Loba solitaria – Capítulos 12-14

🔒 Desbloqueando capítulo…

Haz clic en el botón para desbloquear

Una semana después...

Clara

La mañana es hermosa, y mi ánimo ha mejorado mucho en estos días. Ya no tengo pesadillas y he hecho las paces con el hecho de que mi mate no me quiere.

Tal vez ese sea el precio que tengo que pagar y estoy bien con ello. Solo espero que todo esto termine pronto. Que ese gamma me rechace y yo a él, y no tener que vernos más. Bueno, lo de no vernos más creo que sí sucederá, nos rechacemos o no.

Ha pasado una semana desde la última vez que lo vi, y aunque intento no pensar en él, es imposible no recordar sus ojos avellanados, sus labios tan sensuales, su fuerza, su belleza viril.

Sacudo la cabeza de forma repetida mientras aprieto los ojos. No puedo seguir pensando en él. Ya me he resignado al hecho de que no me acepta y estoy dispuesta a renunciar a nuestro vínculo.

Tarareo una canción mientras preparo el desayuno. Hoy necesito hacer más perfumes para ir a venderlos mañana, ya que la despensa está vacía. Tengo que abastecerme de alimentos y algunos productos de higiene personal que ya me hacen falta.

Después de desayunar, salgo de mi pequeña cabaña. Al instante, la brisa fresca del campo me reconforta. El aroma de las flores silvestres, pero también el de las que tengo en mi jardín, se mezcla con la esencia que el viento arrastra del bosque y me regala un perfume exquisito y delicioso.

—La mañana está hermosa —digo, con una sonrisa, entusiasmada.

Los dedos me pican por crear, también la nariz por descubrir nuevas esencias. Tomo mis canastas y me apresuro a caminar alrededor del campo, observando cada plantita, cada florecilla que crece aquí. Hoy quiero hacer algo diferente, atrevido, novedoso, arriesgado.

Observo todas las flores que están regadas por doquier, adornando las gramas que crecen aquí y que suelo podar cada cierto tiempo. Tomo unas rojizas, luego unas amarillas. Veo las azules, pero las descarto, porque quiero hacer algo más vivo y alegre, algo más cálido.

Entonces, a la distancia, cerca de unos árboles, noto que están creciendo unas flores anaranjadas que solo he visto en este lugar, así que no les sé el nombre, pero huelen muy bien. Ya las he usado para aromatizar los detergentes de lavar, y la ropa queda fresca y con un aroma delicioso, así que no es dañina.

Corro hacia allá y recojo algunas de esas. Luego deseo agregar un toque fresco, verde, por lo que arranco las hojitas de una planta que destila un olor parecido a la menta, pero sin el dulzor.

Satisfecha con lo que he recogido, me doy la vuelta para regresar al taller, pero recuerdo que necesito unas cuantas naranjas para la cocina y algunos frutos para el postre. Quiero hornear un pastel de frutas en la tarde.

Así que me adentro al campo, entre los árboles, y avanzo con rapidez para buscar los frutos y tener tiempo de hacer todo lo que he planeado para el día de hoy.

Me pongo a cantar una canción que mi madre solía cantarnos a mí y a mis hermanos cuando éramos pequeños. Mientras recojo las naranjas, pienso en el sabor que le daré al pastel y veo algunos mangos. Son pocos, pero se me antojan. Lo bueno es que están maduros.

Me trepo en la mata y empiezo a tumbar algunos, pero también recojo los que ya han caído y los meto en la canasta que no tiene las flores. Cuando voy a levantarlas, percibo un olor familiar que me deja petrificada.

«Es él, nuestro mate», anuncia mi loba, emocionada, mientras salta de alegría en mi interior.

Yo, la verdad, no sé cómo sentirme, pero estoy temblando. Me he quedado rígida, congelada, sin saber qué hacer o qué decir.

Siento que un frío me recorre todo el cuerpo, como si fueran escalofríos que se adhieren a mis huesos. Mi mente está en blanco y mi corazón palpita con agitación.

Trato de calmarme y de que el miedo no me controle. No sé si correr, esconderme o enfrentarlo de una vez por todas. Había deseado que él me rechazara, que terminara con mi tortura, con esta incertidumbre que me está volviendo loca. Sin embargo, enfrentarlo y que de verdad lo haga me aterra, como nunca nada me ha aterrado antes.

«En el fondo, lo deseas tanto como yo», me dice mi parte lobuna, y creo que tiene razón, pero no quiero aceptar esa realidad.

De todas formas, ¿de qué vale que yo lo quiera a él si él no me quiere a mí?

Su aroma es como un imán que me atrae hacia él y, de repente, me veo dando pasos torpes, lentos, asustados, pero no puedo detenerme.

Camino hacia donde se encuentra, oculto detrás de los árboles, hasta que escucho sus pasos y el movimiento de las hojas, y lo veo salir del cúmulo verde.

Sus ojos avellanados me observan con una mezcla de incertidumbre, miedo y algo más que no logro definir, pero me gusta cómo se ven y resaltan bajo sus pestañas oscuras.

Asimismo, la manera en que el cabello castaño le cae sobre el rostro, la forma en que sus labios se aprietan, como si quisieran decir algo, pero no se atrevieran. Solo espero que no sean palabras de rechazo… o quizás sí, tal vez eso sea lo mejor.

Trago pesado, me aclaro la garganta, dispuesta a enfrentarlo de una buena vez.

—¿Qué quieres? ¿Qué buscas en mi territorio? —interpelo, tratando de sonar valiente, pero mi voz sale un poco quebrada.

Qué tonta.

Él asiente, mira hacia abajo, luego regresa la vista hacia mí, y tiemblo cuando sus ojos me escrutan con tanta intensidad.

Hay algo extraño en él y, de alguna forma, empiezo a inquietarme, como si presintiera que no está bien.

Noto que su piel luce pálida y, de repente, estornuda; de su nariz sale sangre, de su boca también, y es entonces cuando lo noto. Se está poniendo la mano en el pecho, y su armadura está rota y manchada de sangre. ¿Cómo no lo noté antes?

Dejo caer las canastas; mi corazón salta con ímpetu y una sensación gélida me recorre todo el cuerpo. Me apresuro hacia él, como si nos conociéramos de toda la vida, con una confianza que desconozco de mí.

—¿Estás bien? —le pregunto.

Él niega y, con dificultad, me dice:

—Ayúdame, por favor. Estoy envenenado con acónito y malherido. Mi lobo no puede sanarse solo debido al veneno.

Cae de rodillas y se abraza a mis piernas. El contacto empieza a quemarme, pero no es momento para eso. Necesito ayudarlo.

—Por favor, ayúdame a llevarte a la cabaña —le digo, porque es demasiado grande y pesado para mí.

Él se recuesta en mi pecho y yo trato de levantarme con su peso sobre mí. Se me hace difícil, pero como puedo, me arrastro con él hacia la casa. Dejo tiradas las canastas allí, pues poco me importan ahora mismo.

Tengo que salvarlo.

Mi loba me da fuerza para poder sostenerlo; entonces lo arrastro y lo llevo adentro. Él cae al suelo, sin poder mantenerse de pies más, y yo empiezo a sollozar bajito, porque no sé qué hacer.

—Por favor, por favor, aquí no. Vamos a la habitación.

Lo ayudo a levantarse. Él se arrastra junto a mí y, cuando llegamos a mi cuarto, se deja caer en la cama.

—Necesito que me ayudes a sacar el acónito. Una vez el veneno esté fuera de mi cuerpo, mi lobo podrá sanar la herida —dice, antes de caer en la inconsciencia.

Lo sacudo, con lágrimas descendiendo de mis ojos.

—Por favor, no. Dime cómo lo hago. Ayúdame a sanarte.

Lloro, desesperada, porque no tengo ni idea de cómo sacarle el acónito. Pero si no lo hago pronto, él morirá.

Garthor

Los pocos guerreros que me fueron asignados caminan detrás de mí, atentos, pues estamos en tierras peligrosas.

Este lugar, un estrecho entre la región Kal y el territorio sin reino, donde los lobos solitarios y rebeldes suelen habitar y utilizarlo para hacer sus fechorías, conecta con una manada a la que debemos llevar asistencia militar; por eso voy en persona.

Lo extraño aquí es la cantidad de guerreros que me han concedido, pero supongo que se debe a que el rey Kal desea mantener esta cooperación en secreto. Mientras menos hombres, más bajo el perfil.

Esa es mi suposición.

—Algo no me cuadra —expreso a uno de ellos, un líder que es experto en el entrenamiento de novatos.

Él asiente, en acuerdo, y mira a su alrededor, receloso.

—No sé quién aprobó esta misión, pero me parece un poco turbia. Siento que nos mandaron a la boca del lobo. Lo que más me sorprende es que te enviaran a ti, el gamma de gammas, con tan pocos recursos —me responde.

Niego, para restar importancia, aunque me parece un poco insultante la manera en que se me ha enviado a este sitio.

Sin embargo, estoy acostumbrado a cumplir por encima de la incomodidad y lo injusto. Ya muchas veces he arriesgado mi vida para satisfacer los caprichos del rey; no veo que en esta ocasión tenga que ser diferente.

—Raro me parece que Azrael no haya venido. Últimamente está metido en todas mis misiones —le comento, pero Den me responde con un encogimiento de hombros.

—Escuché que se ofreció a escoltar a la princesa Isabella, quien está de viaje a las montañas de sanación.

Me quedo en silencio, pensativo.

Es raro que Azrael se ofreciera a algo tan… trivial.

¿Ahora es escolta? ¿Qué se trae entre manos?

—Te parece raro, ¿cierto? —me descubre Den.

Asiento.

—Sí, es bizarro. Y supongo que el rey se sintió halagado de que un gamma de alto rango se convirtiera en el guardián personal de su amada sobrina —me burlo.

—¿Crees que él busque ganarse puntos con el rey? —me pregunta Den.

Yo me encojo de hombros, pues poco me importa.

—Es lo obvio. Aunque, conociéndolo, puede que busque más que simpatía. Siempre está planeando algo raro —concluyo.

Den ríe, en acuerdo, y seguimos conversando mientras cabalgamos.

De repente, tengo un presentimiento extraño. El aire se torna pesado y trae aromas diferentes a los nuestros. Mis ojos se entrecierran y olfateo. Aminoro la velocidad del caballo; Den capta la tensión y hace que los guerreros que nos siguen se detengan.

Observo a mi alrededor, en busca de algo o alguien, pues me siento rodeado, como si tuviéramos compañía.

—¿Todo bien? —me pregunta él, quien también presiente que algo anda mal.

Asiento en silencio mientras trato de escuchar algo, pues percibo una presencia, quizá pasos que se acercan. La brisa me levanta el cabello y el polvo, y me trae esos olores que me repugnan, no porque sean desagradables, sino porque huelen a enemigo.

—Estamos rodeados —informo—. Creo que caminamos directo a una trampa.

Den se tensa y mira de reojo a los hombres que esperan detrás de nosotros. No son muchos y, si esto es una trampa, el enemigo debe ser el doble, o quizá más.

—¿De verdad crees que es una emboscada? —indaga, y puedo ver indicios de preocupación en su semblante.

—Puede que sí… O quizá sea mera casualidad. No estoy seguro —le respondo, manteniendo la calma—. Todo está muy extraño: esta misión a este lugar con tan pocos hombres, y ahora esto. No, eso no es casualidad.

—Pero el rey no te haría daño a ti, que eres su gamma más preciado —razona Den, y tiene razón.

—Lo sé. Quizá el rey no esté informado de esta misión, o puede que sí, pero no bajo estas condiciones. Alguien me puso una trampa.

—¿Un traidor?

—Sí.

—¿Qué hacemos? —me pregunta.

Suelto un suspiro.

—No queda otra que luchar. Si vemos que todo se complica, hacer la retirada.

—¿No deberíamos simplemente retirarnos?

—Podríamos intentarlo, pero tendremos que pelear de todas formas. ¿Crees que nos dejarán ir?

Den hace señas a los demás guerreros que están a nuestra espalda, indicándoles que estamos en una emboscada. Cada uno saca su arma y se prepara para la lucha.

En cuestión de segundos, nuestros enemigos, al verse descubiertos, salen. Primero un grupo, luego otro, y otro, y otro. Toda una multitud.

¿Una estrategia bien planeada? Claro. Para destruir al gamma de gammas se necesita un buen enfrentamiento. Y supongo que estos guerreros no son simple rebeldes. Son expertos.

Todo transcurre en un abrir y cerrar de ojos.

Las espadas rechinan; los caballos relinchan; el polvo y la piedrecilla son levantados con violencia. Sangre cae, gritos, alaridos, ataques. Pelea encarnizada. Algunos se convierten en lobos, otros simplemente se lanzan con sus armas.

—Estamos completamente rodeados —anuncio.

Lucho. Con una mano agarro las riendas y con la otra manejo mi espada.

Quito la vida a decenas de guerreros y salvo a algunos de mis hombres, pero no puedo luchar contra tantos contrincantes y defenderlos al mismo tiempo. Tendrán que arreglárselas solos. Al fin y al cabo, esta es nuestra vida como guerreros y protectores del reino de Kal: arriesgarla en cada batalla.

Y eso hago: peleo hasta que no tengo fuerzas.

De repente, siento que algo se clava en mi cuello. Es una agujita pequeña; la saco y me debilito.

No puede ser. Rayos.

A pesar de la debilidad, sigo luchando, pero puedo percibir cómo mi lobo se va desvaneciendo. Mi cuerpo tiembla, sudores fríos me recorren. Las palpitaciones de mi corazón se aceleran de una manera sofocante.

¿Qué rayos es? ¿Algún veneno?

El olor a acónito llena mis fosas nasales y entonces lo entiendo. Se han armado de matalobos para debilitarnos y poder acabar con nosotros rápido.

Advierto a mis hombres y anuncio la retirada.

—¡Tenemos que tratar de escapar como podamos! ¡Vamos a dividirnos!

—¡Den! —le grito a mi amigo—. Toma un camino, trata de huir. Yo haré lo mismo. Nos encontraremos en Zafiro.

Él asiente.

Jalamos las riendas y nos damos la vuelta. Cada uno por su lado, pero el enemigo nos persigue.

Avanzo a gran velocidad, rumbo a un bosque. Allí me será más fácil perderlos.

Cabalgo con todas mis fuerzas, aunque creo que me queda poca, pues el acónito está haciendo su efecto. Mi lobo va desapareciendo cada vez más y mi cuerpo entra en un trance.

Estoy rodeado por guerreros y lucho, aunque estoy débil. Mato a tres, hiero a uno, pero diez más me acorralan. El caballo relincha, se levanta en dos patas y me deja caer. Él escapa y yo quedo tirado, rodeado.

Mantengo la lucha, aunque estoy muy débil, y sigo acabando con mis enemigos. Sin embargo, al ser tantos, logran herirme en el pecho. Caigo, pero vuelvo a levantarme.

Con rapidez, no lo pienso mucho: aprieto la cadenilla que recogerá mi vestimenta, pues, al ser tan urgente la transformación, necesito estimularla para que actúe rápido; no vaya a ser que se destruya antes de ser recogida.

Cambio a mi forma de lobo.

Mis garras se clavan en la carne de algunos rebeldes y mis colmillos hieren el cuello de guerreros fuertes que llevan ventaja sobre mí.

Sin embargo, mi lobo se desvanece en un instante y caigo casi inconsciente, en mi forma humana.

Todo por culpa del matalobos, que suprime mi habilidad licántropa y me hace tan débil como un humano común.

De repente, siento un dolor punzante en el brazo, luego en el estómago. Me están clavando sus espadas. Sacudo la cabeza y uso mis técnicas de lucha. Sus armas son tan afiladas que han atravesado mi armadura.

Lucho y corro. Noto que hay un pequeño risco y, abajo, un río. Entonces, sin pensar dos veces, me tiro, dejándolos allá arriba, buscándome.

Mientras caigo, en mi mente se visualizan unos ojos grandes y azules, tan puros como el cielo. También una larga cabellera dorada como el sol y unos labios rosas con los cuales he fantaseado desde que la conocí.

Por lo menos no tendré que rechazarla ni viviré con la agonía y la indecisión de escoger entre ella y el deber. Quizás, si muero, pueda liberarla.

Clara

Mientras le quito la armadura y le rompo la camiseta, mis ojos derraman lágrimas de terror.

Tiemblo, y las sacudidas de mis manos son un obstáculo para terminar de desvestirlo. No solo eso: también la inhibición que hay en mí, pues nunca he tocado ni estado tan cerca de un hombre desnudo, en especial de este, que es desconocido y que significa tanto para mí ahora.

Cuando logro quitarle todo y dejarlo solo con la ropa interior, le limpio las heridas, pero no sé qué más hacer. El acónito sigue en su cuerpo y, hasta que no salga, su habilidad licántropa no podrá sanarlo.

Además, ese veneno podría matarlo.

Lloro desesperada porque de verdad no sé qué hacer, no sé cómo ayudarlo. Soy buena perfumera, capaz de crear esencias deliciosas con las plantas; sin embargo, no sé usarlas para la medicina. Nunca lo he hecho.

Doy vueltas por la habitación mientras trato de pensar en una solución, y lo único que se me ocurre es ir a la manada más cercana y buscar ayuda o comprar algún antídoto que neutralice el veneno.

Sin embargo, me da miedo dejarlo aquí solo y que su estado empeore o, peor aún, no llegar a tiempo.

Sacudo esos pensamientos negativos de mi mente y, decidida, voy por el dinero que me queda, que no es mucho, ya que tenía que hacer perfumes y venderlos para poder abastecerme.

Agarro mi pequeña bolsa y, antes de irme, le doy una última mirada al gamma, que yace moribundo sobre mi cama.

Me limpio las lágrimas y suelto un largo suspiro.

—Regresaré, te lo prometo —le digo.

Salgo deprisa. Llegar a la manada más cercana me tomará demasiadas horas si voy en mi forma humana, así que cierro los ojos y me transformo en loba. Entonces tomo mi bolsita con la boca y corro lejos de la cabaña.

A medida que avanzo, la angustia en mi pecho aumenta, y esa ansiedad me hace temblar.

Estoy demasiado inquieta, demasiado preocupada.

La desesperación trae escenarios horribles a mi mente, a los que trato de no darles importancia, de hacerlos desaparecer. Sin embargo, es difícil no perderme en esas imágenes aterradoras en las que realmente lo pierdo, aunque no sea mío.

Corro, rápido, agitada, ansiosa por llegar. No sé cuánto tiempo pasa, pero ver una carretera me llena de alegría. Entonces aumento la velocidad, deseosa de llegar a algún lugar donde pueda conseguir un antídoto.

Mis patas impactan contra el suelo pavimentado mientras corro desesperada en medio de la carretera.

No sé cuánto tiempo me toma, pero la alegría y la esperanza florecen en mí cuando veo la entrada de la manada. Entonces recupero mi forma humana y, de inmediato, la ropa sale de la cadenilla en mi cuello y me cubre el cuerpo.

Corro, desesperada. Los guardias me dejan pasar, pues ya me conocen, debido a que suelo vender en el mercado de esta manada y también hacer mis compras aquí.

Mis pasos son veloces sobre la calle de piedra y cemento de la plaza de la manada. Las personas van y vienen, ajenas a mi situación, a mi terror.

Trato de mantener la compostura, pero estoy tan sofocada y alterada que mi corazón palpita desbocado y la respiración se me ha vuelto caótica. Asimismo, el cuerpo me tiembla e incluso estoy sudando.

Me imagino lo rojas que deben estar mis mejillas y mis ojos, que me arden. Trato de no llorar, de no llamar la atención, pero tampoco creo que a nadie le importe mi estado, pues todos me ignoran.

—¿Dónde quedan las tiendas de sanación? —le pregunto a una persona al azar que me observa con intriga, y noto lástima en su semblante al ver mi estado.
—A una cuadra hacia allá, en un edificio verde aceituno —me explica mientras extiende su mano en dirección al norte.

Le agradezco y me voy corriendo, sin importarme que me crean loca o escandalosa. Lo único que anhelo es llegar pronto, comprar el antídoto y salvar a mi mate, a ese que intentó rechazarme y me dejó abandonada, sin saber qué esperar de él, ya que ni me rechaza ni me acepta.

Me limpio las lágrimas que salen sin permiso y sigo avanzando.

Cuando ya he corrido por varios minutos y creo que he cruzado una cuadra completa, observo los edificios. Entonces uno capta mi atención. Está en el centro de otros y tiene la misma descripción que recibí; luce exactamente como lo que me dijo la persona que me ayudó.

Me apresuro a ir allí y entro. El frío del lugar choca con mi piel caliente y, de alguna forma, me trae un poco de alivio. Las miradas se posan sobre mí, curiosas, intrigadas y hasta un poco preocupadas por el estado en el que vengo.

—Necesito un antídoto para acónito —digo, tajante, directa y sin rodeos. Solo quiero comprarlo e irme.

Una persona de los presentes asiente sin decirme nada más y saca varios frascos. Entonces empieza a darme el precio. Miro lo que tengo en mi bolsita, pero me temo que no me alcanza.

La impotencia me provoca un frío desolador en el pecho y me congela por unos segundos, en los que maquino mis opciones: ninguna, pues no poseo el dinero para cubrir siquiera el frasco más diminuto.

Frustrada, me pongo a llorar.

—Vivo cerca de esta manada y suelo vender en el mercado mi perfume —digo con la voz quebrada por el llanto—. Si me vende por lo menos ese frasco pequeño, le prometo que le traeré el dinero completo.

Le muestro lo que tengo. La persona se mira con otra, como si buscara la respuesta en ella.

—Por favor, ayúdenme —les suplico—. Si no llevo el antídoto, mi pareja morirá. ¿Saben lo doloroso que es perder a un compañero destinado? —les digo, aunque esté mintiendo.

 Él no es mi pareja. Sí es mi destino, el alma que la naturaleza me concedió. Sin embargo, no hay unión entre nosotros.

Ellos me observan con duda; luego ponen la mirada en los frascos, después en mí y, finalmente, se miran entre ellos. Tiemblo de los nervios. Nunca me había visto en una situación como esta.

—Por favor, tengan piedad. Haré lo que me pidan —les digo, desesperada.

Uno de ellos saca unos papeles, parecen un formulario, y me dice:

—Firma. Deja tu nombre completo. ¿Tienes algo de valor contigo?

Entonces recuerdo mis aretes. Me los regaló mi papá cuando cumplí los dieciocho años, porque ese día me transformaba. Son valiosos para mí. Nunca me los he quitado. Los toco por instinto y más lágrimas caen.

—Sí —le digo, decidida.

—Entonces firma y rellena este formulario. Guardaremos lo que tengas de valor. Cuando pagues todo lo que te falta, te lo devolveremos.

Tomo el lapicero y firmo. Tiembla en mis manos, pero aun así relleno la información. Mis letras salen atropelladas, debido a mi mal estado. Luego me quito los aretes y se los doy. Veo cómo los guarda y siento que el corazón se me rompe.

Eso era lo más cercano que tenía a mi familia, la que dejé y a la que no he vuelto a visitar.

Compartir