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La inquietud en el pecho le aumentaba cada vez más y, por más que intentó tranquilizarse, su lobo le insistía en que saliera de allí.
Con el corazón latiéndole con vehemencia, sudor frío en toda su piel y manos temblorosas, Kael salió de la oficina deprisa.
Corrió por las escaleras y luego tomó el pasillo que conducía al patio.
«Ella está en la mansión», le aseguró su lobo.
Kael agrandó los ojos al escucharlo y miró a su alrededor. Entonces, vislumbró a Elena dando órdenes a algunos sirvientes.
—¿Qué sucede? —indagó Kael.
Elena fingió preocupación.
—El día en que Lyra fue acusada de robo, ella desapareció —le explicó—. Ahora me han informado que sus pertenencias todavía se encuentran en la habitación y he intentado localizarla, pero no he podido. Al parecer, ella, temerosa de ser encerrada en el calabozo, huyó por el bosque. He organizado una búsqueda, alfa.
Kael se tensó aún más.
Hacía mucho tiempo que no sentía ese terror ahogante que le provocaba aquella impotencia maldita.
—¿Qué rayos estás diciendo? —profirió, a punto de perder la compostura.
Le daba terror imaginar a aquella chica en peligro, atormentada por un crimen que no cometió y sin un lugar donde ir.
Él apretó los puños y sus ojos se tornaron dorados.
Elena se espantó. Intentaba ocultar su nerviosismo, pero era difícil cuando veía la reacción del alfa. Ella sabía lo peligroso que podía llegar a ser enfrentarlo.
Elena sacudió esos pensamientos de su mente e intentó relajarse. Al fin y al cabo, Lyra era una sirvienta insignificante y ella era alguien importante en la vida de Kael.
Quizás su reacción se debía a la culpa de haber empezado con el malentendido al darle el pañuelo a la omega.
«Sí, es eso», se convenció a sí misma y continuó con su plan.
Elena siguió adelante con su montaje mientras Kael observaba a su alrededor e intentaba entender todo ese asunto que le parecía demasiado ambiguo.
Sentía mucha sospecha e inquietud.
Intentó calmarse de nuevo y restarle importancia; sin embargo, le era imposible sacarse de la cabeza la imagen de Lyra aterrorizada y huyendo.
Eso lo mortificaba y abrumaba a su lobo.
No sabía cómo sentirse respecto a esa situación porque, ¿en qué momento su parte salvaje hizo conexión con Lyra?
«¡Absurdo!», pensó.
Entonces, una imagen del pasado pasó rápido por su mente, pero fue tan borrosa que no le encontró sentido.
Percibió ese olor familiar, luego el contraste del río con su piel caliente. Aquel recuerdo fue tan vívido que por un momento creyó que había alucinado.
No obstante, ese aroma débil estaba en el aire, mezclado con otros olores. Kael olfateó varias veces y entonces su lobo se lo confirmó: era el olor de Lyra.
Él corrió bosque adentro, desesperado, con el pecho agitado y los ojos completamente dorados. Esto indicaba que su lobo era quien tenía el control en ese momento, aunque estuviese en su forma humana.
Las ramas de los árboles eran atravesadas por el cuerpo imponente y cada paso veloz dejaba un sonido crujiente en el suelo.
Mientras más se alejaba de la mansión, más fuerte se volvía el olor de Lyra.
Eso lo motivó a correr con más velocidad.
Cuando estuvo bastante alejado, a poca distancia visualizó a dos guardias que llevaban el uniforme de la mansión, lo que lo hizo fruncir el ceño.
Ellos se percataron de su presencia, se quedaron paralizados y sus rostros se pusieron pálidos al instante.
Eso le dio mala espina a Kael y su preocupación aumentó. No llegó a preguntarles qué hacían allí porque el cuerpo maltratado de Lyra, que yacía en el suelo, captó su atención.
Por un momento sintió que el corazón se le detuvo.
«No otra vez», pensó, aterrado.
Kael perdió todo el vestigio de raciocinio que le quedaba. Entonces, de imprevisto, se convirtió en un gran lobo negro y se lanzó contra los hombres.
Iba a matarlos. ¿Cómo se atrevieron a hacerle daño a ella?
Los ojos dorados de su lobo brillaban de pura ira y su deseo de derramar sangre se tornó incontrolable. Kael avanzó hacia ellos con mirada asesina y pasos amenazantes.
Los colmillos afilados sobresalían mientras él soltaba varios gruñidos que expresaban su intención: acabaría con ellos.
Los dos hombres empezaron a retroceder, temblorosos y asustados. Por un momento, sopesaron que el asunto de abandonar a la omega moribunda en el bosque fue una trampa de Elena para hundirlos.
—Al-alfa, no es lo que cree —tartamudeó uno.
El lobo de Kael miró hacia donde yacía Lyra, con la piel pálida y morada y sin signos de respiración.
Entonces la furia aumentó.
¿No era lo que él creía? ¿Esa era la excusa que le iban a dar esos imbéciles? Ellos se atrevieron a hacerle daño a una mujer inocente, así que pagarían las consecuencias.
Él no les dio tregua; se lanzó sobre ellos con odio y las garras afiladas para hacerlos sufrir.
Él le rasgó el estómago a uno y al otro, la garganta.
A quien degolló cayó sin vida al instante. No obstante, su cómplice se derrumbó herido al suelo y empezó a arrastrarse, pidiendo piedad.
«¿Piedad?», le habló Kael por medio del vínculo telepático, pues todavía mantenía su forma de lobo. «¿La tuvieron ustedes con ella?»
Y Kael lo imaginó. Lyra de seguro llorando y rogando por su vida, mientras ellos le daban una muerte horrible.
No lo soportó. Su lobo soltó un fuerte aullido que estremeció todo el bosque. Luego miró al guardia que todavía estaba vivo y con las manos sobre su estómago herido, y avanzó hacia él, listo para terminar de matarlo.
—¡Alfa, piedad! —gritó el guardia, pero su súplica solo enfureció más a Kael—. ¡No fue nuestra culpa! ¡Nosotros solo estábamos siguiendo órdenes!
Eso frenó al alfa con un escalofrío que le devolvió su forma humana, quedando completamente desnudo delante de su subordinado. —¿Órdenes? —demandó el alfa, con la voz temblorosa por la ira—. ¿De quién?


Ahora sí está bueno esto,que el guardia diga la verdad,