16. Loba solitaria: El Gamma en mi hogar

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Clara
Un escalofrío me recorre desde la cabeza hasta los pies y me quedo rígida, temblorosa, asustada.
Él despertó.
No sé qué hacer ni qué decir; ni siquiera me atrevo a mirarlo. Me da tanta vergüenza. Él está semidesnudo frente a mí, en mi cama, en la casa de una mujer que vive sola. Y él es ese hombre que intentó rechazarme, que ha huido de mí.
El corazón me palpita con vehemencia. En este momento desearía que me tragara la tierra, desaparecer, no sé, estar en otro lado.
Suelto un suspiro largo y profundo. Luego inhalo y exhalo repetidamente para calmarme. Por lo menos ha despertado, eso es bueno. Eso me alegra y me trae alivio.
Me giro para encararlo, pero veo que sus ojos están cerrados. No obstante, su puño aprieta mi muñeca.
¿Pero él duerme? No entiendo. ¿Acaso fue un reflejo?
Quito mi mano y coloco la suya en la cama con delicadeza. Luego le doy una última mirada. Él respira con tanta paz y duerme tan tranquilo y descansado, que me provoca quedarme viéndolo todo el día.
Ya no se ve pálido ni enfermizo. Está mejorando, y eso me pone muy feliz.
Con una sonrisa y más tranquila, salgo de la habitación y voy a la cocina. Primero pondré un caldo para que, cuando despierte, tenga algo que comer. Siento cosquillas en el estómago con solo pensar en darle comida. Es como si fuéramos una pareja.
—¿Qué es lo que estoy pensando?
Sacudo esos pensamientos de mi cabeza y me pongo en acción.
Deprisa, saco los pocos vegetales y víveres que me quedan. Tengo zanahorias, yuca, plátano, papas, cilantro, apio, auyama, y también unos cuantos sazones naturales. Suelo prepararlos yo misma y guardarlos en envases de vidrio. Tomo algunos de los ajíes de mis plantitas que decoran la cocina.
Pese a que esta casita es una cabaña sencilla, me encanta. Tiene ese toque hogareño y campestre que siempre me ha gustado. Yo la he decorado a mi gusto.
Por supuesto, hay flores por doquier, incluso en las ventanas, donde puse una enredadera. Siempre decoro con flores frescas y coloridas. También tengo macetas con plantitas de orégano, ajíes y tomates. Y en el patio, un poco alejado del jardín, tengo mi pequeño huerto.
Allí siembro de todo.
Eso me lo enseñó mi papá, y también mi mamá, aunque más ella. Mamá es del tipo de personas a las que les gusta sembrar y cuidar la casa, mientras que papá es un guerrero fuerte y estratégico, un líder innato que es la mano derecha del alfa de la manada donde nací.
Siento una calidez en el corazón cuando los recuerdo. Con papá aprendí a administrar, a tener una visión amplia y a ser aguerrida.
Con mamá aprendí todo lo que sé: tejer, coser, mantener el hogar bonito, limpio y agradable. Con ella aprendí a cocinar. Recuerdo que hacíamos comidas juntas. Siempre preparábamos almuerzos o cenas especiales para papá y mis hermanos.
Ver a mis padres amarse tanto, ser tan felices y dedicados a nuestra familia, me hizo desear tener la mía propia.
Un punzón me atraviesa el pecho, porque ese sueño se ve cada vez más lejano.
Suelto un largo suspiro y continúo con mi labor.
Después de pelar, picar y lavar los vegetales y víveres, pongo la olla al fuego y los echo a hervir, mientras preparo la carne en una sartén. Me gusta sofreírla primero antes de unirla con los demás ingredientes en la olla. Dejo la carne tapada y me voy a mi taller.
Allí organizo y lavo las flores, y me dispongo a hacer mi trabajo de perfumería. Por ahora solo estoy separando y organizando; ya después, cuando la comida esté lista, me pondré a trabajar con los químicos.
No puedo evitar esta emoción que me embarga el pecho al pensar en el Gamma. Si tan solo él me aceptara, si fuéramos una pareja, ¿cómo sería todo?
Fantaseo con eso: con él sentado en el comedor y yo sirviéndole la comida. Luego tenemos una charla amena, nos reímos, nos miramos, nos coqueteamos, nos besamos…
Mi corazón salta agitado.
Imaginar sus labios sobre los míos… ¿cómo sabrán? Son tan lindos que deben saber a gloria.
Trago saliva, pues mi boca se ha humedecido de más y mi loba se ha emocionado. Los ojos me arden al querer llorar; por eso parpadeo varias veces para evitar que las lágrimas salgan.
Continúo haciendo mi trabajo, hasta que recuerdo que necesito revisar la carne. Suelto todo y voy a la cocina. Tras lavarme las manos, uno todos los ingredientes y tapo la olla. Me recuesto sobre la meseta y miro al techo.
Me siento un poco inquieta y no puedo evitar recordar el pasado y mezclarlo con el presente. También imaginar cómo sería mi vida si yo no fuera tan poca cosa para el Gamma.
Quizás, si fuera una señorita de élite, él aceptaría nuestro lazo, pues yo no sería un obstáculo para su título. ¿Será por eso por lo que me quiere rechazar? ¿Es porque no soy suficiente para él?
La tristeza me embarga.
Evito pensar en eso. Ya no es relevante.
Continúo haciendo otras tareas. Recojo cualquier desorden de la casa, limpio el suelo y lavo el baño. Luego regreso al taller y empiezo a trabajar con las esencias.
Necesito apresurarme porque no me queda dinero; tampoco hay suficiente comida en la cocina. Al menos tengo mi huerto. Si me quedo sin provisión, puedo comer frutas y verduras.
Me gustaría tener mi pequeña granja. Más adelante quisiera criar gallinas y tener una vaca.
Cuando no tenga dinero, podría comer huevos y beber esa leche. Sería una buena idea. Fantaseo con eso.
Sueño con tener ingresos suficientes para construir mi pequeña granja y comprar otras cosas que necesito. Por ejemplo, los muebles que tengo en la sala son un poco viejos e incómodos. El comedor de la cocina es pequeño, solo tiene dos sillas. Por eso me daría un poco de vergüenza si mis padres vinieran a visitarme.
Estoy segura de que querrían darme dinero si lo hicieran. Empezarían a enviarme cosas. Esa es una de las razones por las que ni siquiera les he dicho dónde estoy. No quiero que me ayuden en nada.
Me gusta ser independiente y quiero sobrevivir por mi cuenta. Asimismo, demostrar que puedo vivir sola.
Además, todavía no me siento lista para enfrentar lo que dejé atrás, aunque me muero de ganas de verlos. También quiero ver a mis hermanos, saber cómo va su negocio, si André encontró su mate.
—¿Cómo les estará yendo a Miha y a Leandro? —me pregunto—. Espero que pronto me hagan tía.
No puedo evitar sonreír. Yo soñé con tener cachorros, una pareja que me amara, una familia feliz. Dylan representaba todo eso. Dependí tanto de esa ilusión que me perdí a mí misma. Ahora quiero demostrarme que no dependo de otras personas para reinventar mi camino, para tener mi propio éxito.
—Ah, quizás no sea tan malo que el Gamma me rechace —me convenzo—. Así puedo seguir con el propósito de mi vida sin ataduras…
Suelto un resoplido triste.
«Deja de decir tonterías. Solo hablas por medio de la frustración. Debes conquistar a nuestro macho, aprovechar que él está aquí para insistirle en que nos acepte», me exige mi loba.
Me niego a eso. No otra vez. Yo quiero ser escogida, no rogar por amor. No perderé la poca dignidad que me queda por alguien que ya ha tomado su decisión. Eso sería traicionarme a mí misma, por muy compañeros destinados que seamos. Así como el lazo me afecta a mí, también lo hace con él. Y, si para ese Gamma es fácil romperlo y seguir con su vida, debe serlo para mí también, aunque duela.
Con ese pensamiento, termino mis quehaceres; luego como algo para recuperar fuerzas.
La noche cae y el Gamma todavía no despierta, lo que me deja con una nueva preocupación: ¿dónde dormiré hoy?

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