Clara
Los hombres que vienen con él y traen la carga empiezan a bajar todo, y me sorprendo de que no solo compró un sofá con sillones nuevos; también hay sillas, una mecedora y hasta una hamaca.
¿Es en serio? ¿Por qué me trajo tantas cosas?
—¿Dónde ponemos esto? —pregunta alguien.
Me giro hacia la persona que ha hablado. Trae varias bolsas de provisiones. Es comida de todo tipo, y mucha.
Mi corazón palpita emocionado, pero también me da un poco de vergüenza, porque es obvio que notó mi necesidad.
No logro poner lo que siento en palabras. Es un poco de incomodidad, pero también nerviosismo y, al mismo tiempo, una sensación de cuidado, de protección, de alegría, de sentirme valorada y mimada por alguien.
Pero ese alguien también es mi mate, lo que lo hace más especial y significativo, aunque al mismo tiempo más doloroso, porque nuestra relación es complicada. Si es que podría llamar a esto una relación.
Suelto un largo suspiro y aprieto los puños, conteniendo el bochorno. Luego me relamo los labios y trago saliva, pues siento la garganta reseca.
—Es por aquí —le indico al hombre, y este me sigue hacia la cocina.
Cuando empieza a poner todas las bolsas sobre la mesa, abro los ojos ante tanta comida cara y deliciosa que hay allí, pero también por la cantidad. Él sale y me deja sola mientras voy sacando cada cosa, pero la sorpresa continúa.
Mi asombro es mayor cuando lo veo entrar con más bolsas.
—¿Todo esto? —le pregunto.
Él sonríe, divertido.
—Claro que sí. Y falta más —me advierte—. ¿Está segura de que tiene dónde guardar todo?
Resoplo y me abrazo a mí misma.
—Bueno, dejo esto por acá —añade, coloca las provisiones encima de la alacena y vuelve a salir.
Entonces entra Garthor, pero se queda en el umbral de la puerta de la cocina, observándome.
—¿Es suficiente? —me pregunta.
Quiero reír ante esa pregunta, puesto que ha exagerado bastante.
—¿Acaso crees que vivo con un pueblo aquí? ¿Cómo comeré todo esto? —le digo—. Se podría dañar antes de que pudiera terminarlo —razono.
—Si lo guardas bien, no se dañará.
—No creo que quepa en mi refrigerador —señalo el mío, que es pequeño.
En ese momento entra alguien. Bueno, dos o tres personas, y traen un refrigerador que es el triple del tamaño del mío.
Me tapo la boca por la sorpresa, sin poder disimular mi fascinación, mi asombro, pero también lo extraño que me parece todo esto.
¿Por qué el gamma de gammas me estaría regalando tanta comida, como si me estuviera proveyendo para más de un mes? También me compró muebles y otras cosas que no pude identificar porque todavía están empacadas.
Aprecio su generosidad; no obstante, me parece que es demasiado y un poco imprudente o fuera de lugar. Soy una mujer que vive sola, y esto podría dar pie a malentendidos.
Aunque ¿quién podría saber lo que está ocurriendo? Yo vivo apartada de todos, y estoy segura de que él no le ha hablado a nadie de mí.
¿Y si lo ha hecho?
Entonces, ¿qué significa que me haya comprado todo lo que necesito para la casa? ¿Acaso es su manera de decirme que acepta nuestro lazo?
Mi corazón quiere emocionarse e ilusionarse, pero mi mente no se lo permite. No quiero que me vuelvan a romper el corazón, y él no me ha dejado claro todavía si ha aceptado nuestro vínculo, aunque sus acciones hablan por sí solas.
Sin embargo, no voy a asumir nada hasta que él converse conmigo sobre ese asunto.
Después de que los hombres descargan los paquetes, se marchan. Entonces quedamos los dos aquí, solos. Hay un silencio un poco incómodo, en el que me siento muy tímida y no sé siquiera qué decir.
Él se aclara la garganta y me toma de la mano; luego me lleva hasta la sala.
—¿Te gustó? —me pregunta, y su mirada cae sobre el mueble nuevo.
Asiento sin poder evitar que mi boca forme una sonrisa.
—Me encanta, está hermoso —le contesto.
—Y es muy cómodo —añade él, y me jala hacia el sofá—. Ven, siéntate.
Imito su acción, pues él ya se ha tirado en el mueble, y de inmediato siento la suavidad acolchada. Sonrío porque me encanta cómo se siente. Está calientito y muy cómodo.
—Gracias —expreso, un poco tímida.
Él niega con la cabeza y se relame los labios. No puedo evitar que mi mirada se pierda en su boca, rosada y húmeda, tan apetecible.
¡Basta! ¿Qué estoy pensando?
El ambiente se torna raro.
Nuestras miradas se encuentran.
Pasan los segundos, quizá minutos, y nos quedamos así, en silencio, solo contemplándonos el uno al otro, sin decir nada de lo que queremos expresar.
O, por lo menos yo, que quiero decirle tantas cosas y hacerle preguntas, quitarme esta duda e incertidumbre que me consumen por dentro, entender en qué posición estoy, si significo algo de verdad y por qué hace todo esto por mí.
Siento que el pecho se me oprime.
Bajo la cabeza, pues no quiero que note mi tristeza, lo mucho que me afecta su silencio, que no me diga si me va a rechazar o me va a aceptar.
Que me trate solo como a una amiga…
—¿Estás bien? Esperaba que estuvieras feliz, no triste.
Hay preocupación en la forma en que me aborda, lo que me da a entender que mi cambio de humor ha sido muy notorio.
Soy tan patética…
—Estoy bien —le respondo—. Muchas gracias, pero esto fue demasiado, exageraste —desvío la conversación para que él no indague en lo que me molesta.
—¿Exageré? Tú me salvaste la vida. Me cuidaste, te sacrificaste por mí. Tuviste que padecer incomodidades por mi culpa. Esto es poco, te debo mucho más… te debo mi vida —me dice con tanta ternura que siento que el corazón se me derrite.
—Te dije que estamos a mano —le respondo, mordaz—. Tú también me salvaste a mí. ¿Acaso lo olvidaste? Fue así como nos conocimos… —añado, y al instante me arrepiento.
¿Por qué lo mencioné?
Clavo los dientes en mi labio inferior y no sé si estoy imaginando cosas, pero me parece que me está observando profundamente.
Entonces lo miro para confirmarlo, y mi corazón palpita con fuerza al ver el brillo en sus ojos, el deseo que no puede disimular y que me pone temblorosa.
Trago saliva, porque siento que la boca se me llena, como si estuviera deseosa de probar sus labios, de conocer su sabor.
—Yo… —susurra.
Me preparo para lo que sea que tenga que decir.
Clavo las uñas en el interior de mis manos para controlar los temblores y espero, ansiosa, su decisión final. ¿Será de eso que hablará?
—Yo no tengo que pagarte nada… —dice al fin—. Pero bueno, si quieres que estemos a mano, ya lo estamos. Considera esto un regalo, entonces.
—¿Por qué me regalas cosas? —le pregunto.
Hace una pausa, mira el techo y luego responde:
—Porque eres especial.
Su respuesta me deja helada. Entonces siento puro temor, lo que es contradictorio.
Debería estar feliz y aliviada, no aterrorizada de que dé ese paso que tanto anhelo.
¿Acaso se confesará? ¿Hablará de nuestro lazo? ¿Soy especial en qué sentido? ¿Por qué no puedo preguntarle? ¿Por qué siento como si algo se apagara dentro de mí? ¿Qué es esta prisión que me impide ser sincera con él?
¿Por qué no puedo enfrentarlo? ¿Qué es lo que me detiene?
Me agarro de la tela de mi vestido; luego me aferro a esta con fuerza, a la espera de lo que sea que dirá.
—Somos como amigos, ¿cierto? —dice él, tras una larga pausa.
Y mi ilusión se rompe en mil pedazos.
—Amigos… —pronuncio, dejando escapar un suspiro.
—Sí, somos amigos. Si quieres, quedamos así.
Asiento sin responder mientras lucho contra las lágrimas.
Hay una tensión asfixiante.
Me levanto del mueble, acongojada, deseando huir de este dolor.
Amigos… eso es todo lo que seremos. ¿Acaso no merezco ser más?
De repente, una idea me tortura, algo que no me había cuestionado aún. Quizá así todo tenga sentido y su rechazo podría estar justificado.
Me giro y noto que ya se ha levantado del sofá.
—Por casualidad, ¿tienes pareja? ¿Ya amas a alguien más? —le pregunto, sin rodeos.
El aire se torna pesado y sus ojos se agrandan, pues no se esperaba una pregunta tan directa.
No me responde.
Su mirada se oscurece y su semblante se torna pálido. Entonces da varios pasos hacia mí, pero retrocede.
—Tengo sed, ¿me das un poco de agua? —cambia el tema de forma ridícula.
Mis ojos se llenan de lágrimas, pero contengo mis ganas de llorar, así que solo asiento y camino en dirección a la cocina, sintiéndome tonta y pequeña.
¿Será este mi castigo por haber deseado al mate de otra en el pasado?
No hace falta indagar más, pues su omisión dice más que mil palabras.
Y duele, cómo duele.




