El alfa del río y la omega: Capítulo 8

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Lyra tragó saliva y apretó los puños con fuerza. Sus ojos no se apartaban de la firmeza del torso que la tenía deslumbrada.

Le gustaba ese macho, ¿para qué negarlo?

Y, aunque una relación entre ellos era prácticamente imposible, por lo menos se había dado el gusto de una noche con él meses atrás.

Pero ¡cuánto deseaba repetirlo!

«¿Qué estás pensando? Es el alfa», se reprendió en sus pensamientos.

La cara se le puso roja al instante, pero, para su fortuna, la oscuridad de la sala lo ocultaba bien.

—¿Qué haces merodeando a esta hora? —le preguntó Kael con esa autoridad que hacía estremecer a todos, y Lyra no era la excepción.

Y era la primera vez que él le hablaba directamente, pues ni siquiera cuando la hacía suya le dirigió palabra alguna.

Ella se agitó un poco, se mordió el labio inferior y se aclaró la garganta antes de responder. Aun así, tartamudeó:

—Yo-yo... —Exhaló un suspiro nervioso—. Tenía sed...

Kael se cruzó de brazos y la observó divertido.

—La cocina está hacia allá. —Señaló el pasillo.

Lyra no podía estar más avergonzada.

—Lo sé... —susurró, incapaz de sostenerle la mirada—. Escuché ruido y vine a inspeccionar.

—¿Inspeccionar? ¿Acaso eres guardia? Debes ser nueva aquí porque, por lo visto, no conoces ciertas reglas.

Lyra lo miró confundida.

—Nadie merodea los lugares que suelo frecuentar en la madrugada, eso incluye la sala. Los sirvientes deben mantenerse en su área o en la cocina si necesitan algo. La única excepción es que yo requiera su presencia —le explicó él.

Lyra asintió, muerta de la vergüenza. No recordaba esa regla ni tampoco la entendía. ¿Por qué el alfa se pasearía solo por la mansión en la madrugada?

Para ella no tenía ningún sentido.

—Entendido, alfa, le pido disculpas por mi ignorancia. No volverá a repetirse —le respondió con timidez.

Kael se quedó observándola más tiempo de lo prudente.

—Ya que estás despierta, prepárame un poco de té —le pidió.

Lyra se congeló al instante.

«¿Prepararle té al alfa? Eso no está dentro de mis obligaciones. Ni siquiera sé qué ingredientes le gustan», pensó aterrorizada.

—¿Por qué te quedas ahí? ¿Acaso no te he dado una orden? —le reclamó Kael, tan frío como un iceberg.

Ella asintió nerviosa y corrió hacia la cocina. Una vez allí, observó todo preocupada. Apenas entraba un poco de luz por la ventana, gracias a las lámparas del patio, pero, al no conocer dónde estaba cada cosa, se sentía perdida.

Decidió encender la luz para buscar lo que necesitase, pero, al dar un paso, tropezó con una silla.

—¡Auch! —chilló. Debido a la sorpresa del impacto, tropezó con su propio pie.

Lyra no llegó a caer, puesto que unos brazos fuertes la atraparon.

Ella miró hacia arriba y su corazón dio un salto cuando reparó en el rostro atractivo de Kael. Sentía que se moría.

Quizás era un sueño o una fantasía. ¿Cómo era posible que el alfa la estuviera sosteniendo?

No pudo evitar regresar al río. ¿Por qué le era tan fácil perderse en aquel recuerdo desvergonzado?

«¡Basta, Lyra! ¡No puedes recordar eso estando en los brazos del alfa!», se autorregañó.

—¿Estás bien? —inquirió Kael, rígido y un poco sofocado. ¿Por qué la cercanía con esa mujer lo exaltaba de esa manera indecorosa?

La alejó de sí, abrumado.

Lyra quería desaparecer por el bochorno.

—Lo-lo siento —tartamudeó, asustada.

Kael encendió la luz.

Lyra se quedó rígida al observarlo sin las limitaciones de la oscuridad.

Él era mucho más apuesto de lo que había visto. Sus labios carnosos y rosados resaltaban con la luz. A ella se le hizo agua la boca al recordar lo mucho que los besó aquella noche.

Y el deseo por volver a hacerlo se tornó insoportable.

Ella suspiró para calmar a su loba. No quería que el alfa oliera su anhelo. Eso sería demasiado vergonzoso.

Kael, por otro lado, apretó los dientes al olfatear el aroma dulce que invitaba a la cópula.

¿Acaso su sirvienta se había excitado con tan solo verlo? ¿Cómo se atrevía ella a desear a su alfa?

«Demasiado atrevida», pensó él mientras apretaba los puños.

Lyra notó un ligero brillo dorado en el alfa y tembló.

¿Y si él había notado su desliz? Estaba muerta...

—¿Te quedarás mirándome como pendeja? —Kael rompió el silencio—. Prepara el maldito té.

Lyra lo observó asombrada. Era la primera vez, después de esa noche en el río, por supuesto, que lo veía tan emocional. Era como si su vestimenta de frialdad e indiferencia se hubiera roto por unos segundos.

Luego, él suspiró y retomó la compostura.

—Ya no hagas nada, estoy seguro de que no tienes idea de cómo hacerlo —se retractó y salió de la cocina sin añadir nada más, dejando a Lyra confundida por su extraña actitud.

Kael avanzó por el pasillo con el ceño fruncido y una incomodidad desconocida. No entendía qué demonios acababa de suceder.

Aquella mujer apenas lo había mirado y su cuerpo había reaccionado de una manera que le resultaba irritante.

Se pasó una mano por el cabello y continuó caminando. Necesitaba dormir. Eso era todo.

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El alfa del río y la omega

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