El velo – Capítulos 35-37

This entry is parte 25 de 26 in the series El velo

Bajo la luz de la luna, el hombre de cabellera y barba rojizas observaba la hacienda con serenidad. Debajo de esa templanza fingida, él escondía cuán impaciente e intranquilo se encontraba. De repente, la presencia de otra persona, quien se colocó detrás de él, lo sacó de sus profundas meditaciones.

—¿Creyó que lo dejaría solo ante su locura? —espetó Samuel con una sonrisa airosa.

Arthur suspiró al saberse descubierto por su capataz.

 —La amante de White me dará entrada a la casa en unas horas cuando todos se acuesten —le informó rendido, ya que de nada le valía oponerse a que lo ayude. Estaba seguro de que su hombre fiel no lo dejaría allí a su suerte.

 —¿Y cómo logró eso, señor? —inquirió Samuel con una sonrisa pícara.

 —Digamos que le dije lo que ella quería escuchar; una mujer con baja autoestima y con problemas afectivos es presa fácil ante la labia.

Samuel estalló de la risa, pues nunca imaginó que su jefe fuera capaz de hacer algo como eso.

Ambos hombres esperaban la señal y, cuando los guardias dejaron la puerta abierta, se apresuraron a entrar.

 —Bien, por lo que pude notar la vez que me escurrí, la habitación de Daniel es la última. Al parecer ellos no tienen invitados y su amante posee su propia habitación, que es la segunda del pasillo, así que sólo tenemos que buscar la que esté cerrada con seguro, puesto que esa debe ser la de Sam.

Samuel asintió a sus indicaciones y ambos hombres emprendieron la búsqueda por separado.

 —¡Aquí estás! —Bárbara se acercó a Arthur, quien se había quedado helado en su lugar al escucharla—. Creí que te habías perdido en el camino. Vamos, que no tenemos mucho tiempo, mi marido está en su habitación con una de las criadas y, a juzgar por mi experiencia con él y lo que he tenido que presenciar, Daniel no durará mucho —informó con una mueca. Arthur no pudo evitar sonreír al descubrir la burla en la mujer—. Engañé a los guardias, pero a él no lo puedo engañar. Vamos —añadió con urgencia y se lo lleva a rastras.

Arthur se tensó al verse llevado a una recámara. La mujer se le lanzó encima, pero él la distanció.

 —No la tocaré. No soy digno de usted —se excusó con nerviosismo.

 —Su juego no es divertido y mi paciencia tiene un límite. ¿Para qué vino, entonces?

 —Para conocerla mejor, para conversar. No es una mujer de una sola noche, usted vale más que eso. —Arthur trató de no sonar nervioso.

 —Pero yo quiero que me haga gritar su nombre; nombre que aún no me ha dicho, por cierto. —Ella se acercó de forma provocativa, pero Arthur tragó pesado.

 —¿Por qué no me cuenta un poco más sobre usted? Podría decirme su color favorito o qué postre disfruta comer después del almuerzo… —Maldijo en sus adentros ante su mala suerte; tenía que idearse un plan para salir de allí y buscar a Sam.

Bárbara rio divertida ante la estupidez del hombre.

 —¿Se va a hacer el difícil después de todo lo que me dijo?

 —No me hago el difícil, es sólo que la veo como a alguien especial. Una mujer joven y hermosa, el orgullo de cualquier hombre. ¿Cuáles son sueños? ¿Qué le gustaría hacer por su cuenta? ¿Nunca ha pensado aprender un arte o una ocupación?

Bárbara lo miró con incredulidad. Nunca nadie le había preguntado sobre sus sueños o sus gustos, por el contrario, todos los hombres que se les acercaban lo único que querían era apropiarse de sus encantos físicos y disfrutar de sus habilidades sexuales.

Para sorpresa de Arthur, los ojos de la mujer se cristalizaron y ella movió sus pestañas varias veces de la impresión. No había conocido a un hombre que se interese en su esencia y no en su cuerpo, un hombre que le dé su lugar y no la utilice a su antojo. ¿Existiría esa oportunidad en su vida?

Bárbara iba a hablar cuando unos ruidos de alerta se escucharon en el pasillo. De repente, varios disparos pusieron a Arthur alerta, por lo que corrió fuera de la habitación, entendiendo que Samuel corría peligro.

No llegó a salir del todo cuando un golpe en la nuca le quitó el conocimiento. Bárbara salió asustada y se quedó helada en su lugar al descubrir a Daniel, quien le arrancó la barba, el bigote y la peluca al intruso.

La boca de Bárbara se abrió de la impresión, al notar el rostro elegante y apuesto de aquel extraño que la estuvo cortejando.

 —¿Qué hacía Connovan en tu habitación? —El reclamo de White la sacó de su ensoñación, entonces ella lo entendió. Aquel sujeto la había engañado con sus dulces palabras y ella cayó como una tonta en su trampa.

***

Arthur despertó desorbitado y con un terrible dolor de cabeza. Miró a su alrededor y visualizó a Samuel sentado sobre la paja, que era lo único que había en aquel lugar. Era un cuarto con portones de hierro, parecido a una reja o un calabozo.

 —¡Hasta que ya despertó! —exclamó Samuel, y le dedicó una mirada divertida—. Creo que de esta no salimos vivos. Hace un rato escuché al tal White hablar con sus hombres, al parecer, le dirán a los Delton y Jones que nos tienen en su poder; usted ya debe imaginarse como terminará todo.

Arthur se apretó el cabello con frustración, debido a la impotencia que aquella situación le causaba. Todo era su culpa, ahora Samuel pagaría por su imprudencia.

 —Perdón por ponerte en esta situación…

 —No me puso en esta situación. —refutó Samuel—. Yo solito decidí seguirlo y colaborarle.

 —De todas formas, es mi culpa. Si le hubiera prestado atención a Luis y Sebastián, esto no estaría sucediendo.

 —Lo hecho, hecho está; ¿para qué lamentarse? Mejor pensemos en un plan de escape… —él no terminó de hablar porque una persona lo interrumpió.

 —¡Señor Connovan! —Bárbara se paró frente a las rejas y Arthur se le acercó.

 —Hola, señorita Fraga.

 —Entonces sabe quién soy.

 —La prima de la mujer que amo.

Ella rio con rabia.

 —Esa maldita siempre tiene a los mejores hombres a sus pies. Usted me engañó, dijo que yo sería la razón de sus suspiros; sin embargo, la dueña es mi prima, la maldita mosca muerta de Samay.

 —Es obvio que mentí. ¿Cree que una persona se enamora en unos pocos minutos? El amor no es una emoción de momento ni una ilusión infundada. El amor es un sentimiento desinteresado que se va cultivando con el trato y el tiempo. Es recíproco y sin egoísmos. Sam y yo nos enamoramos poco a poco, aunque ya había una fuerte atracción entre nosotros. Al principio nos unía la intriga, la cercanía de haber compartido de forma íntima por causa de la situación en la que nos encontramos. Pero al pasar el tiempo y, mientras más nos conocíamos, aprendimos a tratarnos con nuestros defectos y diferencias; nos compenetramos de una forma tan maravillosa e íntima, que el fruto de nuestra convivencia fue un amor fuerte que ha resistido todos los inconvenientes, incluso, cuando todavía no ha habido una entrega carnal.

 —Dice que ustedes nunca han intimado.

 —Hemos intimado, pero no hemos tenido coito. La intimidad no se limita a lo sexual, aunque sea parte de ella. Señorita, usted se merece lo que decide y cree que debe tener. Nadie nunca le dará el valor que usted misma no se da. Usted decide si hacer el bien o el mal, pese a sus circunstancias. Yo creo que usted se merece más que sexo y que puede llegar a ser la dueña de los suspiros de un buen hombre.

 —¡Es muy fácil decirlo! ¿Sabe qué? De nada le servirá su amor por Sam, puesto que yo misma me encargaré de destruirla y disfrutaré verla sufrir cuando se entere de su muerte. Porque debe saber que sus enemigos están en mi sala ahora mismo, debatiendo su destino. En este caso, buscando la mejor forma de asesinarlo.

Dicho esto, Bárbara corrió fuera del lugar con lágrimas en los ojos.

 Dentro de la prisión lujosa, Sam maquinaba una forma de escape, en especial, después de haber escuchado disparos. Estaba aterrada y un mal presentimiento la tenía inquieta.

—Hola, prima. —Sam miró a Bárbara con odio. No la soportaba. Deseaba con todas sus fuerzas poder liberarse sólo para darse el gusto de romperle la cara.

 —Si Daniel se entera de que volviste a entrar a mi habitación estarás en problemas —le advirtió Sam con rabia, pero al mismo tiempo intranquila, dado que temía a lo que esa loca podría hacerle.

 —No te preocupes, él está muy entretenido decidiendo de qué manera va a matar a tu amado Arthur. ¿Sabías que él vino a rescatarte anoche?

Sam se removió en la cama, alterada. Eso explicaba el escándalo y los disparos.

 —¡No le hagan daño! —lloraba desesperada—. Me tienen a mí, no necesitan matarlo.

 —¡Claro que tenemos que matarlo! Connovan es una piedra en el zapato y más ahora que sabe que estás aquí. ¡Lástima! Está tan bueno el condenado. Por lo menos tuve el privilegio de degustarlo, a diferencia de ti, que nunca tendrás esa dicha. Otra vez yo disfruto lo que te pertenece. —Sonrió maliciosa.

 —Eres una mentirosa. Arthur nunca se acostaría con una zorra como tú.

 —Fue su «sacrificio» para rescatarte. Sólo que él no se esperaba que yo lo usaría y luego lo entregaría. Es tan ingenuo. —La pelirroja rio como desquiciada y con denotada burla, mientras que Sam luchaba para soltarse y borrarle la satisfacción de la cara.

En ese momento, no le importaba si Arthur durmió con Bárbara y con ella no, ya que lo único que la mortificaba era el bienestar de él. Quería liberarse y salvarlo, puesto que no soportaría que algo malo le sucediera, entonces lo entendió, amaba a Arthur más allá de sus intereses, lo amaba como nunca amó a otro hombre. Si comparaba aquel sentimiento con el de su esposo, nunca amó a Daniel. Él solo fue una ilusión que luego se convirtió en frustración.

 —Arthur… —se lamentó en un sollozo.

Mientras tanto, Arthur caminaba de en un lado a otro mientras pensaba en un posible escape.

—Debemos buscar la manera de salir de aquí —musitó frustrado.

 —No hay forma de forzar esa puerta. Creo que la mejor opción sería esperar a que viniera un guardia y atacarlo, pero eso no sucederá. Estoy seguro de que cuando vengan por nosotros, será en grupo y para matarnos.

Arthur lo miró con pesar; no podía terminar así, no sin liberar a Sam y ponerla a salvo.

Ellos se pusieron alerta cuando escucharon unos pasos, por lo que ambos retrocedieron expectantes, dado que era probable que sus enemigos hayan decidido su destino y era hora de llevarlo a cabo. El sudor en sus frentes y los rápidos latidos de sus corazones eran evidencia del temor que los recorría. Estaban en mano de sus adversarios y era obvio que este sería su fin.

Arthur se apresuró a ir al portón con alivio, al notar que era la pelirroja quien estaba allí y lo miraba con ojos interrogantes. Por su parte, él entendió esa expresión y agradeció a Dios por aquella oportunidad que le estaba dando.

 —Dígame, señor Connovan, ¿piensa que hay alguna esperanza para mí? ¿De verdad cree que mi alma pecadora y malvada encuentre un lugar dónde pertenecer y que pueda ser admirada por alguien?

 —Lo creo. No tiene que ser algo romántico, ya que puede encontrar el amor donde desee cultivarlo. Y definitivamente, creo que puede redimir sus actos y ser una persona de bien, asimismo, puede soñar y hacer esos sueños realidad.

 —¿Seré feliz si hago eso? —Su voz salió chillona y las lágrimas le bañaron el rostro.

 —Lo será. Conocerá la verdadera satisfacción y sensación de logro, al obtener lo que desea por medio del esfuerzo y sin tener la necesidad de dañar a otros.

 —¿Usted me ayudaría? Si los libero, ¿me llevaría con usted?

Arthur asintió y ella limpió sus lágrimas.

 —Démonos prisa, entonces. Sus enemigos vienen a matarlos —anunció mientras abría el portón. Arthur y Samuel se miraron sin aún dar crédito a lo que sucedía; sin embargo, no se quedarían a preguntar, así que se apresuraron a la salida y los tres corrieron fuera de aquel establo.

No obstante, una vez estuvieron afuera; White, los Jones y los Delton se encontraron de frente con ellos.

 —¡Se escapan! —vociferó Daniel. Al instante, varios disparos estallaron contra Arthur y Samuel.

***

Sam miró con odio a la criada que le llevó de comer. Esperó paciente a que ella la soltara, ya que había convencido a Daniel de que la dejara almorzar como la gente y no como si fuera un animal cautivo.

Al escucharse los disparos, el guardia salió deprisa de la habitación, dejando a la sirvienta a solas con Sam.

Ese era su momento.

Una vez la señora le quitó la soga que la tenía aprisionada, Sam le dio un cabezazo, luego una patada que hizo caer a la mujer. No contenta con ello, Sam la golpeó varias veces, le tiró la comida encima y salió corriendo de la habitación.

—¡Maldita! —profirió la criada, llena de odio—. ¡Atrápenla! ¡La prisionera se escapa! —vociferó mientras corría por ayuda.

Por su parte, Sam corría por todo el pasillo en busca de una salida, con la adrenalina a mil y la respiración agitada.

«Soy libre al fin», pensó, al borde de las lágrimas.

Jacqueline estaba en el estudio de Arthur, revisando unos documentos, cuando Anabela entró de imprevisto. Con todo lo que había sucedido en esos últimos meses, ella no había tenido tiempo para concluir el proceso de compra de la hacienda vecina.

 —¿Dónde está Arthur? —interpeló Anabela, como si le estuviera exigiendo dicha información.

 —Se fue de viaje no sé a dónde —contestó Jacqueline con calma, aunque deseaba decirle sus verdades a esa mujer fastidiosa—. Ni siquiera Samuel aparece, y solo cuento con él para que me ayude con los asuntos de la compra de la hacienda, así que te debes imaginar lo cabreada que estoy. Esto es una advertencia, en caso de que te quieras poner pesada.

 —Lo único que me interesa saber es dónde rayos se metió Arthur. ¿No te parece inusual que viajara de repente y sin decirle a nadie?

Jacqueline se quedó pensativa ante ese comentario. De verdad esperaba que su amigo no hubiese cometido ninguna imprudencia.

 —Arthur es un adulto, por lo tanto, él sabe lo que hace.

 —Pues a mí no me parece. ¿Sabes qué? Mejor no pierdo mi tiempo contigo.

Anabela salió de la oficina hecha furia, a lo que Jacqueline respondió con una mueca de hastío.

Al llegar a la cocina, Anabela se cruzó de brazos y arrugó el rostro, desde que notó a Nidia cuidando al niño que trajo Arthur.

 —Abuela, nada más te la pasas junto a ese mocoso —se quejó.

 —Deja de ser amargada y, de paso, cuida la manera en la que te diriges a mí. Todavía estoy molesta contigo, mira que jugar con los sentimientos de un buen hombre como Samuel. ¡Eres una tonta! Caballeros como él están escasos. —Nidia se paró de la silla y puso al niño en el asiento donde suele comer.

 —No voy a tener una relación con un hombre a quien no amo —replicó Anabela, se cruzó de brazos e hizo un mohín berrinchudo.

 —No sé de dónde te salió que estás enamorada de Arthur, si ustedes siempre se han tratado como hermanos. Toma —le pasó el plato con la comida del niño—, sé útil y haz que coma. La ausencia de Arthur lo tiene sin apetito. —Tras darle la orden, Nidia empezó a lavar los platos.

Anabela resopló rendida y se sentó frente al niño.

 —Come, o el Coco vendrá por ti. —Su sonrisa malvada se ensanchó, al tiempo en que ponía la comida frente al pequeño, quien la miró con el ceño fruncido.

 —¡Anabela! —vociferó Nidia, escandalizada—. ¡Qué indeseable te has vuelto!

 —Solo estoy bromeando con el mocoso. ¿Verdad, Douglas? Tú y yo somos amigos porque yo soy la novia de tu papá.

 —¡Dios mío! —profirió la señora, mas Anabela estalló de la risa.

 —El mocoso es medio retrasado, pero tiene unos ojos hermosos, de color avellanado… —Anabela dejó de hablar y observó al pequeño con detenimiento, puesto que sus rasgos le eran muy parecidos a su rival. ¿Cuáles eran las probabilidades?

Entretanto, tres personas llevaban una plática en la oficina que pertenece a Arthur:

 —La desaparición de Arthur y Samuel me parece muy extraña. Me temo que hayan cometido la estupidez de irrumpir en los terrenos de White —comentó Sebastián. Pese a que solo estaba especulando y la idea le parecía muy descabellada y peligrosa, la mirada preocupada del resto le confirmaba que aquello era lo más probable.

 —¿Crees que se hayan atrevido? —inquirió Jacqueline, con la angustia colada en su tono tembloroso. Conocía tanto a Arthur, que casi podrí asegurar que Sebastián había acertado con su sospecha.

 —No lo creo, estoy seguro. Según tengo entendido, anoche se escucharon disparos en la casa de ese malandro y esta mañana los Deltons y Jones visitaron dicha hacienda —aseguró el pelirrojo.

 —¿Cómo supo eso?

 —Preciosa, tengo mis contactos. ¿Cómo crees que estoy reuniendo las pruebas para hundir a ese desgraciado de White y las demás alimañas? He puesto a un infiltrado allí. Él había estado fuera de esa hacienda cuando sucedió el asunto de los disparos, pero lo envié esta mañana para que me diera información. Además, cuento con algunos trabajadores de White; ellos son hombres de familia que se unieron a la causa de acabar con el dominio de esos mafiosos, por lo tanto, me informaron acerca de los disparos, también. Todavía no han podido comprobar si White tiene a Samay, pero están en eso.

 —Mi hermano es un poco extremo con sus investigaciones. —Luis sonrió—. Por eso ha tenido varios atentados. A propósito, ¿cómo está el hijo de Samay Fraga? El proceso de adopción ya está culminando y Arthur tendrá que ir pronto a la institución.

 —Luis, no menciones que es hijo de Sam poque las paredes tienen oídos —increpó Jacqueline, y el pelirrojo la miró extrañado.

 —Disculpe, no sabía que era un secreto el origen del infante.

 —Lo es hasta que sepamos quién está colando información acerca de Sam. Alguien de la hacienda está traicionando a Arthur —aclaró Jacqueline.

 —¿No tienen una idea de quién pueda ser? —preguntó Sebastián.

 —Yo tengo mis sospechas, pero no quiero hablar sin tener pruebas aún —respondió ella en un suspiro de cansancio. Ellos retomaron la conversación inicial con susurros y más cautelosos; sin embargo, una persona escuchaba tras la puerta.

 —Entonces el mocoso es hijo de la maldita intrusa. Interesante… —musitó, con una sonrisa cargada de maldad.

***

 —¡El señor Connovan está siendo atacado por White, los Delton y los Jones! —Un hombre entró a la hacienda de Arthur, vociferando aquella frase, que puso a todos en estado de alerta. Jacqueline y los hermanos Domínguez salieron al patio, entonces el detective reconoció al hombre a quien había puesto de espía, y quien al instante les informó lo que vio cuando regresó a la hacienda de White en la mañana.

 —¡¿Qué?! —gritó Jacqueline alarmada.

 —Ellos escaparon en dirección al bosque, pero sus enemigos los están persiguiendo. Debemos darnos prisa e ir a su rescate.

 —¡Vamos! —ordenó Sebastián.

 —¡Esperen! —los detuvo Luis—. ¿Por qué no nos dividimos? —sugirió—. Jacqueline y yo iremos al pueblo con un grupo de personas, vociferando el ataque contra Connovan. Sebastián, tú vete con los hombres armados de Arthur a su rescate; hoy vamos a matar varios pájaros de un tiro.

 —¡Vamos! —comandó Sebastián a los empleados que lo habían rodeado, listos para ir al rescate de su patrón.

A Nidia le dio un ataque de pánico debido a la impresión, al enterarse de lo que estaba ocurriendo, por lo que tuvieron que llevarla a recostarse.

 —Ustedes encárguense del niño en mi ausencia. No se lo confíen a nadie, por favor; el hijo de Arthur queda en sus manos —les advirtió Jacqueline a las sirvientas, que estaban tomando el lugar de Nidia en la cocina.

Ella se subió a su caballo y se dirigió con Luis, Raúl y un grupo de personas al pueblo; todos ellos vociferaban: «¡Los Delton, los Jones y White van a matar a Arthur Connovan!»

En el recorrido, varias personas salían de sus hogares escandalizadas y pronto se armó una histeria colectiva, que reunió a casi todo el pueblo frente a las instituciones de las autoridades. Muchos de ellos armados con pistolas y machetes, otros con piedras; incluso algunos tocaban música para llamar la atención de los demás; todos cansados del abuso de esos delincuentes.

 —¡Queremos la cabeza de los Deltons, White y Jones! ¡Queremos que paguen por sus crímenes! ¡Salvemos a Arthur Connovan! ¡Connovan, líder de Terrus! ¡Connovan, líder de Terrus! —cantaban a coro, acompañados por la música de tambores, congas, güiras, asimismo, los machetes afilados que eran frotados unos con otros.

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El velo – Capítulos 31-34 El velo – Capítulo final y Epílogo
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1 comentario en “El velo – Capítulos 35-37”

  1. Que suspenso, solo falta que la desgraciada de Anabel aproveche el alboroto y se robe al niño espero que no quede sin pagar ella también porque ha hecho daño.

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