31. Loba solitaria: Silencios que hieren

Clara
La tensión se ha instalado entre nosotros desde que le hice la pregunta y él evadió la respuesta. Hay un silencio incómodo en el que tratamos de disimular que esto nos afecta, pero es obvio que nada está bien.
Garthor pone el vaso de agua vacío sobre la mesa de la cocina y suelta un largo suspiro. Yo también me giro, me cruzo de brazos y lo observo por un largo rato.
¿Cuál es su misterio? ¿Qué es lo que me oculta? ¿Y qué es lo que está sucediendo entre nosotros dos ahora mismo?
Me siento muy confundida.
No sé si esto es una amistad, una aceptación silenciosa del lazo o una locura que nos está haciendo daño a ambos.
—Te voy a ayudar a organizar todo esto —se ofrece.
Garthor empieza a tomar las fundas y a hacerme preguntas sobre dónde colocar cada cosa. Lo voy dirigiendo y yo también me dispongo a guardar junto a él.
Él se encarga del refrigerador nuevo; lo veo limpiarlo, conectarlo y hacerlo funcionar. Entonces guardamos casi todo allí y la otra parte en mi viejo refrigerador.
Después de que las compras están organizadas, vamos a desempacar las demás cajas.
Hay cuadros bonitos para decoración, ajuares, sábanas, colchas, trastes nuevos para la cocina, un pequeño horno eléctrico, una tostadora y algunos productos de limpieza y de cuidado personal.
Guardo todo un poco molesta porque no entiendo el comportamiento de este hombre. Me provee de cosas tan íntimas, pero no es capaz de hablar de lo que ha surgido entre nosotros.
Estoy frustrada, enojada y celosa de que él ame a otra persona, de que quizás no puede estar conmigo porque ya alguien ha ocupado mi lugar.
Cuando termino de guardar los artículos de higiene personal y salgo del baño, lo veo en la cocina preparando algo. Entonces me acerco, curiosa.
—¿El gamma sabe cocinar? —digo, divertida, y él sonríe.
—Ah, no mucho, pero me defiendo.
—¿Qué haces? —le pregunto al verlo remover unos huevos.
—Ah, es huevo con queso y carne. Te va a gustar —asegura.
Noto que ha tomado de la carne preparada que trajo del mercado y guardo el resto. Entonces me pongo a hacer una ensalada para acompañarlo.
—Oye, sobre lo que pregunté antes —digo, un poco nerviosa. Resuello un suspiro—. No debí hacerte preguntas tan íntimas, no es de mi incumbencia lo que hagas. No sé… ni siquiera somos amigos.
Me muerdo el labio inferior. Hay un silencio incómodo que me hace sentir tonta y avergonzada, pero él se aclara la garganta, se relame los labios y deja de mover el sartén.
—No fue una pregunta indiscreta. Disculpa no poder contestar. Y sí somos amigos, ¿se te olvida? Quedamos en eso.
Asiento, triste, porque no quedamos en eso.
Él lo mencionó; yo no.
Todavía no acepto que nuestra relación se reduzca a una amistad cuando hay un lazo de por medio, cuando mi loba me exige el reclamo, cuando mi cuerpo lo ansía y mi alma está rota por la distancia que nos separa, y ni siquiera sé por qué.
—Sí, amigos —pronuncio, frustrada.
Creo que él lo nota, porque resopla y baja la cabeza.
—Oye, ¿quieres hablar de…?
—No hace falta —lo interrumpo—. Todo está claro para mí.
Me dispongo a terminar la ensalada en silencio y él también hace lo mismo. Creo que los dos somos unos cobardes, incapaces de hablar de algo tan delicado e importante.
 
Comemos sin decir mucho, pero nos miramos de reojo cada cierto momento; es inevitable no observarlo.
Me entretengo con sus gestos, la forma en que come, cómo me mira cada cierto tiempo y la manera en que mi cuerpo reacciona a sus escrutinios intensos.
Trato de entenderlo, de buscar alguna razón que nos separe, pero no se me ocurre nada más allá de que soy insignificante para él.
Sin embargo, recuerdo su evasión cuando le pregunté si amaba a alguien más. Me duele el corazón porque es una verdad latente, una posibilidad que no quiero aceptar.
O quizás suceden ambas cosas.
Hay otra loba, pero también yo soy insignificante para un gamma, un guerrero de élite.
Suelto un largo suspiro.
No puedo seguir martirizándome ni rebajándome.
Yo soy hija del gamma de la manada Fuerza de Bronce. Mi padre es reconocido como un guerrero fuerte, estratégico, sabio y leal. Él levantó la manada junto al alfa cuando estaba a punto de caer. Nos crio a mis hermanos y a mí con amor y buen ejemplo.
Tampoco es que soy la omega que todos creen, pero el gamma no lo sabe. Si supiera mi identidad, si entendiera mis conexiones, quién es el amigo de mi padre… ¿entonces me vería de otra forma?
Trago pesado.
No es lo que deseo de una relación: que me escojan por un título, por mis conexiones sociales o por mi origen. Quiero que mi pareja me ame a mí, por mi esencia, por quien soy, por el lazo que nos une, no por estatus sociales.
—¿Quieres postre? Debes ayudarme a comerme ese pastel, porque es demasiado para mí —le digo de forma carismática, desesperada por acabar con esa tensión que solo nos hace daño.
Saco el pastel de chocolate y parto dos rebanadas. Entonces le sirvo y como yo también.
Ambos nos miramos mientras degustamos el postre, ahora un poco más relajados, pero con la incomodidad oculta en nuestro interior, o por lo menos así me pasa a mí.
—¿Qué eres? ¿Una cachorra? —se burla de mí cuando nota que me he ensuciado, y pasa su pulgar por las comisuras de mis labios.
Me quedo congelada debido al toque y mi corazón empieza a latir muy rápido.
Nuestras miradas se conectan; él también se ha quedado quieto, con el dedo allí. Entonces su pulgar empieza a moverse por todos los bordes de mi boca y lo veo tragar. Luego se lame los labios.
Lo deseo…
Como nunca he deseado a nadie más en toda mi existencia.
Yo también imito su acción y sus ojos se quedan allí, en la boca que acabo de humectar. Él quita su mano de mi rostro y me evade la mirada, como si escapara de ese momento que nos ha dejado hipnotizados.
Asiento y suelto una risa amarga que capta su atención. Noto culpabilidad en su mirada, pero no dice nada; se aferra a ese silencio que me hiere y que me hace resentirlo.
Estoy cansada.
De él, del lazo, de esperar algo que nunca llegará. Ya basta de esta estupidez, no puedo permitir que me vuelvan a romper el corazón. Tampoco le mendigaré cariño a nadie. No cometeré el mismo error dos veces.
 

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