El alfa del río y la omega: Capítulo 16

El terror recorría cada centímetro de su piel en forma de escalofríos. Los temblores y las lágrimas eran inevitables mientras ella esperaba su sentencia.

—Después de que el alfa perdió a sus padres, he trabajado duro para proteger su integridad en la mansión y para que esta sea un lugar seguro para él —habló Elena, captando la atención de Lyra—. No permitiré que nada ni nadie altere el orden y la paz de este lugar.

Elena hizo una pausa, observó el pañuelo y luego lo puso sobre la mesa.

—Has cometido un delito delante del alfa; por tal razón, serás castigada y luego deberás irte de la mansión. No necesitamos a una ladrona aquí.

Lyra sintió un punzón en el pecho, entonces empezó a llorar. ¿Cómo era posible que perdiera todo por un malentendido?

¡Era tan injusto!

—¡Por favor, no me eche! —rogó, y se tiró de rodillas frente a Elena—. Primero confirme con el alfa y sabrá que soy inocente. Por favor, necesito el empleo.

Lyra sintió un ardor incómodo en el estómago debido a la humillación, pero el orgullo no le daría de comer. Necesitaba mantener ese trabajo o tendría que volver a su vieja vida.

Además, ¿dónde le pagarían tan bien como allí para poder cumplir su sueño de tener su propia casita y empezar un negocio?

Elena apretó los puños de la rabia. ¿Cómo se atrevía ella a mencionar al alfa con su sucia boca? Tuvo ganas de volver a golpearla con sus propias manos, pero mejor actuaba con discreción o tendría problemas.

Elena abrió la puerta y llamó a dos guardias de confianza, quienes ya le habían hecho trabajos secretos con las sirvientas que se atrevieron a coquetearle al alfa en el pasado.

—Llévenla, ya saben dónde. Denle su merecido —les susurró para que Lyra no pudiera escucharla—. Enciérrenla hasta que mande a sacar sus pertenencias. Cuando no quede nada de ella, la llevarán lejos de este vecindario —ordenó en voz alta y luego miró a los hombres con complicidad.

—¡No pueden encerrarme! ¿A dónde me llevan? —demandó Lyra, pero fue ignorada.

Los dos guardias se asieron de ella y se la llevaron fuera de la mansión. Ella intentaba soltarse, pero estos la arrastraron con fuerza por todo el patio trasero.

Caminaron un largo rato por un sendero solitario que condujo al bosque. Allí había una cabaña donde ellos se encerraron con Lyra.

—¿Qué me van a hacer? ¿Por qué me trajeron a este lugar? —inquirió ella, asustada.

Uno de los guardias tomó un látigo que estaba colgado de la pared y lo acarició con sorna y amenaza.

—¿Qué es lo que me harán? ¡Eso es contra la ley! Si el alfa se entera…

Ellos estallaron en carcajadas.

—No eres tan importante como para que esto llegue a oídos del alfa. Solo eres una sirvienta de la que nadie va a acordarse y punto. Ahora pagarás por tu crimen, omega sucia y ladrona.

—No… —susurró Lyra, aterrada.

Desde afuera, Elena escuchaba los gritos de la chica, quien pedía compasión. Aquellos alaridos desgarradores se mezclaban con el ruido que hacía el látigo cada vez que golpeaba su piel.

Para cualquier persona con un corazón latiendo, escuchar aquello la destrozaría, pero para el ama de llaves, que se ocultaba tras un árbol para no ser vista, aquellos gritos le daban satisfacción.

***

Aquel viaje le había drenado toda la energía. Todavía la propuesta del alfa Arthur le hacía eco en la mente y lo fastidiaba.

En realidad, sería una alianza lucrativa para Norven y favorable para los miembros de la manada; sin embargo, él ya había prometido que no se uniría a otra mujer.

Kael soltó un largo suspiro y entró a la mansión. Por lo menos, estar en casa lo emocionaba últimamente y no sabía cómo sentirse al respecto.

—Bienvenido, alfa —lo saludó Elena con una reverencia y esa devoción que le daba un brillo peculiar en los ojos.

Él observó a la servidumbre, que estaba organizada en dos filas bien sincronizadas.

«¡Qué ridiculez!», pensó, hastiado de aquel recibimiento que se había hecho común cada vez que se iba de viaje, incluso cuando solo estuvo fuera por dos días.

«Elena y sus trivialidades», murmuró en su mente y le restó importancia. Sin darse cuenta, sus ojos viajaron por toda la fila de las empleadas e incluso terminaron buscando en la fila de la servidumbre masculina por instinto.

Nada.

¿A dónde se había metido?

Sacudió esa tontería de su cabeza e hizo una mueca como restando importancia.

La ducha fue larga y renovadora. Tuvo ganas de acostarse, pero el estómago le gruñó. Estaba famélico.

Kael bajó al comedor y se sentó a la espera de ser servido. No había dado ninguna indicación especial para el menú de la cena, pero tampoco le importaba. Solo necesitaba llenarse el estómago para irse a dormir de una vez y por todas.

—Alfa, el cocinero le preparó carne de res asada, arroz y vegetales. Elena les indicó que se le sirviera una cena pesada, dado que estaba segura de que al alfa se le olvidaría almorzar durante el viaje.

Kael sonrió al escuchar a la sirvienta, pues su ama de llaves, quien a su vez fue su nana, estaba en lo cierto. Ella lo conocía más que nadie.

—Si desea algo diferente, puedo pedirlo de inmediato. De lo contrario, ¿desea acompañar su cena con un poco de vino? —agregó la sirvienta.

—Lo que Elena mandó a cocinar está bien para mí. Y sí, quiero vino.

Cuando las empleadas trajeron la cena, Kael las observó como si estuviera buscando a alguien y su expresión se tornó molesta de la nada.

Tras cenar, se fue a la sala y se quedó allí por unos minutos. Sus ojos avellanados se paseaban por cada rincón; sin embargo, no había encontrado lo que buscaba.

De mal humor, subió las escaleras y se fue a dormir. Estaba tan cansado que el sueño lo venció al instante.

En la mañana, caminó por los pasillos de la mansión con pasos lentos y mirada furtiva. Algunas empleadas se le acercaron para preguntarle si necesitaba algo, pero él solo indagó si todo había estado en orden durante su viaje.

Recibir respuestas vagas y nerviosas lo hizo sospechar; no obstante, se mantuvo en silencio hasta que vio a Larius salir de su habitación.

—Te has levantado tarde hoy —comentó Kael con tono burlesco, ya que su amigo solía madrugar para irse a la oficina.

—Pues, como estás de regreso, pensé que merecía unas horas de descanso —le contestó con esa sonrisa ladina que lo caracterizaba.

—Merecido —secundó Kael—. Por cierto, ¿cómo ha ido todo aquí en la mansión? —indagó, serio.

Larius lo miró confundido.

—Pues, normal. En estos dos días solo he venido a dormir y madrugado para ir directo a la oficina, pero no me han informado de nada peculiar. ¿Por qué?

Kael se sintió acorralado con esa pregunta, pues él no sabía la raíz de su preocupación.

—Nada, olvídalo. —Kael se alejó de Larius antes de que este pudiera interrogarlo, dejando al beta desorientado.

Él fue al jardín trasero para respirar aire fresco, pero no se relajó, así que pidió que le llevaran té a su estudio y fue allí para revisar unos documentos.

Kael abrió una caja que estaba sobre su escritorio y entonces lo recordó. Esos eran los cuadernos y libros que había comprado durante su viaje para sus lecciones con Lyra.

—¿Por qué no te he visto en la casa? —preguntó en voz alta mientras observaba los utensilios que había desempacado.

Kael soltó un suspiro y arrugó el rostro. ¿Por qué tenía que verla?

—Ah, ¿y cómo la enseño entonces? —gruñó para sí mismo.

Los toques en la puerta lo trajeron a la realidad.

—Entra —ordenó. Al instante, una sirvienta entró con una bandeja y, de inmediato, el olor a especias inundó la oficina.

Kael se quedó observándola por unos segundos, decepcionado.

La chica le sirvió y él le dijo que podía retirarse; sin embargo, antes de que ella saliera, él la llamó.

—¿Dónde está Lyra?

Silencio.

Él se dio cuenta de la manera desesperada en que había preguntado y de que fue muy directo al hacerlo.

La empleada lo observó sorprendida, mas se guardó los pensamientos que la tenían curiosa.

—Ella ya no trabaja aquí, alfa —respondió casi en un susurro.

Kael se tardó un rato en asimilar lo que acababa de escuchar.

—¿Qué dices? —reaccionó al fin, confundido y exaltado.

Odiaba sentirse tan inquieto, mas no podía evitarlo.

—Es lo que escuché, pero no estoy informada de lo que sucedió, solo sé que hubo un robo y…

—¡¿Qué?! —la interrumpió Kael, estupefacto.

¿Cómo era eso de que hubo un robo en la mansión y Larius no se enteró? A menos que le hubiera mentido.

—No sé mucho, alfa, de verdad… —dijo ella con nerviosismo y a punto de llorar.

—¡Llámame a Elena! —ordenó él, colérico—. ¡¡Ahora!! —gritó con impaciencia.

La pobre mujer salió despavorida y con el corazón en la mano. A los pocos minutos, Elena entró al estudio de Kael. —¿Dónde está Lyra? —demandó él desde que se percató de la presencia del ama de llaves.

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