Garthor
El sonido rechinante de las espadas estalla en mis oídos; también los gritos y el llamado de alarma o de retirada. El polvo se eleva y se pega a mi piel, se mezcla con el sudor. Mi respiración agitada me obliga a abrir la boca.
Corro siguiendo el sonido de los gritos y anuncio la retirada. Me siento rodeado, atrapado y sin escapatoria.
La debilidad me consume; entonces siento el dolor punzante que se clava en mi carne sin piedad y me veo a mí mismo corriendo hasta que caigo en la nada y el golpe fuerte del frío me recibe.
No sé cuándo despierto, pero lo hago con un malestar horrendo: el cuerpo adolorido, pasos torpes con los que me arrastro a mí mismo y una sola imagen en la cabeza: ella.
El primer pensamiento son sus ojos, sus labios rosados, la ternura que irradia con su delicadeza, su aroma. Me la imagino tan dulce, tan deliciosa, tan agradable al tacto, al paladar, que solo quiero llegar a ella. Aunque mi lobo está débil debido al acónito, todavía está consciente y me insta a buscarla.
No sé cómo lo hago ni cómo llego tan lejos, pero me veo en el territorio que hace poco descubrí que ella habita.
No busco ayuda del rey ni de los demás guerreros, no mando una señal ni recurro a mi familia; no. Busco refugio en la mujer que debería rechazar, de quien debería olvidarme.
Me guío por mi instinto, por mi parte salvaje e irracional. Avanzo hacia su casa y su aroma inunda mis sentidos. Siento que vuelvo a vivir, aunque esté muriendo. Me arrastro como puedo.
Entonces la veo. Ella tararea una canción. Su voz es tan hermosa, angelical y sublime. Esa mujer es la belleza encarnada. Su vulnerabilidad, su delicadeza, me hacen querer protegerla de todo, incluso de mí mismo.
Recoge sus frutas con una sonrisa, con una libertad que envidio. Y no me atrevo a dar otro paso.
Necesito ayuda, sí, pues estoy muriendo, pero no soy capaz de enfrentarla. El terror me consume. Sin embargo, el pequeño rastro de mi lobo que queda me atrae hacia ella.
Entonces Clara —hermoso nombre, por cierto— nota algo extraño, que no está sola, y puedo ver miedo en sus ojos. Eso me hace sentir horrible.
No quiero asustarla, así que decido salir de mi escondite.
Y hay un extraño silencio entre nosotros. Ella me observa como si no fuera real. Puedo ver la frustración y la tristeza reflejadas en sus iris celestes.
—¿Qué quieres? ¿Qué buscas en mi territorio? —me cuestiona, a la defensiva.
Estoy tan idiota que asiento a no sé qué; luego miro hacia abajo, avergonzado, pero pronto regreso la vista hacia ella. No puedo evitar contemplarla.
Ella es lo más lindo que la vida me ha regalado, aunque no la merezco.
No me atrevo a responderle; tampoco es que tenga muchas fuerzas para hacerlo. Me parece que nota mi estado deplorable, porque abre los ojos bien grandes y su expresión luce aterrada.
De repente, deja caer las canastas y corre hacia mí. Me agrada que lo haga con tanta naturalidad, confirmando que nos pertenecemos, aunque sea imposible.
—¿Estás bien? —me pregunta con la voz quebrada.
Niego, porque de verdad no lo estoy.
—Ayúdame, por favor —logro decir, con debilidad y las palabras arrastradas—. Estoy envenenado con acónito y malherido. Mi lobo no puede sanarse solo debido al veneno —le explico, y caigo de rodillas ante ella y, de un impulso, me abrazo a sus piernas.
No sé por qué lo hago, pero en su calor me siento seguro.
—Por favor, ayúdame a llevarte a la cabaña —me pide, asustada, y me parte el corazón al percibir su angustia.
Estoy tan débil que necesito un soporte; por lo tanto, busco apoyo instintivamente y termino recostándome en su pecho.
Ella trata de levantarse, pero sé que se le hace difícil; aun así, logra arrastrarse conmigo hacia la casa.
No sé bien qué sucede durante ese transcurso, incluso creo que llego a caerme. Tengo un momento de claridad y le digo:
—Necesito que me ayudes a sacar el acónito. Una vez el veneno esté fuera de mi cuerpo, mi lobo podrá sanar la herida.
Entonces pierdo el control completo de mi cuerpo y me sumerjo en la oscuridad.
Ahora, sumido en la nada, yendo y viviendo al pasado, me siento como un alma errante.
Desearía dejar de sentir, desaparecer de una vez por todas y no tener que enfrentar mi dura realidad, como tampoco quiero estar en este extraño trance, donde me siento un ente espiritual, torturado por los últimos acontecimientos que se repiten como si fueran sueños.
Sé que debo despertar, pero creo que eso me aterra más que este sufrimiento del subconsciente.
No obstante, mi cuerpo responde solo y abro los ojos de golpe.
Al instante me arden, pero no puedo cerrarlos, tampoco moverme.
Pasan varios minutos en los que no identifico si estoy durmiendo o he despertado, porque por momentos me siento en un sueño, pero luego en la realidad.
Muevo los dedos de la mano, mas no soy capaz de hacer lo mismo con el resto de mis músculos. También intento hablar, pero no me sale la voz.
Suelto un largo suspiro, un tanto frustrado, y me rindo a mi estado de debilidad.
No sé cuántos minutos transcurren; sin embargo, de un momento a otro percibo más mi alrededor y mis sentidos cobran vida; no del todo, pero por lo menos empiezan a hacerlo.
De un impulso, logro incorporarme, y lo primero que veo me deja helado, herido y con un sentimiento de culpa desgarrador.
Ella, esa hermosa mujer que luce frágil, pero que de verdad es fuerte y valiente, ella que me salvó la vida, se encuentra tirada en el suelo, sobre una colcha, abrazada a sí misma.
Pobrecita…
—¿Qué diablos? ¿Por qué está durmiendo en el piso y no en su cama?




