El alfa del río y la omega: Capítulo 21

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Emilia se acercó a Elena un poco temerosa. Había escuchado que Lyra había sido encontrada en un estado muy crítico y que el mismo alfa había llevado a su doctor privado para que la atendiera, pero nadie sabía si ya estaba bien y cuándo podría verla.

La angustia la estaba enloqueciendo.

Ella soltó un suspiro antes de acercarse al ama de llaves, pues aquel día lucía más inaccesible e irritable que nunca. Aun así, juntó valentía y la abordó.

—Elena, ¿ha escuchado sobre el estado de salud de Lyra...? —inquirió casi en un susurro y con voz temblorosa.

La mirada amenazante del ama de llaves le provocó una pequeña agitación; sin embargo, se mantuvo compuesta, esperando alguna noticia.

—¿No le había dicho que dejara de indagar asuntos que no le competen? —profirió Elena con desdén—. Vaya a cumplir con sus labores y no vuelva a mencionarme el tema.

Emilia apretó los puños debido a la impotencia. Le parecía demasiado injusto que no le dieran noticias de Lyra. Eso la ponía sospechosa. ¿Acaso le habían hecho alguna barbaridad y lo estaban ocultando?

De momento, temió por su amiga.

—Con todo el respeto que se merece —empezó a hablar, con una mezcla de nerviosismo y firmeza—, pero no estoy incumpliendo con mi trabajo por preguntar por mi compañera de trabajo. Tampoco estoy pidiendo nada descabellado, solo información acerca de su estado. No obstante, negarme esa información sí puede ser una falta de su parte e incluso sospechoso. ¿Por qué mantienen en secreto el estado de su salud?

Elena se tensó.

No quería especulaciones sobre lo ocurrido con Lyra y de alguna forma verse involucrada, tampoco deseaba que la escandalosa reacción del alfa se regara por toda la mansión. Por nada del mundo diría que él la llevó a su casa privada en el bosque. No le daría tal poder a esa omega intrusa.

Elena soltó un largo suspiro y miró a Emilia con fingida preocupación.

—No se le está negando información, es solo que yo no tengo mucho por decir. Lo único que puedo aclararle, es que su amiga está siendo atendida fuera de la mansión, pues su estado de salud requiere una atención especial. En cuanto nos den nuevas noticias, le informo. Ahora vaya a trabajar.

Emilia no quedó satisfecha con esa respuesta y su preocupación solo aumentó. ¿Tan mal estaba que necesitaba una atención tan especial?

Las manos le temblaron y los ojos se le llenaron de lágrimas. Necesitaba ver a su amiga y comprobar por ella misma que esta estaba bien.

—¿Puedo ir a verla? —preguntó.

Elena suavizó la mirada y trató de sonar comprensiva, aunque la insistencia de la sirvienta solo la estaba irritando cada vez más.

—Lo siento, pero no se permiten visitas por ahora —concluyó.

Antes de que Emilia insistiera, Elena se alejó de ella y desapareció por el pasillo, dejando a la joven con un nudo en el pecho.

***

La noche ya había caído cuando Kael llegó a la casa. Una mujer vestida con ropas sencillas lo recibió sonriente.

—Alfa, le preparé algo de comer —le dijo con amabilidad.

Él asintió y se fue con ella hacia la cocina. El lugar no era lujoso como la mansión, pero sí elegante y acogedor. El buen gusto de su dueño se reflejaba en los ajuares, la decoración exquisita y el diseño campestre cálido.

La mujer le sirvió chocolate caliente a Kael y le puso varios trozos de pan en una canasta. Él sonrió complacido. Ella sí sabía lo que a él le gustaba, por eso era su confidente. Incluso más familiar que Elena, quien fue su nana.

Aunque a esta mujer la conoció durante su adolescencia, para él era como una madre, pues ella sí entendía sus preferencias y conocía la faceta sencilla de él que los demás ignoraban.

—Ya la joven ha sido ubicada en su habitación, alfa. Me aseguré de que el suero estuviera bien puesto y de vestirla con ropas frescas.

Hubo un extraño silencio.

Kael ya sabía que a ella le picaba la lengua por preguntar.

Fastidiado por su mirada inquisitiva, Kael soltó un suspiro y la encaró.

—Vamos, pregunta lo que quieras y deja de mirarme así. Me tensas —refunfuñó él mientras hundía un pedazo de pan dentro de la bebida caliente.

La mujer soltó una risita.

—¿De dónde sacaste a esta chica? El alfa tiene buen gusto siempre. Tenía mucho que no veía una belleza tan exótica.

Él entendió la alusión.

Su difunta pareja era considerada una hermosura y de verdad lo era, pero Lyra era más peculiar aún: rubia, de ojos azules como el cielo y con la piel más clara que las personas de Norven. Para ellos, alguien así era exótico, ya que los rubios eran poco comunes en aquella manada.

Kael soltó un largo suspiro. Le fastidiaba la comparación, pues sentía que, de alguna manera, estaba traicionando a la mujer que amó más que a sí mismo.

—Deja de decir tonterías, no es lo que estás pensando —gruñó—. No tengo esos sentimientos por Lyra ni por nadie. Es solo que me dio lástima su estado. Solo la ayudo por generosidad, nada más.

La mirada que le dedicó la mujer lo hizo sentir confrontado.

—Sí, claro —se burló ella—. Porque es muy común que el alfa traiga mujeres heridas a su casa privada, las acueste en su cama y use su cuerpo para darles calor. Nuestro alfa es todo un héroe nacional —dijo con sarcasmo.

Kael apretó el pan que tenía en la mano.

—Tan insolente como siempre, Susana —refunfuñó.

No se molestó en explicar nada, tampoco en advertirle que mantuviera el asunto en secreto, ya que no era necesario. Susana sabía cuándo callar, por eso solo confió en ella para ayudarlo con el cuidado de Lyra, mantener la casa limpia y cocinar durante su estancia allí.

—Ya me voy —le avisó ella—. Si me necesitas, solo llámame.

Kael asintió. Susana vivía cerca de allí con su pareja. Ya sus hijos eran adultos y cada uno se había unido a sus mujeres. Así que ella y el marido vivían solos.

Después de cenar, él lavó lo que ensució y se dio un baño largo.

Estaba nervioso.

Había dormido con su pareja varias veces, aunque todavía no habían hecho el rito de unión, pues eran muy jóvenes. Pero sabía lo que era el calor de una hembra y dormir junto a una persona.

No obstante, la ansiedad lo tenía demasiado inquieto y hasta con un leve malestar, como si fuera la primera vez que estaría en la misma cama con una mujer.

Él cerró los ojos y trató de pensar en otra cosa; sin embargo, a su mente solo venía la imagen de Lyra y él en la cama, cuerpo con cuerpo.

Kael tragó saliva y soltó una mala palabra. Luego salió del baño y se puso un pantalón cómodo para dormir.

Pensó en vestirse con una camiseta, aunque odiaba dormir con una puesta, pero recordó que el calor directo era mejor, así que solo se dejó el pantalón.

Con pasos inseguros, él se acercó a la cama. Se quedó paralizado por unos segundos, observando a Lyra.

Había un portasuero a un lado de la cama, y en el brazo de la chica estaba insertada una vía intravenosa conectada al tubo que descendía desde la bolsa de suero.

—¿Por qué te siento tan familiar? —susurró, ido.

Todavía no podía quitarse esa sensación de que la había conocido antes, pero ¿dónde?

Kael se sentó en el borde de la cama y se apretó el cabello con las manos.

No entendía su comportamiento. Pese a que odiaba admitirlo, Susana tenía razón. Él no se habría tomado tantas molestias por nadie. ¿Qué había de diferente en Lyra? ¿Por qué ella lo afectaba tanto?

—¿En qué momento nuestros lobos se conectaron? No tiene sentido...

Él se relamió los labios y miró a la hermosa mujer que yacía sobre el colchón. Ella era tan distinta... tan hermosa e inocente.

—¿Eres real? —masculló. Los ojos le brillaban mientras observaba las facciones delicadas de la chica.

Recordó la última vez que la vio consciente y un punzón de dolor le atravesó el pecho.

Se preguntaba si las burlas de las demás sirvientas eran algo que ocurría muy a menudo, si alguien alguna vez se había atrevido a tratarla con menosprecio.

Era una omega, sí, sin educación e ingenua. Sin embargo, era tan hermosa, tan pura y con una mirada bondadosa que cautivaba. ¿Cómo alguien podría odiarla al punto de hacerle tanto daño?

Kael apretó los puños; otra vez la ira se apoderaba de él y el deseo de asesinar le nublaba un poco la razón.

Recordó que tenía que investigar ese asunto, pues percibía ciertas discrepancias en lo que le dijeron.

Él volvió a observar a Lyra y soltó un largo suspiro. Ya no iba a escapar más. Era momento de darle calor, aunque el terror lo apuñalaba con una ansiedad que le pedía que corriera.

¿A qué le temía?

Él se colocó con cuidado en la cama, todavía incapaz de acercarse a la chica. Todo el cuerpo le temblaba y el corazón le latía con ímpetu.

Tras inhalar y exhalar por varios segundos, él rompió la distancia entre sus cuerpos. Se colocó detrás de ella, en forma de cucharita, y al instante su calor empezó a cubrirla.

El aroma de la omega se sintió más exquisito así y su lobo empezó a alterarse de pura emoción.

Kael cayó en la tentación de olfatearla.

«¡Vaya! ¡Esto es maravilloso!», exclamó en su mente.

Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza, seguido por una calma que lo relajó. Entonces tuvo mucho sueño, como si hubiese tomado un somnífero.

Tenía mucho que no sentía esa paz, ese refugio y esa sensación de hogar que había perdido varios años atrás.

Se sentía tan bien que le dio miedo, pero aquel momento era tan dulce y agradable que quiso ser egoísta por un instante y olvidarse de sus culpas y autocastigo.

Necesitaba, por una vez en su vida, sentirse a salvo.

Le pareció ridículo, pues ella estaba inconsciente y él solo le daba su calor; sin embargo, aquel acto nada carnal le pareció más íntimo que la misma cópula y más satisfactorio que el reclamo que apenas podía recordar.

Por un leve momento, le pasó por la cabeza que aquella mujer a la que su mente no le daba un rostro podía ser Lyra, pues sus aromas eran bastante similares. No obstante, rio ante su fantasía.

¿Por qué quería que fuera ella? La respuesta lo asustaba más que el hecho de haber copulado con una extraña, a la que ni siquiera podía recordar.

Esa noche, el alfa durmió como no lo había hecho en mucho tiempo, sin pesadillas ni despertares nocturnos, tampoco luchando por un descanso que nunca llegaba. Todo rastro de culpa fue absorbido por el calor que desprendía la omega y que, de alguna forma absurda, lo sanaba en el alma. Era una locura que, en vez de él sentirse la cura, se viera como el paciente.

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El alfa del río y la omega

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