El velo – Capítulos 31-34

This entry is parte 24 de 26 in the series El velo

Semanas antes…

 En una cantina, tres hombres compartían un trago.

—Entonces Samay está con ustedes —dijo uno de ellos, luego se pasó la mano por las hebras negras, como un intento fallido de peinarlas—. Esa muchacha es muy escurridiza, nunca pude dar con su paradero.

 —¿La buscabas? —indagó Samuel, al tiempo en que compartía una mirada cómplice con Sebastián.

 —¡Claro que la buscaba! Quería devolverle a su hijo —respondió el hombre.

 —¿Su hijo? —cuestionó Samuel estupefacto, puesto que Arthur no le había contado sobre aquel asunto.

 —¿Que no les ha dicho nada? Ella quedó embarazada del animal de su esposo. No sé bien como logró escapar, pero yo la encontré desmayada en las afueras del bosque que rodeaba la hacienda de los Fraga. Samay estaba sangrando, por lo que creí que había perdido al bebé. Un amigo doctor la trató en secreto, debido a que muchas personas le temían a White. Cuando ella despertó, estaba alterada y fuera de sí porque creyó que su hijo había muerto, pero esa criatura estaba bien pegada y más vivo que la madre.

Dio una calada a su cigarrillo y sonrió malicioso, luego continuó con su relato:

 » Nos fuimos a otro pueblo y ella vivió conmigo lo que restó de su embarazo. Su situación era precaria y complicada, pues no tenía nada y Daniel la estaba buscando para matarla, puesto que temía que ella lo denunciara. Ese era nuestro plan; sin embargo, las personas que nos iban a ayudar fueron sobornadas por él, por lo tanto, nuestras vidas corrían peligro. Yo quería justicia para mi abuela y Sam para ella y su padre, pero no éramos nadie y solo conseguiríamos la muerte.

—Entiendo… —Sebastián sorbió su cerveza—. Mi hermano y yo hemos ayudado a víctimas como ustedes, que tienen todas las de perder. No es fácil irse en contra de personas sin escrúpulos y con la capacidad de comprar a las supuestas autoridades.

 —Me dieron ganas de matar a ese mal nacido —expresó Carlos con resentimiento—. Mi abuela era lo único que me quedaba.

 —Siento mucho tu pérdida —lo consoló Sebastián—. Te aseguro, amigo, que le haremos justicia a tu abuela. Es por esto que necesitamos tu cooperación.

Carlos asintió satisfecho, pues había esperado ese momento por más de tres años.

***

Dos años y algunos meses atrás…

Los gritos del recién nacido retumbaban en el angosto y humilde lugar. Sam lo acomodó entre sus brazos con emoción mientras las lágrimas le mojaban el rostro. Era su hijo. Estaba sano y lleno de vida.

Ella le acarició la piel colorada, pero ese toque la emocionó tanto que varios chillidos salieron de su garganta. No quería separarse de él, no podría soportar tal dolor. La partera le aconsejó que le diera de mamar. Ella emanó un alarido al sentir el intenso dolor en su pezón, al ser succionado por su criatura.

Pese al sufrimiento de su cuerpo y al cansancio físico, guardaría ese momento como el día más feliz de su vida, el día en que conoció el rostro de su gran amor: Su hijo.

Tras haber transcurrido un mes, ya Sam no podía seguir en aquel lugar, dado que los hombres de Daniel rondaban a toda hora por los alrededores, por lo que ocultarse se les estaba dificultando.

 —No puedo seguir ayudándote, Samay. —Carlos caminaba en círculos con nerviosismo—. Debemos largarnos de este lugar cuanto antes, cada quien por su lado. Me apena tu situación, pero si seguimos aquí pronto estaremos muertos.

 —Entiendo… —Sam trató de no llorar. No tenía nada ni a nadie a quien acudir, así que Carlos era su único refugio.

 —Ya los padres adoptivos están listos para llevarse al bebé. Ellos viajarán al otro lado del océano, ya compraron la casa y todo. Tu hijo estará bien con los señores Lee porque son una pareja estable que no puede tener hijos. Sam, tú no tienes nada que ofrecerle a esa criatura y, si te empeñas en conservarlo, ese niño terminará en un orfanato, o peor aún, siendo criado por el padre y su amante.

Sam suspiró. Carlos tenía razón, ella era prófuga de la justicia y de su esposo. ¿Cómo podría proteger a su pequeño?

 —Dame otro mes. —Las lágrimas le bañaron el rostro—. No estoy lista para despedirme ahora… —Se le escapó un sollozo que espantó al bebé y ella lo pegó a su pecho para calmarlo—. Él me necesita, ¿quién lo amamantará?

 —Eso es lo de menos, Sam. Debes ser consciente, si lo amas sabrás que dejarlo ir es el gran acto de amor que harás por él. Los señores Lee necesitan viajar en tres días, no esperarán todo un mes y nosotros tampoco podemos seguir arriesgándonos.

Sam lloró toda la noche.

No durmió porque velaba el sueño de su bebé mientras le acariciaba el cabello y lo observaba con tristeza. No quería separarse de él, pero no podía ser tan egoísta. Besó la frente delicada y le acarició la mejilla con ternura, acto seguido, tomó una gargantilla que su padre le había regalado y la puso en el cuello del bebé.

***

Con voz temblorosa, musitó la única palabra que le llegó a la mente en ese momento, pero que había guardado en su corazón por mucho tiempo:

—Douglas…

 —Está bien. Es lo menos que podemos hacer por usted, ya que les estamos muy agradecidos por haber confiado en nosotros. —La mujer, vestida de un largo vestido y un velo alrededor de su cabeza, agradeció con lágrimas en los ojos.

 —Llamarás al bebé como tu padre —reconoció Carlos con media sonrisa. Le daba pesar el sacrificio que estaba haciendo Sam, pero era la mejor decisión. Con ella, el niño corría peligro.

 —Sí —esbozó cabizbaja—. Cuiden de él, por favor, y gracias por permitirme ponerle el nombre de mi padre. Gracias también por hacerse cargo de mi hijo. —Sam no pudo evitar las lágrimas. La pareja la miró con empatía, puesto que se imaginaban cuán doloroso le era separarse de él.

 —Tenga, ésta es su recompensa. —El señor Lee sacó un cofre dorado y lo extendió en dirección a Sam.

 —No quiero nada de ustedes. —Sam negó con brusquedad—. No les estoy vendiendo a mi hijo —su voz salió chillona—, sólo le regalo una mejor vida a él, ya que yo no puedo dársela.

 —Entiendo, pero es solo un presente. Necesita dinero para subsistir. —El hombre insistió.

 —Déselo a Carlos. Es mi paga por todo el cuidado que me dio. Yo no quiero recibir nada. Bueno, a decir verdad, quiero algo. —Miró a la mujer al decir aquello—. ¿Me regalaría su velo?

La señora Lee se encontró extrañada ante su petición, pero cedió a su deseo. Ella se quitó la fina tela de su cabeza y se la entregó a Sam.

Después de que Sam cargó a su hijo por última vez, lo besó y lo abrazó, la señora le extendió los brazos con timidez para que ella se lo diera, pues ya tenían que irse. Sam lo apretó más a su pecho y empezó a sollozar.

 —Sam, dáselo. —Carlos frotó su hombro, comprensivo, a lo que ella sólo asintió con la cabeza.

Sam lo besó una vez más y absorbió su olor, con la esperanza de nunca olvidar su rico aroma, asimismo, esperaba rememorar su tierna carita para siempre.

Las lágrimas brotaron hasta que el llanto se tornó sonoro y desesperado, tanto que ella se encorvó porque perdió las fuerzas. Ellos se estaban alejando con su pequeño, era consciente de que nunca más volvería a ver a su hijo.

Un mes antes del regreso a la hacienda:

Arthur daba vueltas en la cama de aquel hotel debido a que la inquietud lo torturaba y no lo dejaba conciliar el sueño, ya que las palabras de Samuel retumbaban en su cabeza, una y otra vez.

«¿El hijo de Sam está en un orfanato?», pensó contrariado, entonces recordó el dolor en la mirada de ella cuando le habló acerca de su bebé y de la razón de haberle dicho que lo había perdido.

Ella le contó que creyó que Daniel le había provocado un aborto cuando ella escapó de él, pero que luego descubrió que no fue así, y temía que él la encontrara y se lo arrebatara. Prefirió hacerse la idea de que lo había perdido aquella vez y esconder el dolor y la culpa de haberlo regalado.

Arthur se paró de la cama con una idea rondando su cabeza: Tenía que encontrar a ese niño y devolverlo a su madre.

***

 —Señor, Connovan. —Carlos le extendió la mano como gesto de saludo, a quien Arthur le correspondió con cortesía—. Es un honor conocerlo en persona. Estoy enterado de todas sus luchas contra las injusticias de estas regiones y lo admiro mucho. Creo que Terrus no podría tener mejor líder que usted, así que soy de los que piensan que usted debería ser nuestro próximo gobernador.

 —Gracias por sus palabras, también por ayudarnos.

 —Para mí será un placer hundir a ese desgraciado, que asesinó a mi abuela y que ha hecho tanto daño a personas inocentes.

 —Así será. Haremos justicia. —Arthur afirmó—. Señor Rodríguez, necesito que me cuente lo que sucedió con el hijo de Sam.

 —Pues, encontramos una pareja de esposos que no podían tener hijos y ellos quisieron adoptarlo. Al principio, Sam estaba renuente, pero al ser consciente de su situación, asimismo, después de que estuvimos a punto de ser descubiertos por Daniel, ella decidió entregarles el niño.

Hizo una pausa y suspiró.

 » Sin embargo, la pareja fue atacada por asaltadores durante el viaje y, para cuando fueron a su rescate, el señor Lee había sido asesinado y su esposa estaba mal herida. Ella murió tiempo después, por consiguiente, el niño fue llevado a un orfanato. Busqué a Sam por cielo y tierra, pero no di con su paradero. Fue así como decidí dejar las cosas como estaban, dado que, de todas formas, el chiquillo estaría mejor allí que con ella.

Arthur inhaló y exhaló varias veces, debido al malestar que las palabras de Carlos le provocaron. Sam había cargado con ese dolor todo ese tiempo, pero su hijo estaba en un orfanato. Era como si las circunstancias se burlaran de ella.

Aquel día Arthur no pudo conciliar el sueño porque las imágenes de Sam y su hijo le inundaban la cabeza, pese a que no conocía al pequeño.

En esos días, él investigó acerca del dichoso lugar, al que visitó con varios donativos. Buscó a un niño que tuviera una gargantilla dorada con el dije de corazón y que en sus expedientes dijera que era el huérfano y heredero de los señores Lee; sin embargo, no hubo información de lo último.

Después de una semana de búsqueda, dio con la institución correcta y con el niño que portaba la joya, mas en el expediente salía que era el hijo de una de las criadas, por lo que el gobierno se quedó con la herencia de los Lee.

Arthur estaba indignado, pero bien conocía la injusticia de Terrus, por lo que ya estaba acostumbrado a lidiar con ese tipo de corrupciones. De todas formas, el niño no tendría necesidad de la fortuna que le fue robada.

Cuando Arthur vio al pequeño, no tuvo duda de que fuese el hijo de Sam, gracias al parecido; no obstante, necesitaba asegurarse y portar las evidencias. Él envió a Samuel a la hacienda a buscar el cepillo que Sam solía usar, asimismo, tomo una muestra del cabello del infante y la mandó a analizar. Él usó sus influencias y una jugosa cantidad de dinero para adoptar al pequeño sin cumplir algunos requisitos y, aunque la adopción no era un hecho aún, le permitieron convivir con el niño hasta que terminara el proceso.

Nunca reveló a los encargados del orfanato los resultados de la prueba, puesto que eso lo hizo a escondidas, tomando un mechón de cabello del niño cuando lo visitó. En esos lugares, una persona rica e influyente tenía ciertos privilegios y adoptar les era fácil, añadiéndole el hecho de que las adopciones no eran comunes, pero los niños huérfanos sí eran demasiados, gracias a la violencia e injusticias que se estaban viviendo en esas regiones.

Una adopción era todo un gran acontecimiento y se proclamaba afortunado al niño escogido. Las condiciones de la mayoría de los lugares no eran muy buenas, y muchas veces los niños eran vendidos a bandas y prostíbulos, puesto que no sabían qué hacer con ellos debido a la falta de recursos y espacios.

***

Sam se removía sobre la cama al soñar de nuevo con su bebé. En sus sueños, su rostro estaba intacto, al despertar, no podía recordar la forma de su cara y eso la deprimía y hacía sentir muy culpable.

Rememoró aquel dolor punzante en el pecho cuando observaba a esa pareja llevarse a su hijo. ¿Dónde estaría ahora? ¿Seguiría viviendo del otro lado del océano? ¿Cómo sería él? ¿Travieso o tranquilo? Posiblemente, el pequeño Douglas era un niño triste y retraído, puesto que la gran parte de su embarazo se la pasó sufriendo. Por lo menos, los últimos meses fueron mejores y pudo guardar hermosos recuerdos de su gestación.

A ella le gustaba sentarse en una mecedora para observar la noche, mientras acariciaba su barriga y le cantaba a su bebé. Se emocionaba cuando él se movía o la pateaba.

Sam lloró por su desdicha.

Recordó aquel día…

Ella corrió con desesperación hacia el bosque. El vacío consumía su pecho, apenas lo había entregado y ya lo extrañaba. Se sentía raro no tenerlo en sus brazos. Los pechos le dolían al llenarse de leche. Lloró con amargura porque tal vez su bebé estaba hambriento en ese momento y ella tenía tanto alimento materno desperdiciado.

Un hormigueo en los senos demandaba a su criatura. Dicen que las madres presienten cuando sus hijos las necesitan, que sus pechos gotean cuando su criatura requiere mamar.

Ella corrió sin rumbo fijo, con las lágrimas nublándole la vista. ¡Estaba arrepentida! No podía permitir que se llevaran a su bebé. No, ella buscaría la manera de defenderlo, de poder ponerlo a salvo sin tener que separarse de él. Corrió de vuelta con la esperanza de alcanzarlos, pero no vio a nadie. Era obvio que ya estaban lejos. La razón la abandonó y ella corrió rememorando el camino que ellos tomaron.

Horas de búsqueda desesperada la confrontaron con su realidad: no volvería a verlo jamás. Y estaba bien. Era un alivio no haberlos encontrado porque su bebé estaba mejor con ellos.

Corrió en dirección al risco que se encontraba al final del territorio del que debía huir antes de ser hallada por su marido. Una vez frente al vacío, el pensamiento que la acosaba en la hacienda de su padre, cuando era tratada peor que a un animal, floreció en su pecho. Sería rápido y acabaría con su sufrimiento.

Sam miró hacia abajo y sintió un leve vértigo. Un grito de dolor hizo eco en el lugar, acto seguido, ella caminó hacia la nada. Mientras caía, los recuerdos sobre los momentos con sus padres y su bebé pasaron por su mente como si de una película se tratara. Entonces pensó en su madre, quien murió de una horrible enfermedad cuando ella era pequeña. Su padre nunca superó esa muerte.

Al llegar a lo que le pareció el final de su vida trágica, ella sintió como si cientos de agujas le atravesaban el cuerpo, entonces el agua helada la recibió y lo siguiente que percibió fue oscuridad.

Un zumbido la hizo regresar. La picazón en el cuerpo, la humedad y el dolor en los músculos eran señales de que aún encontraba con vida. De a poco abrió los ojos, pero la luz solar hizo que los volviera a cerrar hasta que tomó el valor de levantarse. Estaba en la orilla de un río y en medio de la nada, así que sólo caminó sin un rumbo fijo.

No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que empezó a vagar en aquel lugar remoto, pero el entumecimiento en el cuerpo evidenciaba que había sido mucho. Caminó por aquel campo arrastrándose, no tenía dinero y estaba mojada. Pese a su falta de apetito y las náuseas, el dolor en el estómago le hacía entender que necesitaba ingerir alimentos.

Sam vagó por varios días, comiendo frutas silvestres, con aquel velo amarrado a su cintura. Era el recuerdo de que una vez fue madre y que su hijo estaría bien cuidado. Llegó a un bosque desolado y remoto. Una pequeña choza se erguía orgullosa, pese al deterioro. Tocó la puerta, pero no obtuvo respuestas.

Se sentó en el frente porque no soportaba el mareo y se quedó dormida. Una hora más tarde, un anciano la despertó y la acogió en su humilde hogar sin hacer preguntas. Ella vivió con él hasta que un día lo encontró muerto en la cama. Cavó un hoyo y lo enterró, entonces lloró su muerte.

Él era una persona sin familia como ella, huyendo de un pasado oscuro y doloroso. Nunca le preguntó si él fue víctima o abusador, en realidad, nunca confesaron sus secretos. Hablar de cosas banales los entretenía y él era quien hacía las compras.

Ya su salvador no estaba, por lo que ella debía salir a la civilización para hacer algo de dinero y comprar lo básico.

Una de tantas mañanas, Sam se paró frente al espejo y acarició su mejilla. Tomó el velo y lo colocó sobre su rostro. Fue así como Samay Fraga ocultaba su identidad bajo la fina tela, refugiando allí un pasado oscuro y el temor de ser capturada, fuese por su pareja o por las autoridades. He allí, el misterio del velo.

***

Anabela salió del estudio de Arthur con sigilo, feliz de haber pasado desapercibida. Tomó su caballo y cabalgó lejos de la hacienda.

«Por fin me voy a deshacer de esa maldita intrusa y Arthur será mío al fin», pensó.

Entretanto, Jacqueline ayudaba a Arthur a cuidar al bebé junto a Nidia. Sólo la primera sabía que era hijo de Sam, puesto que Arthur era muy precavido con los asuntos de su novia, en especial, porque ya no confiaba en Anabela.

Pese a que se dedicó a cuidar al niño, él continuaba con las investigaciones y, junto a la familia Ben, empezaron a hacer campañas de concientización a los más vulnerables. Cada día se les unían personas cansadas de la injusticia y la opresión que sufrían de parte de los corruptos, asimismo, estaban dispuestos a aportar un granito de arena para defender sus tierras.

 —Ya quiero ver la cara de Sam cuando se encuentre con nuestro hijo —dijo Arthur con emoción, ganando la mirada conmovida de Jacqueline. Admiraba a su amigo por su gran nobleza. Nunca había conocido a una persona tan generosa como él y poder colaborarle le era de gran satisfacción.

Arthur confiaba en Jacqueline, por tal razón, le mostró la ubicación de Sam en caso de que algo le sucediera a él. Sólo a ella podría confiarle la seguridad de su amada novia y a su hijo. Es por esto, que ambos cabalgaban en dirección a la cabaña junto al niño. Arthur moría de las ansias por ver al amor de su vida y ser testigo de su reacción cuando ella viera a su hijo.

***

Sam corrió a la entrada porque escuchó los galopes de varios caballos. Su corazón palpitó con intensidad, debido al miedo, y se acercó a la ventana para ver quiénes estaban irrumpiendo en su escondite. Suspiró de alivio cuando vio aquel rostro conocido y una gran alegría llenó su pecho, al imaginarse que Arthur venía junto a ella. Deprisa, Sam abrió la puerta y se apresuró a ellos; no obstante, se detuvo desde que descubrió al hombre frente a ella y la confusión le nubló los pensamientos.

 —Hola, Sam —la saludó Anabela con una sonrisa retorcida.

Las alarmas de Sam se encendieron, por lo que ella retrocedió el paso de forma instintiva al saborear el amargor del peligro. ¿Por qué Anabela estaba junto a ese hombre en vez de Arthur?

Arthur saltó del caballo lleno de entusiasmo. Había soñado todos esos días con el rostro de Sam al ver a su hijo, por lo que las ansias de presenciar esa felicidad en su amada lo tenían nervioso y hasta con náuseas. Con premura, corrió hacia la puerta, prisionero de los temblores en sus manos y la agitación en el pecho. Jacqueline, sin embargo, lo siguió con el niño en brazos; él era un infante muy tranquilo para su edad y casi no emitía palabras.

Arthur se percató de la puerta a medio abrir y entró en silencio, pues quería sorprenderla. Su corazón palpitó con intensidad cuando notó que había un florero roto en medio de la sala y algunas cosas tiradas, como si una lucha se hubiese llevado a cabo allí. Corrió con desesperación hacia las demás habitaciones de la casa mientras la llamaba con gritos cargados de angustia.

 —¡Sam! No, no, no, no… Sam, amor mío. ¿Qué sucedió?

Jacqueline lo miró con pesar, temiendo lo peor.

 —¡Sam! —gritó de nuevo, y corrió fuera de la choza con la esperanza de encontrarla en el patio. Debía ser un malentendido, de seguro ella le explicaría lo que en realidad sucedió.

Arthur la llamaba y buscaba con exaltación y una gran angustia, pero no obtuvo resultados. Él se subió al caballo con una rapidez increíble y Jacqueline lo imitó. 

Tras haber llegado a su destino, Arthur se tiró del animal y se apresuró a la entrada de la casa de los Goodman. Su angustia aumentó cuando ellos le dijeron que Sam no estaba allí.

Todos los trabajadores de los Goodman ayudaron a Arthur a buscarla, pero parecía que se la había tragado la tierra.

***

Sam lloraba llena de temor sobre aquella cama. Sus brazos colgaban del espaldar, debido a que estaban amarrados con una larga soga. La paliza que Daniel le propinó para someterla dejó dolores sobre sus músculos, asimismo, la decepción y confusión la azotaban sin piedad, ya que no entendía las razones de Anabela para haberla traicionado.

¿Qué le hizo ella para merecer aquello? Siempre la trató bien y hasta la consideraba su amiga, ¿por qué la entregó a su verdugo y tenía esa expresión de satisfacción cuando Daniel la golpeaba?

 —Hola, cariño. —Daniel entró a la habitación con burla en su semblante—. Has sido muy escurridiza y más inteligente de lo que esperaba. Mira que lograr que un hombre como Connovan enloqueciera por ti, a tal punto, que prefirió sacrificar su vida y reputación. Ahora él no tendrá credibilidad para ser gobernador y levantarse en nuestra contra. Felicidades, le has arruinado la vida a un buen hombre por no querer aceptar tu destino.

 —¡Déjame ir, por favor! Ya me lo quitaste todo, ¡¿qué más quieres de mí?! —gritó desesperada. Su pesadilla estaba frente a ella y sin esperanzas de escapar; tanto que evitó ese encuentro y tuvo que padecer para no caer en sus garras; sin embargo, él estaba allí, frente a ella, y su vida en su poder.

 —¿Que te deje ir? —Caminó con pasos dramáticos y parsimoniosos hacia ella, acto seguido, se sentó a su lado. Sus dedos viajaron por sus piernas hasta llegar al borde del vestido blanco, que terminaba sobre las rodillas—. ¡Pero si eres mi esposa! Estaremos juntos hasta que la muerte nos separe, eso fue lo que juramos frente al altar. Tú me darás esos hijos que la inservible de tu prima nunca me pudo parir.

» Mi amor, sé que te traté mal en el pasado y que no debí ponerla a ella por encima de ti, pero te prometo que esta vez será diferente; tú y yo haremos el amor como se debe, te haré sentir tanto placer que no tendrás ganas de volver con el santico de Connovan. Tendremos ese hijo que nunca vimos nacer. ¿Sabes?, desde esa vez que te vi perder a nuestro bebé, no he dejado de tener pesadillas. Yo lo quería; de verdad quería a mi hijo, Samay.

Sam pudo ver dolor en sus ojos, pero también veía a una persona desequilibrada mentalmente. Temía por su vida; temía por lo que le deparaba allí.

***

Había transcurrido una semana de búsqueda sin resultados y ya Arthur estaba perdiendo la cordura. Era frustrante no saber qué sucedió, en especial, cuando él había tomado todas las medidas necesarias para evitar que Sam cayera en las garras de ese desgraciado.

 —Deja de sufrir por esa mujer; una vez más, ella te abandonó, Arthur.

 —Anabela, no querrás tentar mi paciencia. —Arthur le dedicó una mirada asesina. No estaba en sus cabales, por lo que cualquier comentario fuera de lugar podría alterarle al punto de actuar por impulso.

Anabela se acercó para abrazarlo, pero él la alejó. Lo que veía en los ojos de ella no le gustaba, y por una razón desconocida, tenía ganas de cachetearla, de hacerla sufrir. Se sentía mal por ese deseo extraño, mas no podía controlar la rabia que su sola presencia le causaba.  

No entendía esa sensación tan desagradable, dado que el hecho de que Anabela le haya declarado sus sentimientos y, se expresase de forma despectiva hacia Sam, no la hacían culpable de su desaparición. Todo era muy confuso porque sólo él sabía acerca de su paradero, ni siquiera a Jacqueline se lo había revelado, o por lo menos no hasta que él mismo la llevó allá con él.

 —¡Me voy a volver loco! —gritó angustiado, y Anabela se espantó. Arthur salió de la cocina y subió a su estudio con la intención de calmarse, puesto que necesitaba tener la cabeza fría para encontrar una respuesta que lo guiara hasta Sam.

 —Es obvio que alguien supo acerca de su escondite —dedujo Jacqueline, tras entrar al estudio con esa calma que la caracterizaba. No importaba que el mundo se estuviera cayendo a pedazos, ella siempre mantenía la compostura y se conducía con templanza, así que no se dejaba caer por nada ni nadie.

¡Arthur deseaba ser como ella en ese momento!

 —Sí, pero, ¿quién? ¿Y cómo se enteró? —Él se apretó el cabello, frustrado. A veces deseaba mandar todo al carajo e ir a los terrenos de White a buscarla. En realidad, si Jacqueline y Samuel no lo hubiesen detenido, ya él hubiera cometido tal locura. Y no podían ir a las autoridades porque Sam no era esposa de él, mas sí de White. ¿Cómo buscarla entonces?

 —Piensa bien… ¿Tienes algún documento aquí que comprometa la ubicación del lugar donde la refugiaste? —incitó la rubia.

Arthur se quedó pensativo por un rato. De pronto recordó que había guardado el recibo de las provisiones para Sam en la gaveta de su escritorio, puesto que tal información provenía de los Goodman, por lo que él lo manejaba todo desde la hacienda para enviarles el pago.

Arthur buscó desesperado aquel papel, mas no lo encontró. Maldijo en sus adentros al entender que alguien de la hacienda se había atrevido a traicionarlo y que, probablemente, era la misma persona que informó que Sam estaba con él allí, antes de que White haya irrumpido en su casa con las autoridades.

—Debe comer, señora. —La sirvienta le extendió la cuchara, pero Sam cerró la boca—. Tendré problemas con el amo si no lo hace.

 —No soy ningún animal para que me tengan aquí amarrada. Si el señor quiere que yo coma, tendrá que soltarme.

 —Es demasiado terca. Muérase de hambre, entonces. —La mujer se levantó refunfuñando y se marchó. Por su parte, Sam dejó salir esas lágrimas que tenía atrapada; necesitaba ver a Arthur y recuperar su libertad.

Mientras tanto, la pareja modelo llevaba a cabo una acalorada discusión.

 —¡Eres un maldito, Daniel! —espetó Bárbara  con dolor en su semblante—. ¿Cómo te atreves a traer a esa mujer a mi casa? ¿Qué demonios pretendes?

 —No es tu asunto. Tú preocúpate por mantener a mis amigos contentos y disfruta de todo el dinero que te doy. Lo que haga con mi esposa es asunto mío.

 —¡Eres un desgraciado! ¡Yo soy tu esposa! ¡Voy a matar a esa maldita! ¡La voy a destruir con mis propias manos!

Daniel la agarró por el cuello con rudeza y la miró amenazante.

 —No te acercarás a Samay, sabes lo que soy capaz de hacer, así que no pruebes mi paciencia. Tú encárgate de tu tarea porque no querrás dejar de serme útil; sabes lo rápido que me deshago de lo que no me sirve. —Daniel la soltó cuando ella empezó a toser, acto seguido, la besó en los labios. Bárbara, en cambio, dejó salir sus lágrimas cuando se quedó sola en la habitación.

 —Esto no se va a quedar así, maldito imbécil —profirió, llena de rencor y sed de venganza.

***

Dos semanas después…

El pequeño Douglas era mimado por todos en la hacienda, en especial por Arthur, a quien él le empezó a llamar papá, después de la insistencia de éste. Para los trabajadores de la hacienda, Arthur adoptó al niño porque lo había encontrado en condiciones paupérrimas y lo vieron como un acto de caridad, puesto que Arthur temía que supieran de quién era hijo y que Daniel lo reclamase.

Nidia se veía más radiante cuidando al chiquillo, aunque sabía que Arthur estaba omitiendo información relacionada a la adopción, ella prefería no meterse en esos asuntos y limitarse a cumplir con sus tareas; de todas formas, amaba a Arthur como a un nieto y siempre estaría dispuesta a ayudarle en lo que él necesitase.

Arthur se había apegado tanto al niño, que sentía que él mismo lo había procreado, por consiguiente, los momentos junto a él eran alegres y satisfactorio; sin embargo, la ausencia de Sam empañaba esa felicidad.

 —Listo —se dijo él a sí mismo, tras colocarse el sombrero roto que hacía juego con su ropa sucia y demacrada, con su barba larga y nada estética, y su cabello rizado rojizo. Entre el desorden de cabello desaliñado, sólo destacaban sus ojos cafés, puesto que el bigote y la barba le cubrían todo el rostro.

Se coló con los demás trabajadores y suspiró cuando le dieron paso en la hacienda. Después de descargar la mercancía, se adentró a la cocina de los jornaleros y pidió agua a la sirvienta.

 —Aquí tiene. —Ella extendió el vaso con el fresco líquido y él agradeció con cortesía.

 —Esta es una hacienda muy bonita, de seguro debe tener una señora que se encarga de los detalles de decoración. —El hombre expresó, mas ella hizo una mueca de disgusto.

 —No es necesario que la señora se encargue de esas cosas, a decir verdad, el señor White no ha sido afortunado con su mujer.

 —Ah, ¿no? Él es un hombre respetable y con muchas influencias, de seguro supo escoger a su esposa, aunque escuché que ella lo había abandonado; sin embargo, no creo en esos chismes malintencionados de personas envidiosas.

 —Pues es mejor que no crea en chismes porque el señor White cuida bien de su mujer, aunque ella es una terca.

 —Entonces debe ser una belleza. Dicen que las mujeres hermosas esclavizan a los hombres.

 —¡Ja! ¡Hermosa mi rodilla! Esa mujer es más ordinaria que yo y hasta tiene una cica… —La señora dejó de hablar al percatarse de que estaba dando información que no debía, puesto que Daniel mantenía el asunto de su mujer en secreto, dado el maltrato que ella recibía por parte de él.

 —¿Perdón? No terminó la frase, ¿dijo que tiene una cicatriz?

 —Yo no he dicho nada. Usted deje de chismosear y vuelva a su trabajo.

La mujer empezó a refunfuñar y él salió de la cocina.

***

El sudor le recorría la piel y el cansancio tensó sus músculos. Siempre había sido un hombre trabajador, pero nunca había hecho un trabajo tan pesado. Caminó con sigilo por el gran pasillo de la lujosa casa, pese a que aquello le llegó a parecer estúpido, puesto que lo más lógico era que las habitaciones estuvieran cerradas bajo llave. No obstante, él ya estaba allí, ¿qué haría ahora? ¿Cómo saber dónde estaba ella? Entró a un estudio y buscó entre las gavetas algo que le sirviera para encontrarla.

De repente, los latidos de su corazón aumentaron el ritmo, tras él escuchar a Daniel discutir con una mujer.

 —¡Ya me tienes harto! —vociferó su enemigo mientras entraba al estudio. El hombre intruso se escondió debajo de la mesa en un santiamén—. ¿Por qué huele tan mal aquí? —espetó Daniel, tapándose la nariz con dos de sus dedos, acto seguido, salió del estudio profiriendo maldiciones y llamando a las sirvientas; oportunidad que el hombre aprovechó para dejar su escondite. Corrió por el pasillo antes de ser visto y llegó a la cocina.

 —¿Qué hace aquí? —Una mujer pelirroja, de cuerpo curvilíneo y rostro hermoso lo detuvo—. ¿Qué no sabe que esta cocina pertenece a sus señores?

 —Perdón, yo estaba buscando el baño y me perdí.

 —¿Es nuevo, acaso? El baño está fuera de esta casa, ya que a los trabajadores no se les permite entrar aquí.

 —Tiene razón, disculpe mi ignorancia. —Tomó su mano y la besó. Ella la quitó con asco, debido a que la apariencia de aquel hombre le pareció repugnante.

 —Es un atrevido.

 —Perdón por no resistirme al encanto de una hermosa dama; usted es como un vaso frágil que necesita cuidado y que un buen hombre la trate como a su reina. Pero yo sería un iluso con si quiera soñar en convertirla en la razón de mi existencia, mi musa y la dueña de mis suspiros. ¿Cree en el amor a primera vista?

 —Pero ¡qué atrevido e insolente! Tome su puesto y limítese a sus tareas. —Ella fingió ofensa; sin embargo, sus palabras habían calado profundo, dado que nadie le había hablado tan bonito, ni siquiera Daniel.

 —No se preocupe que yo sólo me conformaré con verla de lejos. Tal vez no pueda acercarme a usted, pero nadie me puede impedir soñar y dejar volar mi imaginación. Hermosa y delicada flor de fragancia hipnotizante, usted sería mi dueña y yo sería su esclavo; adicto a su piel y aferrado a cada centímetro de su cuerpo. Le sacaría los más deliciosos suspiros y gritaría mi nombre bajo el éxtasis del amor y ese sería nuestro vicio. En mis sueños sería mi reina y mi dueña.

El hombre hizo una pequeña reverencia y se alejó; por su parte, Bárbara se quedó ensimismada mientras lo veía salir.

***

La pelirroja lo observaba de lejos, fascinada con su fuerza varonil y su cuerpo fuerte y firme. Pese a sus trapos y su falta de estética, había algo en él que captaba su atención.

 —Trabaja duro. —Ella se acercó con flirteo y él le sonrió.

 —Un hombre deja su vida en el trabajo para darle lo mejor a su mujer.

 —Entonces es casado —asumió decepcionada.

 —Lo fui una vez, pero mi esposa falleció. Nunca me había fijado en otra mujer hasta ahora, pues no había encontrado a otra mujer que superara a quien fue el amor de mi vida.

 —¿Hasta ahora? —inquirió ella con interés, a lo que él la miró de forma seductora y alusiva.

 —Hasta que conocí a la pelirroja más hermosa que mis ojos han visto jamás. Pero usted es una mujer para admirar de lejos, puesto que yo nunca podría darle lo que en verdad se merece.

 —Tiene razón. No está a mi altura y sólo le queda soñar con mi atención; sin embargo, mi habitación es la segunda cuando empieza el pasillo y estará abierta para usted esta noche. No se preocupe por los guardias, yo me encargo de ellos. —Ella le guiñó un ojo y se alejó con una sonrisa victoriosa.

El velo

El velo – Capítlos 28-30 El velo – Capítulos 35-37
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