Clara
Un escalofrío me recorre de pies a cabeza y varias oleadas temblorosas me sacuden el cuerpo. Mi corazón late con intensidad y mi respiración está descontrolada, al punto de que tengo la boca abierta solo para poder tomar aire, pues sus labios están rozando los míos y estoy receptiva a su beso.
—Garthor… —balbuceo, temerosa de lo que puede ocurrir, de cruzar esta línea peligrosa.
Pero él invade mi boca con deseo, con anhelo, como si lo hubiese reprimido por mucho tiempo y hasta ahora explotara.
Aunque mis labios tiemblan, al igual que mis manos, y siento que me voy a morir debido a un colapso, le sigo el ritmo y disfruto del sabor de su boca por primera vez.
Y vaya, es tan delicioso.
Su saliva humedece mi sed y su suave aliento fresco inunda el mío, hasta que su lengua traviesa cosquillea la mía.
Le correspondo el jugueteo sensual y me dejo llevar. Es un beso cargado de sentimientos, de emociones, de añoranzas. Un beso como nunca me lo habían dado antes. Un beso que nos une no solamente en lo físico, sino también en el alma.
No puedo evitar que varias lágrimas de felicidad me rueden por las sienes.
Mi corazón late a la par del suyo; puedo sentirlo. Nuestras respiraciones se aceleran. Mis dedos buscan su cabello, lo acarician, y nuestros besos se intensifican. Me pierdo en la exquisitez de cada instante, en la felicidad que me inunda.
Esto es maravilloso.
Sus labios juegan con los míos; su lengua me recorre por dentro y luego regresa, provocando la mía, que lo espera ansiosa. Nos besamos como si tuviéramos total confianza, como si fuera natural, como si nuestro lazo ya hubiera sido hablado y formalizado.
Me dejo llevar, pero pronto el contacto se rompe porque Garthor se separa de mí de golpe, como si en ese instante se diera cuenta de lo que ha hecho, y se incorpora en silencio.
Yo me quedo agitada; mi pecho sube y baja de forma muy rápida y hasta tengo que abrir la boca para poder respirar sin asfixiarme.
De repente me inunda la duda porque no veo nada bonito en su rostro. Sin embargo, no le digo nada, ni le pregunto ni le reclamo. Me quedo congelada, incapaz de buscar una respuesta o una explicación, con el corazón roto y desesperanzada.
Me humedezco los labios; todavía su sabor está aquí, en mi boca, y el cosquilleo me recuerda lo que acabamos de hacer.
Aprieto los puños y suelto un último suspiro.
—Tenemos que buscar esas frutas —le digo.
Él asiente.
Continuamos como si nada hubiese ocurrido, como si minutos antes no estuviéramos besándonos con fiereza.
Vamos a los árboles. Él los trepa y lanza los primeros frutos. Yo los recojo, sumida en mis pensamientos, analizando la situación: lo que significa nuestra relación, los silencios, lo que omitimos, lo que no nos atrevemos a enfrentar.
No entiendo qué sucede. Esto es tan extraño. Siempre había visto que los compañeros destinados se encuentran, se reclaman y se marcan. ¿Por qué conmigo todo tiene que ser tan complicado?
—¿Te gusta el pastel de mango? —le pregunto de la nada, captando su atención.
Él asiente y sus labios tensos muestran una pequeña sonrisa.
—De hecho, el pastel de mango es mi favorito —dice.
Y eso me emociona.
—Pues haremos uno hoy. Ven, por acá hay unos mangos que son excelentes para la mermelada —le guío, entusiasmada.
Él se tira del árbol y camina detrás de mí.
Yo avanzo rápido, disimulando las emociones que me embargan. No quiero presionarlo ni mostrarme desesperada.
Aun así, es difícil lidiar con la incertidumbre que nuestra relación provoca. Sin embargo, dejaré que fluya, que todo nazca de forma natural. Le daré tiempo para decidir lo que quiere, para que me escoja…
No tengo otra opción.
—Mira estos, ¿ves? Así como se ven, así de dulces son —le comento.
Son mangos grandes, rojos, con partes naranjas y amarillas. Son muy deliciosos; incluso su olor es tan potente que el ambiente está lleno de ese dulce aroma.
Ambos trepamos el árbol esta vez, y yo con la canasta en mano. Él sube un poco más arriba y me los va pasando; yo los voy poniendo dentro.
Pero uno en específico capta mi atención.
Ese me gustaría comérmelo.
Estiro las manos para alcanzarlo, pero sin abalanzarme mucho, pues si esfuerzo las ramas, esta podría romperse porque no es muy fuerte que digamos para soportar todo mi peso.
A pesar de haber extendido los brazos, todavía falta acercarme un poquito más.
Me ruedo un poco, segura de que lo lograré, y echo el cuerpo hacia delante. El corazón me late con fuerza cuando rozo la fruta, ya que me siento cerca de atraparlo.
Es un mango hermoso: rojo por debajo, naranja por arriba, grande, brillante; se ve tan dulce.
Me estiro un poco más y logro tocarlo. Casi voy a celebrar cuando escucho un crujido. Entonces entiendo que la rama se rompió.
—No puede ser —digo.
De inmediato, empiezo a caer.
Aprieto el mango para que se vaya conmigo. Mi intención es convertirme en loba para no hacerme daño. No obstante, antes de poder reaccionar, soy atrapada por Garthor, quien ha saltado en mi dirección y evita la caída. Él aterriza conmigo cargada y me observa como si yo fuera una niña traviesa.
—¿Qué crees que haces? —interpela, un poco divertido—. Eso fue peligroso, lobita.
Me da un beso en la nariz y siento que el corazón me da un salto.
No puedo responderle en este momento porque estoy demasiado impactada. La manera en que él me está tratando es como a una pareja, como si lo nuestro ya estuviera definido. ¿Será esta su forma de hacer las cosas? Entonces, ¿somos pareja?




