Mate – Muestra gratis

Introducción

 

La tensión se percibe en el ambiente de la manada Luna Creciente, puesto que, en esos días, sus habitantes han sufrido amenazas y ataques por parte de los lobos solitarios, que andan como ermitaños y causan problemas en diferentes manadas.

Mientras una parte de los lobos guerreros rodea los límites de Luna Creciente, otro grupo ha ido a enfrentar a los intrusos que la asedian. El alfa, Mateus, también investiga los intentos de las brujas sangrientas de romper las barreras que los separan. Este último rumor mantiene a los miembros de la manada aterrorizados.

Aquella tarde de verano, la pequeña Gia juega con su espada de madera junto a su amiga Lía, a pesar de que su padre le había ordenado que no saliera de casa debido al revuelo en la manada, causado por la amenaza de sus enemigos, el asedio de los lobos solitarios y el rumor acerca de las brujas sangrientas.

—¡Gia, mira! —Lía capta su atención—. ¡Es el alfa, tu padre! ¡Corre, antes de que nos vea!

Ambas chicas huyen del parque a toda velocidad. Gia, quien desde muy pequeña ha desarrollado una velocidad impresionante, es la primera en llegar a su casa, seguida por Lía, quien se dirige a toda prisa a su hogar.

Con su espada de juguete en las manos, su vestido de tela gruesa y de color marrón, y su cabello peinado en una larga trenza que su mamá le había hecho, Gia se oculta en el armario de la sala y, por medio de la rendija, observa lo que acontece allí. Ese día, el alfa había salido con varios hombres de la manada y todos llegaron tan alterados como se fueron.

Gia observa en silencio mientras oculta su olor para que nadie perciba su presencia. Ella es la única licántropa en toda la manada capaz de hacer aquello, pero nadie conoce su don, pues lo mantiene en secreto por temor a que los demás la vean como una amenaza.

Nota que hay un niño que llora desconsolado y, por alguna extraña razón que desconoce, siente su dolor. Asimismo, experimenta un sentimiento de desamparo que le hace brotar lágrimas saladas de los ojos.

«¿Quién es ese niño?», piensa Gia.

De repente, percibe que él la mira, y, en efecto, sus ojos dorados se conectan con los suyos, como si supiera que ella está allí dentro. Gia se abraza a sí misma al sentirse descubierta, pero más por la extraña corriente eléctrica que le recorre el cuerpo. Su corazón late con intensidad y su mirada gris no puede apartarse de la del chico, por más que lo intente. Antes de que alguien más note la fijación del niño, y como consecuencia ella quede delatada, él desvía la mirada.

En ese momento, el sentimiento gélido de desamparo y el vacío doloroso de la desesperanza en el chico menguan, siendo reemplazados por la necesidad de proteger a la niña.

***

Los días transcurren, y con ellos la curiosidad de Gia sobre el extraño chico aumenta. Todavía se desconoce su origen y el motivo por el cual el alfa lo llevó a la manada.

—¿No me dirás quién es ese niño y por qué papá lo trajo a Luna Creciente? —le pregunta Gia a su madre, intrigada, en especial por los extraños sueños que ha tenido desde aquel encuentro con el chico de ojos dorados.

La luna de la manada la observa con el ceño fruncido, como si también ignorara el asunto que el alfa ha mantenido en misterio.

—Lo único que sé es que la manada Luna Dorada fue atacada por las brujas sangrientas. Como consecuencia, el alfa y la luna de allí murieron. Bueno, en realidad, todos los lobos de esa manada fueron asesinados —responde su madre.

—¿Papá participó en esa batalla? —vuelve a preguntar Gia con tono curioso.

—Mateus se vio envuelto por casualidad, ya que se encontraba cerca de aquel territorio junto a los guerreros de nuestra manada. Él no me ha explicado cómo llegaron a ese lugar ni cómo encontraron al niño. Mucho menos sé cuál es el plan que tiene para él.

Gia agarra una de las galletas que su madre había puesto a enfriar y le da un mordisco. La luna la observa sonriente y busca el jarabe de chocolate para decorar el aperitivo recién horneado.

En ese momento, el alfa Mateus entra a la cocina con el niño, a quien no habían visto desde el día en que lo trajo a la manada. Junto a ellos, entran dos guerreros. Los dos niños se miran con nerviosismo y timidez, pero Gia se sonroja y le evade la mirada.

—Katrina —se dirige a su esposa, la madre de Gia—, dile a la servidumbre que le prepare una habitación a Gael, quien desde hoy vivirá con nosotros y será parte de nuestra familia —informa el alfa.

La cara de su esposa se desfigura por la sorpresa, y el recelo es evidente en su expresión.

—Sé lo que estás pensando, y no, este niño no es mío —aclara el alfa con diversión en sus gestos—. A él lo encontramos oculto en los escombros. Nos dijo que no recuerda nada más que su nombre. Esa es la razón por la que lo tuvimos en el centro de curación de la manada por unos días. Según el doctor, su amnesia se debe al trauma que experimentó, por lo tanto, su memoria puede volver en cualquier momento, aunque podría tardar años.

Gia observa a su madre, quien ha relajado su semblante, aunque todavía siente desconfianza.

—Hola, soy Gia —saluda la hija del alfa mientras se acerca al niño con pasos nerviosos.

—Hola, Gia, mi nombre es Gael —responde él con amabilidad. Está asustado y desorientado; sin embargo, la sonrisa de la niña le transmite seguridad.

—¿Cuántos años tienes? —le pregunta ella, pero él arruga el rostro al intentar recordar ese detalle.

—Unos doce años. Lo sé por su tono de voz —responde el alfa por él. Es normal que los alfas conozcan ese tipo de información, pues es parte de su habilidad como líder.

—Yo tengo diez. Soy menor que tú —comenta Gia.

El chico le sonríe y ella siente que el corazón le late con fuerza.

—¿Quieres galleta? —le pregunta Katrina al niño con una sonrisa amable.

Él asiente avergonzado. Ella le pasa una porción del postre, que el chico ataca con ansias, como si hubiera pasado varios días sin comer.

—¿Lo prepararás para ser un guerrero? —inquiere la luna, aún sin entender por qué el niño debe vivir con ellos.

—Más que eso, Gael será criado para ser mi mano derecha, ese hijo que nunca tuve. Él heredará mi liderazgo y se casará con una loba de una manada influyente, que nos vuelva más poderosos —responde el alfa, ilusionado.

Katrina asiente triste y decepcionada, pues sabe que su hija debería ser quien herede el cargo de alfa, no un niño desconocido. No obstante, comprende que esta decisión responde a su machismo.

—¿Por qué no mejor se convierte en mi pareja? —suelta Gia de repente, captando la atención de todos—. Si él se une a mí como esposo, ambos lideraríamos esta manada y así tu liderazgo quedaría dentro de tu descendencia.

Para nadie es una sorpresa que Gia hable como si fuera una adulta, pues ha demostrado esa inteligencia desde muy pequeña. Pero para Gael, lo que ella ha dicho es fascinante.

—¡De ninguna manera! —expresa el alfa con exaltación—. Tú y Gael no se verán como pareja nunca, porque, de hoy en adelante, serán como hermanos —sentencia, dejando a su hija confundida y triste.

—No te preocupes, Alfa, Gia y yo seremos hermanos, y yo la protegeré con mi vida —interviene Gael con expresión firme y decidida. Sin embargo, sus palabras rompen el corazón de la niña, igual que la actitud de su padre.

Capítulo 1

Gia

En nuestro mundo existen tres tipos de personas o criaturas con raciocinio: los cambiaformas o licántropos, las hadas y las brujas. Por supuesto, dentro de cada grupo de criaturas hay muchas diversidades que nos caracterizan: personas fuertes, poderosas, con habilidades extraordinarias, o débiles y frágiles.

Desde niña, he sabido que soy del tipo raro, ese que tiene habilidades poco comunes, incluso únicas. Hace más de una década, descubrí que Gael también las posee, pero he guardado el secreto. Gael, ese niño huérfano que nunca recordó su origen, se convirtió en alguien muy importante en mi vida.

Desde el día en que mi padre llevó a Gael a casa y lo convirtió en un miembro más de nuestra familia, él siempre estuvo conmigo en todos mis eventos especiales. Fue Gael quien me enseñó a cazar, a montar bicicleta, a cocinar y quien me ayudaba con mis lecciones académicas.

Siempre estuvo presente para limpiar mis heridas cuando me caía, así como para consolarme mientras sanaban. Él parecía mi hermano mayor, aunque yo nunca lo vi de esa manera, por más que el alfa insistiera en que nos tratáramos como tal.

De nuestra niñez y adolescencia tengo hermosos recuerdos, como la vez que horneamos nuestro primer pastel juntos y celebramos su cumpleaños. Dado que él nunca recordó quién era, decidimos que su fecha de nacimiento fuera el mismo día en que el alfa lo llevó a la manada. Según mamá, ese día comenzó su nueva vida y fue como si hubiera nacido de nuevo.

Con Gael hacíamos muchas travesuras, pero también cumplíamos nuestras tareas diarias. Él y yo solíamos tener aventuras en el bosque que pertenecía a nuestros territorios: trepábamos árboles y nos bañábamos en el río.

La mayoría de las veces íbamos solos, pero en otras ocasiones, Kali, el mejor amigo de Gael, nos acompañaba. Al igual que Gael, Kali se estaba preparando para convertirse en guerrero.

Recuerdo que, a mis dieciséis años, tuve mi primera transformación. Gael ya se había transformado dos años antes y había sido nombrado el futuro heredero para ser el alfa de la manada, por lo que su preparación fue diferente a la de los demás.

No voy a negar que ese suceso me dolió bastante y que también me hizo sentir humillada, ya que, como única hija del alfa, era a mí a quien me correspondía heredar el puesto.

El día de mi transformación, el cielo estaba nublado y gris, cual si la naturaleza augurara mi desdicha. Ese día, Gael me negó por primera vez.

El recuerdo todavía duele, como si no hubieran transcurrido varios años desde ese suceso. Sentí una necesidad urgente de correr al bosque, el calor de mi cuerpo era agobiante, así que me desnudé y me metí al río. Sin embargo, un dolor insoportable comenzó a recorrer mi cuerpo, y sentí como si mi carne se estuviera desgarrando. Entonces lo entendí: estaba teniendo mi primera transformación.

Mis gritos, que luego se convirtieron en aullidos, atrajeron a Gael. Recuerdo su rostro preocupado y lo rápido que llegó hasta donde yo estaba. Creí que su cara de desconcierto se debía a ver a mi loba plateada por primera vez, pero al escuchar «¡Mate!» en mi corazón, lo supe al instante: Gael estaba impresionado porque éramos mates, pese a que nuestro padre siempre quiso que nos tratáramos como hermanos.

—¡No, estás equivocada! —dijo, antes de huir de mí—. Yo no soy tu mate, así que jamás te aceptaría como a mi pareja. Tu eres y siempre serás mi hermanita, la hija del alfa. Y yo jamás podría verte de esa forma. Por lo tanto, deja de acosarme con esa estupidez y no le digas a nadie sobre esto, evítanos un problema mayor, Gia.

«¿De qué hablas? Somos compañeros destinados. Mírame, ¿no te lo ha confirmado tu lobo? ¿Por qué me haces esto, Gael? Yo te amo…», insistí, pero su mirada indiferente me hizo temblar de terror, pues expresaba toda la repulsión que Gael sentía haca a mí.

—Lo siento, pero no me provocas otro sentimiento que no sea filial, nunca podría reclamarte, porque ni siquiera me atraes. Ten dignidad y deja de perseguirme.

Gael se fue sin una pizca de remordimiento, sin importarle que me estaba destrozando. ¿Qué era peor que un rechazo directo? La negación de un vínculo. Pues, estaba atada a él, pero lejos a la vez… como en un limbo doloroso.

 Esa tarde, mi corazón se partió en dos, pero mi loba no aceptaba que su mate negara nuestro lazo y siguió insistiendo. Pero ese solo fue el comienzo de mi agonía.

***

Y en un abrir y cerrar de ojos, trascurrieron casi dos años.

Durante ese tiempo, yo era una adolescente ingenua y terca, que se aferraba a Gael, pese a que me había humillado el día de mi transformación, y mostraba nulo interés en mí como pareja.

Yo decía frases coquetas y sugerentes; Gael se sonrojaba, me ignoraba o cambiaba de tema. Nunca me rendí. Luego surgió el asunto de una posible guerra entre manadas cercanas, por lo que Gael estuvo ocupado junto a papá y Kali.

Cuando aquello se resolvió, Gael se concentró en ayudar a Kali con los preparativos de su unión y en construir su casa, pues él ya había encontrado a su mate.

En cuanto a mí, me concentré en mis estudios. Antes de cumplir los dieciocho y Gael los veinte, decidí hablar con papá sobre mi enamoramiento hacia su heredero, pues me daba la impresión de que Gael temía su reacción, por eso me rechazaba.

Pero antes de dar ese paso, quise comunicárselo a Gael, esperando ingenuamente que él estaría de acuerdo, pues ya había transcurrido el tiempo suficiente como para que recapacitara, o ese era mi pensamiento.

—Hueles tan bien… —Olfateé el cuello de Gael y me lamí los labios. En respuesta, él me apartó exaltado, con cara de desaprobación.

—¿Qué haces? —me miró como si me hubiera vuelto loca.

—Disfruto de tu dulce aroma a madera fina y vainilla. Es el mismo que percibí el día que te conocí, aunque no se lo conté a nadie. Tú también percibiste mi olor, ¿cierto? Recuerdo que supiste dónde estaba cuando oculté mi esencia. —Me acerqué a su rostro, seductora—. Dime, Gael, ¿lo puedes oler ahora?

Gael me miró con nerviosismo, cerró los ojos y suspiró. Al abrirlos, no me gustó lo que reflejaban.

—No… —Su mirada se endureció—. No percibo tu olor de la forma en que dices, ni así sucederá. No soy tu mate, si eso es lo que sugieres. Así que deja de hacer esas insinuaciones y evita un problema con el alfa.

—No puedes asegurarlo, es muy probable que sí lo sea.

—¡Ya basta! Deja de decir eso, porque no es así. ¿Desde cuándo dejaste de verme como a tu hermano mayor?

—Nunca te he visto como a mi hermano mayor, Gael. Y sé que tú tampoco me has visto a mí de esa forma.

—Pues te equivocas. Para mí, siempre serás mi hermanita. Así que deja de pensar tonterías y enfócate en tus estudios —me regañó.

Gael me dejó con los ojos vidriosos y un dolor desgarrador en el pecho. Si él no era mi mate, ¿por qué me dolía tanto su rechazo?

Así pasaron los meses. Yo decía frases coquetas y sugerentes; Gael se sonrojaba, me ignoraba o cambiaba de tema. Nunca me rendí. Luego surgió el asunto de una posible guerra entre manadas cercanas, por lo que Gael estuvo ocupado junto a papá y Kali.

Cuando aquello se resolvió, Gael se concentró en ayudar a Kali con los preparativos de su unión y en construir su casa, pues él ya había encontrado a su mate.

En cuanto a mí, me concentré en mis estudios. Antes de cumplir los dieciocho y Gael los veinte, decidí hablar con papá sobre mi enamoramiento hacia su heredero, pues me daba la impresión de que Gael temía su reacción, por eso me rechazaba.

—¿Qué vas a estudiar? —me preguntó mientras mirábamos las estrellas, ambos en el patio para tomar aire fresco.

—Farmacia. Así ayudo a papá con la manada, ya que necesitamos más preparación para los ataques. Sabes que hay heridas tan profundas que deben ser tratadas con plantas y fármacos, si nuestro cuerpo no puede cerrarlas —respondí con orgullo.

—Estoy seguro de que serás una buena farmacéutica —me halagó con una sonrisa tierna, de esas que solo me dedicaba a mí y que me aceleraban el pulso.

—Gracias —dije sonrojada—. Gael… —Sus ojos dorados me miraron atentos, lo que provocó que mi corazón latiera con frenesí—. Le diré al alfa que tú y yo nos amamos y que…

—¡No, otra vez! Creí que ya habías superado esa tontería —dijo con hastío.

—¿Tontería? Gael, ¿por qué lo niegas? Sé que me amas tanto como yo a ti. Ya basta de rechazarme. Entiendo que le temes a la reacción de papá, pero él te tiene mucho cariño, jamás se opondría…

—¡Ya basta! —me interrumpió, molesto—. Yo no te amo de esa manera. Mi preciosa Gia, deja de hacerte daño con esa tonta idea. Eres mi hermanita. Es incómodo que…

No lo dejé terminar. Mis labios callaron los suyos, adueñándome de su boca. Tal vez sus palabras mentían, pero su cuerpo no lo haría.

Gael se quedó estático, no me correspondió, pero tampoco me alejó. No entendí por qué se quedó neutral, pero no le di importancia.

Lo estaba besando.

Yo era inexperta, y creo que Gael también lo era.

—¿Ya terminaste? —me preguntó con frialdad cuando dejé de mover mis labios.

Esas palabras me hicieron soltarlo y apartarme. Una simple frase me rompió el corazón en mil pedazos. Gael, en cambio, ni se inmutó. Mantuvo su mirada indiferente, y yo no vi ningún gesto de amor de su parte.

Como respuesta a su actitud brusca, las lágrimas mojaron mis mejillas al ser consciente de mi estupidez.

Gael no me quería.

—Entiendo… No te gusto, por eso me rechazas. No sabía que podías tener un mate y no amarlo.

—No te amo, o al menos no como esperas. Tampoco soy tu mate. Así que deja esa idea que tienes de mí y céntrate en tus estudios; cuando menos lo esperes, conocerás a esa persona especial, hermanita.

Gael besó mi frente y se alejó de mí, dejándome destrozada y humillada.

Varios días después, había una fiesta en el pueblo. Yo me había comprado un vestido nuevo, decidida a seducir a Gael. Sí, no me había rendido. Fue divertido bailar junto a él, Kali y Gin toda la noche. También me encantó jugar en la feria con Gael y cenar juntos. Muchas chicas le tenían el ojo encima, incluso mi amiga Lía; sin embargo, poco me importaba porque esa noche Gael solo tendría su atención en mí.

De un momento a otro, Gael desapareció. Así que me acerqué a Kali y a Gin para preguntarles por él.

—¿Han visto a Gael?

Ellos negaron al unísono. Estaban en su propio mundo de enamorados. Entorné los ojos cuando dejaron de prestarme atención y comenzaron a besarse. ¡Qué presumidos!

En fin, no contaba con ellos para encontrar a Gael, por lo que retomé la búsqueda por mi cuenta.

Me pasé parte de la fiesta buscándolo y, cuando ya estaba por rendirme, llegué a una parte solitaria donde comenzaba el bosque. Entonces, vi la escena más dolorosa de mi vida: Gael estaba acorralando a Lía contra un árbol robusto, mientras ella le rodeaba el cuello con sus brazos. Ambos se besaban con fiereza, como si quisieran tragarse el uno al otro.

Sentí como si el corazón me fuera traspasado por una lanza de dolor, y una ira incontrolable empezó a quemarme por dentro.

Iba a matar a esa maldita.

—¡Él es mío! —grité, mi voz distorsionada por la furia de mi loba, que me incitaba a derramar sangre.

Gael me sujetó las muñecas antes de que pudiera atacar a esa traidora, dándole tiempo a Lía de correr lejos. Como hija del alfa, mi fuerza era superior a la mayoría de los licántropos, por lo que a ella no le convenía enfrentarse a mí.

—¡Cálmate! —increpó Gael, con el ceño fruncido. Yo, por mi parte, no podía dejar de llorar. Me sentía como una imbécil en ese momento.

A mí no me besó, pero a ella casi la devoraba con los labios. Los celos me consumían de una manera que me hacía perder la cordura, pero no le daría el gusto a ese maldito.

—Me has roto el corazón, Gael —sollocé, desconsolada—. Pero ya he sido suficiente idiota delante de ti. Yo… de verdad creí que me amabas, pero en realidad me engañé a mí misma. Te dejaré en paz, Gael. Tú sigue revolcándote con cuantas malditas zorras se te ofrezcan. Yo, por mi parte, me buscaré a alguien que sea mejor que tú. ¡Gael, te odio!

No le di oportunidad de replicar. Por el contrario, me transformé en loba y me adentré en el bosque. Corrí en la oscuridad hasta llegar a un risco, allí, aullé mi dolor toda la noche.

Y así fue como una hermosa amistad llegó a su final.

Ahora evitamos cualquier tipo de contacto y ni siquiera nos dirigimos la palabra. A pesar de vivir bajo el mismo techo, pasaron meses sin vernos la cara. De esa manera han transcurrido los años.

Yo ya me gradué de mi carrera, pero me fui durante todo un año al territorio vulnerable para ayudar a los farmacéuticos de ese lugar. Año que ya está por terminar, por lo que debo regresar a la manada para aportar en la creación de fármacos para mi gente.

Aunque volver a ver a mi familia me reconforta, me da miedo reencontrarme con Gael. En especial, porque tendré que trabajar a su lado, puesto que él es quien lleva el inventario de la droguería principal de la manada.

Capítulo 2

 

Gia

Llego a la zona rural de una manada que hace poco se recuperó de una peste causada por el envenenamiento del agua potable con matalobos. Los cachorros del lugar, al reconocerme, corren en mi dirección con alegría.

Yo los ayudé en la elaboración de una cura, pero también cuidé a los afectados, asimismo, me encargué de alimentar y bañar a los cachorros de los padres convalecientes. Por suerte, esa peste no afectó a los niños porque se descubrió a tiempo; además, al ellos todavía no estar convertidos en lobos, el acónito no les afecta tanto como a los adultos.

—¡Tía! —Los cachorros corren detrás de mí entre risas y vociferaciones.

—¡Alcáncenme si pueden! —grito mientras tiro mi vestido amarillo al aire para convertirme en loba. Al cabo de unos segundos, los pequeños me siguen.

Tras correr junto a ellos en el campo, montarlos en mi regazo y bañarnos en el río, yo con mi forma de loba, regresamos a la junta principal de la manada, que es donde nos solemos encontrar todos para hacer actividades y reuniones. Cambio mi forma y me visto, mientras que los pequeños se dispersan.

Regreso a la manada cercana donde vivo junto a una compañera que me rentó una cabaña ubicada en su territorio. Ella me ha invitado a cenar a su casa esta noche y me preparó todo un festín como despedida, puesto que al día siguiente regresaré a mi hogar.

Después de cenar, me dirijo al patio a tomar aire fresco y a pensar en lo que será mi vida cuando regrese a la manada donde crecí.

—¿Nostálgica? —Mi compañera aparece detrás de mí de imprevisto. Miro el cielo con melancolía, deseando poder cambiar tantas cosas del pasado.

—Temo regresar —confieso.

—Lo sé. —Ella se sienta a mi lado—. Pero no puedes escapar por siempre. Solo espero que este año te haya servido para aclarar tus sentimientos.

Emito un suspiro sonoro. No sé si «aclarar» sea la palabra correcta, dado que siempre supe lo que sentía por Gael; el problema no es tener claro mis sentimientos, el asunto aquí es que no soy correspondida.

—No quiero que lo que creo sentir por Gael aflore en cuanto lo vea. Tampoco que haya tensión en la manada por nuestra causa. A veces deseo decirle a papá que me quedaré aquí o que haré mi vida como loba solitaria, pero el alfa me mataría.

—No serías loba solitaria, pertenecerías a nuestra manada.

Sonrío ante eso. Miro a su esposo, quien juega con los cachorros en el patio donde los faroles brillan en tonos coloridos. Me gustaría mucho encontrar a mi mate, de esa manera podría olvidarme de Gael y de la frustración de su rechazo.

—¿Es así como él dormirá a los cachorros? —Apunto hacia su esposo y los niños, quienes se persiguen entre risas.

—Amo a mi mate, pero a veces me dan ganas de matarlo —expresa ella con una sonrisa juguetona.

—Te entiendo. —Levanto las manos con expresión divertida.

—Deja ir a jalarlos por las orejas y a enviar a los cachorros a la cama.

La veo alejarse con los puños cerrados, preparando su postura de mamá peleona. No obstante, su esposo se la sube encima y empieza a correr con ella sobre su lomo, seguido por los dos niños. Son tan lindos que me da mucha envidia.

Cómo desearía tener algo así.

Gael…

Tenía tanta ilusión de que juntos formáramos una familia. Recuerdo que unidos éramos más fuertes y estoy segura de que podríamos liderar la manada muy bien con nuestras habilidades, pero él no me quiere. Por mi parte, ya no sé si lo mío sigue siendo enamoramiento o si se ha convertido en una simple frustración.  ¿Por qué no puedo superarlo?

En fin, sean mis sentimientos por Gael genuinos o no, debo olvidarlo.

***

La noche transcurre muy rápido y es reemplazada por una mañana soleada y de temperatura agradable. Termino de empacar mis pertenencias y de dejarle todo organizado a mi amiga aquí en la pieza que yo ocupé por todo un año.

Cuando salgo con mis maletas en manos, miro lo que fue mi hogar por última vez. Extrañaré mucho la paz de este sitio y el poder ver todos los días a mis pequeños y traviesos cachorros. También extrañaré a mis colegas y a los habitantes de las manadas, donde suelo hacer mis trabajos voluntarios.

—¡Te vamos a extrañar, tía! —vociferan los pequeños al unísono mientras se pegan a mis piernas.

—Yo también los voy a extrañar. —Me agacho al nivel de ellos y les reparto besos y mimos.

Es lindo que los niños de toda la manada hayan venido a despedirme, al igual que algunos colegas y habitantes. Ellos me dan regalos y comidas, también me agradecen por mi trabajo aquí.

Son tan lindos…

—¿Vendrás a visitarnos pronto? —pregunta uno de los niños, con ojitos llorones.

—¡Por supuesto! —aseguro, aunque no sé si pueda cumplir mi palabra.

Me subo al vehículo del líder, quien me llevará a la estación de tren. Estoy muy lejos de casa, así que me tomará toda la mañana llegar a mi manada.

Tras varias horas de viaje, el tren anuncia la llegada a mi región. A medida en que hago los trámites para salir, el corazón me late muy fuerte por la anticipación de lo que me espera.

Una vez afuera de la estación, visualizo que la camioneta de Gael vine hacia mí y se detiene a la orilla de la acera.

No puede ser…

Creí que sería Kali o alguna otra persona de la manada quien vendría a recogerme. El nerviosismo empieza a hacer efecto en mi cuerpo cuando el rostro conocido de mi primer amor busca por los alrededores. Él sonríe desde que nota mi presencia; yo, en cambio, no sé cómo reaccionar.

Parpadeo varias veces para asegurarme de que mi imaginación no me esté jugando una mala broma, pero la figura imponente de Gael se hace cada vez más clara.

¡Dios! ¿Cómo es que puede ser tan atractivo? ¿Soy yo o está mejor de lo que recuerdo?

Su cuerpo siempre ha sido musculoso, pero ahora está más ancho y grande. Su remera blanca se le pega al torso, como si fuera una segunda piel, resaltando la firmeza y el atractivo de su figura.

Un pantalón de mezclilla con varios rotos en la rodilla y parte del muslo le da un estilo casual, al tiempo en que resalta esas gruesas y duras piernas. El arcillo plateado que ha llevado en su oreja derecha desde niño, y que según mi criterio debe tener algún significado en cuanto su origen, le da un aire rebelde.

Me atrevo a mirarlo por un lacónico segundo, donde aprecio de forma rápida sus ojos dorados como el oro, que resaltan al tener ese brillo especial que no logro descifrar, pero que me hace estremecer; asimismo, su cabello lacio y negro luce más abundante y largo, tanto, que lleva una coleta al descuidado que termina por debajo de sus costillas.

Este hombre es puro arte, con razón me pone de todos los colores. Es que Gael es la imagen viva de las fantasías de cualquier mujer. Y, aunque así suelen ser los lobos: gruesos, musculosos y muy varoniles; he de admitir que Gael sobresale. Él es…

«Deja de babear, estás siendo muy obvia», me dice mi parte lobuna, quien siente rencor por Gael desde la noche que lo encontré besándose con quien fue mi mejor amiga.

—Creí que Kali o papá vendrían a buscarme —comento, incómoda.

—Kali está cuidando a su mujer, quien acaba de dar a luz a su cuarto cachorro hoy mismo. En cuanto al alfa, él anda ocupado en sus negocios —me explica mientras me mira de esa manera tan intensa a la que no le encuentro las palabras correctas para describir, pero que, por alguna extraña razón, me pone muy nerviosa.

Capítulo 3

Gia

El suelo se siente como gelatina debajo de mis pies, por lo que caminar se me dificulta. No quiero que Gael note mi nerviosismo, pero ¿cómo disimular este remolino de emociones?

A pesar de todo lo que ha sucedido entre nosotros, aprecio mucho a Gael. Él siempre me protegió, me brindó su amistad y me enseñó casi todo lo que sé. Estar tan distante de él me duele, no solo por mi enamoramiento, también por lo que éramos antes de mi confesión.

Gael sube mis maletas en el baúl en pleno mutismo, entonces se apresura a abrirme la puerta del copiloto. La tensión se siente en el aire, pero también los nervios, puesto que ninguno de los dos sabe cómo abordar al otro.

Me subo al vehículo con gestos tímidos y evito mirarlo, en su lugar, decanto en poner mi atención en el cristal de la puerta. Sé que debo superar este asunto y tratar, por lo menos, de que no haya tensión entre nosotros; sin embargo, la realidad es que no sé cómo actuar delante de él.

Me encojo en mi lugar al sentirme escudriñada por Gael, por tal razón, me pego a la ventana de una forma ridícula, con la intención de estar lo más lejos posible de él, pero también protegerme de su mirada intensa.

—Estás muy callada —comenta, después de que pone en marcha el vehículo.

Minutos más tarde, logro entretener la vista con el paisaje y es cuando dejo salir todo el aire que he retenido de forma involuntaria. Miro a través del cristal como si mi vida dependiera de ello e ignoro por completo el comentario de Gael. Lo menos que necesito ahora —aunque quiero— es conversar con él.

Gael pone música como un intento desesperado de menguar la tensión, mas no creo que eso sea suficiente.

Trato de quedarme dormida debido a que siento que me asfixio aquí adentro a solas con él; no obstante, estoy tan ansiosa y nerviosa que no logro conciliar el sueño.

Tampoco es que el viaje sea tan largo. A media carretera, Gael baja la música y mira en mi dirección. Trago pesado al sentirme descubierta, puesto que había aprovechado que él enfocaba su atención en el camino para mirarlo, pero como la gran tonta que soy, me quedé embelesada observándolo.

—¿Todo bien? —Lo veo titubear, no obstante, continúa—: Escucha, sé que las cosas entre nosotros estuvieron tensas por un tiempo y que ya no somos los grandes amigos que fuimos en el pasado; pero no dejemos que esa tensión se extienda a nuestro trabajo juntos. Además, extraño a mi hermanita.

Quiero morirme; de verdad, deseo que caiga un meteorito y me aplaste.

Pese a que Gael me dejó claro que él no me amaba de la misma manera que yo a él y, que me fui por todo un año para olvidarme de él, así también, superar mi dolor; o tal vez, solo quise huir; la palabra “hermanita” es lo que menos quiero escuchar por parte de este imbécil.

—Te lo dije una vez y te lo vuelvo a repetir: Yo soy hija única, así que no tengo hermanos. Por favor, ahórrate la hipocresía y la lástima. No necesito que seas amable conmigo ni que invoques un pasado que es solo eso. No vuelvas a llamarme así. ¿Quieres acabar con la tensión entre nosotros para que no afecte en nuestro trabajo y convivencia en la manada? Entonces, llámame Gia. Para eso me pusieron un nombre, para ser llamada por este.

—¡Vaya! Perdón por ser amable. Tampoco es para que desplayes tu humor de loba amargada en mi contra.

Imbécil.

—No me interesa tu amabilidad —mascullo, cruzando los brazos.

—Eres muy injusta. ¿Hasta cuándo me tratarás como si fuera tu enemigo? Ni que estuviera obligado a corresponderte.

Bien, eso sí me dolió. ¿Quién se cree este imbécil que es?

—Bájate de tu nube y no seas creído. Ya no me interesas, ni siquiera eres mi tipo. A veces me pregunto cómo pude estar tan ciega en creer que tenía sentimientos por ti. Si por mi estupidez adolescente mi presencia te hace sentir incómodo, no tienes por qué cohibirte frente a mí, puesto que ya no me gustas.

» A decir verdad, solo me encapriché contigo, pero muy pronto descubrí que eres poca cosa para mí. Que no se te olvide que yo soy la hija del alfa y, como tal, me casaré con un alfa de su propia manada que esté a mi nivel, ya que tú nunca lo estarás.

Bien, creo que exageré esta vez. No suelo humillar a las personas, pero el dolor que sentí aquel día que vi a Gael en brazos de otra, a quien también defendió, no se compara con herirle un poco el ego a él. Aunque me siento un monstruo asqueroso por haber dicho todo eso.

Gael asiente con tristeza y enfoca su mirada en la carretera. Si antes había tensión entre nosotros, ahora este pequeño espacio se ha tornado asfixiante.

Evito con todas mis fuerzas mirar a Gael, quien ha subido el volumen otra vez. Percibir el dolor que mis palabras le provocaron, hace que me sienta una persona horrible. Todo por dejarme llevar por mi frustración. Me siento tan culpable por haber dicho lo que dije, ¿por qué tengo que ser tan tonta?

¿Y si le pido disculpas?

Tampoco voy a inflar su ego.

Después de una hora, el logo de la manada nos da la bienvenida. Es un letrero grande que se yergue en el aire. Unos portones enormes se abren, dándole paso a la camioneta de papá.

Gael maneja por todo el pueblo y una sensación de nostalgia me invade de repente. Rememoro mi niñez junto a Kali y Gael, corriendo por los pequeños parques y en las plazas, yendo al mercado con mamá o comprando ropa con papá.

A veces me gustaría regresar al pasado cuando me dormía junto a Gael porque tenía miedo, o cuando me caía y él me abrazaba para darme consuelo; o cuando él me preparaba chocolate caliente en invierno y también cuando nos íbamos a bañar al río en tiempo de calor. Gael tiene razón, deberíamos reconciliarnos, pero temo tanto a que mis sentimientos se salgan de control.

No, es mejor estar distanciados.

«Yo lamento haberte hecho daño, preciosa Gia; de verdad no fue mi intención».

Vínculo…

«No lo has hecho. No te creas tanto».

«Por lo menos disimulemos frente a los demás. No arruinemos los ánimos de tu familia».

Esbozo un suspiro y asiento en acuerdo.

—Estás en casa, Gia —anuncia Gael con una sonrisa que me hace temblar las piernas.

Vaya, vaya…

Miro en dirección a la enorme y lujosa casa frente a mí, y aprieto mis manos contra la tela de mi camisa de rayas. Bien, es hora de dejar el pasado atrás y empezar de nuevo. Es tiempo de enfrentar que Gael nunca será para mí y aprender a vivir con ello.


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