El alfa del río y la omega: Capítulo 7

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Lyra no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas, tampoco derramarlas. Para su fortuna, nadie estaba pendiente de ella, por lo que su llanto silencioso pasó desapercibido.

Lyra se secó el rostro con premura y bajó la mirada.

Exhaló un largo suspiro.

Debería aceptar que no era nadie para aquel alfa, pero su corazón sangraba del dolor y su loba quedó demasiado herida.

¿De verdad él no la reconoció? ¿Acaso la estaba ignorando a propósito?

No sabía cuál de las dos posibilidades le dolía más.

Por un leve momento, sintió autocompasión. ¿Por qué nadie la quería? Incluso sus padres la abandonaron. En el orfanato la trataban como basura y la sociedad le recordaba lo inservible que era.

Y cuando por fin alguien la miró más allá de su estatus y le dio un poco de afecto, resultó ser que solo la usó para calmar su celo, nada más.

«Tonta, ¿qué esperabas? Se trata del alfa, él nunca escogería a alguien como yo para ser su pareja. El simple hecho de pensarlo es ridículo», se regañó en sus pensamientos.

Cuando el alfa desapareció por las escaleras, los sirvientes empezaron a dispersarse para continuar con sus labores del día.

Lyra soltó un suspiro y fue al baño, pues necesitaba lavarse la cara. O quizás solo requería un momento en soledad.

Allí lloró un poco más. Su rostro en el espejo lucía pálido y los ojos se le hincharon.

—Tonta, ahora todos sabrán que estuviste llorando —dijo mientras se miraba a través del cristal—. Solo espero que no me hagan preguntas incómodas.

Tras calmarse, Lyra salió del baño y concentró su energía en trabajar; sin embargo, estar ocupada no evitaba que la imagen del alfa Kael inundara sus pensamientos.

—¿Estás bien? —la abordó Emilia, preocupada.

—Sí... —dudó un poco, luego forzó una sonrisa—. Solo estoy cansada.

—Trabajas demasiado, incluso lo que no te corresponde. Deberías usar tu día libre para salir. Es más, iremos de compras el fin de semana.

Lyra la observó ida.

—¿De compras?

—¡Claro! Debemos gastar el dinero que nos ganamos; si no, ¿cuál es el chiste?

Lyra se quedó pensativa. Ya había cobrado su primer salario en la mansión, pero no había gastado más que lo mínimo.

El día que le tocó ir al supermercado con otra sirvienta para suministrar una de las despensas, lo aprovechó para comprar artículos de uso personal, pero nada más. Así que, prácticamente, su dinero estaba intacto.

Emilia siguió planeando aquella salida como un gran acontecimiento, mientras que Lyra se perdía en sus pensamientos.

En su mente, los ojos avellanados del alfa se imponían, por más que ella evitara pensar en él.

***

Lyra estaba despolvando parte de la sala cuando una voz la dejó petrificada en su lugar.

Era él...

Percibió los pasos por las escaleras y el corazón le empezó a latir con ímpetu mientras el plumero temblaba en su mano.

El alfa no estaba solo; con él venía el beta Larius y ambos estaban sumidos en una conversación amena.

Lyra no se atrevió a voltear. Es más, no estaba segura de si estaba siquiera respirando.

Cuando ellos terminaron de bajar, hubo un silencio tenso. Lyra podía percibir las miradas sobre ella y juraría que la espalda le quemaba ante la intensidad con que presentía que los dos hombres la miraban.

O quizás solo era paranoia.

El alfa Kael mencionó algo sobre la oficina y Larius le respondió; entonces retomaron su charla y se alejaron hacia la salida.

Lyra soltó el aire retenido cuando se supo sola allí. Al instante, se llevó la mano al pecho e inhaló y exhaló varias veces para recuperar la compostura.

—¿Por qué me afecta tanto ese hombre? —soltó en un susurro y con tono de regaño.

Debía superarlo ya. No podría pasarse toda una vida siendo exaltada por su presencia, en especial si trabajaría para él.

Los encuentros eran inevitables.

—¡Qué nervios! —exclamó mientras se sacudía las manos.

Mientras tanto, Kael y Larius llegaron a la puerta y hubo un silencio repentino entre ellos.

—Por cierto —comentó Larius antes de abrir la puerta—, ¿qué te parece la nueva sirvienta?

Kael continuó caminando sin mirar atrás y Larius lo siguió hasta afuera.

—¿Qué sirvienta? —cuestionó Kael ante la pregunta rara del beta.

Larius soltó una pequeña risa.

—La que estaba en la sala.

Kael guardó silencio unos segundos.

—Ah.

—Es bonita —le dijo Larius, divertido.

Kael finalmente lo miró de reojo.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Nada. Solo hice un comentario.

—Entonces guárdatelo —cerró la conversación con tono brusco.

—Alguien está de mal humor —se burló Larius, malicioso, pero Kael lo ignoró por completo.

Simplemente, no tenía ganas de escuchar sus estupideces.

***

Después de que Lyra terminó sus labores, no salió de su habitación ni siquiera a cenar. Estaba tan tensa e impactada que ni apetito tenía. Estaba segura de que le sería imposible tragar bocado.

Intentó dormir, mas el sueño no la visitaba. Buscaba la manera de pensar en el itinerario del otro día o cualquier otra cosa; sin embargo, su mente regresaba a casi dos meses atrás, cuando le entregó su virginidad al alfa de Norven.

Si le contara aquello a alguien, se burlarían de ella. Nadie creería que un hombre como el alfa se rebajaría tanto.

Lyra suspiró. De repente, tuvo mucha sed.

—De todas maneras, no puedo dormir —pensó en voz alta, ante la decisión de ir a tomar agua en la cocina.

Con su bata de dormir larga y los pies descalzos para no hacer ruido, ella salió de su habitación. Ya era de madrugada, así que la mansión estaba en completa calma y oscuridad.

Ella caminó con cautela, usando su mirada de loba para poder moverse entre la penumbra sin problema.

Antes de tomar el pasillo que la llevaría a la cocina, escuchó un ruido que la espantó, entonces caminó en dirección a la sala para ver quién estaba allí.

Y se arrepintió cuando sus ojos se encontraron con una mirada avellana que casi brillaba en la oscuridad.

«Es él», pensó, asustada.

Podría jurar que el corazón le dejó de latir.

Lyra se mordió el labio inferior mientras lo observaba con nerviosismo e incredulidad.

El alfa Kael apenas llevaba un pantalón holgado puesto, dejando a la vista aquel torso musculoso que ella acarició mientras él la hacía suya. Y no pudo evitar revivir ese momento, pues sus ojos lucían tan fieros como aquella noche en la que él marcó su loba para siempre.

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El alfa del río y la omega

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