El calor era sofocante, los latidos de su corazón, intensos, y su respiración, agitada.
El sudor frío le traía alivio al fuego que consumía su piel y todo su interior.
Él ya sabía lo que le ocurría. Haber suprimido el celo por varios años le estaba pasando factura ahora, pues la naturaleza le reclamaba aquel celibato largo y tortuoso.
Tras la muerte de la mujer que amaba, se juró a sí mismo que no tocaría a una hembra, que se guardaría hasta el final de sus días y que nadie podría ser declarada su luna.
Ninguna loba tendría el privilegio de ocupar su lugar.
Ella era su pareja, la que escogió desde niño, con quien aprendió a amar y a quien le entregó todas sus primeras veces.
No haberla protegido era su crimen.
¿Y su condena? Pues sería vivir siglos en soledad, reprimiendo su celo y atormentándose cada día por la muerte que no pudo evitar.
No obstante, aquella noche sentía que perdía el control. Ya no era capaz de reprimir el deseo de aparearse durante el celo, que cada vez lo visitaba con más agresividad.
—¡Basta! —gritó desesperado mientras luchaba contra sí mismo.
La agitación en su pecho aumentaba, al igual que el calor que le quemaba la piel y lo hacía sudar. Asimismo, las manos le temblaban y ya no era capaz de respirar por las fosas nasales, por lo que abría la boca para poder llevar oxígeno a sus pulmones.
De momento, el lobo en su interior dominó la razón y su mente se puso en blanco.
Y corrió.
No sabía hacia dónde ni por qué, solo que era atraído por un aroma singular. Sus sentidos estaban más afilados que de costumbre; aun así, aquella esencia se percibía débil.
Quizás estaba muy lejos.
«Date prisa, la necesito», gruñó su lobo.
Él quiso ignorarlo y detenerse, tomar dominio de sí mismo y regresar al campamento; sin embargo, siguió corriendo.
Hasta que ya no soportó la locura de su instinto y su forma salvaje tomó todo el control.
Bajo la luna, el lobo negro avanzaba con prisa e imponencia.
Se detuvo cuando aquel aroma se hizo más intenso y supo que había encontrado a la loba responsable de su arrebato.
Entonces, su lobo cedió y la forma humana regresó, acompañada de sudores fríos y una respiración agitada.
Ese olor a hembra lo desestabilizó, por lo que tuvo que sostenerse de un árbol para no tambalearse y caer.
Estaba abrumado.
¿Cómo era posible que otra mujer lo afectara tanto?
Caminó hacia el río, que lucía un tono casi negro y donde podría jurar que había neblina, aunque no lo aseguraría, pues bien podría estar alucinando.
Y la vio.
Una hembra hermosa.
Ella lo observaba espantada, con las mejillas sonrojadas y la boca entreabierta.
Y lo entendió.
Estaba desnudo.
Al transformarse, su ropa se rompió y ahora se encontraba expuesto frente a aquella extraña que lo había atraído con su perfume natural.
Ella ni siquiera estaba en celo.
¿Cómo era posible que pudiera cautivar a su lobo?
Ella no dijo nada, solo lo observó con cautela mientras trataba de no respirar rápido, pero eso último fue inútil.
Los latidos de su corazón aumentaron cuando él empezó a entrar al río. De inmediato, el sonido del agua se unió a los grillos y al tintineo de las hojas al ser rizadas por la brisa de la noche.
Ella tragó pesado al detallar la figura firme y fuerte de aquel macho.
Él estaba completamente desnudo, con los ojos avellanados prendidos en fuego y una expresión que delataba su desequilibrio mental; aun así, no le temió.
Pero mentiría si dijera que no estaba nerviosa.
Era la primera vez que su loba reaccionaba a un macho y que su cuerpo ardía con aquel deseo desconocido.
Tragó saliva y parpadeó varias veces. ¿Acaso estaba soñando?
Él tampoco dijo nada, solo se acercó a ella y buscó algo en los ojos azules que brillaban con la luz de la luna.
Se relamió los labios y extendió la mano; no obstante, la dejó en el aire, a la espera de alguna queja o negación de su parte.
Ella bajó la mirada, nerviosa.
De repente, una brisa fría los envolvió y sus olores se mezclaron. Eso, de alguna manera, derribó cualquier duda que lo haya detenido.
Con fuerza, él la jaló por la cintura y la pegó a su cuerpo. Acto seguido, se adueñó de su boca como si le perteneciera.
El hambre y el deseo se expresaban sin inhibición en aquel beso demandante y fiero.
Ella se dejó llevar. Sabía que era una locura o quizás era una desvergonzada, o podría ser ambas cosas, pero no le importó.
Lo necesitaba. Su loba había hecho conexión con aquel lobo en celo. Solo esperaba que él también lo hubiera sentido y que su desliz no fuera solo por la necesidad del celo.
Ella sintió un escalofrío agradable cuando la lengua del desconocido buscó la suya. Para aquella omega inexperta, todo lo que él hacía era novedoso, pues nunca había siquiera besado a alguien.
Aquí estaba, entregando su virginidad a un extraño.
El frío del agua del río hacía contraste con el calor que recibía de él. Un macho fuerte, posesivo y con un aroma amaderado que la tenía encantada.
Su loba lo reclamaba como suyo y ella también. Sus labios eran exquisitos, al igual que sus manos cada vez que la tocaban.
Temblores, palpitaciones intensas y respiraciones agitadas se mezclaban con suspiros y gemidos.
El vestido sencillo y de tela blanca flotó en el agua cuando él se lo quitó. Al verla dispuesta a entregarse, él se dedicó a saborear cada centímetro de piel que el agua le permitía, pero no era suficiente.
Decidido a dejarse llevar por lo que su cuerpo le pedía, la cargó entre sus brazos y salió del río. Luego la colocó con delicadeza sobre el suelo y se dio la libertad de admirarla.
«Es tan hermosa», pensó.
Quiso decirle algún cumplido que no la hiciera sentir como un escape sexual, pero las palabras no salieron.
Soltó un suspiro, pues empezó a dudar. Ella se veía inocente y pura, ¿por qué lo estaba dejando tomarla así no más?
No lo entendía.
Las manos de ella le rozaron el rostro y ese simple gesto eliminó la vacilación que lo había detenido.
Se dejó llevar por su naturaleza salvaje. Degustó aquel cuerpo con un hambre feroz, dejando salir todo ese anhelo de hembra que había acumulado por años.
Y fue maravilloso, porque ella le correspondió con la misma intensidad. Le parecía enloquecedor que pudiera seguirle el ritmo, a pesar de su obvia inexperiencia.
Trató de ser gentil, pero su lobo no cooperaba mucho en eso.
Tras degustar el sabor delicado que la hizo estallar en un orgasmo que la dejó atolondrada, él se le colocó encima, le apretó los muslos y se unió a ella como había jurado no haría jamás con una loba.
Y ahí estaba, incumpliendo su promesa mientras empujaba y gemía como el animal salvaje que era.
Nunca había sentido tal placer y conexión, y eso lo hizo sentir culpable.
No debía sentirse así con otra mujer. Era un maldito traidor.
Pero vaya que lo disfrutó.
Su estallido vino acompañado con el de ella, ambos abrazados, mezclando calores, respiraciones y fluidos.
Sintió como si un peso se le quitara de encima y el cuerpo completo se le relajó.
Podría jurar que dormitó por unos segundos hasta que la realidad lo golpeó con crueldad.
Sin los efectos del celo y la satisfacción que calmó a su lobo, el raciocinio tomó el control y entonces vino el arrepentimiento de lo que había hecho: se acostó con otra mujer. Peor aún, una desconocida.
Con esa tortura mental, se levantó de un respingo y, tras darle una última mirada, se convirtió en lobo y se marchó a toda prisa, dejándola allí, todavía afectada por aquel intenso encuentro.
Ella se incorporó lentamente y observó el bosque por unos minutos, ida, intentando comprender lo que acababa de ocurrir.
Su primera vez.
Había entregado su virginidad al desconocido que había despertado algo en su loba que jamás había sentido por otro macho.
Y él se había marchado. Sin una palabra y sin siquiera decirle quién era.
Peor aún, sin prometerle que volvería.
Ella bajó la mirada y llevó los dedos hasta sus labios, que todavía estaban sensibles por sus besos.
—Él volverá… —susurró, aferrándose a aquella ilusión—. Tiene que volver.
No podía creer que aquello hubiera terminado así. Intentaba no pensar que había sido usada solo para calmar un celo y se esforzaba por convencerse de que él iría por ella.
Sin embargo, las lágrimas empezaron a mojarle las mejillas y la incertidumbre se apoderó de su corazón, llevándola a abrazarse a sí misma.





