El alfa del río y la omega: Capítulo 10

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Para él, dormir se había convertido en un suplicio desde aquella noche en que el celo le arrebató la cordura y lo hizo actuar como un animal salvaje y sin una pizca de raciocinio.

Sentía que enloquecía. Incluso creyó encontrar aquel aroma que lo llevó a la locura.

Pero de seguro solo era su imaginación porque, ¿cuáles eran las posibilidades?

Kael sacudió esos pensamientos de su cabeza y apretó los ojos como una manera desesperada de dormir, pero, al parecer, tendría otra noche de insomnio.

A la mañana siguiente, se encontraba atolondrado debido al trasnoche y sin apetito. Aun así, se dirigió al comedor para, por lo menos, tomarse un té que lo relajara.

—Buenos días, alfa —lo saludó una de las sirvientas que estaban listas para servirle—. Le preparamos huevos con vegetales y carne. ¿Se lo servimos con pan tostado, avena o ensalada de frutas?

La mención de los huevos le revolvió el estómago y él negó por inercia.

—No comeré nada, solo tráeme una taza de té —ordenó. La chica asintió levemente y se apresuró a obedecer su orden.

Mientras esperaba, Kael mandó a que le trajeran la correspondencia del día, pues las leería allí mismo.

Una de ellas asintió y corrió para buscarla.

Mientras tanto, Lyra había terminado de despolvar cuando su colega le ordenó:

—Llévale esta correspondencia al alfa. Él está en el comedor.

Lyra casi dio un respingo cuando escuchó la palabra «alfa».

—¿Qué? —inquirió desorbitada.

—¿Acaso estás sorda? —le reclamó la chica con desdén—. Toma, tengo algo que hacer. Y, por favor, no te acerques mucho a él o podrías repugnarlo.

Esas palabras le hirvieron la sangre a Lyra, mas disimuló su molestia y fingió una sonrisa amable.

—Entendido —respondió con tono sarcástico.

Lyra se dirigió al comedor con los sobres en las manos temblorosas, con el corazón acelerado y una lucha interna.

Debía hacer su trabajo, pero, al mismo tiempo, le aterraba ver a ese hombre después de esa noche en la que volvió a estar entre sus brazos.

«Qué locura. Solo me atrapó para que no me cayera. ¿Por qué exagero todo?», se regañó.

Ella soltó un suspiro cuando llegó a la puerta del comedor y miró la correspondencia en sus manos.

Practicó en su mente cómo se la entregaría sin mirarlo y, tras un largo rato contemplando la puerta como si significara peligro, entró.

Con pasos tímidos, Lyra se acercó al comedor donde Kael ya se estaba tomando su té, ido de su presencia. Pero eso no duró mucho, pues el aroma de la omega golpeó sus fosas nasales y empezó a remover a su lobo.

Eso lo irritaba. ¿Por qué su parte lobuna actuaba como si ellos hubiesen sido íntimos?

Lyra, por su parte, intentó acercarse para darle la correspondencia sin mirarlo, pero eso solo provocó que ella tropezara y casi se cayera.

Kael la observó como si ella fuera un enigma.

—¿Por qué diablos tienes los ojos cerrados? —inquirió molesto.

No tenía paciencia para lidiar con tonterías, mucho menos después de haber tenido una noche sin dormir. O, más bien, varias.

Lyra, avergonzada, tragó pesado y abrió los ojos, solo para descubrir el rostro molesto del alfa.

Y no podía negar que se veía muy atractivo con su cara amargada.

—Perdón, alfa, solo sigo las reglas.

Kael frunció el ceño, confundido.

—¿Qué malditas reglas? —cuestionó con tono brusco.

Las demás sirvientas se tensaron, pues era obvio que el alfa estaba de mal humor ese día.

—La de mirarlo —contestó Lyra, toda inocente—. Se nos prohibió hacerlo.

Un silencio incómodo se expandió por todo el comedor. Las sirvientas se miraron entre ellas, pues se suponía que ese asunto no se le debía mencionar al alfa.

Kael, en cambio, observó a Lyra como si hubiese perdido el juicio.

—¿Qué? —indagó, ensimismado por tal tontería.

Lyra repitió lo que había dicho.

—Ya lo dijiste, pero ¿de dónde sacas esa barrabasada? —preguntó molesto.

Lyra suspiró, más confundida que el alfa.

—Elena nos lo dijo...

Lyra dejó de hablar cuando notó las miradas pálidas de sus colegas.

Entendía que había metido la pata en algo, pero no sabía en qué.

Kael soltó una carcajada que las hizo respingar a todas.

Lyra apretó los puños, asustada.

«¿De qué se ríe el alfa ahora?», pensó, ida.

—¿De verdad Elena te dijo eso? No puedo creer lo que me cuentas.

Kael soltó un suspiro. Por lo menos, esa omega rara lo hizo reír y olvidarse de todos sus problemas por unos segundos.

Lyra, sin embargo, estaba toda estresada y sin saber qué responder. ¿Por qué Elena le diría algo que no fuera cierto?

Kael observó a Lyra con interés y un poco de diversión en el rostro.

—Supongo que viniste a entregarme la correspondencia. ¿Podrías leer el sobre azul para mí? No estoy de humor para hacerlo yo. De seguro es algo irrelevante —le ordenó.

Lyra observó el sobre y deseó que la tierra se la tragara. Entendía algunas oraciones, pero había números con letras que la confundían.

Si eso era solo el sobre, no quería imaginarse lo difícil que sería leer el contenido.

Ella miró a su alrededor y luego al alfa. ¿Por qué tenía tan mala suerte?

—¿Qué esperas? ¿Quién la envía? —preguntó Kael, impaciente. Entonces, Lyra empezó a tartamudear letras y números.

Un silencio tenso llenó el lugar y los susurros de las sirvientas estallaron con risitas burlonas.

—Esta omega ni leer sabe —masculló una.

—No entiendo cómo fue contratada para servir en la mansión del alfa —dijo otra.

Esos murmullos se clavaron como dagas en el corazón de Lyra, que solo quería que la tierra se la tragara en ese momento.

—¿No sabes leer? —le preguntó el alfa, asombrado.

Lyra apretó los sobres y contuvo las ganas de llorar.

Entonces respondió: —No...

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