Capítulo 22
Sam fue visitada por los amigos de Arthur, que eran maestros en medicina y droguería. Tomó clases intensivas con ellos, quienes la ayudaron a poner su laboratorio con sus firmas y reconociéndolo ante la ley.
Varios meses pasaron y, aunque no lo hacía muy seguido, Sam aún tenía que seguir aprendiendo y su laboratorio ser inspeccionado cada cierto tiempo por expertos. Ella trabajaba junto a un grupo de estudiantes casi graduados en el área, todos ellos muy buenos y sobresalientes.
Ella se miró en el espejo por última vez y sonrió. Poco a poco había cambiado su forma de vestir y sus compras con Anabela le habían llenado el clóset de vestidos más juveniles y bonitos. Después de aplicarse un lindo labial, se puso el velo sobre el rostro, pues solo Arthur tenía el privilegio de verlo.
La velada con su novio fue romántica y especial, puesto que Arthur la trataba como si ella fuese una reina y siempre se inventaba una salida para poder tenerla para él solito.
Bajo la luna, su novio deshacía el labial de su boca. Sus besos eran dulces y atrevidos. Arthur era una combinación entre ternura y pasión, caballerosidad y picardía.
—Estoy ufano de cómo has cambiado y te vas amando y valorando con el tiempo. —Le acarició la mano y dejó un beso corto sobre ella.
—Me has enseñado mucho, Arthur. Has estado conmigo en mi momento más vergonzoso y bajo. La vida me ha recompensado con tu amor… —Hizo pausa y trago pesado.
—Sin embargo… —Él rodeó sus hombros y la besó en la frente, entendiendo que había una oposición.
—No sé si debas empezar los preparativos para la boda. No te conviene presentarme como tu prometida, Arthur.
—¿Por qué, Sam? ¿Hay algo que debas decirme? —La miró a la expectativa y ella se puso nerviosa.
—No… —Maldijo en sus adentros por ser tan cobarde y no enfrentar la verdad de una buena vez.
—Debes saber, Sam, que haré hasta lo imposible por protegerte; no permitiré que nada ni nadie te dañe de nuevo. Amor, debes ser fuerte y afrontar. Puedes confiar en mí, hermosa.
Él le acarició las mejillas con su pulgar y ella se le tiró encima. Se aferró a su cuerpo como aspirando su esencia, dado que lo había decidido. Era mejor dejarlo libre y no perjudicarlo con sus problemas.
***
—Hola, Anabela —Samuel se acercó a ella con una canasta de naranjas dulces. Anabela tomó el regalo con una sonrisa que lo sonrojó.
—Hola, Samuel.
—¿Vienes del doctor del comportamiento? —preguntó con timidez, y ella asintió divertida.
—Sí, vengo de ver al psicólogo.
—Qué bien… —Se rascó la nuca y la miró con nerviosismo—. ¿Te gustaría dar un paseo?
Ella asintió. Incrédulo y lleno de dicha, él corrió a buscar su caballo.
Después de un rato, ambos cabalgaban sobre la hermosa llanura, siendo acariciados por la brisa fresca.
—¡Eres muy buena jinete! —Él se apeó del animal decidido a ayudarla, pero ella saltó con agilidad.
—Siempre te voy a ganar, Samuel —dijo triunfante.
Él le extendió la mano, ella se sostuvo y ambos conectaron sus miradas. Caminaron por un largo rato y luego se sentaron sobre un gran risco.
Conversaron sobre temas banales, rieron de las anécdotas de Samuel y hablaron un poco acerca del tratamiento de ella.
—Ya me siento mejor conmigo misma y no me dejo acongojar por los sentimientos de culpa —confiesa mientras mira hacia el horizonte.
—No deberías sentirte culpable.
—Lo sé, por eso trato de liberarme de ese sentimiento negativo. Todavía me da vergüenza mirar a las personas a los ojos y no puedo evitar lavarme las manos muy seguido. No dejo de sentirme sucia.
Samuel le agarró la mano y la apretó con delicadeza, temía que su bruteza la espantara como casi siempre sucedía.
Ella, en cambio, se perdió en esos ojos pardos que lucían confundidos. Reconocía que tenía culpa de eso, pues ya él no sabía qué hacer o decir que no la alterase; pero era lindo que, pese a los malos entendidos y su amistad complicada y difícil, él estaba a su lado. Le encantaba recibir esa atención y afecto, por lo que su apoyo le era reconfortante.
No se percató en qué momento sus rostros quedaron tan cerca y sus labios se rozaron. Ella temblaba de los nervios, pues tenía más de un año que no besaba y volver hacerlo la aterrorizaba; sin embargo, deseaba probar los labios de él y comprobar que aquella ilusión era real.
Samuel la atrajo por la nuca con delicadeza y unió sus labios de una manera dulce y sin prisa. Se sorprendió de sí mismo, dado que él siempre había sido puro fuego y sus besos arrebatadores y bruscos. Pero con ella era diferente.
A Anabela la trataba como si fuese un vaso frágil, que si no se cuidaba podía romperse en sus manos. Se sentía extasiado y su corazón palpitaba con intensidad, ya que nunca antes se había sentido tan victorioso al dar un beso; era inefable la sensación y estaba seguro de algo: se había enamorado de Anabela.
Con sonrojo y sonrisas tímidas, Samuel y Anabela regresaron a la hacienda. Después de llevar los caballos al establo, decidieron tomar café en la casa de Arthur con él y Sam. Samuel decía tonterías que provocaban carcajadas en ella.
—¡Samuel! —Jacqueline corrió hacia él y se le tiró encima. Besó sus labios como si no hubiera un mañana, mas él se quedó petrificado por la sorpresa, puesto que esta había regresado a su región varios meses atrás y él no supo más de ella.
Anabela bajó el rostro con rabia, ya que se sentía una tonta en ese momento.
—Los dejo solos para que tengan privacidad —comentó de mala gana y entró a la casa, emanando chispas.
—Jacqueline, suéltame. —Samuel recuperó su espacio personal—. ¡Ana, espera! —gritó angustiado. Decidido a ir por ella apresuró el paso, pero la rubia la jaló por el brazo y se le enganchó encima.
—Deja a la señorita temperamento explotar sola y vamos a tu cabaña. No te imaginas lo ansiosa que estoy por sentirte dentro de mí.
—¡Qué demonios! ¡Tú debes ser loca! —La ira lo consumía, puesto que por su culpa se arruinó el poco avance que tuvo con Anabela.
—¡Cuida tu forma de hablarme! —Ella contraatacó, pero el rio con ironía.
—Te desapareces por meses sin dar noticias y ahora vienes como si nada a pedirme sexo. ¡Tú no eres normal!
Ella rodó los ojos.
—Sabes que no puedo ofrecerte más que esto, Samuel.
—Pero yo no quiero solo sexo. Además, todo este tiempo he reflexionado acerca de lo que deseo hacer y estoy enamorado de Anabela, así que yo quiero intentarlo con ella.
—¿Estás seguro? Ella no está en condiciones para satisfacerte. —Se cruzó de brazos.
—¿Solo piensas en sexo? No quiero ser egoísta y pensar en mi satisfacción. No voy a ser como ese novio que la abandonó porque no fue lo suficientemente hombre para afrontar los retos de su relación.
—Pero ustedes no son más que amigos. No tienes ninguna responsabilidad con ella, Samuel.
—Pero la amo. Quiero estar a su lado sin importar cuan oscura es su situación actual. Si tanto anhelo tener la oportunidad de disfrutar de lo bueno, debo estar dispuesto a afrontar lo malo también.
—Bien. Si es tu decisión, la respeto. Me quedaré con el recuerdo, entonces. La pasamos muy rico juntos. —Ella lo besó y lo abrazó como despedida. Jacqueline no entendía el porqué de su tristeza si la relación de ellos siempre se trató de sexo.
Por su parte, Samuel se limitó a asentir. Sin darle importancia al rompimiento de lo que sea que haya tenido con la rubia, él se fue tras Anabela, entonces dos lágrimas rodaron por las mejillas rosadas de Jacqueline.
***
Arthur jugaba con un lápiz mientras analizaba las palabras de Samuel.
—Entonces no has dado con Julia Rivera —confirmó decepcionado.
—No. Se dice que ella dejó la región antes de que Samay Fraga escapara. Escuché sobre un nieto que se mudó en el territorio de los montes del Sur, pero ni rastro del chico.
—Hay algo en esta historia que no concuerda. —Arthur mencionó pensativo.
—A mi parecer, hay muchas cosas que no concuerdan. —Samuel caminó en círculos y luego se sentó.
—¿Sabes si Samay Fraga sigue casada con Daniel White? ¿Pudiste investigarlo?
Samuel lo miró suspicaz porque no entendía su interés en esa historia. Por más que él buscara ayudar a las demás personas y hacer justicia, en esta ocasión presentía que Arthur tenía otras razones.
—No lo sé, aún. Eso es todo un misterio, pues él pregonaba que Bárbara Fraga era su mujer. Se dice que Daniel se divorció tiempo después, pero para eso debió haber tenido algún contacto con su ex.
—Si eran cómplices pudieron llegar a ese acuerdo o tal vez estén casados aún.
Samuel se encogió de hombros y Arthur se volvió a perder en sus pensamientos. Temía a la verdad, pero al mismo tiempo, necesitaba descartar cualquier vinculación entre Sam y esas personas. Si tan solo ella le hablara de su pasado, él no estaría tan preocupado al respecto.
***
Samuel salió del estudio de Arthur y se dirigió a la cocina.
—Toma un poco de té, mi niño. —Nidia le pasó una taza sonriente.
Había notado que él estaba apoyando a su nieta y ese gesto la llenaba de felicidad. Anabela era su prioridad y deseaba verla casada con un buen hombre.
—¿Qué huele tan bien? —Jacqueline entró a la cocina y Samuel se tensó.
Nidia le pasó una taza con la aromática bebida de mala gana. Después de que Samuel se enredó con ella, la señora no la pasaba.
Jacqueline observaba a Samuel en silencio. Los momentos intensos que vivieron meses atrás inundaron su mente y un sentimiento de nostalgia le embargó el pecho. Nunca había extrañado a un hombre como a él, esa fue la razón de alejarse por tanto tiempo; sin embargo, su deseo de verlo pudo más que su criterio.
—Abue, los dueños de la hacienda vecina van a vender. ¿Puedes creerlo? —Anabela entró de repente, pero se detuvo al instante cuando vio a Samuel y a Jacqueline en la cocina.
—Anabela… —balbuceó él con ojitos brillosos, mas ella hizo una mueca de desagrado.
Jacqueline observaba a los tórtolos atenta a sus movimientos.
Enterada del escrutinio de su rival, Anabela se acercó a Samuel con flirteo. Decidió dejar sus miedos atrás y dar la pelea; esta vez, no permitiría que Jacqueline lo apartase de ella. Le ganaría en todos los sentidos, incluso, a largo plazo, obtendría lo que ella no pudo.
—Samuel, ¿podemos hablar? —preguntó mientras le acariciaba la mano con coquetearía. Él asintió nervioso y ansioso.
—¡Por supuesto! —Se paró de prisa y se la llevó a rastras.
Jacqueline los siguió con la mirada hasta que ellos desaparecieron de su campo de visión, así se mantuvo por unos segundos, sumergida en sus pensamientos. Se puso una de sus manos sobre el pecho cuando aquella extraña sensación la golpeó de repente. ¿Por qué le dolía tanto?
—Ellos hacen una linda pareja. —comentó Nidia con una sonrisa de satisfacción, sacando a Jacqueline de su ensoñación.
Ella asintió con desdén y continuó tomándose su té. Había algo que no le agradaba sobre esa relación y, aunque reconocía que estaba celosa, aquel sentimiento amargo era más un presentimiento que el egoísmo de los celos.
***
—¿Lista? —Arthur le extendió la mano a Sam con esa linda sonrisa que lo caracterizaba.
Ella se sostuvo de él y entró al vehículo, el cual consistía en un extraño carruaje arrastrado por caballos. Ambos vestían de forma elegante y estaban bien arreglado, dado que la situación lo ameritaba. Arthur fue invitado a una fiesta de compromiso de la hija de un amigo de su padre y decidió que ese era el momento indicado para presentar a Sam como su futura esposa.
Llegaron al lugar y Sam miraba cada detalle de la ostentosa fiesta con timidez. Todos se le quedaban viendo curiosos, gracias al velo que le cubría el rostro, y se imaginaban que ella debía ser una habitante de los países del otro lado del océano.
Arthur la presentaba como su novia a todos sus conocidos, razón por la que ella trataba de controlar los nervios para no avergonzarlo.
—¿Todo bien, hermosa? —Él acarició el manto sobre su cara y ella asintió con un suspiro—. Sé que no te sientes cómoda rodeada de tantas personas desconocidas, pero poco a poco te acostumbrarás.
—¿Por qué me presentaste como tu novia? —Su pregunta fue parecida a un cuestionamiento rudo. Él la miró sorprendido y le acarició el cabello.
—Porque eso eres, Sam. ¿Cómo debo presentarte, entonces? —Ella notó enojo en su tono.
—Como a una amiga o invitada. No estoy a tu nivel, Arthur. —Miró al suelo con timidez.
—No vuelvas a decir eso jamás, amor. —La abrazó y se quedó con ella atrapada entre sus brazos—. Eres perfecta para mí, así que deja de pensar tonterías y disfrutemos de la fiesta.
Ella asintió sintiéndose culpable y temerosa de que él se cansara de su actitud negativa, pero era difícil lidiar con sus demonios y sonreír como si todo estuviera bien.
Saludaron y conversaron con más personas y, después de un largo rato en esa dinámica, ella pidió permiso para ir al baño; no obstante, se detuvo pasmada cuando vio nuevos invitados entrar.
El pulso se le aceleró y los temblores en su cuerpo denotaban su nerviosismo e impresión. Reconocía esos ojos verdes de mirada intensa, esos labios que sonreían con hipocresía y esas manos que tanto la maltrataron. No, eso no estaba pasando. Tenía que salir de allí cuanto antes.
Capítulo 23
Un beso tras otro…
Estaba sorprendido, pero no iba a desaprovechar el momento haciendo preguntas, aunque sintiera que algo faltaba…
—Samuel… —Anabela se distanció agitada—. Quiero que lleguemos a algo más que una amistad.
Él se quedó petrificado. ¿Acaso estaba soñando?
—¡Por supuesto! —se apresuró en responder—. Sabes que eres especial para mí y es lo que más deseo.
Un beso selló el comienzo de su relación.
Por otro lado, Jacqueline daba vueltas en la cama. Se sentía tonta, puesto que no entendía aquel enojo, aquel dolor.
—Él fue solo sexo —se repitió por tercera vez—. Ya tomó su decisión, él se lo pierde. —Trataba de convencerse a sí misma, aunque la sensación de tristeza e impotencia eran más fuertes. ¿Por qué se sentía usada?
***
Sam se devolvió con prisa, jaló a Arthur con brusquedad y lo miró con nerviosismo.
—Quiero irme. —Tanto su voz como su cuerpo temblaban.
Él la observó con preocupación, pues su comportamiento era igual a cuando le daban aquellas crisis.
—Claro que sí, pero cálmate. ¿Sucedió algo? —Agarró sus manos frías y temblorosas, pero ella lo miró con ruego.
—Vámonos, por favor —pidió con ojos llorosos, y él asintió. Entrelazó sus manos y se dirigió hacia el amigo de su padre.
—Antón, muchas gracias por la invitación. Ha sido una hermosa velada, pero mi novia está indispuesta, así que tendremos que marcharnos —se disculpó con el anfitrión, quien asintió comprensivo.
—Gracias a ustedes por venir, Arthur. Ve y atiende a tu novia, no sabes cuánto me alegro de que hayas conseguido una buena mujer, eso escasea en estos tiempos. —El señor sonrió con amabilidad. Arthur iba a dar la vuelta para marcharse cuando varias personas se le acercaron.
—¡Mis más cordiales saludos, señor Antón Dars!
Esa voz…
De mamera instintiva, Sam se refugió en los brazos de Arthur, quien entendió que debía sacarla de allí cuanto antes.
—¡Arthur Connovan! —El señor Delton lo nombró con obvia hipocresía—. Presentaste a tu novia ante todos, menos a mí.
—Disculpe mi descortesía, pero debo irme ya —respondió de mala gana.
—¿Arthur Connovan? —Daniel lo miró a los ojos con una sonrisa retorcida. Ese era el hombre de quien sus nuevos amigos le habían hablado—. He escuchado mucho acerca de usted, de cómo lucha en contra de la corrupción en este lugar. Soy Daniel White, amigo de los Delton y nuevo habitante de este pueblo.
Arthur agrandó los ojos. Daniel White era de quien Samuel le había hablado, el ex esposo de Samay Fraga, aquella mujer que tanto lo intrigaba.
—Es un placer conocerlo, señor White. —Ambos apretaron manos en un «cordial» saludo mientras se miraban con intriga y suspicacia.
—¿Quién es la hermosa mujer a su lado? —inquirió Daniel, enfocando su atención en Sam, quien se hundió más en Arthur.
—Es mi novia Sam —la presentó con recelo.
Daniel se quedó observándola con curiosidad, puesto que esos ojos los reconocería donde fuera.
—Disculpe mi descortesía, pero ¿por qué su novia usa un velo? ¿Qué es lo oculta debajo de esa tela? —preguntó con tono burlón, causando que los temblores de Sam aumentaran.
Ella se aferró con más fuerza al cuerpo de Arthur y ocultó el rostro en el pecho varonil. Sabía que su acción sería mal vista, pero ya no estaba razonando. Era él, su esposo. El hombre que tanto daño le hizo, de quién tuvo que escapar para salvar su vida y el culpable de que no estuviera con su bebé.
Sam miró a Arthur con ruego y este entendió que ella necesitaba salir de allí cuanto antes.
—Si me disculpan, nosotros nos retiramos —anunció él.
Daniel sonrió sin quitarle la mirada de encima a Sam.
—¡Pero si la fiesta apenas comienza! Mejor bebamos un par de tragos y así nos conocemos; como ente importante de esta región, me es bueno relacionarme con las personas que tanto influyen aquí —insistió Daniel, quien mantenía la mirada divertida sobre Sam.
—Será en otra ocasión, mi novia está indispuesta y debemos regresar —respondió un poco incómodo. No le gustaba ese hombre, como tampoco le agradaba que fuera amigo de los Delton y Jones, en especial porque era obvio que este formaba parte de sus negocios turbios.
—Por cierto, no respondió a mi pregunta. —Daniel atacó.
—Es una pregunta privada, señor White. Solo Usted ha tenido la descortesía de indagar acerca del velo que usa mi novia; pero si tanto desea saber, utilizarlo es una costumbre en su país —mintió para salir del paso.
—Oh… Entonces ella es de los países que están ubicados en el otro lado del océano —ironizó—. Se fue lejos a buscar esposa, señor Connovan. —Sonrió malicioso—. Por cierto, ¿cuál es el apellido de su novia? ¿Viene ella de una buena familia?
Arthur empezó a emanar sudor gélido ante el interrogatorio. Los ojos expectantes de los demás lo pusieron alerta y supo que debía ser cuidadoso con la información que daba, puesto que estaba consciente de que sus enemigos buscarían cualquier excusa para hundirlo.
—Sam Lee. —Ella se apresuró a decir y bajó el rostro como saludo reverencial.
Se sentía horrible por Arthur. Él ya había mentido una vez por ella y sabía que eso lo incomodaba, por lo que debía ser fuerte y luchar contra su miedo para poder salir ilesa de aquella fiesta.
—¿Nos conocemos, señorita Lee? —Daniel la miró con sorna y ella tragó pesado.
—N-No lo creo… —tartamudeó con nerviosismo.
—Me recuerda a alguien —dijo con maldad—. ¿Sabían que fui abandonado por mi esposa? Yo le di mi amor y cuidado, pero eso no fue suficiente para ella. Sus ojos me recuerdan a esa mujer ingrata, incluso su nombre.
Sam empezó a hiperventilar; por otro lado, Arthur miró a Daniel con intriga, debido a que estaba interesado en el tema.
—¡Eso es horrible! Una mujer se debe a su hogar y marido. —El señor Delton intervino en la conversación.
—Sí, sufrí mucho su abandono, pero lo entiendo y no la culpo del todo. Ella no estaba bien de la cabeza, tenía alucinaciones y se autolesionaba, luego culpaba a los demás. La traté con varios doctores, pero la sirvienta que estaba a su cuidado dejó de darle sus medicinas por temor a acercarse a ella, fue cuando en su máxima locura me atacó y huyó. Nunca la encontré y me duele porque aún la amo.
Sam apretó los puños ante su descaro. Quería golpearlo, o mejor, matarlo.
Lo odiaba con todas sus fuerzas. No era justo que otra vez apareciera en su vida para terminar de arruinarla. ¿Cuántas veces sería capaz de destruir a una persona?
Ella lo miró con odio y el escozor en los ojos le indicó que en cualquier momento estallaría. Arthur entendió lo que podía suceder si seguían allí.
—Lamento escuchar lo de su esposa. Disculpen mi descortesía, pero debo irme ya. —Rodeó a Sam con su brazo, dispuesto a salir de la fiesta.
—Señor Connovan, ¿no quiere saber el nombre de mi esposa? —preguntó Daniel con todo su veneno, entonces Arthur se volteó para encararlo—. Su nombre es Samay Fraga. Aún aguardo las esperanzas de encontrarla, aunque ella pudo haber tomado otra identidad para huir de las consecuencias que abandonar su hogar le puede traer; sin embargo, si un hombre se relaciona con ella estaría cometiendo un delito; usted mejor que nadie lo sabe, ya que es buen conocedor la ley, señor Connovan.
—Me parece interesante la manera en la que habla de la ley, señor White. Espero que su comportamiento, pese a su compañía —miró al señor Delton—, se rija por los reglamentos; dado que, así como se exige que la ley esté a nuestro favor, debemos comportarnos como esta rige. Y una persona no huye de otra sin ninguna razón, aunque no esté bien de la cabeza. Pero me imagino que como hombre honrado y de buenos principios, usted no provocó el escape de su esposa.
Daniel lo miró con odio y con ganas de matarlo. Ya no se trataba únicamente de que Arthur le era tropiezo para llevar a cabo sus turbios negocios, también estaba casi seguro de que la mujer con el velo era su esposa y no descansaría hasta descubrirlo.
Arthur se despidió y se marchó temeroso de que Sam no soportara la presión y sufriera una crisis. En el vehículo, ella se encontraba recostada en el pecho de él, mientras que Arthur estaba sumido en sus meditaciones.
Después de darle un té relajante, Arthur acompañó a Sam a su habitación en un frío silencio; ya en la puerta, él la sostuvo del brazo y la miró demandante.
—¿Cuál es tu apellido real? —cuestionó con frialdad.
—Y-Yo… —tartamudeó temblorosa. Esta era su oportunidad de sincerarse, pero ¿por qué temía tanto?
Lo miró a los ojos con miedo y vergüenza, puesto que sabía que, después de su confesión, su relación con él podría terminar.
—¿Podrías ser sincera conmigo, por favor? —reclamó con decepción en la mirada.
Sam no pudo contener las lágrimas.
—M-Mi nombre es… Samay Fraga, y soy la esposa perdida de Daniel White. Escapé de él para salvar mi vida, después de que él atentó contra mí y mi bebé, al cual perdí.
Arthur se quedó sin habla por unos segundos. Las lágrimas le rodaron por las mejillas y se apretó el cabello por la impotencia que sentía en ese momento.
—¿Quieres decir que aún están casados? ¿Te provocó que perdieras a tu hijo? ¿Estabas embarazada? Ahora tu actitud hacia la boda tiene sentido. —Se mordió el labio inferior para contener el dolor que sus palabras le provocaron—. ¡Estás casada, maldita sea!
Sam se espantó cuando él subió la voz. No recordaba haberlo escuchado maldecir antes, por lo tanto, se sentía culpable de ser quien sacara lo peor de él.
—¿Por qué, Sam? —Sus lágrimas le partieron el corazón—. ¿Por qué dejaste que me ilusionara con una boda que nunca se iba a llevar a cabo? ¿Por qué demonios no me dijiste la verdad? ¿Por qué me hieres de esta manera? Tienes un esposo… —Su voz salió chillona, le dolía tanto que sentía que dejaría de respirar en cualquier momento—. Que tengamos una relación está mal y es penado por la ley… ¡Dios! Podríamos ir a la cárcel o ser sancionados. ¿Sabes qué es lo que en realidad me duele? Tu traición… ¿Por qué dejaste que me enamorara de ti? ¿Por qué me hiciste creer que serías mi esposa?
Sam estalló en llanto.
No soportaba verlo sufrir y mucho menos ser ella la causante de su dolor. Trató de acercarse, pero él retrocedió, negó indignado y se encerró en su habitación.
Sam entró a la suya y, después de cerrar tras sí, gritó su dolor a gran voz, cayendo de rodillas al piso.
Capítulo 24
Sam se quedó dormida después de tanto llorar. Se despertó más tarde de lo regular y su reflejo en el espejo se veía espantoso, por lo menos podría cubrirlo con su velo. Temía salir y ver a Arthur, pero al mismo tiempo quería tenerlo en frente, abrazarlo y explicarle por qué huyó de su esposo.
Salió cabizbaja y entró a la cocina, se sintió juzgada y avergonzada al instante, aunque nadie sabía lo que había sucedido. Se sentó con timidez y los ojos preocupados sobre ella la ponían más nerviosa.
—¿Estás bien? —la abordó Jacqueline—. Te ves pálida y tus ojos están hinchados. Dime si debo ir a regañar a Arthur. ¿Se pelearon? Él salió muy temprano con un humor de los mil demonios.
Sam carraspeó, pues el habla no le salía.
—No, él no me ha hecho nada. —Trató de no llorar, pese al escozor que sentía en los ojos. Se sentía fatal y no sabía cómo remediar las cosas entre ellos. Le dolía hacerle daño, si tan solo se hubiese marchado antes…
«¿Por qué fui tan débil en aceptar empezar una relación con él?», pensó angustiada.
—Tú me dices y yo le halo las orejas. —Jacqueline le guiñó un ojo.
Sam no pudo pasar el desayuno, así que decidió ir por Arthur para pedirle perdón. Lo buscó en toda la hacienda, mas no lo encontró. Entonces se dirigió a los terrenos lejanos donde estaban los agricultores, tal vez él se encontraba allí examinando la siembra.
—Buenos días, señorita. —Los trabajadores la saludaron con calidez y ella les devolvió el saludo.
—¿H-Han visto a Arthur? —No pudo evitar tartamudear, puesto que estaba muy nerviosa.
—Él estuvo por aquí, pero hace un rato se marchó. —Uno de ellos respondió.
Sam asintió decepcionada.
Así se pasó el día, buscando a Arthur.
Rendida, entró a su habitación y se acostó sobre la cama en posición fetal. Sus lágrimas salieron con libertad al fin y ella se arrancó el velo con rabia.
—¿Dónde estás, Arthur?
***
Jacqueline se estaba bañando en el río, disfrutando de las frescas aguas temprano en la mañana. No se atrevió a ir a la cocina y encontrarse con Anabela, simplemente no la soportaba. Entendía que estuviera traumada y que nadie se merecía vivir aquella tragedia que ella experimentó; sin embargo, eso no le daba el derecho de jugar con los sentimientos de Samuel.
—¡Estúpida, egoísta! ¡Egocéntrica inmadura! ¿Por qué no lo dejas en paz? —Golpeaba el agua con rabia y sus lágrimas se mezclaban con esta.
Se espantó al percatarse de que no estaba sola, entonces salió del río y se cubrió con una manta.
—¿Jacqueline? ¿Qué haces aquí? —cuestionó Samuel con el ceño fruncido.
—Creo que es muy obvio. —Ella entornó los ojos.
—Me refiero a estar bañándote tan temprano en el río. Estos terrenos son muy alejados, así que no está bien que andes por aquí sola.
—No tienes que fingir que te preocupas por mí. No me debes nada, Samuel. —Recogió su ropa y empezó a vestirse. El grandulón no dejaba de mirar cómo iba cubriendo cada curva que él una vez degustó.
—No finjo nada. No entiendo tu berrinche.
—La única que se la pasa haciendo berrinches es tu noviecita. No sé cómo la soportas —masculló lo último entre dientes, pero él la escuchó.
—No te entiendo. —Él negó divertido—. Dijiste que solo era sexo, una diversión momentánea. Te largaste por todo ese tiempo y ahora vienes y me haces una escena de celos porque estoy con la mujer que amo. Tú misma me aconsejaste que tomara una decisión.
—En primer lugar, yo no te estoy haciendo ninguna escena de celos. En segundo, me fui porque lo nuestro se estaba saliendo de control y necesitaba tiempo. Y, por último, ¿estás seguro de que la amas?
Samuel rio con ironía.
—¡Claro que la amo! Siempre lo he hecho.
—Si siempre la has amado, ¿por qué te acostaste conmigo?
—Tú te me lanzaste —se excusó.
—Y tú muy bien que me pene… —Samuel le tapó la boca antes de que terminara la frase, puesto que no soportaba que fuera tan vulgar.
Ella lo empujó airada.
—¿Sabes? Arthur y yo tuvimos una amistad muy cercana cuando su padre aún vivía. Tanto, que nosotros nos besábamos y tocábamos. Cuando el señor Connovan murió, Arthur se afianzó más a sus creencias y principios, pero yo me volví más liberal; sin embargo, de vez en cuando nos dábamos uno que otro beso. Todo eso cambió cuando él se reencontró con Sam.
Ella hizo una pausa, se puso las manos sobre la cintura y prosiguió:
»En ese entonces, Arthur evadía mis muestras de cariño. Después del compromiso intenté seducirlo, pues, si nos íbamos a casar debía probar el paquete, ¿no?
Samuel entornó los ojos y ella sonrió con picardía.
»Su comportamiento distante y su rechazo me hicieron sospechar. Lo observaba cuando trataba de disimular la alegría que sentía al ver a Sam, de cómo ambos se inhibían delante de todos. Arthur solo tenía ojos para ella; Sam captaba su atención con tan solo respirar.
»Cuando fuimos atacados, Arthur corrió hacia ella y la protegió hasta de su tontería. Él desnudó su torso frente a todos para cubrirle el rostro. Te puedo asegurar que Arthur ama a Sam y estoy convencida de que él no se acostaría con otra mujer, aunque esta se le ofreciese.
—No puedes comparar. Ellos son pareja, pero Anabela a mí me rechazaba.
—Arthur y Sam no eran pareja cuando yo me le insinué. —Jacqueline contraatacó.
—¿Cuál es tu punto? No me interesas si es lo que insinúas.
Ella sintió que su pecho se contraía y un dolor desgarrador la azotaba. Sabía que él no la quería, pero escucharlo de sus labios era muy doloroso.
—Lo sé. —Ella esbozó una sonrisa falsa—. Entiendo que solo fui un desahogo para y que incluso te repugnaba cuando terminábamos de intimar. Sentía tu rechazo y cómo te alejabas de mí sin ningún disimulo. No espero nada de ti, Samuel; sin embargo, creo que te estás engañando a ti mismo y Anabela también lo hace. Esa niña no te quiere, solo busca sentirse bien consigo misma.
—¡Eso no es cierto! —Samuel alzó la voz—. ¡Eres una arpía venenosa! Solo quieres meter cizaña para separarnos.
—¡Eres un idiota! —Negó divertida—. Si tan seguro estás, ¿por qué te alteras? —Pasó por su lado fingiendo una sonrisa, pero al alejarse, las lágrimas salieron con libertad. No debería importarle; él era adulto y dueño de sus actos; no obstante, ¿por qué le preocupaba tanto su bienestar?
***
Jacqueline observaba un pequeño estanque que había en unos de los patios de la hacienda, sentada en un banco blanco y sumida en sus más profundos pensamientos.
—¿Mal de amores? —Ella casi saltó del espanto. Arthur se sentó a su lado y suspiró angustiado.
—¿Qué sucede con Sam? —cambió el tema.
—Necesito tu ayuda; sé que estás ocupada con lo de tu mudanza y la compra de la hacienda, pero necesito que te comuniques con tu amigo y prepares su viaje, por favor. También…, necesito contarte algo para que me des tu punto de vista. Te necesito Jacqueline; me siento perdido y por primera vez no sé qué hacer.
—Me estás preocupando. —Puso un dedo sobre sus labios—. Tengo muchos amigos, Arthur, debes ser más específico.
—Me refiero a Luis y su hermano. Es mejor que vengan los dos.
—¿En qué te metiste ahora? —Ella lo observó con preocupación.
—De eso te voy a hablar. —Suspiró—. He estado investigando a Daniel White y a Samay Fraga…, ellos son esposos y tienen varias acusaciones en su contra, casos pendientes con la justicia. Él se ha mantenido huyendo de región en región y haciendo sobornos. Ella simplemente desapareció y nadie ha dado con su paradero.
—¿Y eso en qué te afecta a ti? —cuestionó confundida.
—Jacqueline, la mujer que amo es ella. Sam es Samay Fraga y está casada con ese delincuente. —Las lágrimas le mojaron las mejillas.
***
—¿Han visto a Arthur? —Sam preguntó desesperada.
Había transcurrido tres días desde que discutieron y ella no lo había visto de nuevo. Entendía que él necesitaba estar solo y pensar en lo que sucedió, pero ella quería explicarle; lo extrañaba y necesitaba verlo.
—Vamos a hablar. —Jacqueline la agarró por el brazo, ante las miradas confusas de todos en la cocina; se la llevó a su habitación y cerró la puerta con sigilo.
—¿Sabes dónde está Arthur? —La desesperación se reflejaba al hablar.
—Ayer salió temprano a hacer unas investigaciones y se tomará unos días más —respondió Jacqueline mientras la miraba con recelo.
—Necesito verlo…
—¿Qué sucedió? ¿Por qué escapaste de tu esposo? —Jacqueline fue directa y sin rodeos.
—Es difícil para mí hablar sobre eso, el simple recuerdo me altera. Quiero superarlo, pero no sé cómo. —Sollozó entre lágrimas—. Trato de ser fuerte, asimismo, quisiera contarle todo a Arthur; sin embargo, soy muy cobarde. Arthur es tan correcto, ha tenido una buena vida y es tan lindo. Yo, en cambio, soy muy diferente… ¿Cómo le decía todo aquello? Temía que él me viera como a alguien insignificante.
Jacqueline luchó con el ardor en los ojos, ya que la tristeza, la impotencia y el miedo que Sam le transmitía la estaban afectando.
—Puedes confiar en mí, Sam. —Puso una de sus manos sobre la de ella—. No voy a juzgarte ni a menospreciarte.
—Tengo miedo… —Se abrazó a sí misma—. Quiero escapar de lo que viví, hacer como si nunca sucedió.
—Eso no te ha ayudado, entonces, creo que debes enfrentarlo. No te voy a presionar, esperaré a que estés lista. Pero Sam, Arthur está en tremendo lío; si esas personas se enteran de que eres casada…
—Lo sé. No te preocupes, lo arreglaré. —Se puso de pie, dispuesta a dejar la habitación; no obstante, Jacqueline la agarró por el brazo para detenerla.
—Arthur está buscando la manera de arreglarlo, solo haz lo que yo te diga hasta que él regrese.
—Haré lo que sea necesario para que él no tenga más problemas —respondió con tristeza.
—Por favor, limítate a hacer lo que te diga. —Jacqueline insistió—. Sam, no cometas una estupidez —advirtió. Sam salió del dormitorio y se dirigió a su habitación.
***
Cuando hubo anochecido, ella escuchó voces en el pasillo. Entreabrió la puerta de su habitación para espiar, entonces el corazón le palpitó muy rápido al ver a Arthur.
Sam cerró la puerta de golpe y se recostó de la fría madera. Él se veía tan cansado y triste. Volvió a abrir deprisa y lo llamó, pero él se volteó e hizo una mueca, entonces se quedó observándola en silencio.
—Arthur… —balbuceó con nerviosismo.
—Ahora estoy cansado, hablaremos mañana —respondió con frialdad.
—No te quitaré mucho tiempo, yo… lo siento. —Bajó el rostro. Él sonrió con amargura.
—¡Lo sientes! —Negó con rabia—. ¡Qué cínica eres! No confío en ti, Sam. No entiendo tus razones para hacerme creer que me amabas, pero me has jodido la vida. ¡Aléjate de mí! No quiero que me dirijas la palabra, o por lo menos no por ahora. Necesito pensar y asimilar que no puedo estar contigo, que me usaste para ocultarte porque huyes de la justicia.
—¡No es cierto! ¡Yo nunca te usé! ¿Y cómo sabes que huyo de la justicia? —Sus lágrimas eran como torrentes y la vergüenza la consumía.
Arthur rio sin gracia ante su confesión. Lo que investigó era cierto. Ella estaba huyendo por sus crímenes, por eso usaba el velo y no por su cicatriz como quiso hacerle creer.
—Gracias por confirmarlo, hablamos cuando tu presencia deje de asquearme. —Se arrepintió al instante de haberle hablado de esa manera; sin embargo, optó en cerrar la habitación con un portazo violento.
Por su parte, Sam cayó en el suelo con llantos desesperados. Le dolía su rechazo, su mirada de desprecio, sus palabras hirientes; le dolía amarlo tanto y no poder estar con él.
Ella entró a la habitación temblando, iba a recoger su ropa, pero recordó que todo lo había comprado Arthur. No se llevaría nada, no se lo merecía. Tomó un papel y un lapicero, y derramó su corazón sobre aquella carta. Escribió lo que su boca se negaba a expresar, esos secretos que no podía decir en voz alta porque simplemente las palabras no le salían.
Dejó la habitación con sigilo y se paró frente al dormitorio de Arthur, hecho esto, se arrodilló y tiró la carta por la rendija de la puerta; suspiró y ahogó el llanto que quería salir.
Sam se dirigió afuera de la casa, mas cuando iba a dejar la salida, uno de los que aguardaban la hacienda se le acercó.
—¿Va a salir, señorita Sam?
—Sí. Iré a ver a un paciente.
—¿Irá sola? —Él la interrogó suspicaz.
—No. Me esperan en la entrada de la hacienda —mintió, ocultando su nerviosismo.
—La acompaño, entonces. —El hombre se ofreció.
—No es necesario, esperan por mí. Continúe con su guardia y permita que los demás abran los portones para mí.
—Pero… —musitó no muy seguro.
—¿Cree que Arthur me dejaría salir sola? Él ya está enterado, así que no se preocupe por mí; más bien, ábrame los portones, por favor.
El hombre dio la orden y las puertas se abrieron. Sam agradeció y salió a toda prisa. Corrió cuando se vio fuera de la hacienda y se perdió entre los árboles.
