Los disparos en contra de Arthur, Samuel y Bárbara aumentaron mientras ellos corrían en dirección al bosque. Antes de que el trio lograra perderse dentro del conglomerado de árboles, un disparo alcanzó a Bárbara, luego otro, hasta que una tercera bala le cegó la vida. Arthur se devolvió para socorrerla, pero Samuel lo agarró del brazo para hacerlo entrar en razón.
—¡Está muerta! No tiene caso, ya —advirtió, desesperado por escapar de allí.
Arthur asintió al verla pálida e inerte sobre el suelo y, tras darle una última mirada de lástima y pesar, se adentró al bosque junto a su confidente.
—¡Corran tras ello! —gritó Daniel eufórico y con la adrenalina al límite. Se encontraba divertido poder cazar a su rival como a un animal salvaje, pero un alarido lo detuvo de repente.
—¡Bárbara! —Sam corrió en dirección al cadáver. Estaba tan impresionada al verla sin vida, que se quedó helada en su lugar. Tenía miedo de ser la próxima víctima de su ex y terminar de la misma manera que su prima.
De imprevisto, Daniel la agarró por el cabello, provocando que ella despabile y luche por su vida. Con golpes en el rostro, arañazos y gritos de odio, Sam trataba de liberarse de su captor, mas él le pegó una cachetada tan fuerte que la hizo sentir mareada.
—¡Maldita zorra! —profirió airado—. Ya me harté de ser paciente contigo. Tú te vienes con tu esposo, que soy yo, y cumplirás con tus obligaciones de mujer. No esperaré a que te entregues a mí, esta noche te cojo a la fuerza y me devolverás a mi hijo.
Sam luchó, pero él la golpeó en la cabeza con la pistola y ella cayó desplomada. Él se la subió encima del hombro, como si elle fuera un saco de papas y entró a la vivienda, dejando en manos de los demás el asesinato de Arthur y Samuel.
—Asegúrate de que no escape esta vez o tú pagarás las consecuencias —amenazó a la sirvienta a cargo de Sam, una vez la volvió a amarrar en la cama.
—Sí, Señor. No se preocupe, que yo la mantendré vigilada.
—Bien. Porque tu vida depende de ello.
***
Anabela entró a la cocina y sonrió al ver a Douglas jugando en el piso.
—Hola, pequeño de tía, ¿quieres dar un paseo?
—Disculpe, señorita Anabela; pero la señorita Ben nos dio la orden de mantenerlo aquí.
—Disculpe, criada, pero yo soy la tía del niño y la novia del padre, ¿cómo se le ocurre contradecirme?
—Según tengo entendido, la novia del patrón es Sam no usted —replicó la criada.
—Deje su insolencia, sirvienta de mierda. Yo decido si llevarme a mi sobrino o no —la ofendió con tono arrogante.
—Lo siento, pero el niño no sale de aquí sin la orden directa de la señorita Ben o del señor Arthur. —Las dos sirvientas se le pararon en frente de forma amenazante y ella retrocedió.
—No me voy a rebajar a su nivel, pero deben saber que informaré a Arthur sobre su atrevimiento, así que sus días en esta hacienda están contados —las amenazó con soberbia, acto seguido, salió de la casa con los puños apretados y evidente ira. Estaba molesta porque sus planes se habían frustrado; sin embargo, todavía había algo que podía hacer para deshacerse del hijo de esa intrusa.
Por otro lado, los hombres de Arthur irrumpieron en la hacienda a puro disparos y violencia, entonces se armó la balacera entre los dos bandos; mientras que Arthur y Samuel corrían sin rumbo fijo en medio del bosque, esquivando los balas con éxito, mas con el riesgo de no salir con vida de allí.
—¡¿A dónde creen que van?! —El señor Delton los interceptó, apuntándoles con su arma de frente. No fue el único en acorralarlos porque, en cuestión de segundos, se encontraron rodeados por un grupo de hombres armados y todos ellos apuntaban en su dirección. Arthur y Samuel se miraron con sigilo, como esperando una última oportunidad para salir ilesos, aunque las probabilidades eran casi nulas.
Un disparo hizo estruendo en el lugar, seguido por otro y otro…
Arthur cayó al suelo. Allí tirado, buscó a Samuel con la mirada, a quien también vislumbró tumbado, pero sin ningún daño más que simples rasguños. Ambos asintieron y tomaron el arma de los cadáveres a su lado y se unieron al enfrentamiento.
Fue cuando descubrieron que quienes atacaron fueron personas externas a sus enemigos, así que aprovecharon la situación para escapar. Sus salvadores quedaron al descubierto, entonces ellos visualizaron a Carlos y a un grupo de hombres que no habían visto antes. Samuel le disparó a Delton y Arthur a Jone. Fue así como esas escorias dejaron de respirar para siempre.
Los dos corrieron en dirección a la hacienda de White a rescatar a Sam y allí se encontraron con otra batalla. Los tiros se pegaban a los árboles, rebotaban por las paredes y muchas veces les pasaban por los lados. Ellos se ocultaron y, antes de que Arthur intentara entrar a la casa, un grupo de agentes de la autoridad irrumpió en la hacienda y atraparon a White y a los malandros que disparaban contra Arthur y sus aliados. No obstante, algunos de los hombres que participaban en la balacera se dieron a la huida.
—Oficial, estos intrusos irrumpieron en mi casa y me atacaron —se defendió Daniel.
—No es cierto. Usted nos secuestró, así como tiene a Samay Fraga en su poder. —Arthur contraatacó.
—No tengo a nadie secuestrada. Ella es mi esposa y vive conmigo.
—Entonces no tendrá problemas con que hablemos con ella —sugirió el oficial.
Daniel entrecerró los ojos y le dedicó una mirada cómplice al agente de la ley, pero este se sintió intimado por la multitud que se había conglomerado alrededor de la hacienda, cuya gran parte estaba siendo retenida afuera y se encontraban muy violentos y alterados, así que no le convenía dejarse sobornar esa vez.
—¡Revisen la casa! —ordenó, y al instante, la multitud empezó a celebrar y a aplaudir, tanto los de adentro como los de afuera; estos últimos, no tenían ni idea de lo que sucedía, pero suponían que era bueno.
Por su parte, Jacqueline y Luis lograron acceder a la hacienda. La rubia abrazó a Arthur aliviada y con lágrimas abundantes, pues había temido encontrarlo muerto.
—¿A mí no me vas a abrazar? —Sebastián la miró con flirteo y ella sonrió coqueta. Jacqueline se dejó abrazar, aunque su atención estaba puesta en otra persona. Tenía tantas ganas de lanzársele encima, apretujarlo y besarlo. Todavía sentía el estrago de la angustia que la sola idea de no volverlo a ver jamás le causó. Samuel, sin embargo, frunció el cejo al ver cómo Sebastián se aprovechaba de la situación y lo jaló con brusquedad, separándolo de la rubia.
—Suelta a mi mujer, solo yo la puedo abrazar de esa forma —gruñó. Jacqueline agrandó los ojos y se quedó sin habla ante las palabras de Samuel, quien la levantó por la cintura y la acurrucó entre sus brazos musculosos—. Preciosa, pensé que jamás volvería a oler tu delicioso aroma —susurró emotivo, acto seguido, le besó la frente y la volvió a abrazar.
Mientras tanto, Arthur siguió al oficial junto a Luis y un grupo de hombres para que no hicieran de las suyas. Daniel iba detrás de ellos, exigiéndoles que no tenían derecho de irrumpir en su casa. Luis le tiró un papel en la cara y con una sonrisa maliciosa le dijo:
—Esta es una orden de allanamiento, puesto que descubrimos que usted posee sustancias y armas ilegales en este lugar.
Daniel, dominado por la ira, intentó atacarlo, pero un agente de la autoridad le pegó en la espalda y lo atrapó por los dos brazos. Daniel se removía con fuerza mientras vociferaba injurias contra ellos.
—¿Qué buscan? —La sirvienta se colocó frente a la puerta de la habitación donde tenían a Sam, con la intención de impedir que ellos revisaran allí.
—¡Quítese, señora! —ordenó el oficial, mas ella se negó.
—¡No lo dejes entrar, Úrsula! —vociferó Daniel entre risas burlescas. El oficial, hastiado de su actitud irrespetuosa, lo cacheteó.
—¡Abra, señora! —insistió, perdiendo la paciencia. La señora volvió a negar, pero Arthur la empujó y pateó la puerta. Ella, al ser consciente de que no había manera de seguir ocultando su delito, salió corriendo; sin embargo, fue atrapada en el pasillo.
—¡Yo soy inocente! ¡Déjenme ir! —espetaba mientras trataba de liberarse—. ¡El único culpable es el señor White! ¡Él me amenazó! ¡Sí, él me amenazó!
—¡Traidora de mierda! Ja, ja, ja, ja… —Daniel reía como loco.
Por su parte, Arthur ya había entrado al dormitorio, donde vislumbró a Sam amarrada al espaldar de la cama.
—¡Sam! —Corrió hacia ella y empezó a soltarla. Una vez libre de sogas y del trapo que Arthur le quitó de la boca, ambos se abrazaron con fuerza. Arthur besó todo su rostro, al igual que ella lo besó a él, pero fueron sacados de su ensoñación por las autoridades. Arthur tomó a Sam de la mano y le besó la frente, entonces caminó junto a ella fuera de la casa, acompañados por los oficiales.
—No se preocupen, tenemos todo bajo control. Samay, te detendrán por un tiempo, pero probaremos tu inocencia —los animó Luis. Aquellas palabras no consolaron a Arthur, quien la apretaba con fuerza. No quería que ella viviera ese infierno que le tocó vivir a él en la cárcel; no, ella debería regresar a casa con él y con su hijo.
En ese momento, Anabela llegó a la hacienda y se sorprendió al encontrar a tantas personas reunidas allí. Si bien había escuchado que Arthur estaba siendo acorralado por Daniel, no se esperaba encontrarse con tal alboroto. Desesperada, ella golpeó a un guardia para entrar y corrió en dirección al patio, allí visualizó a Sam abrazada a Arthur. La rabia cegó su razón y avanzó hacia ellos.
Estaba dispuesta a contarle todo a Daniel sobre su hijo. No permitiría que Arthur cargara con aquel mocoso ni que escogiera a Sam. Entonces, algo llamó su atención. Daniel se le zafó al hombre de la autoridad y le quitó el arma que yacía sobre su muslo, dispuesto a dispararla contra su rival. Anabela, al reconocer su intención, corrió hacia ellos desesperada y muy angustiada. No permitiría que ese maleante le hiciera daño al amor de su vida.
En ese momento, Daniel disparó varias veces contra Arthur, como consecuencia, el caos y los gritos volvieron a desatarse, lo que trajo una gran confusión. Disparos de diferentes direcciones armaban gran escándalo, así que las personas corrían despavoridas para salvar sus vidas. En medio del desorden, Anabela cayó desplomada al suelo con su ropa manchada de sangre. Arthur, quien estaba a poca distancia de ella, se giró al instante y la atrapó entre sus brazos.
Se encontraba incrédulo y en gran estupor, tanto, que se quedó observándola con los ojos bien abiertos y la piel pálida. ¿En que momento fue atacado? Peor aún, ¿por qué Anabela recibió las balas que iban dirigidas a él? Todo era muy confuso y hasta irreal. Esa no podía ser su hermana, porque así la consideró siempre y ese fue el amor que le demostró, como a su hermanita.
—Perdóname… —balbuceó Anabela, y ese fue su último aliento. Arthur no entendió sus palabras, o más bien la razón de ellas. Quizás se refería al hecho de haber perdido su vida para salvar la suya, ya que sabía que él nunca le permitiría cometer tal estupidez.
Con lágrimas en sus ojos cafés, Arthur cerró los de Anabela y lloró desconsolado sobre las heridas que se llevaron su alma y dejaron un cuerpo inerte, pálido e inanimado. No podía aceptarlo, aquello debió ser una pesadilla de la que pronto quería despertar. Su hermana no estaba muerta, ella no había perdido su vida para salvarlo a él.
Su cuerpo empezó a temblar gracias a los sollozos fuertes, que eran acompañados por gotas de dolor y grandes sacudidas.
—¡Anabela! ¡¡No!! —Sus alaridos se mezclaban con el escándalo a su alrededor.
—Anabela… —musitó Samuel cuando notó lo que había ocurrido. Él se cayó de rodillas porque perdió las fuerzas, acto seguido, lloró como un niño mientras Jacqueline lo cubría con sus brazos.
Sebastián alejó a Arthur del cadáver para poder refugiarse dentro de la casa. Al principio le costó porque Arthur no estaba dispuesto a dejar el cuerpo de Anabela allí tirado, pero al ser consciente del peligro y, de que Sam se quedaría allí con él, decidió entrar junto a los demás para protegerse de la violencia que los rodeaba.
Era una lucha entre las autoridades y los malandros, debido a que los hombres de los Delton y Jones aprovecharon el caos para poder escapar. Daniel buscó a Sam y a Arthur con la mirada para asesinarlos a ambos. ¡Se vengaría de esos dos!
Iba a adentrarse a la casa cuando varios disparos impactaron su cuerpo, por lo que cayó de rodillas. Carlos se le acercó por detrás y con una sonrisa retorcida profirió:
—¡Esto es por mi abuela! Espero que te pudras en el infierno —dicho esto, le disparó en la cabeza desde atrás, volándole los sesos.
Los hombres de Arthur y los amigos de Carlos se unieron al enfrentamiento. Muchos de los delincuentes, al verse en desventaja, trataron de escapar; sin embargo, los civiles del pueblo saltaron la cerca y con palos, piedras y machetes ajusticiaron a los que tanto daño les habían causado. Fue así como en una hacienda, el pueblo acabó con parte de la mafia de esa región.
Por su parte, Sam y Arthur fueron detenidos mientras se presentaban las pruebas de su inocencia. Todos los días los habitantes de Terrus hacían actividades frente al palacio judicial, proclamando justicia. Muchos ciudadanos se inmiscuyeron en el caso, así que sorprendían a los criminales en sus delitos y empezaron a tomar la justicia en sus propias manos.
Dado que los ciudadanos se le estaban saliendo de control a las autoridades, éstos decidieron unirse a su lucha. Fue así como pudieron contrarrestar la opresión de los poderosos, pues el pueblo salió a las calles, hizo guerrillas, perseguían a los criminales, mataban a los asaltadores y violadores, y planeaban un golpe de estado contra aquel corrupto gobernador que nunca veló por la seguridad de sus habitantes, más bien, colaboraba con los malandros. Esto último asustó a dicho gobernante, quien decidió entregar el cargo y se mudó con su familia al otro lado del océano.
La hacienda de Daniel White fue revisada por las autoridades, donde encontraron pruebas que lo incriminaban hasta de la muerte del padre de Sam, ya que Bárbara guardó cada detalle como su más preciado tesoro, por si algún día necesitaba usarlo en su contra. Todo estaba resguardado en un gran cofre que ella hacía creer que utilizaba para sus ropas. En tal contenedor, encontraron copias de los papeles que Daniel obligó a Sam a firmar, donde le entregaba el control total de su herencia; pruebas de contrabando, lavado de dinero e incluso los datos sobre el veneno que utilizaron para quitarle la vida al señor Fraga.
Sam testificó acerca del infierno que vivió junto a su difunto esposo y cómo era obligada a firmar esos documentos. Enseñó todas sus cicatrices y les explicó la manera y la razón de su huida, también el motivo de haberse mantenido oculta todo ese tiempo.
Arthur y Carlos lograron dar con varias personas que trabajaron para White en aquel entonces, quienes atestiguaron acerca del maltrato y encierro que sufrió Sam. Al regarse la voz de que Daniel White había muerto, muchos testigos dieron la cara, puesto que estaban ocultos porque le temían a ese ser despreciable y malvado.
Con la ayuda de Luis, Sam fue declarada inocente y víctima de White. Todos los bienes de él fueron confiscados, pero una parte fue devuelta a Sam debido al robo que le hizo a su fortuna. Tiempo después, Arthur se enteró de la traición de Anabela y entendió la razón de ella haberle pedido perdón antes de morir.
Samuel fue a la tumba de Anabela y lloró su muerte. Con todo el caos, no tuvieron chance de hacerle un velorio decente, pero por amor al buen recuerdo de Anabela y por respeto a Nadia, Arthur mandó a hacer una lápida lujosa donde sus restos fueron enterrados. Jacqueline estuvo al lado de Samuel en su tiempo de luto y se mostró compresiva con su dolor, después de todo, sabía que Anabela fue muy importante para él.
Aquella tarde de llovizna, Samuel se despidió de forma definitiva de Anabela y le dejó rosas frescas en su tumba. Cuando él se puso de pies, Jacqueline se le acercó y lo abrazó; en su calor, Samuel dejó salir su tristeza por última vez, puesto que se prometió que no sufriría más por causa de la mujer que lo utilizó y se burló de sus sentimientos; en su lugar, se empeñaría en hacer sonreír a su verdadero amor.
—Yo la quise mucho —gimió con la voz ronca. Jacqueline asintió comprensiva, acto seguido, le limpió las lágrimas y le besó la frente.
—Lo sé. Y ella también lo supo. —Él se aferró a su abrazo y ambos lloraron.
***
Sam se dio un baño y se puso el vestido fresco y juvenil que Arthur le había llevado. Estaba en un hotel, pues decidieron descansar antes de llegar a la hacienda. Ella estaba nerviosa y temerosa. No podía creer que su hijo la esperaba en casa y temía a su reacción cuando él la viera.
Ella se limpió las lágrimas y se miró en el espejo. Esos dos meses en la comisaría no fueron fáciles, pero por fin tendría paz. El primer mes estuvo con Arthur, pero él fue dado en libertad antes que ella, aunque solía viajar hasta allí para estar a su lado.
—¿Lista? —Arthur se asomó a la puerta y ella asintió sonriente. Él extendió su brazo derecho, cuya mano ella apretó nerviosa. Arthur la atrajo hacia él y besó sus labios con dulzura.
—Gracias… —susurró Sam sobre su boca. Él sonrió.
—Gracias a ti por enseñarme el significado del verdadero amor y añadirle tanta felicidad a mi vida.
—Te amo.
—Yo también te amo, mi chica del velo.
Ambos rieron y se dirigieron a la hacienda.
Nidia estaba en la cocina, preparando el almuerzo mientras conversaba con el niño. Ya él no se mostraba retraído y su lenguaje había mejorado mucho. Ese pequeño era su consuelo, dado que la pérdida de su nieta fue un golpe muy doloroso, y una herida que jamás cerraría; mas su dolor era reemplazado con la alegría que el niño emanaba.
Sam y Arthur entraron en la casa y el infante corrió en su dirección.
—¡Papá! —celebró, tirándosele encima. Arthur lo levantó en el aire y besó su rostro, lo abrazó y luego miró a Sam con picardía. Ella retrocedió asustada, con lágrimas que mojaban su mejilla. Arthur dirigió su atención al pequeño y le sonrió con complicidad.
—¿Recuerdas la historia que te dije sobre tu madre y el viaje que tuvo que hacer? —El niño asintió, entonces Arthur besó su frente—. Pues tu hermosa mamá regresó de su viaje y se quedará con nosotros para siempre.
—¡¿De verdad?! —El niño juntó sus manitas, mientras que Arthur asintió sonriente.
—Ve, dale un beso y un abrazo. Demuéstrale que la perdonas por haber viajado por tanto tiempo.
—¡Sí! ¿La flor? —El niño preguntó y le extendió la manito a la expectativa. Arthur sacó una rosa roja de su maleta y se la dio al pequeño. Él se acercó a Sam, mas ella se quedó helada sin saber cómo debía reaccionar a ese encuentro.
Las lágrimas cubrían su rostro y no pudo contener el llanto. El niño se volvió a Arthur con los hombros encogidos porque no entendía por qué ella lloraba. Arthur se acercó a Sam, la tomó de la mano y la arrastró hasta donde su hijo la esperaba lleno de confusión. Ella se arrodilló frente a él y le acarició el cabello con torpeza.
—No llores, mamita. Mira, una flor. —El pequeño extendió su manita y ella tomó el regalo. Lo atrajo a su cuerpo y lo abrazó desesperada. Lloró con él entre sus brazos, absorbió su olor y rio de la felicidad. Sus manos temblaban y su corazón palpitaba con intensidad.
—Hola, mi amor. Mami te extrañó muchísimo, ¿sabes? Te traje muchos regalos. Siempre estaré a tu lado, ya nada ni nadie nos va a separar —dijo, tratando de contener el llanto.
—¡Sí! —celebró el niño con aplausos vigorosos. Sam besó su rostro con fervor, luego sus manitas y cabeza, para abrazarlo de nuevo. Sensaciones cálidas le recorrían la piel y por fin entendió el significado de sentir mariposas en el estómago.
—Mami, hermosa. —Él le acarició el rostro mojado y ella rio llena de felicidad—. ¿Te cortaste? —Pasó su manita sobre la cicatriz. Sam cerró los ojos ante la caricia. Sentir su suave palma sobre su mejilla era como bálsamo a sus heridas y sanidad a su alma.
✨Fin✨
Epílogo
Un hermoso atardecer celebraba la unión de dos almas enamoradas, que se encontraron y se salvaron en conjunto.
Bailes, risas, comidas y salutaciones inundaban la alegre hacienda.
Una pareja admiraba a los novios bailar junto al niño inquieto, formando una danza de tres.
—Nosotros también deberíamos casarnos —susurró Samuel sobre el oído de la rubia, a quien abrazaba por detrás.
—Todo dependerá de ti y que tan productiva hagas nuestra hacienda —dijo maliciosa, y él besó su cuello.
Jacqueline había comprado la hacienda vecina donde se mudó. Ella y Samuel la administraban, aunque él prefería los trabajos pesados junto a los demás trabajadores. Como todo hombre de hacienda con orgullo masculino, estaba ahorrando para comprar el anillo de compromiso, pues quería que saliera de su bolsillo, como fruto de su arduo trabajo.
Ya pronto se celebraría otra boda, aunque Jacqueline le tenía otra sorpresita guardada, consecuencia de sus momentos de pasión.
La noche había caído cuando Sam y Arthur viajaron a un lugar remoto y rodeado de montañas, para tener una semana de privacidad, mientras que Nidia cuidaba al pequeño Douglas. Arthur salió del baño con el torso desnudo, pues no le vio caso ponerse mucha ropa si de todas formas se las iba a quitar, así que sólo se colocó un pantalón para no espantar a Sam, pero si de él dependiera, salía en pelotas. Sam se paró de la cama sonriente; si bien tenía un poco de nervios, las ansias y el deseo eran más grandes.
Arthur, en cambio, sirvió sidra en dos copas y le pasó una a su mujer.
—¿Te gusta? —Él preguntó mientras daba un sorbo. Ella tragó y sonrió con flirteo.
—Me encanta.
Música sensual ambientó el nido de amor. Arthur extendió el brazo hacia Sam, quien le garró mano, entonces bailaron entre risas y miradas provocativas, como jugando a quien se desesperaba primero. Ella fue la perdedora, puesto que se le lanzó encima como leona hambrienta y se apoderó de su boca.
—¿Quién diría que yo estaría besando al próximo gobernador de Terrus? —Ella le acarició los labios con los dedos y él la pegó más a su cuerpo, al atraerla fuerte por la cintura.
—No es un hecho aún.
—Es obvio que te escogerán a ti.
—Bueno, el gobernador de Terrus tendrá a su lado a la mujer más hermosa y valiente del mundo.
—Vaya, me has hecho sonrojar.
Ambos rieron y se besaron de manera tierna y sin prisa. Él la cargó y la depositó sobre la cama con delicadeza, se sentó a su lado y recorrió su pierna con las yemas de sus dedos. Ese roce sutil y cosquilleante empezó a hacer efecto en Sam, cuya respiración se tornó irregular y dificultosa. Ellos se miraron a los ojos con complicidad y anhelo.
Arthur la besó desde la punta de los pies hasta donde terminaba su diminuto vestido, cuya tela levantó al tiempo en que la contemplaba con admiración. En cuestión de segundos, ella quedó expuesta ante él, pero Arthur estalló en carcajadas cuando notó que ella no tenía ropa interior. Sam lo imitó al sentirse una depravada y coqueta.
—Creí que encontraría una linda braga, pero al parecer mi esposa no perdió su tiempo en eso. —Volvió a reír.
—¿Para qué alargar el asunto con ropa? —Ella respondió juguetona. Arthur se mordió el labio inferior provocativo, debido al efecto que su respuesta le causó en su entrepierna.
—Una vez me preguntaste si conocía el placer. Te dije que sí, pero no te confesé que nunca me entregué con sentimientos, como ahora. Sé que tienes mucha curiosidad y que no fuiste tratada como te merecías; sin embargo, te prometo que me voy a esmerar por conocer tu cuerpo y ayudarte a disfrutar de nuestra intimidad. Prepárate, preciosa, porque hoy será el inicio de muchos momentos placenteros en tu vida —dicho esto, Arthur enterró la cabeza entre las piernas de su esposa y le brindo el más delicioso de los besos.
Sam suspiró cuando sentió sus estimulaciones y una sonrisa de satisfacción se le dibujó en los labios.
—¿Arthur…? —jadeó incrédula de que su santa paloma fuera capaz de provocar ese mar de sensaciones exquisitas en ella. Las sacudidas de su cuerpo evidenciaron que había tocado lo sublime y saboreado el tope del placer. Era la primera vez que experimentaba tal delicia, asimismo, que esas corrientes cosquilleantes y maravillosas se adueñaban de su pudor.
—Esto no termina aquí, preciosa. —Arthur le besó y le mordió el cuello, descendió hasta su clavícula hasta llegar a sus bellas protuberancias, cuyos botones saboreo con hambre mientras se hacía uno con ella.
Debido a la electricidad, el dolor y la cosquilla que la invasión de su esposo le provocó, Sam le apretó el cabello y le mordió la mejilla, acción que lo motivó a intensificar sus embestidas. Para Sam aquello era fascinante, desconocido y delicioso; dado que era la primera vez que sentía placer en el coito; era la primera vez que hacía el amor.
Sus cuerpos sudorosos se aferraban en una dulce danza que no solo les brindaba placer desquiciante, sino que compenetraba sus almas y sanaba los traumas del pasado, mientras que las caricias terminaban de curar las heridas y los hacía experimentar otra manera de amarse. Ahora estaban completos porque no sólo se habían unido en sentimientos, también en carne.
—¡Increíble…! —balbuceó extasiada, y dejó caer su cabeza sobre la almohada, al tiempo en que su cuerpo era movido por grandes sacudidas.
—¿Aguantas otro más? —Sam agrandó los ojos al escuchar a su esposo, quien obviamente no había terminado.
Fue así como Arthur jugó un poco más antes de dejar caer la cabeza sobre la clavícula de su esposa, cuyo aroma olfateó con una sonrisa satisfecha. Ambos se abrazaron con fuerza y las lágrimas se mezclaron con el sudor de sus rostros. Un beso lento y emotivo cerró la noche, puesto que al instante ellos se quedaron dormidos.
Cuatro años después…
—Mami, Isabela está comiendo tierra. —Douglas se colocó frente a ella, molesto y cansado de correr detrás de su hermanita.
—Llama a tu padre, que esta barriga está tan grande que ya no me puedo ni mover.
—Deberías dejar de estar jugando tanto con papá o se van a llenar de niños.
Sam se puso colorada al escuchar a su primogénito.
—Douglas, vas a matar a tu madre del corazón. —Arthur se sentó junto a Sam y le acarició la gran barriga; por su parte, el niño se encogió de hombros y se fue corriendo.
—Sólo tiene siete años, ¿cómo es que sale con esas cosas? —Sam se quejó escandalizada.
—Voy a tener que conversar con Raúl para que deje de hablar necedades delante de los niños. ¿Cómo te sientes hoy? ¿Has tenido contracciones? —Arthur le masajeó los hombros. Ella sonrió debido a lo placentero de su masaje.
—Esos niños me maltratan sin piedad; creo que no paso de hoy, Arthur.
—Ummm… Eso dices todos los días. De todas formas, me he tomado unas vacaciones para cuidar de ti y de los niños. Creo que me merezco un descanso tras ser gobernador por cuatro años.
—Ojalá descanses, puesto que te habías retirado meses atrás y aun así seguiste trabajando —Sam lo acarició en los labios y lo miró con hambre, una que a leguas se notaba no era por querer ingerir alimentos—. Ya deja de quejarte y mejor vamos a la habitación; sabes que mientras más sexo tengamos mejor me va a ir en el parto de los trillizos.
—Creo que tomas eso de excusa para violarme.
—Tal vez.
Ella sonrió.
Arthur, con el deseo reflejado en su expresión, la tomó de la mano y la ayudó a levantarse, luego se dirigió junto a ella escaleras arriba.
—¿Van a dormir su siesta? —inquirió Nidia cuando ellos iban a medio camino, luego les guiñó un ojo y sonrió juguetona. Arthur se sonrojó de la vergüenza—. Vayan en paz que yo me encargo de los niños. Por cierto, sean cuidadosos al dormir, son tres criaturas que carga la señora.
Arthur se apresuró a subir, más avergonzado de lo que ya estaba; Nidia, sin embargo, estalló de la risa.
Minutos más tarde, los esposos disfrutaban de una deliciosa «siesta».
Sam se durmió con una gran sonrisa en los labios. Ya no tenía pesadillas ni la necesidad de ocultar su rostro. Siempre extrañaría a su padre, pero su ausencia ya no le era tan dolorosa como en el pasado. Decidió revivir y atesorar todos los momentos hermosos que vivió junto a su progenitor, y recordarlo como el gran hombre y padre que siempre fue. Ella le solía contar a sus hijos acerca de su abuelo y todas las anécdotas graciosas de su niñez y adolescencia. Sam tomó por costumbre ir a la iglesia muy seguido, también, en las mañanas agradecía a Dios por haberle dado la oportunidad de renacer y ser feliz.
La felicidad pende de un hilo y sólo los valientes se atreven a sostenerla sin temor, pues esta no se encuentra en las cosas que la sociedad nos ha hecho creer, más bien, está en esos momentos que compartimos con nuestros seres queridos.
Momentos únicos y hermosos, desde tomarnos una taza de café en la mañana hasta ir a un restaurante a celebrar un cumpleaños. Esa satisfacción de saciar tu sed y dar un abrazo, pasar un examen y recibir los mimos de tus amigos y familiares. Comer tu comida favorita, dormir con el sonido de la lluvia y, ¿por qué no?, tener un delicioso orgasmo.
Todos merecemos ser felices y disfrutar las cosas buenas de la vida y el amor, pero la responsabilidad de serlo está en nuestras manos y depende de nosotros mismos. Déjate querer, mimar y ayudar. No te permitas vencer por las situaciones negativas del día a día ni por los traumas del pasado. Date una oportunidad de sanar y de disfrutar los momentos ricos que te da la vida junto a los tuyos. Es hora de que nos quitemos el velo y levantemos nuestro mentón, ufanos y con una gran sonrisa.
Está de más decir que Samay y Arthur fueron felices para siempre, y que disfrutaron junto a sus hijos los momentos buenos de la vida; pero, asimismo, supieron afrontar los retos y situaciones dolorosas que se encontraban en el camino.
Hasta aquí llegó el Velo, espero que lo hayas disfrutado.
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Por fin terminé esta bellísima historia gracias Angie por compartir con nosotras tu hermoso talento, Dios te bendiga siga y te siga dando sabiduría.