quita. Se afloja la corbata y va directo a la habitación.
Yo corro detrás de él. Guardo todo lo que va tirando en el suelo, hasta que se queda desnudo, y me apresuro a prepararle un baño caliente. Debió estar listo cuando llegó, pero me entretuve pensando tonterías.
Joel trabaja muy duro. Lo menos que debo hacer es complacerlo y hacerlo sentir especial.
Él frunce el ceño cuando me ve preparando la tina. Yo solo me relamo los labios y lo miro con arrepentimiento.
—Lo siento. He estado muy cansada hoy y por eso he terminado de hacer todo lento… pero pronto tendrás tu baño como te gusta.
Cuando dejo a Joel bañándose, me apresuro a calentar su comida, a servirle jugo y a hacerle un té que lo relaja. Todo está listo cuando él sale del baño.
Minutos más tarde, aparece con su bata puesta, el cabello húmedo y el cuerpo aún mojado. Me quedo observándolo. Joel es muy atractivo. Quizás no como esos hombres de televisión, pero dentro de lo común es apuesto: cabello y ojos oscuros, piel bronceada, alto y delgado.
A diferencia de mí, que no ando presentable. No tengo ropa bonita ni un gran peinado, pues me la paso todo el día ocupada.
Tengo que limpiar todos los días porque él tiene que encontrar la casa reluciente, oliendo a detergente y sin nada de polvo.
Y bueno, nuestro hogar es grande, por lo que tenerlo acorde a sus exigencias es desgastante.
Además, tengo que hacer las compras, la lavandería, arreglarle sus citas, verificar que todo esté en orden en su trabajo, enviar mensajes, documentos y mantener su comida caliente.
Son muchas cosas para mí sola y no tenemos sirvientes. Solo el jardinero viene a arreglar el jardín, pero yo soy quien riega las flores y limpia el patio.
—¿Cómo te fue hoy? —le pregunto mientras le sirvo.
Él empieza a comer.
—Bien. Ya sabes, como siempre.
—Bueno… yo… quisiera pedirte algo —le digo, tartamudeando.
Él me observa cauteloso. Trago pesado y dudo un poco antes de decirlo. Tengo miedo de su reacción.
—No sé… Me gustaría ir a la peluquería y arreglarme el cabello. Hace mucho que no lo hago. Sería el fin de semana. ¿Podrías quedarte solo aquí el sábado? Puedes ordenar algo de comida.
Joel aprieta los cubiertos.
—¿Ordenar comida? Bien sabes que me hace daño estar comiendo disparates. ¿No puedes cocinar y dejar todo listo antes de irte?
Trago pesado.
—Quería tomarme el día para mí. Ya sabes, trabajo todos los días y nunca descanso…
—¿Vas a venir a quejarte ahora? —me interrumpe—. No trabajas, yo te mantengo. Tienes una vida de reina. No entiendo por qué te quejas tanto.
—No, no me estoy quejando…
—¿Sabes qué? Olvídalo.
—Tranquilo, no iré a ninguna parte ese día.
—¿Qué? ¿Ahora me vas a hacer sentir culpable? —me reclama, molesto.
Me pongo nerviosa porque no deseo discutir, pero al mismo tiempo, la impotencia que me inunda se convierte en una ira que logro reprimir antes de que me controle.
—Joel, no quiero pelear, por favor.
—No estoy peleando. Pero tú estás quejándote y luego me haces quedar como si yo fuera el malo.
—No he dicho eso, Joel.
—Bien, no importa. Puedes irte a la peluquería. Yo, de todas formas, voy a salir con Mónica —dice, como si fuera una solución a tener que depender de sí mismo por un día.
Salir con Mónica.
Siento un dolor punzante en el corazón y una rabia que me recorre por completo. Siempre que le digo que salgamos los fines de semana, me pone excusas y dice que quiere descansar, que trabaja toda la semana. Sin embargo, le es fácil salir con Mónica.
A ella la lleva a cenar, con ella se divierte, y yo me quedo aquí como una estúpida.
Pero si le digo algo, es una pelea segura, y terminaría yo pidiendo perdón y siendo la culpable. Así que me trago mi malestar y asiento, como si no me doliera.
Aunque ya se me quitaron las ganas de ir a arreglarme.
De todas formas, quería ponerme bonita para él, a ver si se animaba y me llevaba a salir… pero se va a ir con Mónica. Estoy segura de que llegará muy tarde en la noche y no sacará un tiempo para mí.
Y de repente me observo desde afuera, como si estuviera viendo una película.
La escena está ahí, ante mí: yo, desgastada, cansada y decepcionada, fingiendo estar bien para no molestar a Joel; y él, como si nada, sin darse cuenta de que poco a poco me está destruyendo, de que está acabando con el poco amor que me queda.
Abro los ojos y me incorporo. Busco a Joel, pero la cama está vacía. Entonces noto que estoy en una habitación distinta, no en la lujosa y amplia en la que solía despertar. Me encuentro en la cabaña que mi padre me heredó, sola, con un nudo en el pecho.
Y los recuerdos vienen a mí.
Ya no estoy con Joel. Terminé con él dos meses atrás… y ayer lo descubrí con Mónica.
—Mis sospechas siempre fueron ciertas, después de todo. No como ellos decían, que yo era una insegura y que estaba loca —murmuro con la voz rasposa—. Ellos están juntos… —balbuceo, resentida.
Me pongo la mano en el pecho porque estoy alterada. Cierro los ojos y suelto una larga exhalación. Eso hace que me calme. Sin embargo, la pequeña paz que gano al relajarme un poco se esfuma cuando recuerdo los acontecimientos de anoche.
—Ah… eso de seguro fue un sueño —digo a la nada.
Trago pesado.
Claro que fue un sueño. No podría ser real.
Suelto una risa burlesca.
Voy al baño y me doy una ducha larga, pues encuentro refugio en el agua caliente.
Después de asearme, me pongo algo fresco y salgo de la habitación.
—Qué hambre tengo, Dios —me quejo—. Voy a hacer unos huevos revueltos y café —decido, y la boca se me hace agua de tan solo pensarlo.
Camino hacia la cocina. Todo está en orden. Así que me convenzo de que simplemente soñé el acontecimiento con la explosión, con el hombre loco, pues si hubiese sido real habría un desastre aquí.
O, por lo menos, algo estaría desorganizado, pues recuerdo que en mi sueño intenté escapar y él me perseguía. Además, antes de que despertara, lo había arrastrado por toda la casa. Debería haber sangre… pero no hay nada, ni siquiera el olor.
Entonces concluyo que simplemente tuve una pesadilla.
Empiezo a hacer mi desayuno: preparo la cafetera para mi bebida cafeinada y caliento el sartén donde echo varios huevos. Le bajo el fuego a la estufa y los tapo para que se cocinen solos.
Cuando abro el refrigerador, noto que no tengo naranjas y de verdad necesito un jugo. El cuerpo me lo pide. Po lo tanto, decido ir al patio.
Yo tengo un pequeño huerto… bueno, mi padre tenía uno que yo aprendí a cuidar, y hay naranjas.
Salgo tarareando una canción, pues por alguna razón siento mucha paz.
Tal vez es debido a ese sueño con Joel, que me dio a entender lo mucho que tengo ahora.
Que, aunque estoy desempleada, las cuentas empiezan a acumularse y mis ahorros se acaban, por lo menos poseo mi libertad y no tengo que caminar sobre cáscaras de huevo en una relación donde solo se beneficiaba él y yo era vista como una tonta.
Antes de llegar al huerto, me quedo paralizada en mi lugar. Un escalofrío me recorre de pies a cabeza ante lo que ven mis ojos.
A la distancia, sentado sobre un pequeño tronco, hay un hombre grande, musculoso, de cabello rojizo. No lleva nada puesto, por lo que puedo ver sus glúteos firmes y duros, gruesos… deliciosos…
¡¿Qué estoy pensando?!
Los rayos dorados del sol le resaltan el cabello y su piel blanca, haciéndolo lucir como una obra de arte andante.
Es tan hermoso…
—No puede ser… —digo, incrédula y en estado de estupor.
Entonces… ¿no lo soñé?
Dios mío, siento que me dará un colapso en cualquier momento.
Capítulo 9
Zebastiel
Observo a la humana que se ha desmayado en mis brazos con curiosidad. Es tan distinta y rarita, pero hay algo en ella que me atrae, que me impulsa a ser primitivo, salvaje, a dejarme llevar por mi lobo.
Sacudo la cabeza y trato de echar esos pensamientos de mí.
Ella es prohibida… Algo entre nosotros sería imposible.
—Esto debe ser una broma —susurro, amargado—. Ella es mi mate, una humana que pertenece a otra dimensión. ¿Cómo demonios puede ser mi compañera destinada si ni siquiera es de mi especie?
Suelto un largo suspiro.
Estas cosas solo me pasan a mí.
Es como si la vida se burlara en mi cara, como si el destino me maldijera.
Me relamo los labios y camino con ella de vuelta a la casa. Debo mantener un perfil bajo mientras esté aquí, pues no me conviene alterar el orden de esta dimensión.
Cuando entro a la habitación, noto los rastros de sangre de mi propio cuerpo y suelto otro largo suspiro. Me siento cansado, todavía desorientado y confundido, pero no puedo dejar este desastre aquí.
La recuesto en la cama, la arropo y la observo una vez más. Ella es tan diferente a las mujeres que he conocido. Hay algo en su espíritu que me parece llamativo. Es como una fortaleza extraña, una locura que la hace muy atractiva y encantadora.
Otra vez sacudo la cabeza.
No debo pensar en esta mujer de esta manera. Debo poner los pies sobre la tierra y entender mi situación. De todas formas, quizás este asunto no me afecte después, cuando regrese a mi dimensión. Tal vez nuestro lazo se rompa con el simple hecho de irme.
Debería rechazarla, pero ella ni siquiera entiende el rechazo. ¿Cómo va a aceptarlo si no sabe lo que es eso?
—Debería decirle lo que soy… —Niego repetidamente—. No. Eso sería peor.
Me dejo caer sobre la cama. Intento maquinar qué hacer, pero no se me ocurre nada. Así que decido limpiar este desastre y luego pensar en un plan.
Cuando termino, me dejo caer exhausto en el sofá de la sala de esa desconocida que, de alguna forma, me ha salvado, y trato de calcular cómo llegar a casa.
Según había leído en algunos libros, el triángulo de las Bermudas es un mito o una leyenda para los humanos. Algunos aseguran que es real; otros no lo creen. Es como una mezcla científica y cultural, una creencia que no se ha comprobado. Pero para nosotros, los lobos guías, es un portal que se abre cada cierto tiempo.
Cuando las energías de la dimensión humana chocan con la energía de nuestra dimensión, forman un agujero que poco a poco se convierte en un portal.
Por eso hay varias embarcaciones perdidas, incluso esas máquinas voladoras a las que los humanos llaman aviones, que se pierden. Y como los humanos no soportan atravesar el portal, se desvanecen, y solo los objetos logran llegar al mar de Cristal, que es donde los hemos encontrado.
—Sin embargo… —mascullo mientras trato de encontrar una salida al lío en el que me encuentro—. Algunos licántropos han tenido acceso a esos libros y a ese conocimiento que pertenece a los mismos humanos, pero la mayoría no lo cree…
Me acomodo en el sofá y me sumo en mis pensamientos.
Pese a ese fenómeno de que algunos lobos comunes han dado con objetos de humanos, somos los lobos guías quienes sabemos la verdad de todo y quienes tenemos la llave para encontrar los lugares sagrados. El mar de Cristal es uno de ellos.
Todavía no entiendo cómo licántropos comunes han logrado acceder al mar de Cristal o al contenido de los humanos. Es un misterio. Y, a decir verdad, han pasado varios siglos sin que un humano común haya descubierto uno de esos objetos. Pero supongo que se debe a que los guías hemos resguardado el acceso.
—Puede ser que hubiera otra zona más asequible o simplemente que los lugares sagrados no estuvieran tan cuidados como ahora… —digo, pues la posibilidad de que se abran más portales llega a mi mente y, de alguna manera, me da esperanza, aunque mi razonamiento inicial sea lo más lógico y lo segundo solo una fantasía.
—¿Qué voy a hacer? ¡Demonios! Si tan solo tuviera un mapa… quizás eso me ayudaría a localizar el punto exacto del portal. El problema es que, si ya el portal se cerró, no sabré cuántos años pasarán hasta que vuelva a abrirse uno nuevo, a menos que sea provocado.
¿Podré convertirme en lobo aquí? Si mis heridas sanaron, ¿eso quiere decir que tengo mi lobo, que conservo mi habilidad de licántropo? ¿Qué más puedo hacer? ¿Tendré mis poderes de lobo guía?
Me quedo pensativo. ¿Cómo podría provocar un choque de energías para regresar a casa?
Si tan solo tuviera acceso a la tía Laurel, ella podría ayudarme, estoy seguro. Pero ¿cómo demonios? ¿Acaso serviría la comunicación telepática desde aquí?
No tengo mi comunicador tampoco. Cuando salí de casa lo dejé, así que no hay forma de que pueda comunicarme con ella. Además, después de haber traspasado el portal, ¿serviría un comunicador de mi dimensión aquí? Imposible. Aunque lo hubiese traído conmigo, no funcionaría.
—¿Qué voy a hacer? —me pregunto, angustiado—. No me puedo quedar atrapado acá. Tengo a mi familia y una misión. Como tampoco puedo alterar el orden de este lugar.
Me aprieto el cabello, impotente, y siento el impulso de salir de este sitio, de escapar, pero ¿cómo?
Esto es tan desesperante.
—Quizás debí escuchar a mamá y renunciar a la misión… —mascullo, agobiado.
Me duele el pecho al recordar lo preocupada que estaba, el terror en sus ojos cuando me despedí de ella y lo raro que se comportaba papá. Ellos presintieron que algo malo me sucedería…
—Y ahora es posible que no vuelva a verlos…
Un nudo se me forma en el estómago ante esa probabilidad.
—Bastira… —recuerdo a mi hermana melliza. Siempre hemos sido muy unidos, incluso más que con Kaia. No me imagino no volver a verla; eso sería desgarrador para mí.
—Mi pequeña Kaia, mis sobrinos… No… debo regresar a casa. No me rendiré.
Aprieto los puños.
De repente me siento muy débil y cansado y deduzco que se debe a los efectos de haber traspasado el portal, así que me acuesto en el sofá y pronto me quedo dormido.
***
Zoe
Estoy pasmada, observando al hombre frente a mí y pensando si ya me he vuelto loca. Creo que haber visto a Joel junto a su amiguita me ha hecho un daño permanente en el cerebro, y por eso estoy viendo cosas. Es que esto no puede ser verdad. ¿Que no lo soñé?
Trago pesado y abro y cierro los ojos varias veces para ver si el monumento frente a mí desaparece, porque sí he de admitir que este hombre es un monumento. Ese cuerpo no lo tiene cualquiera.
Ay, Zoe…, ya basta.
Me relamo los labios y abro los ojos con la esperanza de que él ya no esté. Sin embargo, ahí sigue su figura. Y los rayos del sol, dorados porque apenas está saliendo, le dan un aire etéreo que lo hace ver como un ser de otro mundo, quizá un ángel caído o una ninfa hombre… o un dios mitológico, qué sé yo.
Si existen ninfas varones, no lo sé, pero este hombre es algo parecido a todo lo que no es real.
No sé qué decir ni qué hacer, así que me quedo aquí como una estúpida, observando su desnudez por detrás. Y me da mucha curiosidad saber si por delante es tan grande como parece.
—¡Ay, ya! —grito.
Porque, para colmo, he pensado en voz alta. Y para mi mala suerte, él me ha escuchado y se ha girado de repente.
Mis ojos se agrandan de más y llevo las manos a mi boca cuando veo tremenda serpiente que él tapa al instante, al notar que está completamente desnudo frente a mí.
—Lo siento —dice, y sale corriendo, perdiéndose entre los árboles.
—¿Qué?
Todavía estoy congelada, incrédula de todo lo que ha pasado. ¿Por qué se ha ido al monte?
No sé si ir hacia él o salir corriendo, así que me quedo aquí como una estúpida, esperando que suceda un milagro y que ese hombre desaparezca completamente de mi vida, que se haya ido lejos.
Porque… ¿qué haré yo con un loco aquí en mi casa? Y, aparte, puede acabar con mi existencia en un segundo.
Por cierto, ¿por qué no me mató anoche? ¿Por qué amanecí en mi cama y todo está limpio, que no había sangre en la habitación?
En fin… ¿quién sabe?
—¡Oye, solo me estaba bañando! —grita él desde algún lugar.
Lo busco con la mirada, pero no lo encuentro.
—¿Cómo así? El baño está dentro de la casa —indago, un poco perdida.
No puedo creer que le esté respondiendo a este lunático.
—Ah, perdón, no quería molestar. Escuché la corriente de un río cerca y fui a bañarme, pero perdí mi ropa interior y, como no tengo nada más, regresé acá.
—¿Y te pareció buena idea sentarte en mi patio desnudo? —interpelo, irónica.
Hay un silencio tenso.
—Lo siento, no sabía qué hacer. Necesito ropa —me responde, y podría jurar que suena avergonzado.
—Oye, ¿crees que ir al baño como las personas normales iba a molestarme? Por lo menos no hubieses perdido tu ropa interior —le reclamo.
—Necesitaba… analizar mi situación. No sé cómo llegar a casa.
—¿No sabes cómo llegar a tu casa? Simplemente tienes que coger un autobús o un taxi, no sé.
—¿Ah? ¿Un autobús? ¿Un taxi? —me pregunta, como si hubiese mencionado algo desconocido.
Ah, ¿por qué sigo hablando con este loco? Como sea…
—Verdad que tú viajas en trenes voladores y unicornios al triángulo de las Bermudas, ¿cierto? —le respondo con sarcasmo.
Me río de mi propio chiste.
—Así se debe llamar el loquero de donde se escapó —digo para mí, lo suficientemente bajito como para que no me oiga.
—¿Qué dijiste? —pregunta, como si hubiese escuchado.
Imposible.
—Ah, nada. Buscaré una toalla para que te tapes. Esa cosa grandota no debe estar a la intemperie, antojando a los hambrientos… Ah, es decir, no es bueno que estés desnudo.
Corro directo a mi habitación y busco una toalla, la más grande que tengo, y regreso al patio.
—Oye, ¿dónde estás? —le pregunto.
Los arbustos se mueven y él saca la cabeza de un conglomerado de árboles.
—Acá.
Corro hacia él.
Sí, lo sé, estoy loca, pero bueno, ¿qué más da?
En mi defensa, él no se ve muy peligroso.
Bueno, a quién engaño: sí se ve peligroso, pero no sé, me parece un buen tipo… o más bien se ve atractivo.
Y eso me hace irme directo al peligro. ¡Mujeres! Somos todas unas locas a las que nos encanta meternos en problemas.
Pronto llego hasta él, quien extiende los brazos para tomar la toalla. Una vez se tapa esa cosa que me hizo sentir de todo, sale de su escondite y su mirada azul encuentra la mía. Y vaya, no puedo evitar perderme en sus ojos.
Son muy bonitos y llamativos.
Este hombre es tan apuesto que me niego a aceptar que sea un psicópata que mata mujeres solas en una casa vieja a las afueras de la ciudad.
—Bien, ¿de dónde eres y cómo te llamas? —le pregunto.
—Soy Zebastiel —me responde. Luego duda en continuar, pero lo hace—: ¿De dónde soy? No me creerías —me asegura.
—Bueno, pruébame. Por cierto, me llamo Zoe.
Le doy la mano. Él la aprieta y al instante siento un corrientazo extraño que me hace retirarla con premura. Asimismo, el corazón me late muy fuerte; tanto, que siento que se me saldrá del pecho.
¿Qué me ha hecho este hombre?
—Zoe, yo no soy de esta dimensión. No soy un humano —confiesa, un poco atribulado.
Y entonces lo confirmo: definitivamente he salvado a un desquiciado que, de seguro, se escapó de un psiquiátrico. ¿Qué voy a hacer ahora?
No sé qué decirle, así que asiento como si le creyera.
—No me crees, ¿cierto? —descubre él, y su mirada se torna angustiada.
Lo percibo acorralado, sin salida, y por un leve momento me da pesar, pero recuerdo que es un loco, que quizá sea peligroso, y se me pasa.
—Está bien, te ayudaré —le sigo la corriente.
Tampoco es mentira, pues lo ayudaré a regresar al manicomio del que salió, si antes no me tortura y me pica en trocitos.
Ese pensamiento me da terror.
—Ven conmigo —le digo—. Tengo ropa de papá guardada. Huele rarito, pues tiene dos años empaquetada, pero es mejor que nada. Aunque dudo que te sirva…
No termino de hablar porque estoy tan nerviosa que tropiezo con mi propio pie, que se dobla, y siento un dolor agudo que se lleva mi equilibrio. Pero, antes de que caiga al suelo, él me atrapa por la cintura y me trae contra su cuerpo.
Nuestros rostros se acercan tanto que siento que voy a colapsar en cualquier momento.
No me suelta.
Y yo no quiero que lo haga.
