blank

Capítulo 22

This entry is parte 24 de 40 in the series Mi esposo no me ama

Genaro, el padre de Pablo, saltó de su escritorio cuando lo llamaron del hospital.
—¡¿Que Pablo qué?! —exclamó, entre sorprendido y aterrorizado, y salió casi corriendo de la oficina mientras tecleaba en su celular.
Una hora más tarde, Cristian, Diana y Genaro estaban en la sala de espera, conflictuados y cargados de preocupación.
—¿Qué pasó? —preguntó Kevin desde que entró a la sala de espera, visiblemente angustiado.
—Pablo tuvo una intoxicación por alcohol —respondió Genaro, con lágrimas en los ojos—. No entiendo qué hicimos mal. Nosotros criamos a nuestros hijos con principios y valores, tratamos de estar con ellos a pesar de la gran demanda de tiempo que teníamos en la empresa.
Genaro soltó un sollozo cargado de dolor, decepción y culpa. Quizás debió ponerle más atención a su hijo, hacer algo más que darle consejos cuando empezó a actuar extraño.
Kevin, por su parte, se puso pálido y sintió como si un balde de agua fría le fuera lanzado de repente. ¿Intoxicado por alcohol? ¿Pablo? ¿El hombre más saludable que él conocía?
—Pablo no era un santo; sin embargo, siempre había sido un muchacho educado y con buenas costumbres, inclinado al deporte y a la vida saludable —continuó Genaro con una voz rasgada que denotaba lo dolido que se sentía—. Resaltaba como el mejor en su clase y, desde muy joven, se había destacado en los negocios. No entiendo cómo pudo caer tan bajo. Esa maldita ramera destruyó a mi hijo. No la quiero en la empresa, Cristian. No quiero a esa mujer en nuestras vidas.
—¡Cálmate, Genaro! —lo detuvo su hermano mientras lo agarraba fuerte por los hombros, en un intento de que se tranquilizara—. Como padre entiendo tu preocupación, mas no podemos echarla sin una buena justificación que avale el despido. Buscaremos la forma de que esa mujer salga de nuestras vidas, pero ahora lo más importante es que Pablo se recupere y no vuelva a tomar alcohol.
—Entonces, él no puede volver con esa mujer —razonó Genaro, mientras su mirada divagaba—. Ella fue quien le dio bebida alcohólica. ¡Estúpido! ¿Cómo pudo dejarse embaucar por esa desgraciada? No entiendo qué fue lo que engendré.
—Es mejor que él se quede con ustedes y así lo supervisan, mientras vemos la forma de que esa mujer abandone el apartamento de Pablo y le devuelva sus tarjetas de crédito. Está despilfarrando su dinero —aconsejó Cristian, con tono triste pero firme.
Le dolía lo que había pasado a su sobrino, pero más le molestaba que su hermano, un hombre que siempre había sido ejemplar, pasara por esa situación debido a la irresponsabilidad y malas decisiones de Pablo.
—Yo se lo advertí —comentó Kevin, visiblemente frustrado—. No entiendo cómo pudo dejar a su esposa por esa basura. Si esa mujer amaneció con Pablo, ¿cómo rayos ella no notó su condición?
—Según la señora del servicio, él estaba tirado en el sofá, ahogado en su propio vómito —dijo su madre con lágrimas en los ojos y voz débil.
Ella, más que nadie, estaba destrozada, recordando lo orgullosa que siempre estuvo de su niño. Él siempre fue el más amoroso de sus hijos, el carismático, el que se robaba el corazón de todos. Pero ahora… había cambiado tanto que ya no lo reconocía, y eso la quebraba por dentro.
Las lágrimas se deslizaron por sus mejillas y el silencio se volvió a instalar en ella, como si no tuviera fuerzas para hablar.
—¡Dios! No quiero imaginarme qué hubiera pasado si esa señora no hubiera llegado en ese momento —exclamó Kevin, aturdido.
—Hubiera muerto. El doctor dijo que su condición es muy delicada. Ha estado bebiendo todos estos días sin alimentarse. ¿Puedes creerlo? Y esa mujer no hizo nada —se quejó Genaro, dolido y enojado a la vez, apretando los puños con impotencia.
 
***
 
Jimena miraba la puerta cada minuto, ansiosa, pues era el segundo sábado que Pablo no iba a visitar a Adrián. Ya el niño se había acostumbrado a su visita, por lo que, cada cierto tiempo, lo buscaba en la puerta mencionando la palabra “papá”. Había aprendido una que otra palabra, pero aún no decía una frase completa. Jimena sentía una tristeza extraña, como si tuviera un mal presentimiento.
Ella nunca lo llamaba ni preguntaba por él. Esos días no había visto a nadie de la familia ni a sus hermanas, puesto que estaba muy ocupada en un proyecto que esperaba poner en práctica con ayuda de sus hermanas y Laura. Ella no les había dicho nada aún, pero sabía que la idea las iba a emocionar.
Decidió llamar a Laura, dado que sus hermanas no tendrían información de Pablo; además, quería evitarse el sermón.
—¿¡Que Pablo qué!? —Sus manos empezaron a temblar y las lágrimas cubrieron su rostro.
La noticia le cayó como una piedra gigante que empezaba a aplastarla y a llevarse su aliento. No podía creerlo, Pablo no estaba tan hundido.
Sabía que algo no estaba bien, pues él nunca dejaba de visitar al niño o de mandarlo a buscar, y, cuando algo sucedía, él se lo hacía saber. No podía creer lo bajo que había caído su ex. Estaba triste y enojada a la vez. ¿Cómo podía ser tan cobarde y destruirse de esa manera? ¿Acaso no le importaba su hijo?
Jimena tomó a Adrián y salió a toda prisa a casa de los padres de Pablo.
Diana la recibió llena de felicidad, aunque estaba preocupada por la gran depresión en que se había sumido su hijo. Lo tenían bajo suero, debido a que casi no comía. La abstinencia lo tenía irritado, y a veces tenían que sedarlo para calmarlo.
Jimena entró a la habitación con Adrián, con la esperanza de que, si veía a su hijo, pudiera recapacitar y poner de su parte.
Sin embargo, Pablo se espantó al verlos. A eso le siguió un momento incómodo, cargado de tensión, donde los observaba como si no fueran reales.
—¡Sácalo de aquí, Jimena! —gritó de repente y estalló en llanto—. ¡No quiero que me vea así, por favor! ¡No es la imagen que quiero que mi hijo tenga de mí! —lloró desconsolado.
Jimena estaba en completo estupor, sin saber cómo reaccionar. No solo se trataba de aquel triste recibimiento, también de lo demacrado que él estaba. No estaba lista para verlo así, tan destruido…
Sintió un punzón en el corazón debido al dolor y la decepción. ¿Para eso la dejó? ¿Para terminar en ese estado tan alarmante?
Jimena contuvo las lágrimas, tragó pesado y lo miró con firmeza.
—Esa es la imagen que estás reflejando, Pablo —le dijo, desafiante, sin filtrar nada—. ¿Es ese el ejemplo que le darás a tu hijo?
—Si vienes a juzgarme y a criticarme, conoces la salida. No necesito que me recuerdes la basura que soy —masculló entre dientes, herido y muy avergonzado.
—Solo quiero que recapacites, Pablo. Adrián te necesita sobrio y con la cabeza bien puesta.
—Lo sé, pero no sé cómo salir de esto, Jimena. Simplemente, no lo sé. —Pablo volvió a estallar en un llanto desgarrador que hizo que Jimena también llorara.
Pese a todo lo sucedido entre ellos, ella lo amaba. Quizás ya no lo veía como a una pareja y nunca volvería con él, pero, pese a ello, él era el padre de su hijo y el amor de su vida, y verlo así, tan destruido, era un golpe demasiado fuerte, un dolor agonizante que la asfixiaba.
Diana, al notar que necesitaban privacidad, tomó a Adrián entre sus brazos con la intención de dejar a Jimena a solas con Pablo. Al principio, el niño no quiso irse con ella, pues quería lanzarse hacia su papá, a quien llamaba entre llantos desesperados.
Eso destrozó aún más a Pablo. Observó su carita triste mientras salía de la habitación, y sus ojos se conectaron por un breve instante.
No, él no podía seguir así. Su niño no merecía un padre como ese.
Cuando Diana salió con el pequeño, Jimena se sentó a su lado y tomó su mano con dulzura. Lo miró a los ojos y se le partió el corazón al verlo tan demacrado y débil.
—Pablo…, quiero ayudarte. Eres el padre de mi hijo y fuiste mi esposo. Yo… no soporto verte así.
—No, Jimena. —Esquivó su mirada, muy avergonzado—. No merezco nada de ti. No tienes que hacer nada por mí, solo cuídate y cuida a nuestro hijo mientras yo me recupero. Pienso tomar terapias para superar mi alcoholismo. Por suerte, solo tengo unos meses con este vicio, y sabes que cuento con mucha fuerza de voluntad cuando me lo propongo.
» Lo haré por mí, pero también lo haré por Adrián. Quiero compensar todas mis estupideces con él. También lo haré por ti. Aunque tú y yo jamás podremos ser pareja, quiero darte esa tranquilidad. Te amo, ¿sabes? Pero respetaré tu decisión y tu relación. Solo… Jimena, no permitas que nadie te trate como yo te traté. Eres especial.
» No solo eres hermosa, eres muy inteligente y una excelente madre. Fui un tonto al perderte, mas tú te mereces a alguien mejor que yo. Te amo. Te amo como jamás imaginé que podría amar a una mujer. Es increíble que, cuando lo descubro y quiero comprometerme, ya es tarde para mí.
Jimena se fue en llanto. Estaba triste y enojada a la vez. ¿Cómo se atrevía a decirle aquello? ¿Por qué ahora? Era muy injusto. Lo abrazó con fuerza y fervor, mientras ambos lloraban sin cohibiciones.

Mi esposo no me ama

Capítulo 21 Capítulo 23
Compartir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *