Capítulo 19
Anabela escuchaba a Arthur avergonzada. Después de la cena, él se sentó junto a ella en una parte solitaria del patio, para conversar acerca del comportamiento que tuvo en la mañana.
—Lo sé y estoy muy apenada —respondió sonrojada mientras contemplaba las estrellas—. Les pediré perdón antes de partir, lo prometo.
—Bien, preciosa. —Él la abrazó—. Pero me preocupas, ¿acaso te interesa Samuel?
Ella suspiró y se mordió el labio inferior.
—No lo sé… Después de que Iván me dejó, Samuel se me acercó y fue muy lindo conmigo. Luego se alejó de mí y me evadía; yo ignoré el asunto, dado que estaba muy herida por todo lo que me había ocurrido. Sabes lo mucho que amé a Iván, teníamos tres años de noviazgo y pronto íbamos a casarnos.
—Sí, lo sé. El muy tonto se casó con la hija de Román.
—Esa mujer siempre le tiró el ojo. Su boda repentina me pareció extraña, ya que, una cosa era que me dejara por lo que me hizo Henry, pero otra muy diferente era que se casara con esa mujer tan rápido. Fue difícil para mí, pero sabes lo orgullosa que soy, así que fingí que no me importaba.
—Ahora explícame que te traes con Samuel. —La miró con picardía y ella se encogió de hombros.
—Pues… Él empezó a regalarme cosas y su mirada de admiración me molestaba, puesto que sabía que lo hacía para conquistarme; sin embargo, yo no me sentía lista para empezar una nueva relación y no quería que se ilusionara, entonces maté todas sus esperanzas. Pero cuando Henry nos atacó cerca del río, algo cambió dentro de mí y me di cuenta de que Samuel me atraía. Cuando fue a verme, mis defensas cayeron, razón por la que lo dejé que se acercara a mí; claro, él se alejó desde que me recuperé.
Ella suspiró.
»Cuando Jacqueline regresó a la hacienda noté su flirteo con Samuel, pero no podía hacer nada, ya que yo lo había rechazado. Ayer vi que se fueron a cabalgar en dirección al río, entonces decidí seguirlos y fue cuando descubría que ellos tienen una aventura. Después de eso, me dio mucha rabia, pero de verdad no sé por qué actúe de esa manera… —Ella volvió a suspirar.
—Entonces los viste… —Arthur se sonrojó.
—Sí… Fue muy doloroso presenciar cómo él la besaba y la acariciaba con deseo. Me dio tanta rabia que actué de una forma impulsiva y fui muy imprudente. Lamento el espectáculo, mi abuela tiene la guerra del frío conmigo y me duele haberle causado tanta vergüenza.
—Todos cometemos errores, Anabela. —Arthur palmó su hombro—. La manera en que lo enfrentamos es lo que hace la diferencia. Te recomiendo que te disculpes con ellos y tomes distancia, ya que si Samuel quiere estar con Jacqueline debes respetar su decisión.
—Lo sé… Haré lo que dices. —Ella se recostó en el hombro de él y este la abrazó.
***
Sam se levantó más temprano de lo acostumbrado, se bañó con prisa y, después de vestirse, salió corriendo de su habitación y le fue a tocar la puerta a Arthur, quien le abrió en seguida.
—¡Te voy a extrañar! —Ella se le lanzó encima; como respuesta a la invasión, él la apretó contra su cuerpo mientras le daba besos en la cabeza.
—¡Yo también te voy a extrañar! —Le quitó el velo y la besó en los labios—. Solo serán unos días, cuando regrese nos encargaremos de tu laboratorio y luego de nuestra boda.
Sam se tensó.
—¿Nuestra boda? —preguntó desorbitada.
—Sí, amor. Romper el compromiso con Jacqueline le afectó a mis influencias políticas, así que hay mucha presión sobre mí en torno a seguir soltero, ya que se supone que un gobernador debe ser un hombre que haya formado una familia. Sabes que mi plan es ser elegido como líder, para gobernar y expandir mis influencias más allá de esta región y así tener más poder para combatir a esos delincuentes. Pero también quiero que formalicemos nuestra relación y que seas la señora Connovan. Anhelo protegerte, Sam; te prometo que seré un buen esposo y que nunca te va a faltar nada, en especial amor.
Sam jugó con los dedos y suspiró.
—Apenas estamos empezando nuestra relación, Arthur.
—Lo sé. —Sonrió—. Dije que después de que formalices lo del laboratorio planearemos la boda, tampoco es ahora mismo. Además, somos adultos, nos amamos y queremos estar juntos. No le veo la complicación.
—Sí… —Fingió una sonrisa—. No hay ninguna complicación, haremos como dices. —Lo abrazó para que él no viera sus lágrimas, puesto que sabía que pronto tendría que dejarlo.
***
—Perdón… —Anabela arrastró la palabra mientras miraba a la nada. Disculparse con ellos era la cosa más incómoda que había hecho en su vida, pero debía arreglar aquello por su abuela y por Arthur.
—No te preocupes, Anabela —respondió Jacqueline, quitándole importancia al asunto—. Ya está olvidado.
Anabela asintió y miró a Samuel, quien la observaba como si fuera un cachorro arrepentido.
—Anabela, yo…
—Él también te perdona. —Jacqueline lo interrumpió, rodeó el cuello del grandulón con sus brazos, se puso de puntitas y le dio un beso en la boca.
—Gracias… —Anabela los observaba con tristeza. Se alejó de ellos y secó las lágrimas que se le escaparon.
«Es mejor así», pensó.
—Ven con nosotros, Ana —Arthur hizo un mohín—. Samuel no vendrá, tiene que hacer otro viaje.
—Está bien. —Se encogió de hombros—. Iré por mis cosas.
Arthur asintió y luego conectó la mirada con los ojos avellanados que tanto le gustaban.
—Hermosa, nos vemos pronto. Te amo, mi chica pícara —se dirigió a Sam. Ellos se abrazaron como si no quisieran separarse.
Entretanto, Jacqueline los observaba con ternura. Sonrió por la ironía, puesto que nunca se imaginó ver a Arthur tan enamorado.
«¿Será que esas cosas sí suceden?», se preguntó en sus pensamientos con un atisbo de añoranza.
***
Samuel se detuvo frente a la entrada de aquella hacienda, se bajó del caballo y se quitó el sombrero para saludar. Unos hombres correspondieron el saludo y él se les acercó.
—Buenos días, ¿es esta la hacienda de los Fraga? —inquirió mientras apuntaba a la entrada.
—No, aunque sí lo fue hace algunos años —le respondió un anciano que tenía un palillo en la boca.
—¡Qué mal! Escuché que el señor Fraga es el mejor comerciante de esta región, así que mi jefe desea hacer negocios con él.
Todos se miraron con pesar.
—El señor Fraga murió hace más de tres años en la boda de su única hija. Ella se casó con Daniel White y ellos empezaron a hacer negocios fraudulentos, asimismo, utilizaron la hacienda como almacén de sustancias tóxicas y de armas ilegales. Se dice que la hija del señor Fraga lo asesinó para quedarse con todas sus posesiones, y tener la libertad de hacer sus negocios sucios junto a su esposo y a su prima.
—¿Y ellos todavía viven en la hacienda? —preguntó Samuel preguntó.
—No. Después de la muerte del señor Fraga, la muchacha no se dejó ver más, así que el esposo hacía los negocios por ella. Un año después, se escuchó que ella se escapó con un amante y parte del dinero de los negocios que hacían. Entonces la prima se quedó con el marido y ellos continuaron con sus cochinadas, hasta que los habitantes decentes de este pueblo demandamos sus acciones y las autoridades los embargaron. La pareja huyó y no se supo más acerca de ellos.
—¡Vaya! ¡Eso es terrible! No nos llegó la noticia de que aquel médico murió ni de que su hija es una fugitiva de la justicia. —Samuel fingió pesar y desconcierto.
—Así es. —Una señora movió la cabeza con indignación—. Tan serio que fue aquel señor y mira cómo le salió la hija. Todos quedamos sorprendidos, puesto que esa muchachita iba se veía tan inocente. Ella solo salía de su casa para ir a la escuela o la iglesia. Nunca mostró mala conducta y se llevaba bien con todas las personas. A mi entender, la prima y el marido la desviaron del camino cristiano y la sedujeron a la maldad. Esa otra nunca me gustó, siempre creyéndose mejor que los demás y coqueteándole a todos los hombres. —La señora hizo una mueca de disgusto.
Samuel agradeció la atención de los presentes y se despidió, montó su caballo y se dirigió a la hacienda Connovan, a esperar que Arthur regresara para darle tan valiosa información.
Capítulo 20
Ella frotaba su pequeña barriga con temor y lágrimas en sus ojos, debido a que tenía cuatro meses de embarazo y su peso era muy bajo.
Temía por su bebé y las consecuencias que su mala alimentación, el maltrato, la falta de chequeo médico y la forma tan precaria en la que vivía le podían traer a su criatura. Sabía que su barriga debía estar un poco más grande, aunque entendía que muchas primerizas no hacían grandes panzas, pero era consciente de que en ella influía la desnutrición y la anemia.
Como animal peligroso, estaba encerrada en un pequeño y sucio cuarto cerca de los establos. Sin cama ni muebles, solo paja y un plato sin lavar donde le echaban mala comida una vez al día.
Consciente de que su futuro era incierto, se repetía todos los días que tenía que sobrevivir y ser fuerte por su hijo o hija, mientras que luchaba con los pensamientos negativos y el temor de no poder parir a su bebé o que se muriera en cualquier momento.
—Debemos escapar —dijo entre sollozos, al tiempo en que acariciaba su diminuta pancita. Un mar de lágrimas salía de sus ojos y sus manos temblaban por causa del hambre.
Sam se secó la cara, que se encontraba mojada debido a ese doloroso recuerdo que aún no superaba. Ese sufrimiento que le apuñalaba el pecho, acompañado del vacío, la culpa y la impotencia la hacía preguntarse si algún día sería feliz de verdad.
«¿Se ha olvidado Dios de mí?», se preguntó.
Al instante, negó con la cabeza para echar fuera ese pensamiento mientras se secaba las lágrimas.
Sam se lavó la cara y colocó el velo sobre su rostro, salió a la cocina y saludó a Nidia. La señora le sonrió como siempre lo hacía y le pasó una taza de café. Sam se sentía bien acogida en la hacienda. El cariño, las sonrisas sinceras y las divertidas conversaciones la hacían olvidar su realidad, asimismo, le daba esperanzas de un nuevo comienzo y de la probabilidad de ser feliz.
—Gracias —respondió al gesto de Nidia, quien se sentó a su lado, puso su mano sobre la de ella y la miró con ruego.
—No le hagas daño. —Sam agrandó los ojos ante el pedido de la anciana—. Arthur es un buen hombre y muchas veces pasa por ingenuo. Por más fuerte, calculador e imponente que lo veas, él es un inocente muchacho que cree que con buenas intenciones se puede lograr lo imposible. Él te ama de verdad y temo que lo hagas sufrir. —La señora la detiene cuando ella intenta replicar, por lo tanto, Sam la escucha en silencio—. Sé que tú también lo quieres; sin embargo, no has sido honesta con él y lo estás ilusionando. ¿Cuáles son tus planes?
Sam se quedó pasmada y una sensación gélida le embargó el pecho.
—Yo… —Jugó con los dedos en señal de nerviosismo—. Trataré de ser sincera con él y no lo voy a ilusionar más. —Respiró hondo.
Por su parte, Nidia se levantó de la mesa y empezó a lavar los trastes.
—Eso espero —masculló la señora entre dientes.
***
En el juicio en la defensa atacaba a Anabela sin piedad. Por un momento en el que se sintió acorralada, ella miró a Arthur como cachorro perdido. Como respuesta, él le sonrió para darle ánimo y apoyo desde su asiento, por lo que ella suspiró y respondió airosa a las preguntas distorsionadas y venenosas del abogado.
—Todo está a nuestro favor, preciosa. —Arthur abrazó a Anabela.
Los tres estaban en un restaurante esperando su almuerzo. Se habían pasado toda la mañana en la corte.
—Eso espero. —Ella se encogió de hombros—. Debemos estar atentos y ser cuidadosos, esa gente es peligrosa y no se quedará de brazos cruzados, Arthur.
Él suspiró y asintió.
—Tienes razón —secundó Jacqueline—. Debemos estar preparados para la revancha o para un atentado.
—No se preocupen, tengo todo bajo control —aseguró él mientras le frotaba los hombros a Anabela, como manera de reconfortarla.
Los días transcurrieron y por fin el juicio llegó a una conclusión: Henry fue condenado. No solo por irrumpir en los terrenos de Arthur y atacar a las chicas, aparte del asalto contra Anabela; también salieron a flote otros casos de mujeres de diferentes lugares, quienes decidieron enfrentarlo y confesar lo que él les había hecho. Asimismo, algunos asesinatos y fraudes salieron a la luz por las investigaciones que hicieron Arthur y su equipo, así como los testigos que ellos llevaron.
—¿Cómo se siente la victoria? —Arthur le preguntó con alegría; ella sonrió en respuesta.
—Me siento tranquila. Siempre traté de ser fuerte ante los demás, pero la realidad era diferente a lo que aparentaba. Saber que ese tipo andaba por ahí como si nada después de lo que me hizo, me ponía nerviosa. Siempre temía que aquello se repitiera y desde aquel día me he sentido insegura. —Se abrazó a sí misma.
—Lo sé, Ana, pero ya ese hombre no volverá a hacerte daño. Es hora de superarlo y continuar, debes abrirte a las posibilidades que te brinda la vida y darte una oportunidad.
Anabela entendió sus palabras, pero aún no se sentía capaz de no ver intenciones malignas en los hombres. Le era difícil volver a confiar en sí misma y en su capacidad de defenderse. Todavía se sentía sucia y avergonzada, aún caminaba por las calles con la mirada en el suelo, sintiéndose menos que las demás mujeres y culpable por percibirse sin dignidad y valor.
Con algarabía y celebraciones, las personas de la hacienda recibieron a Arthur, Anabela y a Jacqueline.
Sam corrió con ansias y se le tiró encima a su amado novio. Para ella, cinco días se sintieron una eternidad sin él a su lado.
—¡Te extrañé tanto! —exclamó con euforia.
Ella se aferró a su pecho mientras disfrutaba de todos los besos torpes que él le repartía en el rostro y las manos.
—Yo también te extrañé, hermosa. —La cargó, mas ella se removía entre carcajadas.
Arthur la devolvió al tosco suelo, se agachó y se puso a espaldas de ella. Sam, por su parte, lo miró con duda al entender su pedido y sus mejillas se sonrojaron, pero accedió.
Ella se montó sobre su espalda y él le sostuvo las piernas, que quedaron descubiertas cuando el largo vestido se rodó. Entró a la casa con ella sobre su espalda entre risas, luego subieron a la habitación de él y cuando cerraron la puerta, Sam se apeó y se colocó frente a Arthur, quien la atrajo hacia él con prisa y le quitó el velo con ansias.
Sus labios se unieron con desesperación y necesidad.
Ella puso las manos sobre las mejillas de Arthur, quien rompió el contacto de sus bocas y la miró a los ojos con ojitos brillosos.
—¿Por qué me gustas tanto? Dime, hermosa, ¿qué fue lo que me hiciste que no dejo de pensar en ti? —Volvió a besarla.
Sam no pudo evitar que las lágrimas le mojaran el rostro. Su relación con Arthur parecía un hermoso sueño, puesto que creyó que solo en sus fantasías un hombre como Arthur le mostraría tanto amor.
¡Si tan solo lo hubiera conocido antes! ¿Por qué su felicidad no podía ser completa y sin remordimientos?
—Arthur, te amo mucho. Nunca dudes de mis sentimientos por ti.
Él le limpió las lágrimas y le sonrió.
—Nunca dudaré, hermosa. Tú tampoco dudes de mi amor por ti. Quiero que seas mi esposa, despertar a tu lado cada mañana, hacerte el amor todas las noches y que cargues a nuestros hijos en tu lindo vientre. Eres la mujer de mi vida.
Sam lloró. Lo abrazó con fuerza y se derramó en llanto sobre su pecho, Arthur acarició su cabello confundido. ¿Acaso dijo algo malo?
***
—¿Me extrañaste, guapo? Porque yo no veía la hora de volver a verte, mi cuerpo te reclama, Samuel.
Jacqueline le rodeó el cuello con sus brazos, pero tuvo que estirarse para poder alcanzarlo, entonces Samuel la cargó y ella le envolvió la cintura con sus piernas, luego le devoró la boca con pasión.
—¡Oh! ¡Perdón! —exclamó alguien.
Samuel se quitó a Jacqueline de encima espantado, en el instante en que vio a Anabela en la entrada del establo con la cara pálida. La rubia se levantó del polvoso suelo, se sacudió el pantalón y fingió que su reacción no le afectó.
—Está bien —respondió ella, y se acercó a la salida—. Ya tendremos tiempo para hacer nuestras cochinadas —dijo triunfante, le guiñó un ojo a Samuel y salió con una sonrisa de satisfacción en la cara.
—Anabela, yo no tengo nada con Jacqueline… Ella solo es…
«Un revolcón», pensó la pelinegra.
—No es mi asunto lo que sea que tengas con ella. Yo lamento la interrupción, solo vine por mi caballo.
Anabela se dirigió en dirección al animal, pero Samuel la jaló por el brazo.
—Me gustas tú. —La pegó contra la pared, acorralándola con su cuerpo.
De repente, los recuerdos de los que deseaba deshacerse tomaron control de su mente. Miró los brazos fuertes que le servían de barrera y empezó a hiperventilar; sus manos temblaban y sudores fríos emanaban de su piel.
Rememoró el momento en que aquel rubio la acorralaba en ese mismo establo, de sus gritos desesperados y de la burla de parte de los hombres de él, quienes eran testigos de su vergüenza.
Samuel se apartó al percatarse de que la estaba asustando.
—Perdón, yo… ¡Lo siento tanto! —No sabía si tocarla, acercarse o alejarse más.
Anabela, en cambio, rompió en un llanto desesperado.
—Necesito estar sola —dijo alterada y corrió fuera del establo.
Mientras huía, el llanto incrementaba y sentía vergüenza y lástima de sí misma, ya que era obvio que nunca más volvería a confiar en un hombre; bueno, solo uno le inspiraba confianza, pero estaba lejos de su alcance…, otra vez.
Capítulo 21
Sus labios se movían a la par, mientras que sus lenguas se acariciaban con deseo y delicadeza a la vez. Los dedos de su amado le recorrían la cicatriz en la mejilla, al tiempo en que ella jugaba con el cabello lacio de él.
—¿Nadamos? —Arthur rompió el beso y ella sonrió ante su propuesta.
Se levantaron de la larga tela que yacía sobre la grama y Sam se deshizo de su anticuado vestido, quedando ceñida solo con los pantalones cortos por encima de la rodilla y una blusa de tela fina que se le pegaba al torso.
Arthur la miró con un escrutinio profundo por unos segundos y luego se quitó su camisa, dejando su pecho desnudo.
—¿Mojarás tu pantalón? —inquirió ella.
—Traje otro, hermosa.
Arthur sonrió y se peinó el cabello con las manos.
.
Ambos se metieron al agua y se atacaron con el fresco líquido. Risas y forcejeos se escuchaban en el solitario lugar hasta que, cansados de juguetear como niños pequeños, decantaron por nadar un rato.
Después de pasados unos minutos de recorrer la profundidad del río, Sam decidió descansar un poco; así que se recostó de una gran roca que había dentro del cúmulo de agua y que sobresalía hasta la orilla, luego cerró los ojos para disfrutar de las corrientes que percibía alrededor de su cuerpo.
Arthur salió del agua de forma repentina y la acorraló; por su parte, ella lo miró con coquetearía antes de que su novio la besara en los labios con ternura. Aquel contacto se mantenía lento y lleno de sentimientos, pero Sam quería cruzar ciertos límites. Es por esto, que ella lo acercó más a su cuerpo cuando lo atrajo por la nuca, rozando su piel mojada con la de él.
De inmediato, Arthur sintió que los pechos de ella se estrujaban contra su torso, razón por la que su respiración se tornó desordenada.
—Hazme el amor… —pidió ella con las pupilas dilatadas y la voz afectada por la excitación. Arthur se quedó sin habla y la observaba anonadado.
—Ah… —balbuceó atolondrado, suspiró y negó con la cabeza—. Sabes que no debo… —Se rascó la frente—. Reconozco que nos hemos pasado de la raya algunas veces, pero no quiero hacer las cosas así contigo. Conoces acerca de mis creencias, también sabes que lo que siento por ti va más allá de lo carnal. Yo… quiero hacerte mi esposa primero.
Sam bajó el rostro con tristeza. Quería saber qué se sentía tener esa intimidad con Arthur; además, temía que la historia se estuviera repitiendo. ¿Por qué los hombres de quien se enamoraba no la deseaban?
—Lo siento… Entiendo si no me deseas. —Las lágrimas mojaron sus mejillas.
—No he dicho eso, hermosa. —Le acarició el rostro—. Me conoces, nunca te mentiría. Te amo y me encantas, deseo hacerte tantas cosas, pero me criaron en la iglesia. Sé que fui travieso cuando era un muchacho; sin embargo, como adulto quiero conducirme de la manera que mi padre me inculcó.
—Entiendo. —Ella le esquivó la mirada.
—Nunca dudes de cuánto te deseo porque te amo, pero me temo que tú tienes otras razones para querer dar ese paso.
—Si hubieras vivido mi infierno me entenderías. —Ella se cubrió el rostro, puesto que de momento se sintió expuesta—. Necesito mi velo —dijo con frialdad y se alejó de prisa.
Salió del agua y buscó su velo, mas no llegó a ponérselo porque Arthur la abrazó por detrás de repente. Ella se quedó paralizada en su lugar con la tela en la mano.
—Te amo. Eres la persona más importante en mi vida y estoy aquí para ti —susurró sobre su oído y besó la coronilla de su cabeza.
Sam rompió en llanto.
Él la giró para quedar frente a ella y la abrazó, entonces Sam lloró sobre su pecho por un largo rato.
***
—Eres demasiado bueno… —Jacqueline jadeó del placer.
Samuel se le apeó de encima y se corrió a la orilla de la cama. Después de estar con ella se sentía culpable y no la quería cerca. Por su parte, la rubia se incorporó y lo observó por un momento.
—Sé que soy solo un polvo, pero disimula un poco. —Ella rio de su propia frase y él hizo una mueca.
—No deberíamos hacer esto, Jacqueline. Tú eres una mujer inteligente, hermosa y preparada. Te estás rebajando al acostarte con un capataz bruto como yo.
—Es eso lo que me atrae de ti. Esa fuerza salvaje y tu sencillez. Claro, es rico hacerlo contigo, debe ser tu arte innato saber darme tanto placer. Nunca me había gustado un hombre como lo haces tú, Samuel.
—Lo lamento, pero no siento nada más que una atracción por ti, yo…
—Estás enamorado de Anabela, lo sé.
Samuel se sonrojó.
—Perdón por esto, pero refiero ser sincero.
—Y lo agradezco. —La rubia se puso de pie y buscó su ropa—. Ella también debe sentir algo por ti, ya que se la pasa celosa. ¿Recuerdas cómo nos atacó?
—Me confunde su comportamiento. —Resopló frustrado—. Me cela, pero no me acepta. Esa niña es muy complicada, aparte de que yo soy muy bruto y no sé cómo abordarla sin asustarla.
—Es que eres muy apasionado, lindura. Esa chiquilla está traumatizada y debes sopesar si lo que sientes por ella es tan grande como para involucrarte en eso. Será complicado y frustrante, tendrías que tenerle mucha paciencia. ¿Estás dispuesto a eso? Podrías dejar las cosas como están y seguir divirtiéndonos. Tú decides, cariño. Pero debes saber que, si escoges tener algo con ella, tú y yo dejamos de coger. No me acuesto con hombres atados a una relación.
—Creo que debemos parar nuestros encuentros, aunque esté solo. No me siento bien haciendo esto.
—No me pareció ser así hace un momento —comentó con picardía y él suspiró.
Ella le tiró un beso al aire antes de salir de la cabaña; una vez afuera, sonrió cuando vio a Anabela frente a ella, quien se detuvo con cara de espanto.
—Hola, Anabela —la saludó con una sonrisa divertida.
—Hola, Jacqueline —respondió en un hilo de voz, al entender de dónde venía la rubia.
—¿Vas a visitar a Samuel?
—No, solo pasaba por aquí… Estaba visitando a Cándida, que vive cerca.
—Bueno —musitó y se marchó.
Anabela se quedó mirando la cabaña con asco, dado que le molestaba lo que ellos hacían; sin embargo, no tenía derecho a reclamar. Suspiró con tristeza y se alejó cabizbaja.
***
—Entonces nos mudaremos en las regiones que están en el norte —mencionó emocionada, pues le gustaba conocer nuevos lugares.
—Sí. Antes de que se nos acabe el dinero y no nos podamos dar la vida que tanto nos gusta. Haremos negocios con unos amigos. Ya tengo todo listo e incluso hice una buena inversión. —Sonrió de lado.
—Espero que esta vez nos vaya bien y no perdamos más dinero. —Bárbara arrugó el rostro.
Daniel tomó un sorbo de su whisky y sonrió esperanzado.
—Haremos negocios con personas poderosas, cariño. Eso sí, en esa región serás mi dama de compañía y tendrás que contentar a unos amigos.
Bárbara asintió con tristeza. Odiaba tener que acostarse con otros hombres, pero amaba a su marido y haría lo que fuese necesario para retenerlo a su lado.
—¿Cuándo me presentarás ante todos como esposa? ¿Por qué no me das mi lugar? —se quejó con lágrimas en los ojos.
—Tengo una esposa ya, así que esto es todo lo que puedo darte, cariño.
—Ella te abandonó y yo estoy aquí contigo.
—Sí, pero ante la ley ella es mi mujer. ¿Cómo casarme si ya estoy casado? Sabes que la bigamia es un delito, así como lo es acostarse con la mujer de otro.
—Creo que esa es una de las razones por la que no te casas conmigo, para poder compartirme. —¿Eres idiota o te haces? —Entornó los ojos—. Recuerda que yo no cumplo con la ley y creo que eso lo tienes claro; pero no me puedo casar, aunque intentara romper ese reglamento. Sabes que ante el registro civil estoy casado con Samay Fraga.
