El alfa del río y la omega: Capítulo 0

Esta es la parte 2 de 11 de la historia El alfa del río y la omega

 
El frío del agua del río hacía contraste con el calor que recibía de él. Un macho fuerte, posesivo y con un aroma amaderado que la tenía encantada.
Su loba lo reclamaba como suyo y ella también. Sus labios eran exquisitos, al igual que sus manos cada vez que la tocaban.
Temblores, palpitaciones intensas y respiraciones agitadas se mezclaban con suspiros y gemidos.
El placer era abrumador.
Creyó que dolería, pues era su primera vez; no obstante, el goce se llevaba cualquier incomodidad que su inexperiencia pudiera provocarle.
Los movimientos de cadera eran cada vez más precisos y potentes, enloquecedores y…
—¡Ah! —gritó ella al abrir los ojos, todavía con las corrientes placenteras fluyendo en su piel, las palpitaciones aceleradas, sacudidas y sudor gélido.
Miró a su alrededor, un poco desorbitada, mientras recuperaba la compostura. Tras calmarse, observó los débiles rayos solares que se colaban por las cortinas de tela fina y crema; entonces supo que era hora de levantarse.
De prisa, se tiró de la cama y corrió al baño, donde se aseó con premura. Luego, se vistió con el uniforme negro con detalles blancos, se recogió el cabello en un moño mal hecho y salió de la habitación en un santiamén.
Inició su rutina en la sala, recogiendo cualquier objeto fuera de su lugar. Luego fue a los baños del segundo piso y limpió hasta que la mañana hubo avanzado.
—Ven a desayunar —le avisó otra sirvienta, encargada de sacar el polvo de las habitaciones y poner sábanas frescas.
Ella soltó un suspiro y sonrió, pues ir a comer era su parte favorita.
Tras mucho tiempo pasando penurias, tener las tres comidas y un techo seguro se sentía como una bendición, a pesar de que muchos la trataban como a un ser inferior, pues era una omega de bajo rango y, peor aún, una huérfana que ni escribir bien sabía.
En la cocina de los empleados, el olor a avena recién hecha se mezclaba con el café, la canela y el pan con mantequilla.
Ella quería un poco de todo.
Percibió las miradas tensas y desdeñosas al entrar, pero las ignoró, ya que lo único que le importaba en ese momento era llenar su estómago.
Ser aceptada dejó de ser importante para ella desde que sufrió las injusticias de un mundo clasista y egoísta, así que el desprecio de sus colegas no podía afectarla, dado que se había acostumbrado a ser menospreciada.
Después de comer, se apresuró a terminar sus funciones, pero antes de poder siquiera llevar las cortinas al área de lavado, la voz potente y autoritaria del ama de llaves irrumpió en el pasillo, dejándola quieta y a la espera de alguna instrucción.
—Termina eso pronto y luego ayuda en el jardín —le indicó. Había ansiedad en su voz—. Todo debe estar impecable antes del almuerzo, pues el alfa regresa hoy a casa.
El alfa…
El misterioso dueño de la mansión en la que ya llevaba un mes trabajando, pero a quien nunca había visto ni en retratos.
Se lo había imaginado muchas veces. Un hombre fiero, grande y musculoso. Quizás no muy atractivo, debido a que odiaba ser pintado. O eso había escuchado.
La gente de clase baja como ella no conocía su rostro; solo los de alta alcurnia o los alfas extranjeros con los que solía negociar.
Ese hombre era un misterio.
Las horas pasaron lentas para Lyra, pues la curiosidad por ver el rostro de alguien tan importante como el alfa hacía que cada segundo se sintiera eterno.
Hasta que, por fin, el momento llegó.
La fila de las sirvientas se encontraba paralela a la de los sirvientes masculinos. A cada extremo de la puerta había dos guardias entrenados para proteger al líder de la manada Norven: el alfa Kael.
Todas debían recibirlo con la cabeza baja y la mirada al suelo, o eso fue lo que les ordenó el ama de llaves.
De repente, la puerta se abrió. El sonido fue casi imperceptible, pues era de madera fina y sin defectos. De inmediato, la luz del día se coló en el ambiente semioscuro de la lujosa sala y todos contuvieron la respiración.
Los pasos se escucharon firmes y seguros, seguidos por otros menos relevantes.
Y Lyra lo percibió: ese aroma amaderado, viril, elegante, pero fiero a la vez. Un perfume de macho exquisito que despertaba a su loba y la hizo desobedecer al ama de llaves.
Fue su instinto el que la traicionó y miró hacia arriba.
Se quedó paralizada al encontrarse con aquella mirada avellana que nunca olvidó y con la que soñaba casi todas las noches.
«¡Es él!», expresó su loba, emocionada por fin de haber encontrado al lobo con el que hizo conexión.
Lyra apretó los puños y trató de respirar con normalidad, pero aquello era imposible, pues estaba demasiado alterada como para calmarse.
Los latidos de su corazón eran tan potentes que por un momento temió que los demás los escucharan.
Era él…
El hombre del río.
Sus miradas se conectaron. Ella se perdió en el verde mezclado con dorado que le daban un aire salvaje, pero elegante.
Él era un macho atractivo, diferente a como imaginó que sería el alfa.
El alfa…
¿Cómo era posible que fuera el mismo hombre que esperó por semanas?
Tragó pesado y se quedó a la espera de alguna palabra de su parte, pero él solo siguió caminando como si Lyra fuera una desconocida, nadie de importancia, solo una sirvienta más.
Juraría que escuchó a su corazón romperse en pedazos.
Pero ¿qué esperaba?
Él era el alfa y ella… una simple omega y su sirvienta.

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