Loba solitaria – Acceso con anuncios (Bloque 1-5)

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Sinopsis

Después de un amor que no fue, Clara eligió el exilio. Compró el derecho a vivir lejos de su manada, escondiendo su verdadera identidad y protegiendo un corazón roto.

Pero el destino no se rinde fácil. Un lobo guerrero, fuerte y con un aura salvaje, la salva cuando está al borde del peligro. Entre ellos surge un vínculo inmediato e irrefutable: son mates.

Él es el gamma de gammas, atrapado entre el deber hacia el rey y un compromiso con su sobrina, una boda pactada que no puede evitar. Clara sabe que, si acepta este vínculo, probablemente será relegada a ser una amante, no la primera en su vida.

Con el dolor de no ser la opción principal y el miedo de volver a ser herida, Clara deberá decidir si arriesga su corazón por un amor imposible… o si huye una vez más.

Un lazo prohibido. Un secreto que podría destruirlos. Y una loba que lucha por su libertad y su corazón.

Clara

Sola, desprotegida y amargada…

Eso es lo que los demás piensan de mí cuando no sé cómo explicarles que no tengo un mate y que vivo en una pequeña casa rodeada de montañas, árboles y animales salvajes.

—Pero te riges por las reglas de nuestro rey —aseguran algunos.

—En nuestra región no se permiten lobos salvajes. Todos debemos obedecer las mismas normas —me recuerdan otros, con tono de advertencia.

Mi respuesta suele ser la que esperan escuchar: sin detalles, sin explicaciones, solo lo justo.

Con el tiempo, he aprendido a no hablar mucho. A evitar preguntas. Aunque a veces… es inevitable.

Soy una loba solitaria, pero no puedo decirlo en voz alta. Para los licántropos, eso es escandaloso, un tabú. Debemos pertenecer a una manada, o al instante somos etiquetados como problemáticos y peligrosos.

Así que miento. Digo que vivo sola, pero que me rijo por las reglas del rey alfa. Suena menos rebelde. Menos solitario…

—Vaya, hoy tendré una buena cosecha —digo emocionada al descubrir un campo silvestre de lavanda—. Entonces sí eras real —susurro, aliviada. Mi caminata no ha sido en vano.

Salí anoche, transformada en loba, tras escuchar en el mercado a un par de comerciantes hablando en voz baja.

Uno le confesaba a su amigo que había encontrado lavanda silvestre al oeste. En esta región, la lavanda es preciada y costosa, considerada una planta exótica dentro del territorio licántropo, especialmente aquí, tan al este.

—Será cuestión de tiempo para que el rey la proclame de su propiedad —murmuro, mientras camino entre los tallos—. Debo aprovechar mientras siga siendo un secreto…

Corro entre las flores, feliz, con dos grandes canastas listas para llenarse. El olor es exquisito, embriagador, y me hace soñar con nuevas fragancias. Me pican los dedos de ansiedad por volver a mi taller y crear perfumes.

—Ah… con lo que gane, tendré cubierto otro año de estadía en el territorio del rey alfa… y tal vez me dé uno que otro lujo —celebro, arrancando las plantas con cuidado.

Después de llenar las cestas con tantas flores como puedo, corro, salto, bailo entre el campo y grito mi buena fortuna.

Y pensar que estuve a punto de no venir.

Este pequeño viaje es una locura, lo sé. Me dejé llevar por un impulso, solo por escuchar una conversación. Pero la necesidad de pagar mi siguiente año de estadía me empujó.

Aún no estoy lista para regresar a casa…

Este campo está lejos de mi hogar actual. He recorrido tierras desconocidas. Ha sido arriesgado… pero ha valido la pena.

Y, hasta ahora, nada malo ha sucedido.

Con ese pensamiento en mente, comienzo el camino de regreso. Me espera una larga caminata.

Horas después, el sol ya está por esconderse. Mis pies duelen, mi estómago ruge y mi boca está seca por la sed. Saco mi termo, pero está vacío.

—Necesito llenarlo de agua —musito.

Por suerte, hay un río cerca. Solo necesito caminar unos minutos más.

En cuanto llego al cúmulo de agua, pongo las cestas sobre una roca aplanada y me arrodillo para beber con desesperación. Luego hundo el termo para llenarlo.

Miro el cielo anaranjado y decido que ese es un buen lugar para pasar la noche. Recolectaré algunas ramas y haré una fogata.

Pero antes de levantarme para buscar la leña, escucho pasos fuertes. Amenazantes. Me ponen en alerta al instante.

Mi cuerpo tiembla. Los latidos de mi corazón retumban como truenos mientras varios escalofríos me recorren la espalda.

Aun con el miedo en el pecho, me pongo de pie, dispuesta a enfrentar lo que venga.

—¡Miren lo que tenemos aquí! —exclama una voz áspera.

Levanto la mirada y encaro al hombre que ha hablado. Me quedo petrificada al instante. Es enorme, con aspecto de malandro y mirada turbia.

No…

—¡Qué regalito tan delicioso nos ha dado el bosque! —espeta otro, con una sonrisa retorcida y la misma apariencia vulgar. Odio la forma en que me miran, su burla, su descaro… y lo que sus ojos insinúan.

Mi cuerpo tiembla aún más. El pulso se me acelera tanto que me cuesta respirar. Pero no me puedo mover. Estoy rígida, con los músculos tensos y la mirada clavada en ellos. Sé que mis ojos reflejan el terror que me consume.

Estoy muerta…

Pero lo peor es lo que puede suceder antes de que se roben mi aliento.

No quiero ser usada. No de esa manera.

Entonces, unos cinco hombres más emergen de entre los árboles y me miran como si yo fuera su cena.

Y entiendo que esta noche… podría ser la última.

Clara

Mis ojos se pasean por todos ellos con cautela, analizando sus gestos, intenciones y atenta a cualquier movimiento de su parte.

Es como si el tiempo se hubiese congelado, al igual que nosotros, y solo se escucha el silbido del viento, el canto de los grillos y de las aves nocturnas, que se mezclan con el crujido de las hojas que danzan con la brisa de la noche.

Me siento como la presa de varios depredadores, acorralada y sin escapatoria, a la espera de mi sentencia.

Trago pesado y podría jurar que todos oímos eso. Así de tenso está el ambiente.

—Y-ya me voy —tartamudeo—. Solo me paré para tomar agua…

Ni siquiera sé por qué digo esto. Nada cambiará el hecho de que ellos ya me han elegido como su objeto de diversión; sin embargo, me aferro a la tonta esperanza de que me dejen ir.

Qué ilusa.

Papá…

En este momento lo necesito a él y a mis hermanos, quienes siempre me protegieron.

Si tan solo no los hubiera dejado, ahora mismo estaría en casa y no en este aprieto del que no estoy segura si saldré con vida.

Mamá…

Ahora, más que nunca, aprecio sus mimos y su calidez.

Extraño a mi familia y es doloroso saber que no los veré más.

¿Será este mi castigo por haber huido como una cobarde?

Este no puede ser el fin. Aunque prefiero morir mil veces antes de ser mancillada por estos seres sin escrúpulos.

El silencio y las miradas cautelosas se mantienen como si mis palabras no significaran nada. Ellos están disfrutando verme temblar de terror.

Debo hacer algo, no permitiré que se salgan con la suya.

Miro en dirección a mis canastos, luego a los hombres que me acorralan.

Solo necesito ser rápida y valiente.

De un impulso y, con el corazón latiéndome agitado, salto sobre las cestas y me doy a la huida.

Se me hace difícil respirar por los nervios y la corrida, pero ignoro eso y huyo.

Las risas de burla de esos salvajes estallan a mi alrededor y es cuando percibo que ellos me rodean, bloqueando el camino en el acto, y que no tengo escapatoria.

No hay dónde correr.

Mis manos se aprietan contra las asas de las cestas mientras me rindo a la desgracia. Rígida, en silencio, con las lágrimas mojando mis mejillas y cuello, cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas desmayarme o morirme antes de que ellos hagan con mi cuerpo lo que el morbo les inspire.

Quieta, espero mi sentencia, pero nadie me toca. Suelto un suspiro y por un momento me visita la locura de que, si lo imagino, ellos desaparecerán, de que no son reales.

Sin embargo, los gritos, crujidos, pasos rápidos, alaridos de dolor y el chirrido de espadas me advierten que no lo han hecho, que siguen allí, pero no están solos.

Abro los ojos por instinto y mi boca se abre con exageración cuando descubro la escena ante mí.

Son los guerreros de la manada real, esa donde el rey habita, pues el lobo con corona en tono dorado, que está adherido al pecho de la armadura plateada de cada uno de ellos, me lo confirma.

El alivio me recorre al sentir que esta es una oportunidad para escapar.

No obstante, donde sea que mire, hay un guerrero real asesinando a uno de esos sujetos. El camino está bloqueado.

Intento escabullirme por algún lugar donde no me alcancen con sus armas, pero es difícil; además, el miedo me ha paralizado.

Y aquí estoy, petrificada, con una sensación fría en toda la piel, los latidos de mi corazón acelerados y mis manos aferradas a las asas de las canastas como si mi vida dependiera de ese apretón.

De repente, un olor exquisito resalta entre los demás y lo busco por inercia.

Mi loba me insta a olfatear, pero la mezcla de aromas y el caos me hace difícil identificarlo por completo.

Una voz potente se impone sobre el bullicio cuando da la orden de que no dejen a ninguno con vida.

Y mi corazón se agita aún más, pero de una forma diferente.

Entonces, ese perfume fascinante eclipsa a los demás.

Ahora me es fácil identificarlo.

Es una mezcla de coco con un toque picante —como el del cardamomo— y un fondo terroso y ahumado que me recuerda al vetiver. Las tres esencias se funden a la perfección, creando una fragancia exótica y embriagadora, con ese matiz varonil que me provoca escalofríos.

Y mis ojos se quedan atrapados al fijarse en él.

—Debe ser quien porta tan exótico perfume… —susurro mientras lo contemplo.

Es tan fiero, tan hábil en la batalla…

Sus gestos son una mezcla entre el sarcasmo y la seriedad. Sus ojos café claro están impregnados de odio, lo que armoniza con sus ataques crueles y sin vacilación.

Pese a que solo nos alumbra la luz de la luna y de las antorchas que portan varios guerreros del alfa rey Kal, puedo apreciar ese tono cristalino y meloso de sus irises; no tan oscuro como el café, no tan rojizo como la miel, sino una mezcla perfecta que es resaltada por sus pestañas oscuras abundantes y el sutil delineado natural que realza la forma avellanada de sus ojos.

La luz del fuego que arde en las teas ilumina su cabellera marrón y ondulada, que me recuerda al chocolate mezclado con leche, tan abundante y sedosa que enmarca su rostro atractivo con una perfección encantadora.

Es tan apuesto…

«Y es nuestro…», dice mi loba, ansiosa, inquieta y deseosa por lanzarse sobre el desconocido.

¿Qué le pasa?

Un escalofrío me recorre por completo al entender su reacción. Entonces lo veo.

Un lazo rojo se forma en su muñeca y se extiende hasta llegar a la mía, y nos une. Luego desaparece.

El aire me falta y la boca se me reseca mientras mi loba salta con emoción.

—Así se siente el lazo de pareja… —balbuceo, todavía incrédula de lo que me está sucediendo.

Yo tengo un mate…

No, eso no es posible. No él, ese hombre tan salvaje y agresivo…

No, esto debe ser un error. No puedo estar atada a ese desconocido. No…

Clara

Los latidos de mi corazón aumentan como si fueran el ritmo apasionado de tambores, haciéndose cada vez más difíciles de soportar.

Creo que en algún momento colapso.

Mis ojos siguen sus movimientos, bien abiertos y fascinados. No puedo evitar admirarlo, encontrarlo atractivo e irresistible. ¿Se debe al lazo de mates? ¿Por eso a Dylan le fue imposible rechazar a Legna?

Ahora entiendo sus dudas cuando yo lo presionaba para que rompiera su lazo con ella, para que me escogiera a mí como me lo había prometido.

El vínculo es demasiado fuerte. Te ata, te aprisiona, te convierte en un esclavo del otro.

No, no quiero eso para mí.

Aquel hombre me mira y siento que me mareo por su escrutinio intenso. Intento disimular mis nervios y lo mucho que su presencia me está afectando, pero creo que fallo, pues tiemblo con el simple hecho de que me mire, de que también sienta el lazo.

No, de seguro me rechazará, pues, a simple vista, soy una omega débil y él luce como un beta, alfa o gamma; alguien fuera de mi alcance.

—¡Quemen los cadáveres! —ordena él con voz de mando, y enseguida los demás guerreros lo obedecen.

Él da instrucciones que sus hombres acatan, pero cada cierto tiempo sus ojos me buscan.

Los percibo curiosos, serios y un poco intimidantes.

¿Qué pensará acerca de nuestro lazo? ¿Qué pasará ahora?

Respiro profundo para tranquilizarme.

El olor a carne quemada me revuelve el estómago, más aún porque pertenece a esos hombres.

No comeré carne en mucho tiempo.

Mis ojos se pasean por todo mi alrededor en busca de un escape, pero el guerrero que ahora resulta ser mi matese tira del caballo y camina en mi dirección.

No puede ser.

Siento que me asfixio.

Aprieto los puños de forma instintiva y me muerdo el labio inferior; aun así, me siento presa de su encanto, frágil y sin voluntad.

—Tú… —susurra él, impresionado.

Guau, su porte es más intimidante de cerca.

—Gracias por salvarme —me apresuro a decir—. Debo regresar…

—Eres… —me interrumpe, y me contempla con una fascinación que me provoca escalofríos. Da un paso hacia mí, pero al instante retrocede.

Me da la impresión de que lleva una lucha interna, al igual que yo.

—Gracias por salvarme —finjo indiferencia—. Tengo que regresar a casa.

—Como has visto y vivido en carne propia, es peligroso que andes sola por este territorio. Es común encontrar lobos rebeldes, rufianes y ladrones por estos lares. ¿Qué haces sola aquí? —me regaña.

Me relamo los labios y clavo la mirada en el suelo, sin saber qué responder.

—No volverá a suceder —me limito a decirle—. Gracias por todo —repito por enésima vez.

Estoy tan nerviosa.

Me giro para marcharme, pero, de un movimiento rápido, él acorta nuestra distancia y me sostiene la muñeca con la intención de detenerme.

Siento que me mareo y me sofoco.

No puedo evitar mirarlo a los ojos y buscar en ellos su reconocimiento del lazo que nos acaba de unir. Hay un brillo especial que me estremece, pero también veo duda, sorpresa y desconcierto.

Me parece que él no quiere este vínculo, de que yo no soy la pareja que él esperaba.

Un punzón me atraviesa el pecho y la decepción me amarga el paladar.

Si bien no quiero tener un compañero destinado, encontrarlo y que no me quiera duele. ¿Por qué nunca soy la opción, la deseada?

Siempre tengo que perder…

Lucho contra las lágrimas que anhelan salir, suelto un suspiro que me compone y me libero del agarre que me está quemando la piel.

—No se preocupe por mí, estaré bien —le digo con firmeza.

—La llevaremos a casa —se ofrece—. Es peligroso que deambule sola por aquí.

¿Qué?

No quiero que sepa dónde vivo.

Niego con nerviosismo y trato de restar importancia.

—No es necesario, no vivo lejos de aquí.

Él ríe y sacude la cabeza, divertido.

—¿Sabes dónde estamos, lobita? No hay manadas cerca, ni siquiera viviendas o carreteras. Deja de mentir.

—No miento —refuto, temblorosa y un poco avergonzada por mi torpeza—. No pertenezco a ninguna manada. Si me disculpa, me…

No termino de hablar porque él vuelve a agarrarme y me jala hacia él. Casi me da un mareo cuando nuestros cuerpos chocan.

¿Qué es esta corriente tan intensa que me recorre toda?

Los latidos de mi corazón aumentan su ritmo y mi loba se mueve ansiosa en mi interior, deseosa de saltarle encima a este extraño.

¿Por qué tengo esta necesidad tan irracional de besar a un hombre que apenas conozco?

¿De qué se trata este cosquilleo que me eriza los vellos y me aprieta el pecho hasta que la respiración se me dificulta?

¿Él siente lo mismo que yo? ¿Aceptará el vínculo entre nosotros o me rechazará?

Tengo tanto miedo. Las dos opciones me aterrorizan.

Noto que sus pupilas se dilatan y su rostro se acerca demasiado al mío.

Un escalofrío me recorre cuando su nariz me roza el cuello y olfatea mi perfume.

—¡¡Gamma de gammas!! —grita alguien de repente—. ¡Alarma en el norte!

Él se aparta de mí en un santiamén, como si yo fuera prohibida.

Todos ellos se agrupan.

¿Gamma de gammas?

Un nudo me aprieta el estómago y la desilusión se siente pesada. Él es más de lo que creí. ¿Es el famoso Garthor del que todos hablan con orgullo y admiración?

Es el único Gamma de gammas que existe en el reino de Kal, la mano derecha del rey y quien pelea las batallas de decenas de manadas.

El aludido me mira a mí, luego a ellos, indeciso, hasta que por fin suelta un suspiro de resignación y corre hacia sus hombres.

—Tú, asegúrate de que la señorita llegue con bien a casa —le ordena a uno de ellos. Me mira por última vez y se sube a su caballo.

Yo, aterrorizada, aprieto las asas de las canastas y me doy a la huida, aprovechando la distracción del guerrero que debería acompañarme.

Corro con todas mis fuerzas bosque adentro, dispuesta a perderme, pero miro por última vez desde las penumbras de los árboles.

El guerrero está atento al informe que da un mensajero, mientras que el Gamma ya ha jalado las riendas de su caballo. Lo veo desaparecer y un vacío melancólico se me clava en el corazón, pero lo ignoro.

No debo sentirme así con un extraño.

Los demás se marchan, dejando al guerrero a mi cargo solo, cuya mirada se pasea por todo el lugar, buscándome, pero no me encuentra.

Él se encoge de hombros, como si restara importancia a mi desaparición, sonríe malicioso, se sube a su caballo y se va, pero toma un camino diferente al resto.

Vaya…

No sobrepienso su acción; más bien agradezco su desobediencia porque así no sabrá dónde vivo, y su jefe no podrá encontrarme.

¿Duele? Sí, pero ya lo superaré.

De todas formas, ese Gamma es un desconocido, así que no debe importarme no cruzarme más con él… aunque este sea mi mate.

Con ese pensamiento, y el resentimiento de mi loba, regreso a casa.

Mi cuerpo tiembla y mis músculos duelen. Siento un enojo extraño, como si quisiera reprocharle a ese Gamma su indecisión.

—Es mejor así —me autoconvenzo—. Es obvio que él no me acepta como pareja. Lo vi en sus ojos y en su abandono. Yo solo soy una omega frágil, y él… él es demasiado poderoso para mí.

Garthor

El fuego, el olor a sangre, a humo, a tierra seca y… a muerte no superan la emoción que me recorre por dentro.

Arraso con el enemigo con la misma habilidad de siempre, aunque mi mente está en otro lugar.

Todavía la imagen del bosque oscuro está fresca en mi cabeza: el olor a flores silvestres, los ojos grandes y azules, el cabello dorado, la piel cremosa y esos labios rosados que me ponen la piel de gallina.

—¡Protejan al rey! —grita uno de los gammas inferiores a mí.

El rey…

Ese es un recordatorio que me cae como un balde de agua fría, que intenta apagar el fuego que esa omega hermosa encendió en mí.

Mi mate

¿Qué diablos haré ahora?

No, esto no puede suceder… no a mí… no con ella…

—¡Ya el rey está seguro! —me avisa uno de los gammas.

Asiento, satisfecho.

—¡Quemen todo el lugar! —ordeno.

Clavo mi espada en algunos enemigos y luego hago señas para la retirada.

El fuego consume todo a mi alrededor y la victoria es proclamada por los guerreros de Kal.

Celebro junto a ellos, aunque la melancolía me ha arropado; mas se me da bien fingir, y eso hago.

Finjo que todo está bien, que no hay un caos en mi mente.

Observo a mis hombres y me siento culpable.

No debo alterar el orden de mi vida, tampoco faltar a mi deber, a mi compromiso. No voy a buscarla; no puedo darme ese lujo…

Ella es prohibida, así que solo quedará como un recuerdo lejano de que tengo una mate a quien nunca podré darle su lugar.

Sin embargo, aunque me obligo a olvidarla, su olor y su mirada no dejan de perseguirme… incluso cuando cierro los ojos.

***

Clara

Esta noche, mientras la luna llena brilla sobre mi cabaña solitaria, vuelvo a soñar con él. Un sueño tan vívido que duele.

Lo veo a lo lejos, con su cachorro en brazos. Su mirada gris contempla al bebé con orgullo y felicidad. A su lado está su hermosa luna, su mate. Ambos celebran lo que yo nunca tendré.

Ella vive mi sueño, mi añoranza, mi ideal.

Los dos, con amor y dicha, anuncian el nacimiento de su primogénito.

Dylan luce tan feliz, tan cómodo, tan realizado… sin mí.

«Él no es nuestro mate, debes superarlo», me anima mi loba, pero estoy demasiado destrozada para escucharla.

Lo observo con la misma admiración de siempre. Él es encantador, destinado al liderazgo, hijo de un alfa, con ese porte que siempre lo distinguió. En su propia manada desempeñará muy bien ese rol.

«Tú serás mi esposa, yo cuidaré de ti y de nuestros cachorros», escucho su voz en mi mente, cuando aún creía que él era mío.

Me sentía dichosa; todas las hembras lo codiciaban.

Dylan es el hombre más atractivo que he conocido. Sus ojos grises son manantiales plateados, fieros y brillantes. Sus labios rosados siempre fueron un manjar suave del que nunca me cansaba.

Y ese cabello sedoso que toqué tantas veces… Me encantaba jugar con esas hebras finas y brillantes.

Él es hermoso en todos los sentidos: un macho codiciado y un genio.

No hay otro como él en todo el territorio licántropo. Nadie hace latir mi corazón como Dylan.

«¿Y si nos ven?», escucho mi voz del pasado, y me transporto a aquel día en que probamos nuestros labios por primera vez.

«No lo harán, solo déjate llevar. Estás muy nerviosa», me dijo, y mi corazón saltó entre miedo y alegría.

«Nunca he besado a nadie», respondí antes de dejarme llevar.

Sus labios fueron más exquisitos de lo que imaginé.

Él fue mi primer beso, mi primer amigo, mi primera ilusión.

Planeamos una vida juntos y crecimos con ese sueño de ser pareja destinada. Me prometió un futuro cálido, empezó a hacer negocios, buscó su propio patrimonio. Quería sostener a nuestra familia.

Él era todo lo que podía desear.

Pero no era mío. Nunca lo fue.

Y lo presentía.

El miedo se aferraba a mi pecho cada vez que ella aparecía, poniendo su mundo de cabeza.

Notaba el brillo de sus ojos cuando la veía, cómo su pecho se erguía instintivamente para impresionarla.

Y yo lo veía todo en silencio, convenciéndome de que exageraba, que era insegura, que imaginaba cosas.

Fui una tonta, un tropiezo en medio de un amor latente que los unía como mates, y yo solo una intrusa.

Me aferré y pagué con lágrimas mi obsesión.

Intenté que me eligiera, perdiendo la dignidad y olvidándome de quién era.

Quizás nunca lo supe, porque me perdí en la sombra de Dylan y de un amor irreal.

Él no me amaba, aunque sus palabras me daban esa esperanza vana de que yo era suya y él, mío.

Lo veo ser feliz y me doy la vuelta para marcharme, pero el punzón en el pecho me detiene.

Un nudo aprieta mi corazón y me ahoga.

Mis manos tiemblan y las lágrimas amenazan con salir.

—Cálmate, no des un espectáculo aquí… —me digo mientras inhalo y exhalo para recuperar la compostura.

Pero duele tanto. Siento que me muero, que todo en mi interior se desgarra y solo quiero liberar mi llanto, mi angustia, mi pérdida.

¿Por qué me tiene que suceder esto?

¿Por qué enamorarme de un macho que pertenece a otra?

¿Por qué ilusionarme?

Me siento tan desdichada.

Camino entre el gentío que celebra al nuevo heredero del alfa, el hijo del hombre que creí que sería el padre de mis cachorros.

Aun así, necesito verlo una vez más desde la distancia, oculta en la oscuridad de mi amor no correspondido. Vine a despedirme, pero soy tan cobarde que no tengo el valor de enfrentarlo.

No.

Debo hacerlo, por lo menos para darle un cierre a esto que me atormenta y honrar una amistad de toda la vida.

Me giro, envalentonada, firme, decidida a decirle adiós de frente.

No avanzo mucho, porque ahí está él, rodeado de su familia. Su luna se lleva al cachorro, dejándolo solo.

Entonces nuestras miradas se cruzan.

Mi corazón lo reconoce, y todas las emociones que siempre despertó en mí regresan, recordándome que no lo he superado.

—Felicidades —le digo con una sonrisa amistosa, aunque por dentro estoy rota.

—Gracias… —responde, incómodo. No sabe qué decir; le resulta extraño verme aquí.

—Vine a despedirme —confieso, acercándome—. Me voy de esta región y empezaré una nueva vida. —Suspiro, resignada.

Dylan abre los ojos, sorprendido, y frunce ligeramente el ceño.

—¿Por qué te vas tan lejos? ¿Qué dicen tus padres? ¿Están de acuerdo? —pregunta rápido, como si temiera ser la causa de mi partida.

—No lo están, pero me apoyan. Necesito alejarme de todo, Dylan. Quiero encontrarme a mí misma porque siento que nunca fui real. Toda mi vida intenté encajar en un ideal, ser la esposa perfecta para mi amigo.

Me duele admitirlo, pero lo hago.

—Mi meta era ser una buena pareja para ti. Todo lo que hacía giraba alrededor de eso. Tú eras mi sueño, mi objetivo. Ahora que tienes una familia con otra mujer, me quedé sin propósito.

Suelto una risita nerviosa y miro al suelo, avergonzada.

—Lo siento… —se disculpa él, apenado y culpable—. Nunca debí darte falsas ilusiones.

Niego de inmediato.

—No es tu culpa. Yo tuve un mal enfoque. Debí tener mis propios intereses y estar preparada. Me aferré a la idea de ser tu esposa y me enamoré de una vida idealizada.

» Ahora necesito saber quién soy sin ti y qué quiero para mi futuro. Espero que seas feliz. Ustedes lo merecen. Perdóname por haber sido tan terca.

—No tengo nada que perdonarte —dice él, al borde de las lágrimas—. Por favor, cuídate. Y si necesitas algo, búscame. Te deseo lo mejor.

Nos abrazamos.

¡Por las fragancias sagradas!

Mi cuerpo reconoce su calor al instante.

Su perfume sigue siendo adictivo, y mi cuerpo aún se estremece al sentirlo.

En un momento como este, me pregunto por qué no pude ser yo su mate

Despierto exaltada y con sudores fríos en toda la piel.

Me pongo las manos en el pecho para tratar de calmarme y empiezo a llorar, a quejarme.

—Aquel día no solo me despedí de él. —Me limpio las lágrimas y suelto un suspiro—. También de mis padres y hermanos, quienes no estaban de acuerdo con mi tonta decisión, pero me apoyaron.

Y sí, fue cuando viajé a esta región, lo más lejano posible de los rumores y noticias sobre Dylan y su nueva familia, a un lugar remoto y olvidado.

Aquí, mi compañía es la naturaleza y los recuerdos a los que no dejo de aferrarme.

Solo yo y mi loba, viviendo como si no tuviéramos una familia honorable, ni amigos, ni conocidos.

Sin embargo, encontré a mi mate.

El Gamma de gammas, de quien no he vuelto a saber.

Todavía no logro asimilarlo del todo.

He escuchado rumores de que ganó la batalla del norte, que todo fue el resultado de una emboscada al mismo rey Kal.

Él no me ha buscado ni lo hará. Ahora que casi he procesado este asunto, me siento perdida y dolida. También llena de confusión.

No sé si sigo amando a Dylan o si simplemente es frustración porque ahora solo pienso en ese Gamma; él hace que el corazón me lata fuerte.

¿Se podría considerar amor?

¡Qué locura! Solo lo vi una vez… Y dudo mucho que vuelva a hacerlo.

Esta noche no puedo dormir, así que lloro mi desdicha.

Lloro por Dylan y el amor que nunca sintió por mí, pero también por mi verdadero mate y porque estoy atada a un lazo prohibido.

Lloro porque es más que obvio que él no me quiere. Porque yo nunca seré la primera opción, ni de él ni de nadie.

Clara

El mercado está lleno de personas que caminan por doquier con sus canastos en mano, bolsas y hasta carretillas. El bullicio se divide entre murmullos, preguntas por precios, conversaciones amenas, rumores y los gritos de los vendedores que intentan captar la atención de los clientes.

Camino con cautela por el estrecho sendero que consigo entre tanta gente, pero tropiezo con mi propio pie y, sin querer, me topo con una mujer.

—¡Mira por dónde vas, omega! —gruñe ella, irritada, desquitando conmigo su estrés.

Porque sí, hoy es un día estresante en el mercado principal de la manada Wood. Es cuando comerciantes y vendedores de distintas manadas se reúnen aquí, y por eso muchas personas de lugares lejanos vienen a aprovechar los precios y los productos que no se encuentran en sus territorios.

Omega…

No digo nada ante su expresión despectiva y sigo mi camino. Lo que menos deseo es tener problemas.

Suelto un suspiro y me limpio las gotas de sudor con mi pañuelo.

A mi entender, ser omega no es motivo de vergüenza, pero muchas personas lo usan de forma despectiva, como si pertenecer a ese estatus fuera ofensivo y desafortunado.

Yo soy una mezcla de estatus. Mi madre es una omega de sangre sencilla, mientras que mi padre tiene orígenes de betas y gammas. De hecho, es un Gamma en la manada donde vive.

Me parezco tanto a mi madre que paso por una omega débil, aunque mi belleza y delicadeza resaltan la sangre sofisticada que heredé de mi padre… o eso me gusta pensar.

De todas maneras, no me importan las clases sociales ni las jerarquías sanguíneas hereditarias, que son las que mayormente definen el estatus de un licántropo. Pero no todos piensan como yo y es algo que me toca tolerar.

Llego a un pequeño puesto donde se reúnen los compradores de perfumes y colonias para encontrar las mejores ofertas y coloco mi canasto sobre la mesa de madera reservada para mí.

Somos tres perfumeros en total, y yo soy la más novata, así que mis precios son más bajos que los suyos.

Suelto un largo suspiro y empiezo a colocar mis productos, cuyo contenido he puesto en botellas transparentes en tono azul, amarillo, verde y rosado. Les he puesto etiquetas que definen el ingrediente principal y un lazo bonito como decoración, personalizando así mis perfumes con mi estilo único.

—Oh, es la lobita sin familia otra vez —se burla un perfumero. Su mirada burlesca y llena de malicia me provoca náuseas.

Ese tipo es tan desagradable…

—Deja a la cachorra tranquila. Ella no se mete con nadie y tiene tanto derecho como tú a estar aquí —le increpa el otro perfumero.

Este sí es decente y hasta generoso. Fue quien me enseñó cómo vender acá.

Siempre le estaré agradecida por su nobleza.

—¡Ja! —le responde el arrogante, el sarcasmo se refleja en su expresión—. ¡Qué derecho va a tener! Para que veas que no soy una mala persona, no la molestaré al decirle lo que de verdad se merece. Quizás, después de que yo termine dé hacer mis ventas, los compradores tengan que conformarse con tu perfume de mala calidad.

¡Qué irrespetuoso!

Aprieto los puños y me muerdo los labios para no contestarle, pues no me bajaré a su nivel ni cederé a sus provocaciones.

Mejor me concentro en mostrar mi mejor cara ahora para atraer a los compradores.

Suelto un suspiro que me calma y termino de preparar mi pequeño puesto.

Ese perfumero se jacta de que él venderá y yo no; sin embargo, mis perfumes poseen la esencia de aquellas flores que me costaron mucho haber conseguido, pero valdrá la pena el susto y…

Me relamo los labios y miro al cielo. Yo de verdad tengo mucha mala suerte.

Mi mano derecha se va al pecho por instinto y suelto otro suspiro, solo que esta vez es más largo.

Me entretengo con algunos clientes que se detienen en mi puesto, debido a lo estético que luce. De reojo miro al perfumero arrogante y me encuentro con su mirada de frustración sobre mí.

Después de que una clienta se marchara, me agacho detrás de mi mostrador para guardar el dinero, pero antes de levantarme, un olor familiar me inunda las fosas nasales e inquieta a mi loba.

Entonces siento que el aire se torna pesado y se me dificulta respirar.

Es él…

Me quedó paralizada, tan fría como un témpano de hielo y con el corazón agitado.

No…

—¿Qué tan finos son sus perfumes? —Su voz gruesa, pero elegante, con ese contraste que me hace dudar si es un salvaje sin buenas costumbres o un noble refinado, sobresale por encima del bullicio y deja un eco en mi pecho, en mi mente, en mi alma…

Es él, estoy segura…

«Nuestro mate», se emociona mi loba, pero yo estoy a punto del colapso.

—Qué bonitos perfumes, ¿quién vende aquí? —indaga y percibo se presencia cerca, tanto, que su sombra me acaricia de forma sutil.

Creo que olfatea y varios escalofríos me hacen titiritar.

Quiero pensar que ya olvidó mi olor; sin embargo, me inquieta que haya aspirado como si hubiera identificado mi esencia.

¿Y si me reconoce?

Él insiste, sumamente interesado en mis fragancias.

¡Qué me tragué la tierra ahora mismo! No quiero encarar a ese hombre, no quiero tener un lazo con él…

Pero muy en el fondo solo temo a ser rechazada, que él rompa los pequeños pedazos que tanto me ha costado volver a enmendar.

¿Por qué soy tan desdichada?

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