El alfa del río y la omega: Capítulo 17

Elena lo observó con ojos bien abiertos y tensión en el rostro. Él la agarró desprevenida.

«¿Por qué el alfa quiere saber acerca de esa omega de esa forma tan inusual en él?», se preguntó a sí misma.

Ni siquiera se atrevía a pensar en la intensidad de su demanda, pues eso sería reconocer que esa intrusa era más importante de lo que debía ser.

—¿Perdón? No entiendo por quién está preguntando —dijo, tratando de ocultar su nerviosismo.

Su respuesta solo aumentó la ira de Kael.

—¿Te vas a hacer la pendeja ahora? —le reclamó él—. Eres el ama de llaves y no sabes el nombre de los empleados. Necesito que me aclares el asunto del robo y esa tontería de que Lyra está involucrada. ¿Por qué no me informaron lo que sucedió en mi propia casa?

Ver la indignación y la furia en la cara del alfa le causó puro terror a Elena, quien se llevó una mano al pecho y empezó a negar de forma efusiva.

—Alfa, mi trabajo es mantener el orden en la mansión y evitarle esos disgustos —se justificó ella—. Usted ya tiene demasiadas cargas sobre sus hombros para que también tenga que lidiar con estos asuntos.

Escucharla, más que conmoverlo, lo enfureció más. ¿Quién se creía ella que era para decidir qué debía él saber o no?

—¡Insolente! —gritó, con voz afilada y ruda—. ¡Esos asuntos son de mi casa! ¿Cómo osas ocultármelos? Yo no te pago para que te tomes atribuciones que no te pertenecen.

—Alfa, solo lo hice porque me preocupo por usted. Es mi deber mantener un lugar seguro…

—¡¿Cómo sucedió un robo en mi casa y ni siquiera hubo un reporte?! —la interrumpió, perdiendo la poca paciencia que le quedaba—. ¡Vaya seguridad la que ofreces! —espetó con sarcasmo.

—Alfa, perdone mi atrevimiento, no se repetirá. Pero fue sin mala intención —le rogó ella con ojos cristalizados.

Kael se pasó las manos por el cabello para lidiar con el enojo que lo tenía inquieto. Él miró a Elena y sintió un poco de culpa. Quizás ella solo quería protegerlo, aunque su método era erróneo.

Kael caminó en círculos varias veces y volvió a suspirar. Había estado dos días sintiéndose acosado con la propuesta del alfa Arthur y ahora tenía que enfrentarse a un robo.

Cuando estuvo más calmado, miró a Elena con un poco de indiferencia.

—¿Qué se robaron y cómo sucedió? —inquirió, serio.

Ella alzó la vista con firmeza y contestó:

—Le robaron un pañuelo, alfa.

Kael se quedó inmóvil por unos segundos, en los que trataba de entender aquella información.

—¿Un pañuelo? —inquirió, casi en un susurro. Quizás había entendido mal y necesitaba que Elena se lo confirmara.

Ella asintió demasiado segura.

—¿Me estás tomando el pelo o qué? —Su voz se alzó un poco—. ¿Me estás diciendo que todo el maldito misterio y el gran robo fue por un pañuelo?

El simple hecho de decirlo en voz alta le parecía ridículo.

Elena estaba lista para su explicación, pero él levantó la mano para que no hablara.

Todavía no entendía la relación de ese estúpido robo con Lyra, hasta que algo hizo clic en su cabeza.

Y lo recordó. Él le había regalado su pañuelo a ella cuando le propuso enseñarla a leer y escribir correctamente.

Kael suspiró. No entendía por qué se sintió aliviado de repente, pero, al mismo tiempo, sintió culpabilidad.

—¿Echaste a Lyra de la mansión por esa tontería? —inquirió, pues todavía necesitaba estar seguro de que eso había sucedido. 

—Claro, alfa. Esa sirvienta ladrona cometió un delito contra usted.

Escucharla llamarla de esa forma y con ese tono despectivo le hirvió la sangre.

—Ella no es ninguna ladrona —gruñó, y los dientes le rechinaron—. Yo le regalé el pañuelo.

Elena se quedó estupefacta. Entonces la omega había dicho la verdad. No podía aceptarlo. ¿Por qué el alfa Kael le daría algo suyo a esa aparecida insignificante?

Ella apretó los puños y contuvo las ganas de gritar.

«Por lo menos ya esa mujer está fuera de la vida del alfa», pensó.

Sin embargo, recordó un pequeño detalle que había pasado por alto y volvió a tensarse.

—¿Por qué tomas decisiones sin siquiera consultarme? —le reclamó Kael—. Ni te molestaste en averiguar el asunto del pañuelo; solo asumiste lo que te dio la gana y acusaste a una inocente de un crimen que no cometió. Me pregunto cuántas injusticias habrás cometido en mi casa —la acusó.

Elena empezó a negar, aterrada, y las lágrimas desbordaban de sus ojos rojizos.

—Solo cometí ese error porque no quería que fuera burlado en su propia casa, alfa. Le juro que no habíamos tenido un problema similar. Perdóneme, no volverá a suceder.

Kael se relajó un poco porque le dio pesar ver llorar a Elena. Ella siempre se había mostrado estoica y compuesta ante todos, por lo que verla tan arrepentida lo conmovió.

Él soltó un suspiro y la miró firme.

—Fuiste mi nana, así que eres cercana a mí; no obstante, eso no te libera de la responsabilidad de tus actos. Descontaré de tu sueldo los días que Lyra estuvo fuera y se lo pagaré, también, como retribución por el malentendido.

Elena se quedó perpleja. ¿De verdad le haría eso por una omega inservible? Quiso gritarle y reclamarle, pero no se atrevió. En su lugar, fingió una sonrisa y asintió.

—Haré lo que me pida, alfa. Al fin y al cabo, mi satisfacción es servirle.

Kael hizo una mueca de fastidio. Odiaba la manera en que ella lo adulaba.

—Otra cosa, reconocerás tu error y te disculparás con Lyra delante de todos. De la misma manera en que ensuciaste su nombre, lo limpiarás —sentenció Kael.

Elena agrandó los ojos en completo estupor.

«¿Disculparme con esa zarrapastrosa? ¡Jamás!», pensó, llena de disgusto.

Kael no le dio tregua siquiera para asimilar su nueva orden, pues sus ojos afilados se pusieron sobre ella, emanando autoridad.

—Encuentra a Lyra donde quiera que esté y tráela de vuelta a la mansión. Más te vale que esté aquí antes de mañana o pagarás las consecuencias de tu atropello. Sal de mi vista ahora.

Elena salió corriendo de la oficina, dejando a Kael con un sabor amargo en el paladar. Si él hubiese sabido que ese pañuelo le traería problemas a la pobre chica, jamás se lo habría dado.

Él soltó un largo suspiro. Debería estar más calmado al descubrir lo que sucedió en su mansión; sin embargo, había una inquietud en el pecho que lo tenía alterado, como si fuera un mal presentimiento.

Él agarró la taza de té, que ya estaba fría, y dio un sorbo, pero ni eso podía relajarlo.

Entretanto, Elena caminaba nerviosa de un lado a otro en su pequeña oficina.

Estaba aterrada. Bien podría ir por la omega y devolverle su puesto, pero esa estúpida todavía estaba herida en aquella choza, pues los guardias se pasaron con su castigo y ni siquiera su loba inútil pudo sanar las heridas por sí misma.

Estaba en problemas y no sabía cómo salir limpia de aquella situación.

Elena iba a buscar a los guardias cuando Emilia la interceptó. Ella había implorado por su amiga durante esos dos días y pedido que se le dijera a dónde la habían llevado, pero solo recibió amenazas.

—Elena, ¿ya aclaró con el alfa la situación de Lyra? —preguntó Emilia, angustiada.

Elena la miró con desdén e hizo una mueca.

—Vaya a encargarse de sus labores y deje de meter sus narices donde no la llaman, a menos que quiera perder su empleo.

Elena no le dio chance de refutar, pues siguió su camino.

Ella fue llevada a la choza donde tenían a Lyra oculta. Al verla, se espantó. La chica temblaba y balbuceaba incoherencias. Había un mal olor a sangre vieja, sudor y suciedad allí que le revolvió el estómago.

—¿Por qué no ha sanado? —inquirió, aunque sabía la respuesta. La loba de la omega era débil por naturaleza y, sin comida ni tratamiento, era difícil curarse por sí sola.

Estaba metida en un lío.

—A estas alturas, la omega necesitará más que tratamientos para recuperarse —le informó uno de los guardias.

—No diga más, debe haber otra forma —lo interrumpió, pues no quería escuchar lo obvio.

Y por eso odiaba tanto a los omegas. Eran débiles y dependientes, pero, al mismo tiempo, el mejor complemento para un alfa. Tan así que ambos sanaban cuerpo y alma con el calor del otro.

—Vamos a tirarla en el bosque y dejarla allí. Si tenemos suerte, morirá —propuso, frívola y decidida.

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