Clara
Me he pasado todo el día muy ocupada, así que el agotamiento empieza a hacer efecto en mi cuerpo. Veo un poco borroso, me siento algo mareada y bostezo con frecuencia.
Ha sido un día difícil. Me he pasado casi todo el tiempo en el taller, macerando los perfumes.
También he sacado los que tenía guardados de la maceración anterior, la que hice con lavanda. Los primeros que saqué solo duraron una semana. Lo hice antes de tiempo porque necesitaba vender y aprovechar el mercado.
Y, bueno, todo salió bien a pesar de que aceleré demasiado el proceso. Sin embargo, ahora le he dado su tiempo, así que este perfume será mucho mejor que el anterior.
Mañana los echaré en los frascos para ir a vender, mientras macero las nuevas esencias que empecé a hacer ayer. Suelto un suspiro y observo la despensa. Está casi vacía y no tengo dinero.
Voy a la habitación y reviso la temperatura del Gamma.
—Ya se está acabando el antídoto —menciono al tomar el frasquito y ver que queda solo un poco.
Miro hacia la cama, donde duerme plácido, y trago pesado, porque ya no me queda dinero.
Quizás tenga buena venta mañana y con eso podría saldar la deuda. Sin embargo, no me alcanzaría para comprar más antídoto. Al menos la herida empieza a cicatrizar, lo que me indica que su habilidad licántropa está regresando y que el acónito se está desvaneciendo de su cuerpo.
Suelto un largo suspiro. El Gamma se ha pasado todo el día dormido. Apenas abre los ojos, murmura alguna incoherencia y vuelve a dormirse. Pero ahora luce mucho mejor.
Miro la cama.
Mi cuerpo me grita que me acueste, que descanse, pero no me atrevo a hacerlo. No con él ahí. Otra vez me tocará dormir en el suelo.
Regreso el frasquito a su lugar y salgo de la habitación.
Ya está anocheciendo y necesito preparar algo de cenar para ambos, así que abro la despensa y me decepciono al no encontrar casi nada: solo un pedazo de pan que empieza a endurecerse y algunos condimentos.
Quiero llorar, porque ya no soy solo yo; ahora somos dos personas que necesitan alimentarse, en especial él, que está muy débil. Pero mi situación es precaria, ya que todo el dinero que gané en la última venta lo utilicé para pagar mi próximo año de estadía aquí.
Vuelvo a suspirar y salgo al patio. Agarro una de las canastas que tengo afuera y me dirijo al huerto. Quizás encuentre algo allí que me sea útil. Tomo algunas naranjas para hacerle un zumo y también saco zanahorias y otros vegetales. Eso me servirá para una ensalada.
Me da un poco de vergüenza esta situación, tener que darle comida tan simple a un Gamma de élite, pero tomaré la excusa de su salud para que no se dé cuenta de mi situación tan vergonzosa.
Regreso a la casa y me dispongo a preparar la ensalada. Cuando termino, saco un poco para mí y coloco la suya en una bandeja junto con el zumo, y me dirijo a la habitación.
—Gamma, despierte. Necesita comer algo —le susurro con calma, para que su sueño no se rompa de golpe.
Tengo que insistir varias veces hasta que abre los ojos. Parpadea mucho antes de que todo cobre sentido ante su vista; es lo que deduzco, porque su mirada luce muy perdida. Luego me mira y se da cuenta de la razón de despertarlo.
—Gracias —dice al fin.
Coloco la bandeja frente a él.
En la tarde le había llevado algunas frutas picadas y logró comerlas por sí mismo, lo cual es un avance. Así que hoy no tengo que darle la cena yo misma y puedo evitar ese momento tan íntimo que me hace feliz en el instante, pero que luego, cuando estoy sola, me hace llorar, porque sé que solo es una ilusión.
—Le daré privacidad. Estaré en la cocina por si necesita algo —le digo, y él asiente.
Mis pasos son lentos y pesados al salir.
Me siento en mi pequeña mesa y empiezo a comer.
Bostezo varias veces mientras trato de tragarme esta ensalada, ya que no me apetece para nada. Siento que mi cuerpo necesita algo más sólido que esto. Sin embargo, es lo que hay.
Cuando termino, voy a la habitación a buscar los platos que el Gamma utilizó y los lavo. Luego los coloco a escurrir y me recuesto un rato sobre la meseta.
Suspiro. Y repito esa acción.
Me quedo así, medio adormilada, pensando en lo difícil que será volver a dormir en ese piso tan duro.
—Todo estará bien —me digo—. Pronto el Gamma sanará y podré recuperar mi cama.
Sé que eso suena mezquino, pero de verdad no estoy acostumbrada a dormir así. Además, he despertado varias veces en la madrugada para cuidarlo y durante el día he estado muy ocupada. Así que, aunque me gusta que esté aquí, al mismo tiempo es una carga un poco pesada para mí.
Voy al baño y preparo la tina con agua caliente. Luego busco entre el canasto alguna toalla limpia que no haya utilizado.
—No tengo ropa de hombre, por lo que le tocará arroparse bien con la frazada en la noche —le digo—. Pero ya es momento de que se dé un buen baño; eso le ayudará a recuperarse mejor. Yo lo ayudaré.
Decirlo en voz alta me provoca mucha vergüenza y hace que todo mi cuerpo reaccione con sacudidas bruscas.
Lo ayudo a levantarse y caminamos casi a rastras hasta el baño. Luego entra en la tina con la ropa interior puesta y empiezo a echarle agua del mismo recipiente por el cuerpo. Noto cómo esta resbala por sus músculos firmes y hace brillar esa piel cremosa, tersa y llamativa.
Él es hermoso.
Tiene un abdomen perfecto, brazos fuertes, espalda ancha. Su cuello invita a besarlo, al igual que sus labios.
Le echo agua incluso en la cabeza, tomo el champú y empiezo a lavarle el cabello. Él cierra los ojos, como si esos masajes que limpian su cráneo fueran demasiado relajantes y agradables. Eso me gusta, aunque me sonroja.
Le echo agua en el cabello y enjuago toda la espuma. Luego tomo la esponja y le unto jabón; el olor a rosas inunda mis fosas nasales y se mezcla con su aroma natural. Eso me golpea de lleno y hace que todo mi cuerpo se caliente. Unas cosquillas me revolotean en el estómago, que se contrae.
Miro la esponja, luego su cuerpo, y repito la acción, nerviosa, emocionada, pero también tímida. De verdad voy a lavarlo.
Suelto un suspiro y apoyo la esponja contra su piel. Noto cómo se estremece y no lo disimula.
Nuestras miradas se encuentran.
Nos quedamos así, observándonos durante un largo instante, en el que no he movido la esponja. Solo la mantengo apoyada en su pecho con mi mano temblorosa. Estamos tan cerca que puedo respirar su mismo aire. Entonces siento que me congelo y que el tiempo se detiene.
Solo estamos él y yo aquí.
La palpitación es intensa y el deseo, reprimido. Sus ojos avellanados me dan la impresión de que él está sintiendo lo mismo que yo.



