Capítulo 28
Con el pulso acelerado, la chica trataba de asimilar las palabras de la vieja mujer.
—Julia, no entiendo lo que me estás diciendo. —Ella temblaba ante lo que escuchaba.
—Se está utilizando la hacienda del señor Fraga para vender armas y sustancias tóxicas. Debes escapar de este lugar, ya que no es seguro para ti —le advirtió.
—Desde que mi padre murió, esto dejó de ser un lugar seguro, Julia.
—Sí, pero las cosas se complicaron. Se dice que tu padre no murió de forma natural, Samay. Él fue asesinado y te están inculpando a ti de su muerte. ¿Sabes lo que tu esposo te está obligando a firmar?
Sam abrió los ojos como si despertara de una pesadilla. Le dolía la cabeza y el vértigo no la dejaba incorporarse como debiera. Tocó su rostro y su velo no estaba.
—No te preocupes, solo el doctor y yo te hemos visto, y él es de mi entera confianza. —La voz de Arthur la reconfortó; sin embargo, estaba muy confundida. Lo último que recordaba era el dolor mezclado con ardor y el grito de Arthur.
—¿Qué sucedió? —se quejó al mover el brazo izquierdo, y fue cuando notó que estaba vendado.
—Los hombres de los Delton nos atacaron y, tanto tú como tres de mis hombres resultaron heridos. Estoy agradecido de que ninguno perdiese la vida y de que logramos escapar a tiempo. —Se acercó a ella y le acunó el rostro entre sus dos manos.
—¿Me desmayé por un disparo en el brazo? —comentó para buscar de qué hablar, pues su mirada penetrante la estaba incomodando.
—No fue por el disparo. Estabas muy débil y asustada. El doctor dijo que debes descansar y alimentarte bien; al parecer, no has comido como deberías no solo estos días que te perdiste, según él, desde antes. Siento no haber estado pendiente de tu falta de apetito.
—No tienes que estar pendiente de todo, Arthur. Disculpa por escapar como una cobarde, pero no soportaba ver el daño que mis omisiones te provocaron.
—Más daño me hace que huyas de mí. Perdón por no cumplir mi palabra y haber dudado de ti.
—Entonces leíste la carta. —Ella suspiró.
—No. Me sentí mal de cómo te había hablado y decidí buscarte, fue cuando encontré la carta y temí tanto que fui a comprobar que no me hayas dejado. Al enterarme de tu huida, me concentré en encontrarte y olvidé la carta, luego la busqué y nunca la encontré —explicó mientras le acariciaba las mejillas.
—No merezco tu amor, Arthur —sollozó avergonzada; Arthur, en cambio, la abrazó con delicadeza.
—No digas eso, yo te amo y punto. Solo lamento que no podamos estar juntos y que convertirte en mi esposa quede solo en mis sueños y fantasías. ¿Cómo saldremos de esta situación, hermosa?
—Daré la cara. Enfrentaré mis cargos —dijo decidida.
Arthur la sostuvo por los hombros con delicadeza.
—En un mundo perfecto eso sería lo más recomendable, pero en este caso debes ocultarte hasta que sepamos la verdad de todo este asunto. Sam, si vas con las autoridades a enfrentar unos cargos que no te corresponden será tu fin. Ese tipo se va a aprovechar para acusarte a ti de sus cochinadas y hasta podrían matarte porque él está en alianza con los Jones y Delton, y hacerte daño será su mejor estrategia para joderme a mí.
—¿Seguir oculta? ¿Qué ganaremos con eso?
—Tiempo y pruebas. Voy a contratar a los mejores abogados que tiene la capital y buscaré la manera de desenmascarar, no solo a Daniel White, también a los Delton y a los Jones.
—¿Cómo harás eso? Por cierto, ¿cómo supiste que huyo de la justicia?
—Corrección: No huyes de la justicia, huyes de la injusticia. En cuanto a cómo lo supe fue pura casualidad. Estaba investigando un caso que me llevó a la muerte de tu padre y entonces sospeché que Samay y tú podrían ser la misma persona.
—¿Insinúas que me investigaste? —Ella lo miró ofendida.
—Necesitaba saber de qué huías, puesto que he querido protegerte desde que noté que te dañaron. Pero ¿cómo hacerlo a ciegas?
—No es justo que te busques problemas por mi causa, ni siquiera estás obligado. —Ella le esquivó la mirada, mas él levantó su mentón para apreciar esos lindos ojos que siempre lo habían enloquecido.
—Tus problemas son mis problemas. Buscaré la manera de liberarte, Sam. También, haré hasta lo imposible para que algún día seas mi esposa. Te amo.
Él la besó en la frente y ella lo abrazó con fuerza.
***
—Recibí esta carta de una mujer celosa. Es la única explicación lógica. —Daniel analizaba el papel con recelo.
—A menos que sea una trampa —especuló el señor Jones.
—No parece serlo. La forma como se detalla la información me hace entender que no. Solo debemos saber cómo proceder, dado que yo quiero a mi mujer de vuelta.
—Pero ella es una prófuga, nos conviene más que sea culpada de tus estupideces y así podemos hacer nuestros negocios tranquilos —replicó Delton.
—No se preocupen. La justicia se soborna y se altera. Si en algún momento necesitamos culparla no solo por mis fechorías pasadas, también por las que ahora cometemos, tendré ese ‘as’ bajo la manga. Pero la quiero de vuelta, puesto que ella será la madre de mis hijos y mi señora.
»No la dejé de buscar en todo este tiempo. Después de que la hice mía y de enterarme que cargaba a mi hijo, no he podido olvidarla. La deseo tanto que quiero saciarme con ella. Además, será la excusa perfecta para deshacernos de Arthur Connovan. Es un delito que oculte a la mujer de otro hombre en su casa y que se revuelque con ella.
—Entonces, procedamos con tiempo —sugirió su cómplice—. Arthur es sabio, por lo tanto, es probable que ya esté ideando un plan para salirse con la suya y quedarse con tu mujer.
***
Habían transcurrido dos días desde que encontraron a Sam. Arthur se mantenía ocupado junto a Jacqueline y Samuel, investigando el caso que la inculpaba.
Arthur y ellos dos se dirigieron a la sala a recibir la visita que les fue anunciada y sus vellos se erizaron al ver a Daniel White en su casa.
—Seré directo y sin rodeos. Vine a buscar a mi esposa.
—No sé de qué hablas. —Arthur trató de controlar la rabia que invadía su ser.
La mirada de desprecio que le daba a Daniel era evidencia del odio que sentía por él. El simple hecho de imaginarlo haciéndole daño a Sam le hervía la sangre, asimismo, le daba ganas de golpearlo hasta desaparecerlo para siempre.
—No te hagas el idiota que no te queda. Dejémonos de formalidades e hipocresía. Ambos amamos a la misma mujer, la diferencia es que yo soy el esposo y tú el amante. Esto te va a costar, Connovan. Todos sabrán que no eres el tipo correcto que presume de buenos principios. Has cometido un delito y lo pagarás. Ahora, busca a mi mujer antes de que pierda la paciencia.
Ese fue el detonante que acabó con el razonamiento de Arthur, quien golpeó a Daniel, tomándolo desprevenido, y no le dio chance de reponerse. Arremetió contra él fuera de sí y sacaba toda la ira retenida.
Jacqueline y Nidia gritaban con reclamo a un entretenido Samuel, que solo miraba el espectáculo con una sonrisa de satisfacción, al ver la tunda que Arthur le estaba dando a Daniel.
—Jacqueline golpeó a Samuel en el hombro y este ni se inmutó, fue cuando ella decidió llamar a los trabajadores. Estos los separaron, pero Daniel profería todo tipo de injurias y amenazas.
—¡Te aprovechas porque vine solo! —espetó mientras escupía la sangre de su boca, y Nidia lo miró mal por haber ensuciado el piso—. Veamos cuanto te dura la sonrisa de victoria; pronto volveré a tener a mi mujer en mi cama y tú estarás en la cárcel.
Arthur lo mandó a sacar, pero un trabajador entró alterado a la sala.
—¡Señor Connovan!; las autoridades, los Delton y los Jones están en la entrada. Ellos tienen una orden para revisar la hacienda y buscar a una tal Samay Fraga.
Arthur se quedó helado. Daniel, en cambio, empezó a reír como loco. Por su parte, Jacqueline subió las escaleras con sigilo mientras Samuel y Arthur intercambiaban miradas.
Arthur salió de prisa y todos los de la sala lo siguieron. En un descuido dejó a Samuel a cargo y corrió de vuelta a la casa por otra entrada. Subió a la habitación de Sam y la encontró empacando con confusión junto a Jacqueline. Arthur se acercó a ella, quien se espantó al verle el rostro golpeado.
—¿Qué te pasó? —Acarició sus moretones. Él cerró los ojos ante aquella reconfortante caricia.
—¡Debes irte ya! Vinieron por ti, Sam. No entiendo cómo lo averiguaron tan rápido, ya que ese hombre ni siquiera sabía que estabas aquí, así que no concibo cómo se enteró.
Sam empezó a temblar de los nervios.
»No te alteres, amor. Me aseguraré de que nadie te toque. ¿Recuerdas el lugar de descanso? Tienes una llave y sabes a quien acudir. Cuando las aguas se calmen, te visitaré.
Sam agrandó los ojos al sentir su boca invadida por la de él, quien le había arrancado el velo con desesperación. Besarlo se sentía bien y ya lo había extrañado. Después de lo que sucedió en la fiesta, ellos no volvieron a tener ese tipo de cercanía.
Sus labios se quedaron con ansias de más y ella se aferró a su mirada café. Como respuesta, él le acarició el cabello y le colocó el velo de vuelta.
Por su parte, Jacqueline los admiraba con curiosidad, puesto que, si el amor lucía así, tal vez amar no era tan malo.
Arthur tomó las cosas de Sam y se la llevó a rastras por el pasillo, entonces salieron por detrás donde tres caballos ya estaban preparados.
—Ramón te dejará cerca del bosque junto a Jacqueline y seguirás sola hasta donde ya sabes. —La abrazó—. No quiero que nadie sepa dónde está ubicado nuestro lugar secreto, por eso Jacqueline se asegurará de que Ramón regrese con ella cuando estés fuera de peligro para continuar el camino tú sola. Después de instalarte, visita a los Goodman, ellos sabrán qué hacer —le susurró lo último en el oído.
De repente, un gran escándalo y gritos se escucharon desde la parte delantera de la hacienda, por lo que Arthur rompió el contacto para ayudar a Sam a subirse al caballo y huya de allí cuanto antes.
Ella miró a Arthur con tristeza, pues no quería apartarse de él.
Por su parte, él observó en silencio cuando ella se marchaba, se secó las incontrolables lágrimas que se abrieron paso desde que estuvo solo y suspiró resignado. Acto seguido, se dirigió a la entrada de la hacienda a encarar la situación.
Capítulo 29
En una cabaña ubicada en un lugar remoto y rodeado por la naturaleza, el secreto de un hombre enamorado se ocultaba. Alejada del peligro, Sam habitaba allí hasta recibir nuevas instrucciones de parte de su amado, a quien no había visto por toda una semana.
Aquella tarde soleada, ella buscó comida y decidió que el patio era un buen lugar para almorzar. Con la mirada perdida en el río, Sam rememoró aquel día cuando él la llevó allí por primera vez. Los ojos se le cristalizaron al extrañar sus caricias, esa mirada intensa que solo le regalaba a ella y los besos deliciosos que tanto le encantaban. Lo amaba, por tal razón era doloroso estar separada de él.
Dado que no había recibido noticias acerca de él desde que huyó de la hacienda, una angustia tortuosa no la dejaba en paz, es por esto que ella decidió visitar a los señores que Arthur designó para que se hicieran cargo de asistirla en sus necesidades.
—Hola, querida. —La señora Goodman la recibió con una sonrisa—. ¿Cómo está tu brazo, hoy?
—Mejor… Vine para darle la lista de provisiones que necesitaré.
—¡Excelente! —La señora tomó el papel y se sentó frente a ella—. ¿Quieres un café? —Sam asintió y ella sonrió.
—Me gustaría saber… —Bajó la mirada y jugó con los dedos. Sus mejillas se sonrojaron y su nerviosismo era notable—. Ya hace una semana que estoy aquí, pero… —Su corazón palpitó con intensidad.
—Él se contactará contigo cuando sea seguro. —La señora le evadió la mirada. Por alguna razón, Sam tuvo un mal presentimiento.
—¿Arthur está bien? —inquirió con ojos llorosos.
La señora se quedó en silencio por unos segundos que le parecieron eternos.
—Él se contactará contigo, no te preocupes —repitió mientras volvía con el café.
—Esto no me gusta nada. No he tenido noticias de Arthur desde que llegué aquí y solo me dicen que se contactará conmigo. Necesito saber que está bien. —Lágrimas mojaron sus mejillas. La señora la miró con pesar y decidió mentir para que ella no cometiera una locura.
—Él está bien. Se fue de viaje a la capital para encontrarse con los abogados de tu caso, es solo eso —dijo para tranquilizarla.
Sam suspiró del alivio y drenó la preocupación que lo torturaba, al convencerse de que solo se encontraba nerviosa por todo lo que le sucedió.
***
—Hola, niño bonito —Arthur fue rodeado por un grupo de presidiarios que lo miraban con malicia.
—Hola… —susurró asustado, sospechando la razón de ellos abordarle en el baño.
—Antes de hacer el trabajito, déjenme torturarlo —pidió uno de ellos mientras se relamía los labios—. Será un desperdicio si lo matamos tan rápido.
Todos rieron ante esas palabras.
—¿Crees que tenemos mucho tiempo? Solo contamos con unos minutos antes de que los guardias pasen por aquí —replicó otro.
—Solo serán unas cuantas cortadas a ese rostro perfecto. Quizás le pinche los ojos. —Su carcajada le heló la sangre a Arthur.
—Eso no suena mal… —Su compañero respondió con malicia, entonces los demás soltaron carcajadas burlescas. Por su parte, Arthur los observaba aterrorizado.
—¿Me dejarán dibujarle el rostro? —preguntó el maleante mientras levantaba el puñal a la medida del rostro de su víctima.
—Puedes dibujarlo después de muerto.
—No tendría emoción si no lo oigo gritar —espetó con el ceño fruncido.
—Está bien, sádico de mierda, pero date rápido. Los guardias vendrán pronto…, aunque será divertido ver al maldito de Connovan llorar y clamar por misericordia. Disfrutaré mucho mandarte al infierno, ya que por tu culpa estoy encerrado en este puto lugar.
Arthur se removió con fuerza para defenderse de las manos que intentaban aprisionarlo, al tiempo en que tiraba golpes al aire para evitar que esos maleantes se salieran con la suya. Como respuesta al forcejeo, ellos lo golpearon sin piedad hasta que este cayó en el sucio suelo, acto seguido, empezaron a patearlo entre risas y burlas.
—¡Suéltenme! ¡Auxilio! —gritó con desesperación y terror, removiéndose con la poca fuerza que le quedaba, aunque eso ameritase más golpes de parte de sus verdugos.
—¡¿Qué creen que hacen?! —Arthur sintió alivio al escuchar a los guardias irrumpir en el amplio baño. Ellos golpearon a los prisioneros para someterlos, pero durante el forcejeo, uno de ellos le enterró una navaja a Arthur en el vientre.
***
Un mes después…
Sam estaba regando las flores del jardín de la pequeña cabaña cuando escuchó los galopes, pero en vez de correr en dirección al sonido, se quedó rígida en su lugar sin saber qué hacer. Miró a su alrededor y soltó la tinaja de agua del susto. ¡La habían encontrado! Iba a correr cuando se percató de la figura imponente de Arthur, cuya ropa blanca brillaba con intensidad. De un momento a otro, la sonrisa que le iluminaba el rostro se convirtió en un mohín triste, acción que le erizó los vellos a Sam.
Ella despertó de golpe y con el corazón agitado.
Hacía varias semanas que tenía sueños similares y la preocupación por Arthur no la dejaba en paz. Decidió visitar a los señores Goodman y, si ellos no le daban noticias, iría a la hacienda sin importarle las consecuencias.
Los trabajadores la recibieron en la entrada, mas ella corrió hacia la sala con desesperación.
—¡Hola, Samay! —El señor Goodman la saludó con una gran sonrisa, mas ella bajó el rostro, avergonzada por su intromisión descortés.
—Hola, señor Mateo —devolvió el saludo, sonrojada.
—¡Querida, aquí estás! —La señora la abrazó con efusividad. Sam se percató de que ella desplegaba una alegría que hacía mucho no mostraba—. Te tengo una sorpresa. —Le sonrió con picardía y Sam la miró desorbitada. No quería sorpresas, quería noticias de Arthur—. Vamos a la cocina, horneé un pastel. —Se la llevó a rastras antes de que ella profiriera una negación.
La señora Goodman salió de la cocina a buscar un vino sin decir nada, lo que provocó que Sam se cruzara de brazos incómoda. De repente y para su sorpresa, sus labios fueron invadidos por los de Arthur, provocando latidos vehementes a su corazón. Como respuesta, ella agrandó los ojos y rompió el contacto sorprendida.
—¿Arthur? —Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras ella lo apretaba en un efusivo abrazo.
Él le acarició el cabello y le besó todo el rostro con ansias, luego le tomó las manos y le repartió besos allí también, acto seguido, se apropió de sus labios con hambre.
Los señores le dieron privacidad, aunque no lo necesitaban, ya que estos se habían olvidado de todo a su alrededor y solo ellos existían en su burbuja de amor.
—Hermosa, no te imaginas cuánto te he extrañado. —Le acunó el rostro entre sus manos y volvió a besarla.
Por su parte, Sam lloró a gran voz del alivio, puesto que había temido no volver a verlo. Después de tanta incertidumbre y preocupación le parecía irreal tenerlo en frente completo, por tal razón, lo palpaba y revisaba que él estuviera bien y que su presencia fuera real y no una alucinación.
—¡Arthur! Esto es demasiado bueno —sollozó—. ¡Estás aquí, mi amor!
Él le limpió las lágrimas y le dio una pequeña mordida en el labio inferior que la estremeció.
—No traes tu velo… —musitó con un poco de sorpresa y fascinación, luego le acarició las mejillas.
—No lo necesito, ya todos saben quién soy. Además, a los señores Goodman no les molesta mi cicatriz.
—Hermosa, a nadie le molestaría tu cicatriz.
—Pero me hace ver fea —replicó con desdén.
—No hay forma de que tú te veas fea. —Le besó la cicatriz—. Esa marca adquiere belleza por el simple hecho de estar en tu rostro.
Sam se perdió en la mirada café mientras abría la boca con asombro. Él no podría ser más lindo de lo que ya era.
Emocionada con sus palabras, ella lo besó en los labios con fervor y, como respuesta a aquel gesto apasionado, Arthur la sostuvo de la cintura con la intención de intensificar la unión exquisita de labios.
—Vamos a la cabaña —susurró él sin despegar del todo sus bocas, esa acción la hizo sonreír ansiosa.
Después de despedirse, ellos se montaron en sus caballos y se marcharon.
Desde que llegaron a la cabaña. Retomaron aquel contacto que empezaron en la casa de los Goodman y entre besos y caricias se dirigieron a la habitación.
Sin dejar de besarse cayeron en la cama dispuestos a ir más allá.
Con temblores y ansias, las manos de Arthur jugueteaban atrevidas por encima de la ropa. Por su parte, Sam parecía que quería tragárselo debido al hambre con que saboreaba los labios adictivos de su enamorado.
Por su parte, Arthur no pudo evitar la risa divertida que las ansias de ella le provocaron, acción que la sonrojó al entender la intensidad con que lo estaba besando. Él la sorprendió con besos húmedos sobre el cuello, luego aspiró su aroma porque sentía que necesitaba aquella esencia calmante y reconfortante que solo ella poseía.
Extasiado con el exquisito aroma natural que denotaba excitación, Arthur le lamió la piel. Para ella, ese rico beso sobre su cuello fue un detonante del deseo que tanto ha refrenado, asimismo, la evidencia de su límite que se reveló en lo caótica que estaba su respiración y en la manera tan vehemente en la que corazón palpitaba; sin embargo, toda aquella excitación fue frenada de repente por la vergüenza de sentirse muy mojada, ya que creyó que se había orinado.
—¡Debo ir al baño! —exclamó de repente, ganando la mirada confundida de Arthur.
—¿Pasó algo?
Sam se sonrojó mientras él la examinaba desorbitado.
—Debo ir… —Se separó de él, saltó de la cama y corrió fuera de la habitación.
Ya en el baño, se sorprendió al percatarse que la humedad que sentía no se trataba de orine, entonces recordó las clases del pasado acerca la excitación femenina. Saber que ella estaba experimentando aquello le provocó un rubor en las mejillas y la puso muy nerviosa.
Después de que ella se pasar unos minutos en el aseo, entró a la habitación con la mirada evasiva gracias a la vergüenza.
Por su parte, Arthur se le acercó y la abrazó.
—¿Todo en orden? —susurró sobre sus oídos.
Ella asintió con movimientos de cabeza.
Arthur no tardó mucho para retomar el beso que ella había interrumpido, solo que esta vez el contacto de labios fue delicado y pausado; no obstante, ella quería más que eso, así que lo empujó hacia la cama; pero antes de caer, él le atrapó la cintura y ambos cayeron sobre el colchón entre risas.
—Te amo, Samay.
Escuchar su nombre tal cual en el tono ronco de Arthur le apretó el pecho. Un escalofrío, seguido por varias contracciones en la pelvis y el estómago, se apropió de ella haciéndola temblar.
Estaba muy excitada y deseosa de entregarse a él.
Ella lo besó con pasión y fervor, asimismo, empezó el jugueteo de sus lenguas y se posicionó encima de Arthur. Un estremecimiento le recorrió el cuerpo al sentarse sobre su erección, mientras que él gruñó ante la sensación placentera que tenerla allí le causaba.
Su enamorado pronto le atrapó las caderas y Sam empezó a moverse con una sensualidad que desconocía que poseyera.
Después de apretarle los glúteos y moverse a la par de ella; Arthur, cual cazador va a por su presa, la tiró sobre la cama dispuesto a disfrutar de los ´placeres que ella se ofrecía a darle.
Sí, la tomaría, ya que estaba cegado por el deseo y no se sentía capaz de poder inhibirse más.
Sam le quitó la camisa y le besó el fornido pecho mientras le acariciaba la piel; sin embargo, se detuvo de repente cuando palpó una protuberancia, a la que pronto reconoció como a una cicatriz fresca en el abdomen.
—¿Q-Qué te pasó? —Su voz salió entrecortada debido a la mezcla de excitación y preocupación.
—Tuve un percance —restó importancia y le besó su frente.
Él se deshizo de su vestido y le miró el busto con un deseo que no había experimentado antes. Los dos se abrazaron y la sensación de sus pechos desnudos pegados, con la mezcla de calores, los empezó a enloquecer. Luego Arthur le acarició la espalda y sintió lo rústico de sus cicatrices.
—¿Fue él? —La rabia lo consumía al imaginarse a ese tipo dañarla de esa manera tan impía.
—No… —Ocultó el rostro en el pecho de Arthur—. Fue mi prima con unos hombres que trabajaban en la hacienda. Ella estaba celosa, pues a pesar de ser la mujer de Daniel se sentía amenazada con mi presencia. Me encerraron en un cuarto lleno de pajas como si yo fuese un animal y casi todas las noches ella entraba con esos hombres y me golpeaban con látigos. —Sam sollozó con temblores al recordar aquello.
—¡Dios! Eso es horrible… —Arthur lloró junto a ella—. Cómo me hubiera gustado estar allí y defenderte de esas malditas víboras. —Le acarició la espalda con delicadeza y le besó el hombro.
Sentía una angustia que lo martirizaba y lo llenaba de ira. Imaginarse a su hermosa y bondadosa Sam a merced de esas personas crueles, le formaba un nudo en el estómago y le laceraba el corazón.
—Estás aquí, ahora. Es todo lo que necesito —respondió más calmada y lo besó, como respuesta, él le acarició los pechos con movimientos circulares y relajantes.
El momento se tornó pasional y muy íntimo entre ellos; sin embargo, Arthur recordó que ella era una mujer casada y que hacer aquello no era correcto. Se distanció un poco para buscar su mirada y le acarició las mejillas ruborizadas por la excitación.
—No debemos… —Pegó su frente a la de ella, temeroso de su reacción.
—Lo sé… —susurró—. Aunque no hagamos nada, quédate así conmigo —pidió y él asintió.
Se acostaron de frente, pero al instante ella se acurrucó en su torso mientras él le acariciaba la espalda con la yema de los dedos.
—Pronto podremos estar juntos sin inhibiciones, ya que estoy reuniendo las pruebas que necesito para liberarte de ese hombre. Mis abogados me dijeron que puedes poner la demanda de divorcio. Buscaré la forma de que ustedes hablen y les cuentes todo lo que te sucedió porque existen documentos de mercancías ilegales con tu firma.
—Daniel me obligaba a firmar muchos papeles a puro golpes. Nunca supe la naturaleza de estos, pero presentía que nada bueno había detrás de ello.
—¿Él te hizo esa cicatriz? —Arthur cambió de tema mientras le acariciaba la marca en su mejilla con su otra mano.
Ella negó con lágrimas en los ojos al recordar aquel día infernal.
—Tenía tres meses de embarazo y los malestares eran horribles, por más que Julia y yo tratamos de ocultarlo, Bárbara se enteró. Irrumpió con un cuchillo dispuesta a acabar con mi vida, Julia trató de defenderme, mas ella la empujó y la pobre cayó sobre su brazo; el golpe fue tan fuerte, que no podía sostenerse. Yo traté de defenderme por mi cuenta, pero estaba muy débil.
Hizo una pausa, suspiró y prosiguió:
—Me dijo que primero cortaría mi rostro para que mi cara desfigurada fuera la última imagen que Daniel viera. Yo luché, temía tanto por mi bebé… —Arthur la apretó contra él ante sus sollozos y fue imposible no llorar también—. Ella me cortó desde la oreja hasta donde empieza la nariz. Fue tan doloroso, en ese momento llegó Daniel y le quitó el cuchillo. Al parecer, Julia había ido por él. Supe que él le dio una paliza por atentar contra su hijo, fue cuando él lo supo.
—Julia, ella puede declarar a tu favor y hasta puede darnos información valiosa. Esa señora vio cosas que de seguro tú no pudiste.
Sam se encogió de hombros y su llanto se agudizó.
—Eso no será posible. —Sam negó hipando—. Julia está muerta.
—¿Qué? —Arthur la miró a los ojos y un amargor le recorrió su pecho, al ser testigo de la tristeza reflejada en el rostro de Sam.
—Daniel la mató porque trató de ayudarme a escapar. Después de que Bárbara me cortara la cara, él me llevó a una casa a las afueras de la hacienda y puso a Julia a cuidarme para que su bebé creciera fuerte. Una noche, ella me dijo que me ayudaría a escapar de ese infierno, de paso lo haría ella también, pues estaba secuestrada en aquel lugar porque sabía cosas que a Daniel no les convenía.
—Ese hombre debe pagar por todos sus crímenes, pero será difícil reunir las pruebas suficientes. Rayos, tenía la esperanza de encontrar a esa señora. —Arthur se lamentó.
—Sí. Siempre me sentí culpable de aquello, pues al hecho de que Julia estuviese muerta se le sumó el peligro de perder a mi bebé. Daniel volvió a encerrarme en el cuarto con pajas y no sé qué fue lo que hizo para convencer a Bárbara, pero ellos planeaban quitarme a mi hijo y deshacerse de mí. Una noche él entró como loco a golpearme sin piedad, entonces yo empecé a sangrar, fue cuando creí que se murió mi bebé.
Sam ahogó un grito en el pecho de Arthur y él acarició su cabello entendiendo su dolor y frustración.
***
—¡Entonces te acostaste con ese maldito peón!
—¡No es cierto! Deja de golpearme, por favor. Piensa en nuestro hijo. —Ella gritaba desesperada, cada vez que era impactaba por el puño de su esposo.
—¡Ni siquiera estoy seguro de que sea mío! ¡Eres una cualquiera! —espetó apretando sus dientes con fuerza, con la rabia corriendo por sus venas y el sudor mojándole la piel. Toda su ira era desatada contra ella, una mujer embarazada y desnutrida.
Por su parte, Sam se cubría el vientre como intento torpe de proteger a su criatura, ya que prefería padecer ella antes de que algo malo le pasara a su bebé.
Golpes en su cabeza la debilitaron y los puños arremetieron contra su barriga. El instinto de sobrevivencia le dio una fuerza más allá de lo natural y fue cuando ella se le lanzó encima. Lo arañó y tomó un pedazo de madera que usó para golpearlo con rabia y desesperación.
El sudor, los golpes y la sangre rodando por sus piernas no fueron impedimento para detenerse, de todas formas, ya no tenía qué perder, puesto que no le quedaba nada. Lo único que la mantenía con esperanzas y, lo que impidió que ella diera riendas sueltas a los deseos de acabar con su infierno de la manera más cobarde, le había sido quitado. Su hijo, lo único hermoso que había salido de toda esa tortura.
—¡Lo mataste! —gritó con rabia y dolor mientras le pegaba con aquella tabla—. ¡Mataste a tu propio hijo! —Sam lo golpeó por última vez y, pensando que lo había matado, corrió aterrorizada lejos de allí.
Aumentó la velocidad de su corrida cuando percibió a los hombres de Daniel acercarse, a quienes, al parecer, el escándalo los dirigió hacia allá. Corrió con más fuerza y se perdió en el bosque.
Sam despertó exaltada y con gritos que espantaron a Arthur.
Ella miró a su alrededor desorbitada, luego entendió que se había quedado dormida entre sus brazos y él también.
—Nos quedamos dormidos —dijo él con voz rasposa y nerviosa.
Arthur se sonrojó al ver los pechos redondos de Sam libre de ropa, entonces recordó que estuvieron a punto de hacer el amor y que no se molestaron en vestirse, debido a que se sentía bien estar abrazados piel con piel—. ¿Tuviste una pesadilla? —La abrazó fuerte.
Sam estalló en un llanto que él jamás había escuchado de ella antes y que se percibía como un desahogo desde lo más profundo de su ser.
—¡Soy una mala madre! —Lloró desconsolada—. Yo… Yo regalé a mi bebé…
Arthur se quedó helado ante aquella confesión.
¿Cómo era eso de que regaló a su bebé? ¿Que no le dijo ella que Daniel le había provocado un aborto?
Capítulo 30
Arthur dirigía a su caballo aturdido, con una melancolía en el pecho y el vacío de la ausencia de Sam, que lo torturaba; lo único que deseaba era llevársela a casa con él y darle todo ese amor que le fue negado en el pasado. Le dolía tanto imaginar todo lo que sufrió y lo que tuvo que sacrificar.
Debía hacer algo para devolverle lo que perdió y con ello regresarle esa parte tan valiosa que le fue arrebata. Con ese pensamiento, Arthur cabalgaba en dirección a la hacienda, dispuesto a buscar una solución que le permitiera convertir a Sam en su mujer y proveerle ese hogar que ella se merecía.
Días después, Arthur se reunió con Samuel en su estudio, donde ellos llevaban a cabo una importante conversación.
—Entonces, la señora está muerta. No debemos perder las esperanzas, puesto que hay una persona que puede ayudarnos y pronto daré con su paradero —animó a su jefe, quien al instante lo miró con sumo interés.
—¿Quién es? —inquirió Arthur confundido.
—El nieto de la señora Julia.
Arthur asintió con movimientos de cabeza, entonces Samuel se levantó de la silla y se marchó.
***
Arthur estaba en su habitación, meditando la confesión de Sam, cuando la puerta se abrió de repente. Debido al espanto, él se levantó de la cama un poco alarmado gracias al susto que se llevó.
—Hola, Arthur. —Anabela le lanzó encima y lo abrazó—. He estado tan preocupada por ti. ¿Dónde te metiste en estos días que ni siquiera viniste a dormir a la hacienda?
—Estaba resolviendo un asunto importante —respondió indiferente y se pellizcó la nariz.
—¿Y por qué te fuiste solo? Sabes que esos malandros te tienen en la mira. Por suerte no lograron su cometido cuando estabas en la cárcel, pero eso no quiere decir que no lo intenten otra vez.
—Me estoy cuidando, no te preocupes. Debí hacer ese viaje solo, pero te aseguro que fui precavido. Por cierto, háblame acerca de tu relación con Samuel, ya que con todo este asunto de Sam no había tenido tiempo de preguntarte. Primero, estoy muy feliz por ti; Samuel es un buen hombre y yo le tengo mucha confianza, sé que él no te haría daño. Segundo, me alivia que decidieras darte una oportunidad; ahora sí, dame los detalles, pequeña.
—Ummm… —Anabela se quedó pensativa por unos segundos—. Creo que él no entiende mi situación porque no me ha tenido paciencia… He estado pensando que es mejor terminar con esa relación, puesto que ahora entiendo lo que es el verdadero amor y estoy segura de que no es lo que siento por Samuel.
Arthur la miró perturbado.
—Pero tú dijiste que te interesaba, incluso lo celaste con Jacqueline. No te entiendo, Anabela, ¿para qué lo ilusionaste entonces? Si no le hubieras dado esperanzas, tal vez él se hubiese dado una oportunidad con Jac.
Anabela rodó los ojos.
—¿Una oportunidad con esa zorra? Yo le hice un favor al alejarlo de ella, pues esa mujer solo lo estaba utilizando para complacer sus deseos egoístas y carnales. Samuel se merece a una persona decente y con pudor.
—No sé, Ana. Creo que debes pensar bien las cosas, ya que si la embarras con él ahora será difícil recuperarlo luego. No quiero que sufras, pequeña.
—He sufrido ya, Arthur. Creo que esa fue la razón para lanzarme a los brazos de Samuel. Yo… siempre he amado a otro hombre.
—¿Todavía amas a Iván?
—Nunca amé a Iván. Creo que el hecho de que hayan abusado de mí no fue la única razón para él dejarme y casarse con otra. Entre nosotros siempre estuvo la barrera de mi amor por esa persona. —Ella se acortó más la distancia entre ellos y le rodeó el cuello con sus brazos.
—¿A quién amas, Anabela?
—A ti.
Arthur no tuvo tiempo de reaccionar a su confesión porque ella lo besó con gran intensidad.
—¡¿Qué rayos haces?! —Él se la quitó de encima con gran espanto.
—Te amo, Arthur. Ya no quiero callarlo más, como tampoco permitiré que nos separen. Yo sé que tú también me amas, lo que sucede es que esas mujeres te confunden.
—¿Esto es una broma, preciosa? —inquirió con incredulidad.
—No lo es. Yo te amo desde que tengo uso de razón, pero tú siempre te fijabas en otras chicas, a pesar de que me demostrabas amor a mí.
—Yo toda la vida te he visto como a una hermana, ese es el amor que te he demostrado. Mi madre murió cuando era un niño y no tuve hermanos, entonces tú y Nidia fueron lo más cercano a una familia que tuve.
—¡Yo no soy tu maldita familia! ¡Deja de decir que me ves como a una hermana! No lo soy, Arthur. Te engañas a ti mismo para no afrontar que me amas tanto como yo a ti. Mi amor, olvídate de esa loca criminal. Esa mujer solo te ha dado problemas y ha sacado lo peor de ti; tú nunca estuviste en una cárcel y por su culpa fuiste encerrado por todo un mes y con el riesgo de ser asesinado. Me imagino que “tu viaje” fue ir a ver a esa intrusa.
—No te lo permitiré, Anabela. No…, tú no te metas con Sam. Ella es la mujer de mi vida y, si nuestro amor es problemático, es mi asunto así que no te entrometas.
—Tú eres mío, Arthur —insistió con tono desesperado y expresión enfermiza—. Estábamos tan cerca de concretar lo nuestro después de que Iván me dejó. Pero tuvo que venir la intrusa de Jacqueline a arruinarlo todo y luego te dejaste engatusar por una loca, que para colmo está casada.
—Anabela, yo te quiero mucho; sin embargo, no permitiré que te expreses así de Sam. Es que no entiendo tu actitud si yo siempre te traté como una hermana. Incluso te enojaste porque me iba a casar con Jacqueline estando enamorado de Sam.
Anabela se acercó a él con una sonrisa retorcida, mas él retrocedió.
—Lo de Sam fue una excusa para que no te casaras. Es más fácil competir con una loca sin gracia ni atractivo, que con una mujer como la rubia depravada. Eres mío, Arthur; por lo tanto, no permitiré que te aparten de mí. Sé que me amas, solo estás confundido.
—¡Esto debe ser una broma! —Arthur agitó la cabeza con ironía.
—No es una broma. Yo te amo. —Anabela se le abalanzó encima y ellos cayeron en la cama; no obstante, él la sostuvo por las muñecas y pudo incorporarse.
—¡Sal de aquí, Anabela! —Su dedo apuntó hacia la puerta.
—Arthur, te necesito. No me trates así. ¿No lo entiendes? Tú y yo nacimos para estar juntos, somos el uno para el otro —insistió.
Arthur abrió la puerta, mas ella se le tiró encima y empezó a besarle el cuello. Él trataba de quitársela con delicadeza, ya que no quería hacerle daño.
—¡Anabela! —Samuel gritó al ver la escena. Él había subido las escaleras junto a Jacqueline para hablar con su jefe.
Por su parte, Arthur la despegó de su cuerpo de forma brusca, luego miró a Samuel con nerviosismo.
—Todo tiene una explicación. —La calma en su voz hacía contraste con la tensión del momento. Como respuesta, Samuel rio de la impotencia y observó a Anabela con decepción y dolor en sus ojos pardos.
—¡Basura! —espetó adolorido. Su atención se posó sobre Arthur, a quien miró horror y desconcierto—. Usted lo tiene todo, incluso el amor de una buena mujer; ¿por qué arrebatarme lo poco que tengo yo? —las lágrimas le llenaron los ojos y él se los frotó con rudeza.
Necesitaba salir de allí o se ahogaría, por tal razón, él bajó las escaleras deprisa mientras ignoraba el llamado de Arthur y Jacqueline.
***
—No quiero ver a nadie —replicó Samuel con la voz rasposa. Él se encontraba en su cabaña, tirado sobre la cama y con la mirada perdida en el techo.
—Arthur me contó lo que sucedió. —Jacqueline entró y se sentó a su lado—. Fue Anabela quien se le lanzó encima. Él todavía está impresionado con la actitud de esa loca. Yo sabía que ella se traía algo, sabía que estaba obsesionada con Arthur.
—Lo sé. —Él suspiró—. Siempre lo sospeché, pero me engañaba a mí mismo porque no quería aceptarlo. Creo que me obsesioné con ella y cerré los ojos a lo obvio. Lo que no entiendo es la razón de Anabela para haberme ilusionado; eso no se lo perdono.
—Esa perra está loca. —Jacqueline hizo una mueca—. Creo que solo quería fastidiarme, también le molestó el hecho de no ser el centro de tu atención de alguien, ya que la entera preocupación de Arthur estaba dirigida a Sam. Esa niña tiene problemas de autoestima. Ella siempre estuvo celosa de mí y Arthur, entonces cuando me fijé en ti vio su oportunidad de venganza.
—Eso fue estúpido de su parte porque lo que hubo entre nosotros fue solo sexo.
Jacqueline se quedó en silencio y apretó las manos contra los muslos, debido al efecto amargo que las palabras de Samuel le provocaron. Era consciente de que él se convirtió en algo más que una relación carnal para ella; sin embargo, sabía que él nunca la tomaría en serio. Aun así, necesitaba estar a su lado en ese momento, ya que, por lo menos, podría ser su amiga y apoyarlo en su dolor.
***
Un mes después…
—Es un placer tenerlos en mi casa. —Arthur saludó a los dos hombres, quienes eran hermanos.
Aquellos caballeros eran de estatura alta, de ojos grises y cabello rojizo. Luis, el mayor, tenía una complexión física más gruesa que el otro sujeto, a quien le llevaba unos cinco años; asimismo, se mostraba más serio y maduro.
En cuanto a Sebastián, quien era el menor, poseía un cuerpo más delgado y definido, y tenía una personalidad más osada, divertida y bohemia.
—Gracias por recibirnos y darnos el caso a nosotros —respondió Sebastián sin quitarle los ojos de encima a Jacqueline.
—Hemos investigado la situación y te aseguro que saldremos airosos. —Luis informó con altivez. Gracias a sus palabras, un brillo de esperanza se reflejó en la mirada de Arthur.
Pasaron varios días y Sebastián emprendió el viaje junto a Arthur, Jacqueline y Samuel; mientras que su hermano Luis se encargaba del papeleo con los abogados de la hacienda.
—Preciosa, te necesito aquí investigando los casos que quedaron sin resolver sobre los delitos de los Delton. Si tenemos suerte, podremos hundir a esos rufianes, también. —Sebastián se dirigió a Jacqueline con flirteo, acción que sacaba a Samuel de sus casillas.
No soportaba el tono coqueto que ese extraño usaba con la rubia, por alguna razón que él no estaba dispuesto a indagar, verlo acercarse a ella lo prendía en una ira que le era difícil de disimular por más que se hacía el indiferente.
—Como digas —le respondió ella—. Mi padre y hermano tienen varios años reuniendo evidencias, pero esa gente es tan poderosa que se nos ha hecho imposible encerrarlos. Es una gran mafia, desde el gobernador hasta los criminales rateros, esos que son utilizados para que hagan el trabajo sucio.
—Debemos hacer algo. Sería bueno quitar a ese hijo de puta del poder, ya que gracias a su mal gobierno la delincuencia ha incrementado en estos últimos meses, en especial, con la unificación de Daniel White con ellos —agregó Sebastián con un tono cargado de frustración.
Él era un detective que trabajaba a la par con su hermano, el mejor abogado en la capital, y que había tenido varios problemas para ejercer su trabajo, debido a su lucha contra la corrupción.
Jacqueline se quedó en la capital junto a Arthur, mientras que Samuel y Sebastián salieron a hacer varias investigaciones.
Una semana más tarde y, gracias a la colaboración de algunos colegas de Sebastián, él dio con el paradero de Carlos Rodríguez, un compañero de trabajo de un conocido en el área y nieto de la señora, que vio todo lo que Daniel hacía en la hacienda de Sam.
—Conque tú eres Carlos Rodríguez, la persona que tanto Arthur y yo hemos buscado. —Samuel sonrió victorioso mientras este le extendía la mano.
—Ese soy yo, para servirle —contestó con una sonrisa amigable.
***
Arthur llegó a la hacienda junto a Jacqueline y una persona más, después de haber transcurrido un mes completo de su viaje. Ellos entraron a la casa bajo las miradas curiosas de los trabajadores, quienes no se atrevieron a hacer preguntas, sino que se limitaron a observar la escena con intriga.
Por su parte, Nidia se acercó a Arthur y observó al niño, de unos dos años, que él llevaba en su regazo. Con los ojos agrandados por la impresión pasó su vista de Arthur al pequeño de ojos avellanados, como esperando una explicación.
—Nidia, cierra la boca —increpó Jacqueline con expresión divertida—. Tampoco es para tanto.
—¿De quién es ese niño? —preguntó desorbitada.
—Este es mi hijo —le respondió Arthur con una gran sonrisa—. Nidia, te presento a Douglas Connovan Fraga.

Toda la simpatía que sentía por Anabel por lo que le pasó se me acabó es una arpía hipócrita de doble cara.