Clara
Observo el frasco pequeño, que es el que me están ofreciendo, y luego el mediano. Esos aretes son muy costosos, de una piedra valiosa; sin embargo, no estoy segura de poder pagar la cantidad del frasco mediano.
Así que, aunque me gustaría llevarme una cantidad mayor de la cura, de verdad no quiero perder el regalo de papá.
De todas formas, confío en que un frasco pequeño será suficiente para sanar al gamma.
Si no, tendría que volver con algo más valioso y trabajar el doble o el triple de lo que hago para poder pagar esa deuda.
Me limpio las lágrimas y trato de calmarme, inhalando y exhalando varias veces. Luego observo al hombre, que sella el formulario y lo guarda cerca de los aretes. Entonces toma el frasco pequeño y me lo extiende.
—Bien —me dice, y me indica la cantidad que necesito pagar para saldar mi deuda.
Le entrego todo el dinero que llevo encima.
—Muchas gracias, de verdad. Aprecio mucho su amabilidad y generosidad. Han salvado una vida —les digo.
Tomo el frasco y me voy.
Corro a toda prisa, como nunca lo he hecho en mi vida.
No había sentido tal desesperación antes, tal angustia, tal temor. No puedo evitar que las lágrimas fluyan; por más que me las limpio, no dejan de caer. Incluso me duelen los ojos, también la cabeza.
Corro, agitada, aunque mi cuerpo está cansado. Cuando salgo de la manada, me convierto en loba y avanzo a toda velocidad en medio del bosque.
Mi corazón palpita con fuerza, con una intensidad que busca apresurarme, como si él me dirigiera.
La brisa trae alivio a mi pelaje húmedo, empapado por el sudor, mientras mis patas se sienten toscas sobre las hojas secas y el suelo áspero. Los olores me reconfortan un poco, pero no lo suficiente.
Necesito llegar. Necesito salvarle la vida.
Todo el trayecto es un infierno, desesperado, angustiante. El miedo no deja de arder en mis huesos, y las imágenes en mi mente intentan martirizarme.
Cuando estoy cerca del territorio donde vivo, el alivio comienza a recorrer mis músculos. Sin embargo, la angustia sigue ahí. Y por más que corro, siento que nunca voy a llegar.
Avanzo cada vez más, usando toda la velocidad que soy capaz de alcanzar. Entonces visualizo mi hogar. Quiero saltar de alegría, pero todavía no puedo cantar victoria. No hasta que él abra los ojos y esté bien. No hasta que su herida sane.
Cuando llego a casa, tomo mi forma humana. De inmediato, la ropa cubre mi cuerpo y entro a la cabaña sin detenerme.
Mis pasos resuenan sobre el suelo de madera, rústicos, desesperados, urgentes. Llego hasta la cama y lo encuentro allí, pálido, rígido, con los ojos cerrados, como si ni siquiera en su inconsciencia encontrara paz.
—Estoy aquí. Tengo la cura —le digo, aunque no puede oírme.
De alguna forma, decirlo me ayuda a desahogarme. Tomo el frasco y me acerco a él.
Observo la simetría de su rostro, lo perfectas que son sus facciones y cómo mi corazón reacciona a su encanto. La tentación me vence, y mi mano nerviosa lo roza con timidez.
Cuando lo toco, está tan frío que me asusto.
—Por favor, resiste —le pido.
No puedo evitarlo; las lágrimas mojan mis mejillas de nuevo. A este punto, se me irritarán los ojos, que ya me arden y se sienten borrosos. Creo que ya lo están.
Con delicadeza, le abro la boca y vierto parte del contenido del frasco. La idea es que el antídoto neutralice el veneno y luego su cuerpo lo expulse poco a poco.
Le tomará varios días deshacerse de todo el acónito y recuperar sus fuerzas. Sin embargo, tan pronto como el remedio empiece a hacer efecto y luche contra el veneno, estará a salvo.
Sé que su herida tardará más en sanar, dependiendo de cómo reaccione su cuerpo al antídoto.
Espero, ansiosa. Miro el frasco, que todavía tiene un poco. No sé si dárselo de una vez o esperar a que la cantidad que le di le haga algún efecto.
La botella pequeña tiembla en mis manos, y nuevas lágrimas recorren mis mejillas. ¿Hasta cuándo voy a llorar?
Me las limpio al instante, pues no quiero traer mala energía aquí. Ya no soporto que esto tenga un ambiente funerario que me hiela los huesos y me da una sensación de ahogo, de pérdida.
No. Él va a estar bien. Va a sanar.
Le vuelvo a acariciar el rostro. Es tan atractivo. Y pensar que podría ser mío, solo para mí. Sin embargo, él no me acepta. ¿Cuál es el motivo? ¿Por qué le es tan difícil reconocer nuestro vínculo?
—Sé quién eres… te llamas Garthor. Eres el Gamma de Gamma, un guerrero de élite, amado por el rey, admirado por todos. Me imagino que debes tener muchas lobas detrás de ti, deseosas de convertirse en tu compañera. ¡Qué mala suerte tienes! —le digo, cabizbaja—. Irte a enlazar con una loba solitaria que vive atrapada en el pasado, que es tan cobarde que escapó de todo lo que le dolía, dejando su familia atrás, su vida, todo.
Suelto un suspiro, lo contemplo por unos segundos y añado:
—¿Para qué? Para habitar en una manada que no le pertenece, pagar un alto precio para tener el derecho de vivir en esta región y encontrar un mate que no me quiere.
—¿Sabes? Siempre soñé con tener una familia hermosa, con muchos cachorros corriendo por doquier. Yo arreglando la casa, poniéndola siempre bonita y agradable, cálida. Me gusta hacer mis propias cortinas. También hago las sábanas a juego.
Tomo un respiro y me relamo los labios.
—Disfruto mucho decorar la casa, que se sienta hogareña y alegre —continúo—. También amo cocinar y soy muy buena en ello. Me gustaría algún día prepararte algo delicioso. ¿Cuál sería tu comida favorita?
Río sola de mi locura, pero esta es mi forma de lidiar con la angustia que me carcome.
—Soy tonta —añado—. Debo estar aburriéndote.
Vuelvo a reírme de mí misma porque, aparte de que estoy hablando sola, estoy creyendo que él me escucha.
Quizás solo así pueda hablar con él, pues estoy segura de que en su inconsciencia no podrá oírme. Me aterra la idea de poder hablarle mientras esté despierto, de establecer una conversación, aunque, si lo pienso, sería muy bonito.
Me encuentro sonriendo sola, como una tonta enamorada.
¿Es posible que tenga sentimientos por alguien a quien apenas he visto unas cuantas veces? ¿Tan fuerte es el lazo que me hace imaginar una vida con él y sentirme tan dependiente de alguien que apenas conozco?
Este asunto de la pareja destinada me sorprende cada vez más.
Noto que la palidez es reemplazada por sus tonos naturales, lo que lo hace lucir vivo, pese a que mantiene los ojos cerrados.
Lo palpo para medirle la temperatura y ya el frío lo ha dejado. Su cuerpo recuperó su calor.
—¡Sí! —celebro, feliz de que le esté haciendo efecto, y suelto la respiración contenida.
Ahora mi pecho se siente más liviano y mi corazón late con menos violencia.
Debería ponerme a trabajar, pues tengo una deuda ahora; sin embargo, no quiero dejarlo solo.
Me quedo un tiempo más, velando su recuperación como si con el simple hecho de observarlo se fuera a sanar.
—Es hora de ir a cocinar algo y laborar —decido, y me pongo de pie para marcharme.
De repente, mi muñeca es atrapada por una mano fuerte, que se aferra a ella con fuerza.
Siento que el corazón se detiene por un instante y todo a mi alrededor se torna borroso.
¿Ya despertó?
Esa probabilidad no solo me alegra, también me causa un terror enorme, pues él despertará semidesnudo… en mi cama…



