El velo – Capítulo 18

This entry is parte 19 de 21 in the series El velo

Arthur y Sam caminaban por las calles asfaltadas del pueblo. El día estaba hermoso y las plazas lucían alegres y coloridas. Ella iba aferrada a su brazo y se escondía detrás de él, cuando las personas se les acercaban a saludar. Mujeres y hombres le daban regalos y bendecían su relación, pues Arthur era una persona muy querida en su región, debido a que ayudaba a los más necesitados. Llegaron a un puesto de flores y a Sam le brillaron los ojos porque les encantaron.

 —Quiero un ramo colorido para esta hermosa dama —pidió Arthur sonriente mientras la abrazaba por la cintura. Parecía un niño pequeño aferrado a Sam, cosa que a ella le hacía feliz, pero también le causaba tristeza. ¿Cuánto tiempo le duraría la felicidad?

Después de recorrer el pueblo y comprar chucherías, bailar en las plazas y jugar con un grupo de niños; Arthur la montó sobre su caballo blanco y cabalgaron fuera de la civilización. Llegaron a una pequeña casa campestre, donde había un hermoso jardín y muchos árboles. Entraron a la casita y ella quedó deslumbrada con tanta belleza y delicadeza; el ambiente allí era cálido, asimismo, de aquella cabaña emanaban olores dulces y cítricos.

Él la tomó de la mano y se la llevó a rastras al patio; su buen humor era contagioso y su emoción la hacía sonreír a cada instante. Ella se quedó admirando el riachuelo que recorría el patio y desembocaba en un hermoso río a unos metros. Un puente de madera adornado de plantas enredaderas, con flores blancas y rosadas, ornamentaba tan hermoso lugar.

Sobre la verde grama había una mesa arreglada. Arthur la ayudó a sentarse allí, le quitó el velo y la besó en los labios. ¡Le encantaba esa mujer! Nunca había sido tan feliz como en ese momento, junto a su gran amor.

 —¡Esto es hermoso! —Ella se limpió una lágrima que se le escapó. Se sentía extraño recibir tanta atención y amor, así que temía que aquello se tratara solo de un sueño y tener que despertar a la realidad.

 —Es una casa de escape. —Él sonrió mientras cortaba la carne asada y llenaba el plato de ella—. Siempre que queramos estar solitos y lejos de todos, podemos venir aquí. También, cuando necesites un respiro o escapar de algo, tienes un lugar para ti. —Le dio un juego de llaves y siguió echando comida en el plato. Se lo pasó a Sam, quien empezó a comer gustosa.

 —¿Quién cuida este lugar?

 —A unos dos kilómetros hay una casa enorme, donde vive una pareja de ancianos. Ellos fueron trabajadores de mi padre y, cuando este murió, les compré esa casa y los jubilé. Tienen empleados a sus servicios, también ellos envían personal de confianza a darle mantenimiento a esta casa; es sencilla y pequeña, pero me sirve cuando necesito alejarme de todo y descansar.

 —Suena bien. —Ella sonrió y luego degustó el contenido de su plato—. Esta comida está deliciosa. ¿Quién la cocino? Porque estoy consciente de que solo haces buen café, la cocina no es tu fuerte.

 —Tienes razón, preciosa. La buena en la cocina eres tú. Por cierto, hazme la lista de lo que te hace falta para el laboratorio; Samuel ya encargó los equipos y el lugar está listo para que instalen todo. Pronto podrás ejercer.

»También he contactado a un farmacéutico muy bueno de la capital y a un doctor, quien también es maestro. Ellos evaluarán tu trabajo y te pondrán al día con las nuevas investigaciones. También se encargarán de poner su nombre y certificar para que tengas licencia.

Sam se paró de su silla y se sentó sobre el regazo de ese hombre que parecía irreal. Lo besó con pasión mientras le sostenía la nuca.

 —¡Vaya! Tendré que hablar de esto más a menudo —bromeó él con picardía, como respuesta, ella rio sobre sus labios.

El resto de la tarde la pasaron recorriendo el lugar, hasta que se dieron un chapuzón en el río.

 —Hay dos habitaciones, escoge una para cambiarte porque iremos a que conozcas a Mateo y Teodora Goodman —avisó y ella asintió. Sam escogió una habitación, pero en vez de entrar allí se dirigió a la de Arthur.

Ella irrumpió con timidez y se quedó observándolo; él ya se había quitado la camisa mojada y su pecho húmedo la invitaba a tocarlo. Se acercó lentamente y lo miró a los ojos; por su parte, Arthur estaba extrañado por su comportamiento impulsivo y la observaba a la expectativa.

 —¿Pasó algo? —preguntó intrigado.

 —No… —Ella arrastró el monosílabo y se acercó más a él. Acarició el fuerte torso masculino y se lamió los labios por instinto. Nunca había tocado a un hombre y se sentía muy bien. Arthur, en cambio, tragó saliva con nerviosismo; él estaba sorprendido y excitado a la vez.

Sam empezó a besar su fornido pecho y Arthur respiró tembloroso; la observaba en silencio con los ojos brillosos y sus labios abiertos. Sam bajó hasta su pantalón y tocó. Por su parte, Arthur agrandó los ojos, puesto que en realidad no se esperaba aquello.

 —Sam… —Agarró la mano traviesa para detenerla.

Su respiración estaba agitada y su corazón latía como loco dentro de su pecho. Él la cargó y la acostó en la cama, entonces ellos se besaron con hambre y pasión. Sam tomó la mano de él y la puso sobre su pecho, cuya piel estaba cubierto por la ropa mojada.

Arthur la miró desconcertado, puesto que no entendía la razón para aquel atrevimiento y arrebato de parte de su amada, pero quería descubrir hasta dónde le llegaba la osadía. Él le masajeó el seno con delicadeza, como respuesta al estímulo, ella sonrió con satisfacción. Sus miradas se encontraron y él acarició la mejilla.

 —¿Qué quieres que te haga? —le preguntó con dulzura, pero ella dejó escapar las lágrimas retenidas.

 —Quiero sentir el placer de las caricias, necesito descubrir si eso existe.

Arthur arrugó el ceño desorbitado. ¿Por qué decía aquello?

 —El placer existe, hermosa. —Sonrió con picardía y ella suspiró.

 —¿Lo has sentido? —Ella preguntó con los ojitos brillosos y él sintió los suyos arder. Verla le recordaba a un niño inocente a quien le habían herido y privado de amor.

 —Sí… —Se sonrojó.

 —Creí que eras virgen, puesto que siempre te muestras tan recatado y correcto —comentó con malicia y él le pellizcó la nariz.

 —Fui un adolescente curioso que encontró a una mujer dispuesta a enseñarme. Claro, fue a escondidas de mi padre, ella era mi maestra de religión.

Ambos rieron por la ironía.

 —¿Crees en Dios? —preguntó con ojos llorosos.

 —Sí, soy cristiano, no sé si lo has notado. Es por eso que quiero llevarte al altar antes de tocarte; además, de que tú eres diferente. Quiero que seas mi esposa y la madre de mis hijos; mi amiga, compañera de vida y mi amante. Anhelo conocer los más intensos placeres carnales contigo, esos que surgen del amor. Quiero todas tus facetas, estar a tu lado sin importar el color o la estación del momento.

Sam empezó a hipar y él le acarició la cicatriz.

 »Sam…, necesito enseñarte que está bien desear a la persona que amas y sentir placer. Me pregunto: ¿Qué tanto daño te hicieron para que me preguntes eso? —Unas lágrimas cubrieron su mejilla y la voz le salió chillona. Temía acerca de todo lo que ella ocultaba; entendía que le tomaría tiempo sanar, pero él estaba dispuesto a ayudarla y a estar a su lado.

 —Te amo… —susurró ella—. Creí que había amado antes, pero no fue así. Lo que siento por ti es diferente y muy fuerte. Arthur, confía en mí. Yo no soy mala. —Empezó a llorar—. Nada es cierto, te prometo que cuando esté lista te diré la verdad; pero por favor, nunca dudes de mí.

Él la abrazó.

Ella se derramó en llanto mientras él le acariciaba el cabello y le besaba la frente.

 —Te amo, Sam, y siempre estaré de tu lado sin importar qué haya sucedido. Recuerda que aquí estarás segura si algo inesperado llegase a acontecer.

Ella asintió y él la besó en los labios.

Después de que tomó una ducha caliente y se vistió, Sam se puso el velo. Salió a la entrada, donde se encontró a Arthur, quien frunció el cejo al verle el rostro cubierto.

 —¿Usarás el velo? —preguntó con decepción.

 —No los conozco y me siento insegura. —Jugó con sus dedos.

 —Está bien. —Él la abrazó—. Me imagino que no te arriesgarás a que te reconozcan.

Sam agrandó los ojos y se apartó asustada.

 —Sé que huyes, Sam. Desconozco la razón, pero entiendo que tu cicatriz no es lo único por lo que usas un velo.

 —Yo… —Empezó a temblar.

 —No te preocupes, hermosa. Te dije que estaré de tu lado, pase lo que pase.

Él levantó el velo y ambos se besaron con intensidad.

La visita a los Goodman fue agradable y reconfortante. Ellos eran unos señores muy tiernos y amigables. Regresaron a la casita a recoger sus pertenencias, para volver a la hacienda antes de que anocheciera.

 —Espera… —Sam jaló a Arthur antes de que él saliera, se quitó el velo y empezó a devorar su boca. Le gustaba besarlo, su cálido aliento, el sabor de sus labios, lo rápido que le latía el corazón y esa intensidad con la que él solía apropiarse de su boca. Con él se sentía amada y deseada, hermosa y especial. ¿Estaba mal querer disfrutar esas emociones? ¿Era una cualquiera por querer besarlo a cada instante?

 —Me encantas —balbuceó sobre sus labios, y él sonrió.

 —¿De verdad? —Arthur le acarició el borde de la boca y luego le abrió los labios con su dedo. Le entró la lengua dentro de la boca y la sostuvo por la cintura. Después de unos segundos, empezó a besarle el cuello; como respuesta, Sam sonrió satisfecha, debido a que le gustaba que hiciera eso.

 —¿Soy una cualquiera? —Arthur paró en seco al escucharla. La miró a los ojos y frunció el cejo.

 —No, amor.

 —Pero… Te estoy deseando.

 —Entonces, yo también soy un cualquiera.

Ambos rieron y salieron de la casa para dirigirse a la hacienda.

***


 —¡No quiero esta basura! —Aquel hombre estrelló el plato contra el piso con furia.

 —¡Maldito imbécil! —La esposa espetó llena de ira y tristeza. Lo que había empezado con tanto fuego y deseo se convirtió en un infierno.

 —Dile a Margarita que me haga una cena decente y me la lleve a mi estudio —ordenó parándose de la mesa.

 —¿Para que te la cojas en mis narices? —le reclamó, poniendo las manos sobre su cintura.

 —Solo quiero cenar bien y Margarita tiene buenas manos, esa muchacha sabe cómo cocinar delicioso.

Las lágrimas resbalaron por las mejillas de la pelirroja, entendiendo el doble sentido de su marido.

 —Seguirás revolcándote con ella, entonces. Debes estar preparado para ver lo que le hago a esa maldita. Sabes de lo que soy capaz, Daniel.

 —Sí, lo sé. —Él la miró con odio—. Mataste a mi hijo.

 —Ja, ja, ja, ja, ja… —Ella rio como desquiciada—. ¿Yo lo maté? Tus celos lo hicieron.

 —¡No eran celos! Me pusiste una trampa. Me hiciste creer que Samay se acostaba con ese peón.

 —Y tú la golpeaste hasta que abortó al bastardo asqueroso. Tú lo mataste. Le provocaste el aborto y me alegro. ¿Cómo te atreviste a revolcarte con esa mujer?

 —¿Qué dijiste? —Se acercó amenazante y ella lo confrontó—. ¿Te alegras de que perdiera a mi hijo, maldita víbora? Eres tan poca mujer que no has sido capaz de embarazarte, en eso Samay te superó. ¡Era mi hijo, maldición!

 —Hijo que tú destruiste, idiota. ¿Qué se siente ser el asesino de tu propia criatura? —Lo miró con satisfacción, al haberle metido el dedo a la herida, por lo que él apretó los puños de la furia que lo embargó.

La ira le invadía las venas y solo una acción podría apagarla. Ella cayó al piso al recibir el primer puñetazo. Por su parte, Bárbara tomó un jarrón y se lo pegó en la cabeza, entonces él la cacheteó. Ella se le tiró encima y empezó a golpearlo con ira, y fue así cómo la pareja se daba golpes y destrozaba la casa.

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