El frío de la noche y la soledad la torturaban y, pese a que estaba cubierta con sus sábanas, aquella sensación gélida no la dejaba dormir. Las lágrimas le mojaban las mejillas, asimismo, el pecho le dolía de manera asfixiante.
—Papá… —balbuceaba hipando en posición fetal.
Lo extrañaba y necesitaba. ¡Si tan solo no se hubiera casado con Daniel! Si su padre no se hubiese muerto, ¿ese hombre la trataría con respeto? Se levantó de la cama con intención de tomar aire fresco, pero en el pasillo, unos quejidos llamaron su atención. Corrió hacia la habitación de su esposo y su corazón empezó a palpitar con rapidez. Sabía lo que ellos hacían, pero verlo con sus propios ojos era muy doloroso.
Salió corriendo de allí y volvió a su habitación, una vez en su lugar seguro, lloró con libertad.
Tres meses después…
Ella acostumbraba espiar a Daniel y a su prima cuando estos intimaban. Deseaba que él le hiciera lo mismo que a esa intrusa, también conocer la razón de por qué ella lo disfrutaba tanto.
Esa mañana, Samay se fue a bañar al río y se despojó de sus ropas; se tiró al agua y nadaba gustosa allí. De repente, unos pasos la espantaron y ella salió asustada; se vistió con rapidez y corrió en dirección a la casa.
Sam subió las escaleras; no obstante, ella no llegó a entrar a su habitación porque escuchó gritos. Se acercó al dormitorio que Daniel compartía con Bárbara y se pegó de la puerta para poder entender lo que sucedía.
—¡La estabas viendo con deseo! ¡Eres un maldito infeliz! —gritaba su prima con reclamo—. ¿Te gusta esa mosca muerta?
—¡Claro que no! Tú eres la única que me interesa y yo no la estaba viendo. Solo me llamó la atención que se estuviera bañando desnuda allí e iba a reclamarle, es todo.
—Sí, claro. Yo no soy ninguna idiota, Daniel. ¿Acaso te la quieres coger? ¿Es porque no puedo darte un hijo?
—¿Qué cosas dices? Nunca me acostaría con esa tonta desabrida.
—¡Demuéstralo! —demandó con tono malicioso—. No la quiero aquí. Sácala de mi casa y que duerma cerca de los establos como el animal que es.
Sam empezó a temblar. Ella empujó la puerta, puesto que decidió que ya era tiempo de reclamar su lugar y echar a esas víboras de su casa.
—¡La única que se tiene que ir de aquí eres tú! —espetó Sam, apretando los puños—. Es más, quiero que ambos se vayan de mi casa.
—¿Tu casa? —Daniel se acercó a ella de forma amenazante, por lo que esta retrocedió—. Todo esto me pertenece a mí. como tu marido que soy y el único hombre que te representa.
—No es cierto. Nuestro matrimonio se puede anular porque nunca se consumó.
Bárbara y Daniel se miraron desconcertados, debido a que era cierto. Ella podía deshacer el matrimonio y reclamar su herencia. Él se acercó y la agarró por el cabello; Sam se retorcía tratando de liberarse, pero este empezó a golpearla sin piedad.
Horas después, Sam lloraba sobre la paja desesperanzada; los golpes que recibió la dejaron adolorida y sin fuerzas para levantarse.
Así pasaron los días. Ella era tratada como animal y Bárbara solía visitarla con unos matones que le azotaban la espalda. Sam no concebía el odio que ella reflejaba en su mirada ni la razón para tratarla de esa manera.
Lloraba su desdicha. No entendía por qué de repente su vida se convirtió en un infierno.
—Ven, pequeña. —Julia, la única criada que quedaba de las que servía cuando su padre aún vivía, pues ellos habían despedido a todos los trabajadores y reemplazado con nuevos; la sacó de aquel apestoso cuarto—. Este baño te hará sentir mejor, esas heridas deben curarse antes de que se infecten.
Sam fue dirigida en secreto a una habitación, donde había una tina preparada con hierbas curativas y agua tibia. Ella se sumergió agradecida, puesto que ya tenía dos semanas sin bañarse encerrada en aquel lugar. Julia le trajo comida y ella la comió desesperada, dado que ellos la mal alimentaban con restos de alimentos viejos. Ella había extrañado la comida de verdad.
Cada cierto tiempo, Julia hacía aquello sin percatarse de que alguien la vigilaba. Una noche, Sam regresaba de su baño curativo y unos brazos la sostuvieron con brusquedad, luego la arrastraron al cuarto donde estaba prisionera.
—¡Daniel! —gritó espantada mientras las lágrimas le cubrían el rostro.
Él la miró de una manera que la puso alerta, abrazándose a sí misma por inercia. Solo llevaba una túnica blanca y corta, que le dejaba las piernas libres; además, si se Sam llegase a abajarse, sus pechos serían expuestos debido a la anchura del escote. Daniel, al percatarse de la poca tela que cubría aquel cuerpo virginal, se lamió los labios al verla tan apetitosa.
Avanzó un paso. Ella, en cambio, se quedó mirándolo a la expectativa, dado que temía que este la golpeara otra vez.
Daniel la examinó con la mirada y maldijo en sus pensamientos por la excitación que su cuerpo delicado le causaba. No quería sentir esas cosas por ella, puesto que debía odiarla y hacerla sufrir. Entonces, un brillo demoniaco resaltó sus ojos depravados.
—Estás de suerte, Samay; hoy vamos a consumar nuestro matrimonio. Solo que de la forma que una zorra como tú se merece.
Se tiró sobre ella y le arrancó la ropa. Sam se estremeció del miedo, aunque no podía negar que ser tocada por él le alegraba. Había soñado con aquello bastante; sin embargo, la manera de él tomarla no era similar a la de sus sueños. No hubo besos ni caricias; tampoco delicadeza ni palabras románticas. Él le abrió las piernas y se enterró en ella con brusquedad. Sam gritó del dolor y el ardor que su embestida ruda le provocó., reacción que fue combustible para él ser más rústico y hasta golpearla.
—¡Nooo! —Ella se removía del dolor y la desesperación. Quería que terminara de una buena vez porque ya no soportaba tal sufrimiento. No fue así que imaginó entregarse a su esposo.
De esa manera sucedió por varias semanas. Daniel la visitaba en las noches y la tomaba de forma brusca y violenta.
Dos meses después…
—¿Por qué ya no quieres comer? —le preguntó Julia preocupada, debido a que en esos días ella no tenía apetito y se le notaba muy enferma.
—No tiene caso si lo voy a vomitar. Últimamente mi estómago no retiene la comida.
Julia la miró con pesar y el miedo la invadió de repente.
—¿Qué otros malestares sientes? —inquirió con nerviosismo.
—Mareos, mucho sueño, mis pechos duelen y me dan muchas ganas de orinar. —Sam se encogió de hombros, al recordar lo desagradable que era orinar y evacuar en el mismo lugar donde dormía.
—¡Dios mío! —La mujer se tapó la boca de la impresión—. Samay, es probable que estés embarazada.
Sam se despertó agitada y con sudores en todo su cuerpo. El dolor en el pecho no le permitía respirar con normalidad; con temblores y espasmos, ella se puso la mano sobre su vientre. Aunque habían pasado más de tres años, ella aún no lo superaba.
—¡Mi bebé! —lloró, tapándose la cara con la almohada, pues no quería ser escuchada ni importunar a Arthur.
***
—¡Buenos días, hermosa! —Arthur la tomó por la cintura, le subió el velo y la besó con ternura. En respuesta, ella le acarició el cabello y le mordió el labio inferior, provocando un leve sonrojo a su novio. Sam sonrió conmovida. Arthur era muy tierno y cariñoso, a veces ella se sentía demasiado sucia para él.
—Quiero escaparme contigo, hoy. Mañana debo viajar a la capital, puesto que será el veredicto final para Henry Jones. Tendré que estar allí por unos días, aunque no quiero alejarme de ti. Te voy a extrañar demasiado, hermosa.
—Yo también te voy a extrañar. —Ella lo besó en los labios.
Él la cargó, provocando sonoras carcajadas a su enamorada. Se dirigieron a la cocina para desayunar; saludaron a Jacqueline y Samuel, y Nidia pellizcó las mejillas de Arthur cuando él le dio un beso sonoro en la mejilla.
—¿Anabela no va a desayunar? —preguntó Arthur mientras miraba a su alrededor.
Nidia se encogió de hombros y le sirvió café.
—No lo sé. Ayer regresó muy extraña del río.
Samuel escupió el trago de jugo que tenía en la boca.
—¿A-Anabela estuvo en el río, ayer? —tartamudeó con nerviosismo, ganando la mirada de intriga de parte de Jacqueline, quien se quedó intrigada por su extraña reacción.
Y como si fuese invocada, Anabela entró a la cocina con cara de malos amigos; saludó a Sam, a Nidia y a Arthur, ignorando al resto.
—Hola, Anabela. —Jacqueline la saludó, pese su actitud descortés.
—Arthur, ¿necesitarás que te acompañe mañana? —Anabela se dirigió a él, ignorando a la rubia por completo.
—Si quieres presenciar tu victoria, estaría bien, pero temo que te afecte —le respondió mientras partía la fruta de Sam.
—¿Con quién irás? —preguntó maliciosa.
—Solo con Jacqueline y Samuel, puesto que el abogado ya está en la capital —respondió.
—Entonces no voy; no quiero estar cerca de personas que me provocan asco —espetó con rencor en la mirada. Jacqueline la confrontó con firmeza.
—¿Cuál es tu problema? —interpeló ofendida, entonces Anabela se levantó de la mesa.
—Ya se me quitó el apetito; es que el asco que siento es demasiado insoportable —profirió Anabela, llena de veneno e ignorando a su rival.
Jacqueline se levantó también y cruzó los brazos molesta.
—Deja de ser tan infantil y escupe de una buena vez lo que te molesta.
—No hablo con zorras lanzadas —respondió la pelinegra, dejando salir la ira retenida.
Cada vez que miraba a la rubia, la imagen de ella y Samuel en el río la golpeaba sin piedad. La ira y la tristeza le apretaban el pecho, asimismo, le provocaba a una inmensa gana de golpearlos.
—¿Qué dijiste? —Jacqueline avanzó el paso y Anabela la imitó, quedando ellas de frente.
—Lo que escuchaste. —Anabela sonrió provocativa. Samuel se levantó de la mesa y se puso al lado de Jacqueline, como si se preparara para evitar una inminente pelea.
Por su parte; Arthur, Sam y Nidia miraban la escena estupefactos, dado que era la primera vez que Anabela se comportaba de esa manera.
—¿Por qué ofendes a Jacqueline? —cuestionó Samuel, pero eso fue combustible para que la ira de Anabela aumente.
—¿Ya la llamas por su nombre? —ironizó Anabela—. ¿Desde cuándo se tienen tanta confianza? Ah, cierto, desde que se revolcaron como animales salvajes. Maldito desgraciado, eres igual a todos los hombres, que te acuestas con cualquiera que se te ofrezca —espetó llena de ira y con lágrimas en los ojos.
—Te lo puedo explicar… —Samuel se rascó la cabeza con nerviosismo, mientras que Anabela negó con ironía—. Solo fue un desliz; pero tú me rechazaste, así que no entiendo tu reclamo.
—¡¿Y por eso te cogiste a esta mujerzuela?! —Todos agrandaron los ojos al escucharla. Por su parte, Jacqueline sintió la rabia arder en sus venas.
—¡Y eso a ti que te importa! —La rubia espetó airada—. Tengo entendido que Samuel es un hombre libre y sin compromiso, por lo que él me puede coger todas las veces que se le antoje; por cierto —miró al grandulón con picardía—, lo podemos repetir cuando desees, ya que me has dado el mejor sexo de mi vida.
—¡Oh, por Dios! —exclamó Nidia escandalizada.
Sam se cubrió el rostro con vergüenza ajena; Arthur, en cambio, se mordió el labio inferior para no reírse, mientras que Samuel se puso más nervioso de lo que ya estaba. De repente, Anabela dejó que las lágrimas salieran de sus ojos con libertad y se marchó corriendo, o por lo menos, esa era su intención, pero las manos fuertes de Samuel la detuvieron.
—Hablemos, por favor —pidió con ruego en los ojos.
Anabela rio de la rabia y las manos le temblaban. No soportó tanto enojo ni cinismo, así que cacheteó al grandulón varias veces; no conforme con esto, se le lanzó encima como gata salvaje, arañándole la piel. Él la agarró por las muñecas para detenerla, pero ella lo pateó en la entrepierna.
—¡Ojalá que se te caiga y jamás se te levante, puto desgraciado! —profirió antes de dejar la cocina.
—¡Esa mujer está loca! —Jacqueline se acercó a Samuel y le masajeó el área golpeada, provocando que los presentes se incomoden, al verla tocarlo allí sin ningún tipo de pudor.
Nidia se puso a lavar los trastes mientras refunfuñaba por la falta de decoro, mientras que Arthur reía de lo sonrojada que sabía que estaba Sam, quien había escondido el rostro en el pecho de él.
—Jacqueline, me disculpo en nombre de Anabela; ella no es así, hablaré con mi amiga y aclararemos la situación —dijo Arthur apenado.
—No te preocupes, no me importa. —Se sentó en la mesa para continuar con su desayuno—. Pero no permitiré que me insulte de nuevo. Y tú… —se dirigió a Samuel—… no le des explicaciones porque ustedes no son nada. Además, no puedes negar lo rico que la pasamos. ¿Para qué perder el tiempo con una chica complicada e inmadura, cuando puedes tener sexo y diversión sin drama?
—Como dijo Arthur, ella no suele comportarse de esa manera. Si me disculpan, iré a hacer mi trabajo —respondió Samuel cortante.
Él salió de la cocina cabizbajo. Se sentía el hombre más idiota del mundo por haberse dejado seducir. Sentimientos encontrados lo azotaban, pues la reacción de Anabela le daba esperanzas; sin embargo, se sentía fatal por la imagen que ella tenía de él y por los problemas que el interés sexual de Jacqueline podría provocarle.
—¡Soy un idiota sin tacto! —se recriminó—. Era obvio que Anabela me iba a rechazar si no supe acercarme. Fui muy directo con mis intenciones después de todo lo que ella vivió. Debí ser más sutil y convertirme en su amigo primero para no asustarla. ¡Tonto! Ahora ella me aborrece y todo por no haberle puesto un alto a esa señorita. ¿Cómo saldré de este lío?
